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DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO HISPANO-AMERICANO (1887-1910)

Índice


 

 

CARLOMAGNO, emperador franco, soberano de Francia (biografía)

CARLOMAGNO

Biografías. Emperador de los francos, y a quien por esta razón se cuenta entre los soberanos de Francia, a pesar de que en su tiempo esta nación no existía aún en realidad, y de que en su gigantesca obra de fusión de elementos bárbaros y romanos predominaban los materiales germánicos. Nació en la Neustria, o, según algunos autores, en el castillo de Salzburgo, de Baviera, el 20 de abril de 742. Carlos era hombre de formas robustas y proporcionadas, de elevada aunque no desmedida estatura, pues medía siete veces la longitud de sus pies; la parte superior de su cabeza era redonda; los ojos muy grandes y vivaces; la nariz un poco más grande de lo regular; el cabello de hermoso color rubio, y el rostro de expresión alegre y afable. Su aspecto era sumamente majestuoso y digno, tanto sentado como de pie; andaba con seguro paso, llamando la atención por su continente varonil, y tenía un timbre de voz claro y sonoro. En cuanto al traje, vestía, según costumbre del país: camisa y calzones interiores de hilo, sobrevesta con tiras de seda, y calzones; cubrían sus piernas una especie de vendas, y calzaba zapatos. En invierno abrigábase los hombros y el pecho con una chupa de piel de foca o de marta zibelina, y sobre este traje poníase un manto de color verde. Su espada, siempre pendiente del cinto, tenía la empuñadura de oro o de plata. En las solemnidades presentábase con un traje entretejido de oro y zapatos cubiertos de piedras preciosas; llevaba el manto sujeto con un broche de oro, y en la cabeza una diadema del mismo metal con piedras preciosas. Así nos lo describe su amigo y colaborador Eginhardo. Carlos, hijo de Pepino, rey de los francos, y de Bertrada, simboliza la más importante de las tentativas que en la primera época de la Edad Media se hicieron para poner un poco de orden en el caos de las invasiones y reedificar el edificio social con los materiales de las ruinas del romano y con los elementos que los bárbaros habían traído. La especie de monomanía legislativa de que éstos parecieron atacados en un principio (códigos franco, borgoñón, visigodo, lombardo, sajón, bávaro, etc., etc.), fue la primera de estas tentativas; la segunda la de Teodorico, rey de Italia, y la tercera la de Carlomagno. Esto sin contar la que en España hizo la Iglesia, en los concilios, y colocándose para todo al lado y aun por cima del rey, oficialmente, de Retaredo en adelante.

Pepino murió en 768, dejando el trono repartido entre sus dos hijos, Carlos y Carlomán. A los tres años murió este último, y todo el poder real, robustecido y rejuvenecido por los primeros Carlovingios, pasó a manos de Carlomagno. El largo reinado de éste parece tener dos objetos: formar de todos los pueblos germánicos un solo cuerpo de nación, y dotar a ésta de una organización completa.

La empresa era ciertamente gigantesca, porque las razas que encerraba la Europa occidental vivían en perpetua guerra. Los sajones, los bávaros, los avaros, los daneses y los eslavos amenazaban la frontera oriental del reino de Carlos; los lombardos y los sarracenos la del Sur y Sudeste; los aquitanios, bretones y turingios, aunque situados más al interior, no se conservaron nunca muy leales, y por último aparecieron los normandos. Ninguno de estos pueblos constituía, a pesar de todo, un peligro serio para los Estados que Pepino había legado a su hijo, ni siquiera los sarracenos. El ataque partió siempre de Carlomagno quien, sintiéndose fuerte y capaz de dar al mundo una organización mejor, vivió en perpetua lucha con sus vecinos.

Sus primeras víctimas fueron los lombardos. Al morir Carlomán, sus hijos huyeron a la corte de Didier, rey de Lombardía, mientras Carlomagno se proclamaba heredero universal de su hermano. Hunald, antiguo enemigo de Pepino, huyó también del convento en que estaba recluido y fue a unirse con los hijos de Carlomán. Hallábase Carlos en guerra con los sajones del Weser, cuando supo que Didier había declarado la guerra al Papa porque éste se negaba a coronar a aquéllos reyes de los francos.

