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DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO HISPANO-AMERICANO (1887-1910)

Índice


 

 

CALDEA, la cultura caldeo-asiria (geografía antigua)                                  

CALDEA

Geografía antigua. Parte meridional de la cuenca del Eufrates y el Tigris, en Asia. En su acepción más lata, la voz Caldea es sinónima de Babilonia; pero, con toda propiedad, sólo debe llamarse Caldea a la zona extrema S0. de aquella cuenca, próxima a los desiertos de la Arabia. Sus primitivos habitantes, los caldeos, que dieron nombre a la comarca, los Chasdim del Antiguo Testamento, pertenecían a dos razas: unos eran camitas, de la rama de Cus; otros, los más importantes, turaníes. La existencia de una antigua civilización turaní y de pueblos de esta raza en la Caldea es uno de los hechos más nuevos e inesperados que revelaron las inscripciones cuneiformes y el estudio de los monumentos originales del mundo caldeo-asirio; eran los pueblos llamados Sumir en los documentos asirios y babilonios. Pero había además gentes de otras razas, tales como los Tarequitas, o descendientes de Heber y de Taré, que habitaban alrededor de la ciudad de Ur, y pertenecían a la raza de Sem. Los caldeos propiamente dichos eran los sumir o turaníes, que se impusieron a los otros dos elementos de la población, cusitas y semitas. Desde un principio se les ve establecidos entre los Accad o cusitas, pues ya en tiempo de Abraham la ciudad de Ur se llamaba Ur de los Caldeos, y aun antes también figuran en contacto con los semitas, pues la tribu semítica, de que eran oriundos los hebreos, se denominó Arfaxad, que significa limítrofe del Caldeo. Pero la patria de los caldeos estaba más al N., pues se cree que vinieron de las montañas que hay al N. E. de la Mesopotamia, donde los geógrafos clásicos sitúan poblaciones llamadas Chaldaei, Carduchi o Gorduaei, y viven hoy tribus kurdas. El predominio de los caldeos sobre los demás pueblos se debió al arte que tuvieron de asimilarse completamente con aquéllos, adoptando su lengua y su cultura, que amalgamaron con las suyas, pero conservando a la vez su propio idioma y constituyendo una especie de aristocracia o raza superior a las demás. Parece que en un principio formáronse varios pequeños estados, de los que llegaron a predominar cuatro, representados por las cuatro ciudades confederadas, a saber: Babilonia, Erex u Orcoe, la Uarkah de hoy, sita en la orilla izquierda del Eufrates, 40 leguas al S. de Babilonia; Accad, el centro primitivo de las tribus de este nombre, llamado también Nipur, que se hallaba en medio de la Caldea propiamente dicha y a orillas del famoso Canal Real, y Xalané o Ur, palabra caldea que significa la ciudad por excelencia, cuyas ruinas llevan hoy el nombre de Mugueir y están cerca de la primera confluencia del Tigris y el Eufrates, en la orilla derecha. La historia de Caldea empieza sólo, en realidad, desde que todas las tribus y ciudades se unieron, formando un estado la Caldea y la Babilonia con el nombre de primer Imperio caldeo o caldeo-babilónico, cuyos reyes alternativamente residían en cada una de las cuatro ciudades citadas. Desde este momento, la historia de Caldea es la historia de Babilonia. V. BABILONIA.

