LUIS DE CAMOENS, poeta portugués; relato de
su vida y de sus obras (biografía)
CAMOENS (LUIS DE)
Biografías. Ilustre poeta portugués. Nació en el año 1524;
murió en 1579. A pesar de tener su origen en una ilustre familia, su padre, Simón Vas de Camoens, vivía en Lisboa más cercano
a la estrechez que a la opulencia, contando casi como exclusivo patrimonio sus grados en la Marina real en que servía. En la capital del reino lusitano conoció éste
a doña Ana de Sa y Macedo, dama de ilustre prosapia, y de su matrimonio con ella nació el poeta en el mismo año en que Vasco de Gama salía
por tercera vez de Portugal para encargarse de su virreinato de las Indias orientales, en el que había de morir
a los pocos días de su
llegada.
Los biógrafos dan escasísimas noticias acerca de la infancia de
Camoens, suponiéndose sólo
que habitaba con sus padres en el barrio de la Morería y en la parroquia de San Sebastián, y que aquéllos,
a pesar de su falta de recursos, hicieron cuanto les
fue posible por darle una esmerada educación. Como consecuencia de ello, el joven Luis
fue a estudiar a Coimbra y permaneció largos años en aquella Universidad, teniendo por maestros
a hombres tan eminentes como Diego de Gouvea, antiguo rector de la Universidad de París; Vicente Fabricio, el profesor de griego de que se honraba Alemania, y Pedro Núñez, el más
hábil cosmógrafo de aquella época. Una vez terminados sus estudios,
Luis de Camoens volvió
a Lisboa cuando contaba dieciocho o veinte años, y aunque su fortuna no le permitía frecuentar la corte, contrajo no obstante valiosas amistades. Entonces
fue cuando conoció a aquel D. Constantino de Braganza que más tarde, y lejos de su país, le tendió generosa mano;
a Manuel de Portugal, joven como él, y al cual dedicó luego tan hermosos versos;
a D. Antonio de Noronha, malogrado en la flor de su juventud, como él mismo nos lo refiere, y
a otras personas de valer
o de esperanzas. Sin embargo, un escrupuloso examen de esta primera parte de la vida de
Camoens nos convence de que era completamente desconocido de los demás poetas que Portugal admiraba entonces.
Aquella alma ardiente, accesible ya a tan nobles simpatías, concibió por aquel tiempo una ardiente pasión por una dama de la corte. La tradición dice que esta dama era Catalina de Ataide, hermana de D. Antonio
de Ataide, favorito de Juan III; pero aunque no faltan motivos para ponerlo en duda, el hecho
fue que aquellos amores ocasionaron su destierro a Ribatejo por los años de 1545
a 1550, y aún no falta quien suponga que la persecución de la familia de doña Catalina tuvo no poca parte en su propósito de expatriación. Con efecto:
de vuelta a Lisboa en 1550, ya que no pasó a las Indias, como parece que fue su primer propósito, pasó
a África con D. Antonio de Noronha y se dirigió con las tropas portuguesas
a Ceuta.
En África corrió diversos peligros, perdiendo el ojo derecho en un encuentro con los moros. Esta acción tuyo lugar delante de los muros de Ceuta, por más que algunos historiadores han supuesto que cuando tal le aconteció se hallaba
a bordo de un navío mandado por su padre.
En 1552 Camoens volvió a Lisboa, y la fortuna no le fue más favorable que le había sido hasta allí. Sus servicios quedaron
olvidarlos, y, aunque sus escritos comenzaron sin duda a ser conocidos, no obtuvieron recompensa alguna, hasta el punto de que Sa
de Miranda, Gil Vicente, Barros y Ferreira le fueron tan completamente extraños en este penoso de su vida, como lo fueron mas
tarde. Nadie le había adivinado todavía cuando en 1553 realizó su proyecto de pasar
a las indias orientales, con el humilde
título de scudeiro en la flota de Fernando Álvarez Cabral. Algunos escritores pretenden
que ya llevaba en el alma aquel profundo sentimiento de dolor y de amargura
de que sus versos elegíacos dan tan repetidas muestras, y deducen de ello que doña Catalina de
Ataide, celebrada bajo el nombre de Natercia, no existía ya. Imposible es hoy esclarecer este punto de la biografía
de Camoens; pero la necesidad de abandonar su país, el aislamiento en que vivía y la misma comezón de aventurarse en grandes empresas hacen presumir que su alma estaba combatida por graves
sinsabores. En los comienzos de su viaje estuvo a punto de perecer a impulsos de una espantosa borrasca, que se repitió algunos meses
más tarde ante las costas de la Cafrería. Después de las tempestades vienen los combates. D. Antonio de Noronha,
virrey de las Indias, estaba empeñado en someter a ciertos jefes de pequeños estados, y
Camoens, que formaba parte de esta expedición,
dio muestras de su bravura en ella. De regreso a Goa con el virrey, no tardó en verse asociado
a una nueva empresa destinada a combatir, hasta el Mar Rojo, a un terrible corsario llamado Safer,
y en febrero de 1555 partió en una flota mandada por Manuel Vasconcellos al Cabo Guardafuí. Desde este punto desolado
fue a invernar a la entrada del Golfo Pérsico, para escoltar los navíos
que salían de Ormuz en dirección a Goa, sin que la presencia del temido corsario les hiciera salir de la forzada inacción.