Cruzar los Alpes, batir a Didier y ocupar toda la Lombardía fue para Carlomagno obra de muy poco tiempo. Didier y los hijos de Carlomán fueron encerrados en monasterios, y Hunald muerto. Para el vencedor tuvo el Papa toda clase de halagos y recompensas (774). En 777 los duques de Benevento, Friul y Spoleto, auxiliados por la corte de Constantinopla, alzaron la voz por Adalgiso, hijo de Didier, lo cual sólo sirvió para suministrar a Carlomagno un pretexto para acabar con los duques lombardos y establecer sólidamente el dominio franco en Italia.

Cinco años antes habían comenzado las campañas contra los sajones que absorben la mayor parte del reinado de Carlomagno.

Alejados de la corriente en que bárbaros y romanos se mezclaban y confundían, los sajones eran un pueblo semisalvaje, acantonado en las márgenes del Wesser y del Elba. Dividíanse en cuatro grandes familias o tribus: westfalianos al Oeste, astfalianos al Este, angarianos al Sur y nordalbingios en la margen derecha del Elba. Pueblo joven y fuerte, con tendencias invasoras muy acentuadas, llevó sus armas a Inglaterra casi al propio tiempo que sus vecinos del Norte los daneses. La pasión religiosa le puso en contacto con Carlomagno. San Libuino, que se había consagrado a predicar entre ellos el cristianismo, creyó que el nombre del rey de los francos, empleado en son de amenaza, produciría saludables resultados. El efecto fue contraproducente. La iglesia de Deventer, centro de las predicaciones de Libuino, fue destruida, y los neófitos degollados. Carlomagno intervino inmediatamente, se apoderó de Ehresbugo y destruyó el templo de Irminsul. Witikind, el héroe sajón, se alzó entonces contra el invasor. Hasta después de las campañas de Italia, ya referidas, Carlomagno nada decisivo pudo emprender en Sajonia. Mas, vencidos Didier y sus hijos y muerto Hunald, entró a sangre fuego en los países allende el Wesser. En las márgenes mismas de este río obtuvo una gran victoria, y después otra decisiva en las fuentes del Lippe. Entonces emprendió una verdadera obra de colonización militar y religiosa. Sembró de fortalezas y guarniciones todo el país, e impuso a los habitantes la obligación de recibir el bautismo. Para dar mayor solemnidad a esta imposición, reunió en 777 la Dieta de Paderborn, y en ella obligó a los vencidos a reconocerle por soberano, a pagarle un tributo y a no oponer obstáculo alguno a la propaganda del cristianismo.

A pesar de todo, los sajones se sublevaron. Witikind y el partido de la guerra no habían estado en Paderborn. Apenas Carlomagno hubo regresado a las Galias, la guerra estalló con más violencia que nunca. Witikind llegó a tomar la ofensiva, presentándose ante Coblentza en las márgenes del Rhin. Gracias a los fieles germanos (austrasianos y alemanes) la invasión no penetró en el corazón del Imperio. Carlomagno volvió sobre el enemigo, le persiguió hasta Buckholz, donde le destruyó completamente, y obligó a someterse a todos los sajones aquende el Elba. El vencedor fue inexorable esta vez. Gran parte del país fue talado y saqueado, y muchos miles de familias sajonas arrancadas a su país y trasladadas a las Galias, a Bélgica y a Suiza. Todas las libertades sajonas desaparecieron. El poder pasó en absoluto a manos de los francos, y el territorio fue repartido entre los obispos y el clero en general.

En una palabra, a partir de esta campaña, los sajones quedaron sujetos al dominio directo de los Carlovingios con todas sus consecuencias. Éstas eran principalmente dos: conversión de los habitantes al cristianismo y planteamiento del régimen feudal. Utilizando al propio tiempo la fe de sus misioneros y la espada de sus soldados, Carlomagno esperaba hacerse dueño del país y de sus habitantes con más facilidad. Así, al propio tiempo que prodigaba el establecimiento de fortalezas y de guarniciones militares, creaba los obispados de Bremen, Halberstadt, Minden, Verden, Munster, Hildesheim, Osnabrück y Paderborn, estos tres últimos posteriormente a aquéllos.