Expuestos, al hablar de la Asiria, los principios religiosos de los sabios caldeos que hubieron de informar las creencias de la cultura caldeo-asiria, sólo es pertinente en este lugar decir algo del fundamento astrológico de aquella religión. Decían los sabios sacerdotes caldeos que cierto día el dios Oannés salió del Mar Erytreo, bajo forma de hombre, con cola de pez, y les enseñó la astronomía. Según Diodoro de Sicilia, por mucho tiempo nadie conoció mejor que los caldeos las influencias de ciertos fenómenos y la ciencia del porvenir. Lo más esencial de su doctrina se refiere a los movimientos de los cinco planetas que llamaban intérpretes, de los cuales el más importante era Helios (Sol). Sabían observar la salida y ocaso de los astros y su color, deduciendo de sus observaciones los cambios atmosféricos y meteorológicos, las ventiscas, las lluvias, el calor, la aparición de cometas, los eclipses de sol y de luna, los temblores de tierra, etc.: todo esto sabían predecir aquellos astrólogos. Junto a los cinco planetas colocaban hasta treinta astros llamados dioses consejeros, de los cuales la mitad habitaban sobre la tierra y la otra mitad debajo, para atender equitativamente a las cosas celestes y humanas. Se contaban después doce señores de los dioses, cada uno de los cuales presidía en un mes y a un signo del zodíaco. Creían que la luna estaba más cerca de la Tierra por razón de su peso, y que ejecutaba sus revoluciones en menos tiempo que el Sol porque describía un círculo más pequeño. Sostenían que la Tierra estaba excavada en forma de barco. El cómputo que habían hecho del tiempo, hasta la venida de Alejandro, comprendía cuatrocientos setenta y tres mil años, según Diodoro, y cuatrocientos ochenta y ocho mil según Plinio y Cicerón; pero la moderna crítica desconfía de la exactitud de estas cifras. En cada ciudad de Caldea y Asiria había uno o más Observatorios en forma de torre o de pirámides escalonadas, llamadas en los textos zigurat. Los sacerdotes caldeos, o magos, practicaban las ciencias ocultas: había dos clases de magia, la magia blanca, que formaba parte del culto, para la cual se comunicaban los magos con los espíritus superiores, y la magia negra, condenada por la religión, hecha por los hechiceros, que explotaban las malas pasiones.


 

Las gentes piadosas, para precaver la mala influencia de los hechizos y espíritus malignos, usaban talismanes, que eran una venda de tela con fórmulas escritas que se fijaban en las ropas y en los muebles, y figuritas de las divinidades, que se llevaban suspendidas del cuello, o cilindros de piedra dura (V. CILINDROS CALDEO-ASIRIOS). Los sacerdotes caldeos se ejercitaban también en la adivinación interpretando los sueños, el rayo, los vientos, el murmullo o agitación de las aguas, el fuego, los vapores del aire y hasta las entrañas de los animales degollados.

La moderna crítica asigna a los monumentos más antiguos hallados en la Mesopotamia una edad de cuarenta siglos antes de nuestra era. Hasta hace poco sólo se conocía la civilización caldea por lo que de ella nos decían las leyendas mitológicas y las tradiciones históricas. El ilustre arqueólogo francés M. de Longperier presintió hace tiempo el arte caldeo, al examinar una figura de marfil del Museo del Louvre, y recientemente ha venido a comprobarse la exactitud de su presunción por los importantes descubrimientos efectuados por M. Charzec en Tell-Loh consistentes en estatuas y bajos relieves que llevan, en caracteres cuneiformes, el nombre del rey Gudea, hijo y tributario de Dungi, rey de Ur e hijo de Likbagas. Las indicadas inscripciones indican también que la comarca explorada por Charzec es donde estuvo la ciudad de Sergulla. Los monumentos de allí exhumados se ven hoy en los Museos Louvre y Británico. Entre las esculturas deben mencionarse una estatua de piedra de labra rudimentaria, que representa una diosa, y otra que parece representar un magistrado de la corte de Gudea; estas estatuas están en el Museo Británico; las del Louvre están en su mayoría sentadas y tienen las manos enlazadas de un modo especial, que se observa también en las figuras asirias: visten un manto o chal con menudo fleco que va ceñido y deja descubierto el hombro y brazo de un lado; están finamente modeladas en piedra negra; la musculatura está acentuada con tanto vigor como sobriedad, y las manos, las falanges y los dedos están minuciosamente estudiados. A casi todas estas estatuas les falta la cabeza y, por las que se han hallado, se ve que los caldeos del tiempo de Gudea llevaban afeitados la cabeza y el rostro como los egipcios. Es de notar la semejanza de factura y de interpretación del natural que se observa entre las esculturas caldeas y las egipcias de la dinastía XII. Una de las estatuas sentadas del Louvre es la de un arquitecto que tiene sobre las piernas una tablilla en que está trazada la planta de un edilicio. Con estas estatuas se han encontrado figuritas de bronce, ladrillos, vasos de barro y otros objetos.





 

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Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano (vol. 4, págs. 197-198)                           CALDEA, la cultura caldeo-asiria (geografía antigua)

 

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