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Al volver a Goa, D. Pedro Mascarenhas, que reemplazó en el mes de septiembre último al ilustre Noronha, había sucumbido, y en julio de 1555 Francisco
Barreto le sucedio con el título de gobernador. Este personaje, que
a pesar de estar dotado de altas cualidades tenía, entre otros defectos, un desmedido orgullo, sintiéndose herido por una sátira del poeta, le condenó al destierro, obligándole
a salir con la mayor premura para las factorías de Macao, recientemente fundadas en las costas
de la China. |
Camoens tuvo, pues, que salir de Goa en 1555, y antes de llegar al punto de residencia que se le había designado, erró algún tiempo por los mares de las indias, aunque no queda completamente averiguado que visitara las Molucas. Los tres años que duró su destierro en China parecen haber sido los más fecundos de su vida; y, si como supone Faría y Sousa,
Los Luisiadas se había comenzado en 1547, puede asegurarse que en Macao
dio las últimas pinceladas a su obra inmortal. Una vez acabada, la vida que hacía en aquellos países, muy disconforme con sus costumbres belicosas y aventureras, se le hizo insoportable, y, aunque su biógrafo afirma que el empleo que en Macao desempeñaba le daba con
exceso para atender a las necesidades de su existencia, no tuvo otro sueño que
regresar a Goa.
El virrey nuevamente nombrado, y que no era otro que aquel Constantino de Braganza que conoció en los comienzos de su carrera, le prestó su apoyo generoso, y con inefable alegría dejó el poeta el lugar de su destino y se embarcó con rumbo
a las Indias, llevando consigo cuanto poseía. Como puede comprenderse,
de todos sus
viajes éste fue el que emprendió con más júbilo. A su término iba a volver a ver
a sus hermanos de armas, a abrazar a sus amigos y a gozar entre ellos de la fortuna que le había
deparado
una vida laboriosa y sobria. Pero todo aquello fue un sueño. Poco más allá de la altura de Cochinchina y
a la entrada del Golfo de Siám, una espantosa borrasca arrastró el navío
a las costas, poniendo en tan grave riesgo su vida que sólo
a nado pudo salvarse, no conservando de sus riquezas más que el manuscrito de
Los Lusiadas,
que casi milagrosamente logró salvar ileso del fracaso.
Ganada la costa y remontando algunas leguas, pudo visitar las maravillas de la ciudad de Angora, y hallar hospitalidad en una de las ciudades mas ricas de Oriente. Ignórase la acogida que se le hizo en tales lugares; pero se sabe que permaneció allí algunos meses, puesto que no entró en la capital de las Indias hasta 1561.
Al fijarse en Goa soportó dignamente su mala fortuna; y si solicitó el apoyo del virrey
fue en términos tan dignos, que honran tanto al poeta como al magnate que le concedió su protección. Pero tal sostén le faltó bien pronto. A fines de aquel mismo año, el virrey
fue reemplazado por don Francisco Coutinho, conde de Redondo, quien, aun estimando en lo que valía el talento de
Camoens, no tuvo la energía bastante para contrarrestar el influjo de los enemigos de un poeta que siempre había blasonado de ser altivo con los señores, fustigador de los miserables
e implacable con todas las injusticias.
Acusado, a lo que parece, de malversación de caudales en el cargo que había desempeñado en Macao,
fue reducido a prisión; y aunque no tardó mucho en sincerarse cumplidamente de la acusación, como, más que justicia, venganza era lo que de él quería tomarse, escuchóse la querella de un tal Miguel Rodríguez Coutinho, y se le retuvo en las mazmorras de Goa
a pretexto de tener deudas con su acusador. Un suplicatorio
favorablemente acogido por el virrey devolvió
a Camoens la libertad, quien, por todo desquite, se contentó con retratar al Coutinho en toda la horrible desnudez de sus malas pasiones.
Una vez libre, dedicóse a limar y pulir, no sólo su
obra predilecta, sino elegías, sonetos y canciones, que indudablemente
alcanzaron entonces aquel grado de pureza que los ha convertido después
en verdaderos modelos; pero no se había cerrado para él la era de las
desdichas, y muy pronto nuevos acontecimientos vinieron a romper aquel
apacible paréntesis de su vida. Un deudo de aquel Barreto que ya había
sido funesto al poeta fue designado para administrar el gobierno de Mozambique; y como le unieran vínculos de amistad con
él, le propuso que le acompañara a las costas del África oriental.