 

Los sajones se defendieron a la desesperada, a pesar de esto, y con el auxilio de los daneses. Witikind reunió aún fuerzas suficientes para hacer frente a los generales francos, y obtuvo algunas ventajas sobre ellos. Fue necesaria la intervención del mismo Carlomagno para hacer frente al Viriato sajón. El emperador venció a los sublevados en Detmold y Osnabrück, pero sin dominar por eso la insurrección. Tanto él como su hijo Carlos pasaron el invierno ocupando la Sajonia con sus tropas, y después de una penosa campaña obligaron a Witikind a someterse y bautizarse.

Aún no estaba terminada esta guerra cuando estalló la insurrección de los bávaros, pueblo tributario, pero indómito, gobernado por Tasillon, de la familia de los Agilolfingos, enemigos de los Heristal, y como ellos pertenecientes a la más rancia nobleza de los francos. Por su posición central entre los sajones, los avaros y los lombardos, de los cuales sólo les separaba la Helvecia, los bávaros podían ser un enemigo peligroso. Entre los muchos que el naciente Imperio Carlovingio tenía, ninguno tan temible, si no por su fuerza real, por su prestigio y por su astucia, como el de Oriente. Para los soberanos de Constantinopla Carlomagno era un bárbaro usurpador, pero no se atrevían a atacarle frente a frente. Por eso, aprovechando lo más recio de la última campaña del emperador franco con los sajones, urdieron una Liga de casi todos los pueblos de la Europa contra él. Entraron en la coalición desde el duque de Benevento hasta los sajones, sólo en apariencia sometidos, los avaros y los árabes. El Papá Adriano avisó a Carlomagno, el cual marchó primero a Lombardía y de allí a Baviera. Tasillon no pudo oponer resistencia alguna y fue enviado al monasterio de Jumiégues (788), y la Baviera dividida en condados. Más ruda fue la lucha con los avaros, pueblo absolutamente bárbaro y nómada, de origen asiático y próximo pariente de los hunnos. Un siglo próximamente hacía que habían llegado de Asia, y desde entonces las grandes llanuras del centro de Europa, al Sur de los Cárpatos, eran teatro de sus correrías. Más de una vez habían ido sobre Constantinopla, llevando el terror al animo apocado de los soberanos del Bajo Imperio. Su capital, situada en el centro de Hungría, era un vasto campo atrincherado. En ocho años de guerra, las tropas de Carlomagno apenas consiguieron ventaja alguna. Las discordias que reinaban entre ellos permitieron en 796 a Carlos, hijo del emperador, vencerlos y apoderarse de su capital y de inmensos tesoros. El vencedor les sometió a las dos condiciones esenciales de su política: pagar tributo y bautizarse. Verdad es que en aquellas épocas de fuerza y de violencia ésta era la ley del vencido.

Al propio tiempo que luchaba con los avaros, los sajones se sublevaron de nuevo, y los árabes, que poco antes le amenazaban, le llamaron para que interviniera en sus discordias. En 792 un cuerpo de soldados francos fue sorprendido y exterminado. Así comenzó la guerra en Sajonia. El levantamiento era formidable, pero Carlomagno había sabido conciliarse la amistad de los obotritas, vecinos de los sajones por el Este. Cogidos entre dos fuegos fueron nuevamente destrozados. Esta guerra ofrece la circunstancia de que los francos continuaron la campaña durante el invierno, permaneciendo acampados en plena Sajonia, a pesar de los rigores del frío. Lo mismo hicieron en la última campaña contra Witikind. Dos años después de vencidos los avaros, aún intentaron los sajones un supremo esfuerzo (798). Todos los recaudadores de tributos fueron degollados. Carlomagno volvió sobre ellos e inundó el país de sangre, pero así y todo su sumisión no fue completa hasta el año 804.

Su expedición a España fue la única desgraciada que emprendió Carlomagno. Era en tiempo de Abderrahmán I, aclamado en 756 emir independiente de España, después de vencido Yusuf ben Fehrí, último defensor de los abasidas. Siempre tuvo que luchar el nuevo califa contra los berberiscos, y durante diez años sostuvo guerra con los del Centro de España. Los del Nordeste se sublevaron, al propio tiempo que el hijo de Yusuf, de acuerdo con su pariente Abderrahmán el Fehrí y el gobernador de Barcelona, Kelbi el Arabí, pedían auxilio a Carlomagno, ofreciendo entregarle a cambio de su protección todas las plazas mahometanas de los Pirineos. Recibió el emperador franco la embajada en la Dieta de Paderborn (777) y prometió auxilio a los sublevados. De éstos, Abderrahmán murió asesinado, y el hijo de Yusuf se arrepintió. Sólo el Arabí llevó adelante la empresa, consiguiendo apoderarse de Zaragoza. Llegó a poco el rey franco ante sus muros con un buen ejército, pero el musulmán no quiso entregarle la ciudad, y cuando se disponía a sitiarla, llegó a él la noticia de la segunda sublevación de Witikind, el héroe sajón (778). Levantó en seguida el sitio para volar a orillas del Wesser, y al cruzar los Pirineos por Roncesvalles fue su ejército destrozado por los vascos y los moros (V. RONCESVALLES). Con sobrada ligereza han escrito algunos autores que Carlomagno se apoderó de Zaragoza (Duruy, Histoire Universelle) y otros, como Laurent, han asegurado que hubiera sido para él fácil apoderarse de la península expulsando a los musulmanes.

Al comenzar el siglo IX el poder de Carlomagno había llegado a su apogeo. El desastre de Roncesvalles, única página desgraciada de esta gloriosa historia, no había sido vengado; pero en cambio por la parte del Mediterráneo, Barcelona y Tortosa estaban en sus manos, y con las tierras adquiridas por este lado a los sarracenos formaba la Marca hispánica. Todos los pueblos de raza germánica le obedecieron, exceptuando los sajones y los normandos de Jutlandia. Todos los enemigos temibles al alcance de su mano habían sido destruidos o reducidos a la impotencia. El Imperio germánico comprendía todo el Occidente de la parte continental de Europa, desde el Océano hasta el Elba, la Bohemia, los Cárpatos y el Theiss, y desde el Mar del Norte hasta los Pirineos, Córcega y el Golfo de Nápoles. Era, pues, uno de los cuatro grandes Imperios en que entonces se dividía el mundo: el de Carlomagno, el de Bagdad, el de Oriente y el de Córdoba, todos igualmente poderosos y todos igualmente efímeros. Dueño de todos los países que habían formado el Imperio de Occidente –menos la Bretaña– con las regiones de allende el Rhin que nunca le habían pertenecido, Carlomagno aspiró a poseer el título de emperador, rodeado entonces de tan grandes prestigios. La importancia que el acto de su coronación, verificada en Roma el día de Navidad de 800, revistió, está perfectamente expresada en el entusiasmo y la admiración con que todos los viejos cronistas dan cuenta de ella. «El día de Navidad, dice el ya citado Eginhardo, cuando el rey, que