Camoens, creyendo en la sinceridad de las promesas del nuevo gobernador, se embarcó con él para Sofala
a fines de 1567; pero, una vez llegados a la ciudad, no se sabe qué pasó entre aquellos hombres, al parecer tan estrechamente unidos, que, trocada en odio la protección de Barreto, tales miserias y humillaciones hizo sufrir al ilustre portugués, que Héctor de Sylveira, Antonio Cabral, Luis de Veiga, Duarte de Abreu, Antonio Ferrao y otros generosos compañeros que acababan de llegar del puerto de Goa, le sacaron de la miserable situación en que le hallaron, y, teniendo que proveerle de la más indispensable ropa, le ofrecieron pasaje en el barco que les llevaba
a Lisboa.
Camoens, aceptando lleno de gratitud tal ofrecimiento, se embarcó con sus leales libertadores en el
Santa Fe en el mes de noviembre de 1569, haciendo la travesía sin otro contratiempo que la pérdida de Héctor Sylveira, que falleció entre los brazos de sus amigos cuando en el horizonte se dibujaban las gallardas torres de Cintra,
y el retraso que la peste que asolaba a Lisboa ocasionó al desembarco, que no se verificó hasta el mes de junio de 1570.
Después de dieciséis años de ausencia, el poeta encontró extrañas mudanzas en Lisboa. Juan III había muerto en 1557, y con él había desaparecido la tranquilidad interior.
Una laboriosa regencia, agitada por enconadas rivalidades, había
sucedido a su reinado, y, donde todo era paz y tranquilidad, eran a la
sazón frecuentes los sobresaltos y común el malestar. Se ignora cómo
pasaron los primeros años de la nueva estancia de
Camoens en su patria, sabiéndose sólo que
Los Lusiadas aparecieron por vez primera en 1572, y que fueron reimpresos dos veces más en el mismo año, lo que prueba la inmensa popularidad que obtuvo el poema desde el primer momento.
La tradición supone al poeta sumido en tan espantosa miseria, que sólo a la caridad de uno que fuera su esclavo debió el necesario alimento en los últimos años de su vida; pero algunos documentos auténticos prueban que, aunque sobrado mezquina, el Erario real le tenía concedida una pensión que escasamente bastaría para
cubrir sus más perentorias necesidades. Sin embargo, aunque se ponga en duda la versión de que murió en un hospital, no puede negarse el testimonio de uno de sus contemporáneos, que afirma que
Luis de Camoens no tenía en el lecho de muerte una mala manta que le defendiera de las inclemencias del frío.
Su entierro se verificó en la iglesia de Santa Ana, y sólo al cabo de dieciséis años se puso un epitafio en su tumba. El terrible terremoto de 1755 hizo desaparecer aquel modesto recuerdo, de que no quedaron huellas después de la reedificación de la iglesia de Santa Ana. En los últimos tiempos se había perdido hasta la noción del sitio que ocupara aquella tumba; pero en 1836 diversos individuos de una asociación literaria obtuvieron licencia de la autoridad eclesiástica, y, practicadas algunas diligencias, pudo encontrarse en el coro reservado
a los religiosos una tumba sin epitafio que se cree fuera la del gran poeta.
Desde Voltaire hasta nuestros días, Los Lusiadas han sido objeto de acalorados debates. El poema ha sido ensalzado y deprimido con notable exageración; pues mientras unos le han colocado por encima de las obras maestras de la humanidad, los otros han querido agrandar defectos
e imperfecciones de que no hay tarea humana que esté exenta. Hoy, con más imparcialidad de juicio, nadie deja de reconocer que, considerados
sus lunares con relación a la época en que
fue escrita la obra, resulta la personalidad del poeta a la altura de los mejores épicos.
La bibliografía de Los Lusiadas y de las demás obras de
Camoens necesitarían un volumen entero. Entre las ediciones numerosísimas, sólo citaremos la de 1572 hecha en casa de Antonio González (Lisboa) y que lleva por rótulo
Os Lusiadas de Luis de Camoens, con privilegio real; las Rythmas de Luis de Camoens, divididas en cinco partes, dirigidas
a o muitio illustre senhor D. Gonçalo Coutinho (Lisboa, por Manoel de Lyra, 1595);
Rimas varias de Luis de Camoens, príncipe de los poetas heroycos y lyricos de España (Lisboa, 1685 y 1689), y
Obras do Grande Luis de Camoens, novamente dadas a luz com os seus Lusiadas, commentados pelo licenciado Manoel Correa
(Lisboa occidental, S. A.).
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