había asistido a la misa, se levantaba de hacer oración ante el altar del apóstol San Pedro, el Papa le puso una corona en la cabeza, y todo el pueblo romano exclamó: Vida y victoria a Carlos Augusto, coronado por Dios, grande y pacífico emperador de los romanos. Con este acto el papado, a la par que sacudía la tutela de Constantinopla, atribuíase sobre el emperador una autoridad hasta allí desconocida. En nombre de Dios le coronaba; ¿no podría arrancarle aquella misma corona también en nombre de Dios? Por otra parte, aquel nombre de Carlos Augusto con que los romanos habían aclamado al vencedor de los sajones era todo un símbolo. Karl, el nombre germano, representaba la barbarie imperante, el feudalismo, el guerrero con su framea; Augusto, el nombre romano, recordaba el Imperio con todos sus vicios y grandezas, con su decrepitud, pero con una organización social completa. Carlos Augusto era el símbolo de la fusión de ambas cosas. No puede negarse que la coronación ante el altar de San Pedro fue cosa convenida entre el rey y el Papa. Sin embargo, Carlos se hizo el sorprendido. Su recompensa era grande, pero merecida. El rey de los francos había librado a Roma de sus enemigos los lombardos, de los paganos avaros, de los árabes musulmanes y de los sajones idólatras. Desde nuestro punto de vista actual, todas estas acciones pierden parte de su mérito. Puede acusarse a Carlomagno, con fundamento, de cruel. En Sajonia, las víctimas que su genio conquistador y belicoso causó fueron muchísimas. Cuando los sajones, a quienes se había dado armas para combatir a los eslavos, se sublevaron y vencieron a los francos en el monte Lamsthal, degollando al condestable Gerlon, al chambelán Adalgiso y al conde palatino Wolvado, teniente de Carlos, la cólera de éste se manifestó con una violencia terrible. Por fortuna para él la insurrección no cundió hasta el pueblo, y sólo los nobles se le opusieron. La victoria fue fácil; pero queriendo hacer un ejemplar castigo, mandó degollar 4.500 de aquéllos en Ferden. La revuelta fue entonces general, y no terminó sino con las sangrientas batallas de Detmold y del Hase. Entonces sobrevino el bautismo de Witikind, y Carlomagno se creyó bastante dueño de la Sajonia para dictar leyes. Según una capitular que publicó entonces, los sajones debían gozar en lo sucesivo de iguales derechos que los francos. La severidad de los castigos impuestos a los que practicaran ritos idólatras era terrible. Se decretaba la pena de muerte contra todo el que se negara a bautizarse; contra el que, según la antigua costumbre, quemara un cadáver; contra el que sacrificase un hombre al demonio; contra el que conspirase; contra el que robase la hija de su señor, y contra el que comiese carnes durante la cuaresma. Verdad es que en aquel tiempo se tenían sobre este último punto ideas muy severas, al extremo de que un buen cronista contemporáneo no encuentra mejor medio de ponderar el hambre que sufrieron las tropas de Carlomagno en sus primeras campañas contra los avaros que decir que llegaron a comer carne en cuaresma.

No todas las campañas sostenidas en esta extremidad norte del Imperio fueron felices. Hubo, como en el sur, una pequeña sombra. Los daneses, que habían auxiliado a Witikind, no pudieron ser vencidos. El istmo que une el Jutland al continente fue fortificado con tal arte, que nunca pudieron transponerle las tropas del emperador. El rey Sigefredo ni siquiera se dignó aceptar las proposiciones de amistad que Carlos le hizo más de una vez. Los daneses llegaron a tomar la ofensiva en tiempo de Godofredo, hijo de Sigefredo, y expulsaron de sus tierras a los sajones sometidos al Imperio. Carlomagno llegó a dar tal importancia a esta guerra, que reunió todas sus fuerzas para terminarla. Godofredo aumentó las trincheras del istmo y esperó la acometida, mientras su armada destruía el puerto de Pierich en el océano. Carlos, hijo de Carlomagno, pudo forzar las trincheras por más que hizo, y aun tuvo que retirarse perdiendo gente. Tal fue el principio de la guerra con los hombres del norte, cuyas expediciones marítimas habían de amargar los últimos días del emperador.

A pesar de los presentimientos que ya sobre esto le asaltaban, su gloria y su grandeza eran indiscutibles y la transcendencia del acto de su coronación incalculable. Hasta los propios contemporáneos sintieron que frente a la vieja civilización oriental se alzaba un mundo fuerte y joven, demasiado joven todavía, mundo cuya cabeza era el Papa y el brazo el emperador. En apariencia, sin embargo, la tradición continuaba, y todo el funcionalismo de la decadencia del Imperio romano resucitó en Roma. Carlos creó jueces y prefectos imperiales, confirmó la elección del Papa y procedió en todo como soberano del Occidente. El peligro estaba aquí en las tendencias absorbentes de la Iglesia, manifestadas en la ceremonia misma de la coronación. Si no hay más poder que el de Dios, todo el de la tierra debe estar en manos de su representante. Sentado aquel principio, el papado tenía que llegar a esta consecuencia. Lo admirable en todo esto es la tentativa de organización hecha por Carlomagno. Examinemos a la ligera su máquina gubernamental. Las Asambleas nacionales perdieron el carácter tumultuoso de los Campos de Mayo y pasaron a ser una especie de Consejo supremo bajo la presidencia directa del emperador. Los obispos y señores acudían de todos los extremos del vasto Estado trayendo noticias, datos y consejos que escuchaba con atención. Los cronistas enumeran sólo treinta y cinco de estas Asambleas, mas, según parece, era costumbre convocarlas anualmente, no habiendo para esto punto alguno determinado. Los diputados acudían a donde quiera que se hallaba el emperador. Una vez oídos los pareceres de los nobles y de las personas de más importancia por su saber, publicaba alguna de aquellas famosas capitulares que poseemos en número de 65 con 1125 artículos. Como el Imperio era extensísimo, instituyó Asambleas parciales. La Aquitania y los reinos de Austrasia, Neustria, Borgoña e Italia fueron divididos con este objeto en legaciones; y cada una de éstas en condados. Las capitulares abarcaban todos los asuntos, desde los más importantes hasta los más triviales. V. CAPITULARES.

Los condes (missi dominici) eran representantes del soberano a la vez militares y civiles. Los de las fronteras (margraves) se distinguieron de los otros sólo en que tenían a sus órdenes fuerzas más considerables. El cargo de conde no era hereditario, ni siquiera vitalicio (V. CONDE). Esta institución, así como la mayor parte de las existentes en tiempo de Carlomagno, arrancaba de la época de los merovingios (Véase). En las ciudades y aldeas había vicarios, y en los campos centenarios y decanos. Sólo el conde podía dictar las sentencias que afectaban a la libertad y a la propiedad de los ciudadanos. Había derecho de apelación ante el rey y ante la Asamblea general. Hasta la institución de los agentes reales (missi regios) era merovingia. Por lo general, estos delegados iban siempre acompañados de un obispo. Su misión era vigilar a los demás funcionarios y hacer justicia, y por esto recorrían su provincia cuatro veces al año. El servicio militar era gratuito, y todo el que poseía cierta extensión de terreno debía prestarle. Impuestos públicos, en el sentido que hoy se da a esta palabra, no los había.

El rey no tenía otras rentas que las de sus dominios particulares, los servicios personales y fiscales de los condes, los beneficios reales, los dones gratuitos de los grandes y los tributos de los países conquistados. Es verdad que se imponían muchas multas y se cobraban infinidad de pontazgos, portazgos, peajes, etc.; pero la mayor parte de estas sumas quedaban en manos de los perceptores. Hubo necesidad de multiplicarlos extraordinariamente, y, como sucede siempre en estos casos, el comercio fue la primera víctima.

Las relaciones de Carlomagno con la Iglesia tienen suma importancia. La respetó, supo convertirla en instrumento de sus planes civilizadores, y no se dejó dominar por ella. Lo contrario de esto precisamente hicieron sus sucesores, comenzando por su hijo Luis. Concedió muchos bienes al clero. A los monjes de San Martín de Tours donó de una sola vez cuarenta y ocho alquerías. Robusteció la jurisdicción canónica, reformó la disciplina eclesiástica y las costumbres, que andaban muy relajadas, y en todo esto procedió cómo soberano y en calidad de delegado del Papa, llegando a tomar asiento entre los obispos. Llegó hasta querer reformar la liturgia. Tanta atención consagraba al elemento eclesiástico, al que consideraba como consolidador de sus conquistas.

Imagínese los beneficios que a la humanidad produjo esta organización sabia y fuerte. A los trastornos, a las luchas, a los desasosiegos de muchos siglos, sucedió una calma profunda, y con ella días de prosperidad y de ventura. Carlomagno hizo desecar pantanos, talar bosques, construir aldeas, plantar viñas, fundar fortalezas y obispados, conservar en buen estado los caminos, y hasta intentó poner en comunicación el Rhin y el Danubio. La humanidad no había visto nada semejante desde los buenos tiempos del Imperio romano.

La fama de Carlomagno se extendió a todos los pueblos. El emperador de Oriente, su colega, le odiaba en secreto como bárbaro, y le temía y respetaba al propio tiempo. Los escritores contemporáneos describen asombrados las cosas raras que los embajadores de Nicéforo trajeron a Carlomagno, acampado a orillas del Saal, pero sin olvidarse de exagerar los esplendores del palacio que éste improvisó para recibirles. Entre todos los regalos recibidos, el que más llamó la atención fue un órgano, admirable instrumento, dice un contemporáneo, que iguala por su estruendo el ruido de la tempestad, y por su dulzura los ligeros sonidos de la lira y del címbalo.

Así como el emperador cristiano de Oriente odiaba al emperador cristiano de Occidente, así también el califa musulmán de Bagdad detestaba al califa musulmán de Córdoba. De este odio mutuo nacieron sin duda ciertas aproximaciones, de las cuales es síntoma indudable la embajada de Harúm-ar-Raschid a Carlomagno. Muchos otros soberanos enviaron embajadores a Carlomagno y entre ellos Alfonso I de Asturias.

En aquellos tiempos de barbarie, el esfuerzo de Carlomagno produjo un movimiento literario notable, y de seguro no es ésta la menor de sus glorias. Bajo una forma ruda ocultaba un espíritu delicado y amante del estudio. Escribía con gran dificultad, pero sabía casi todo lo que en su tiempo debía saberse. Hizo escribir la legislación de los pueblos que formaban su imperio, las canciones de los poetas que ensalzaban el valor de los guerreros, y hasta hizo redactar una gramática nacional y revisar los Evangelios por una comisión de sabios sirios y griegos. Además escribió un tratado sobre los eclipses y las auroras boreales, amén de varias poesías latinas.

Su colaborador principal fue Alcuino (Véase), monje sajón, a quien en 796 regaló tres abadías, entre ellas la de San Martín de Tours, que poseía más de 20.000 siervos. Alcuino escribió sobre teología y comentarios de la Biblia, tratados de liturgia y además algunas obras literarias. La más importante de sus obras, la Vida de Carlomagno, se ha perdido por desgracia. Su estilo era duro y su forma descuidada, por más que alguna vez acumulaba imágenes, por lo general de mal gusto, pero era indudablemente hombre de inteligencia poco vulgar y una enciclopedia de la ciencia de su tiempo.

Alcuino y otros daban en el palacio de Carlomagno verdaderas conferencias, a las que asistían muchos nobles, ávidos de saber. Constituyóse una verdadera Academia literaria y científica, cuyos individuos usaban nombres simbólicos. Allí Carlos era David, Alcuino Flaco, Wala Jeremías, Angilberto Homero, Fridigiso Nataniel, y así los demás. Estos sobrenombres, que para nosotros y en nuestro tiempo podrán parecer puerilidades, prueban la infantil afición a la ciencia y a la literatura de aquella corte apenas salida de la barbarie.

Además de los mencionados, conviene citar a Leydrades, obispo. de Lyon; Teodulfo, obispo de Orleans; Eginhardo, secretario del emperador, etcétera, etc.

Mucho antes de morir Carlomagno presentía que no tendría continuadores. Las excursiones de los normandos le preocupaban vivamente, y es seguro que en ellas y en el carácter débil de su hijo veía las causas principales que habían de contribuir a la destrucción de su obra. A éstas hay que añadir en primer término otras muchas, tales como la fragilidad de los lazos que unían a pueblos tan diferentes y los progresos ya inevitables del feudalismo. El año 806, ante la Dieta de Thionville, formuló una especie de testamento político, repartiendo su reino entre sus tres hijos, Carlos, Pepino y Luis; pero como los dos primeros murieron antes que él, en 813, hizo un nuevo reparto en virtud del cual Bernardo, hijo de Pepino, fue rey de Italia, y Luis, con el título de emperador, heredaba el resto. Murió el 28 de enero del año siguiente.





 

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Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano (vol. 4, págs. 698-701)            CARLOMAGNO, emperador, soberano de Francia (biografía)

 

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