SIMÓN BOLÍVAR, el Libertador, independentista
americano fundador de la República de Bolivia; su vida (biografía)
BOLÍVAR (SIMÓN)
Biografías. Fundador la
República de Bolivia. Se le apellida el Libertador. Nació en Caracas
el 24 de julio de 1783; murió cerca de Santa Marta el 17 de diciembre de
1830. Fueron sus padres Juan Vicente Bolívar y Ponte, y María de la
Concepción Palacios y Sojo, ambos de ilustre familia y de elevada
alcurnia. Terminada su educación, joven aún, concibió el proyecto de
recorrer la Europa en busca de útiles conocimientos, a cuyo efecto pidió
pasaporte para España; visitó de paso a Méjico y la isla de Cuba; se
dirigió a los Estados Unidos y de allí a Italia, Francia y España.
Asistió en París a la coronación de Bonaparte y contrajo matrimonio en
Madrid con una sobrina del Marqués de Toro. De regreso a su patria, entregóse por completo a las dichas del hogar y al fomento de su
cuantiosa fortuna. En esta época fue nombrado capitán de las milicias de
los Valles de Aragua, primer cargo militar que desempeñó. La felicidad
que disfrutaba fue efímera; una epidemia invadió el país e hizo una de
sus víctimas en la esposa de Bolívar. Agobiado éste por el dolor que le
causara tan inesperada pérdida, cayó en profunda tristeza y melancolía,
y abandonando a América continuó sus viajes por Europa. Vuelto por
segunda vez a su patria, establecióse en Caracas y dio comienzo a ese
período de su existencia en que ni es posible seguir la febril actividad
de su cuerpo, ni los luminosos destellos de su inteligencia, que al
reflejar en las vastas soledades del Nuevo Mundo crearon las nacionalidades americanas.
Ejercía el cargo de capitán general
de Venezuela Vicente Emparán; mostróse este general decidido a proclamar
la nueva dinastía que violentamente se encumbraba en España. Bolívar
sorprendió sus designios, y a la mágica voz de su protesta estalló
la revolución de Caracas del 19 de abril de 1810. La Junta suprema le
nombró coronel, confiándole la misión de dar al gabinete inglés cuenta
del cambio de gobierno. Marchó Bolívar a Londres y obtuvo de la Gran
Bretaña la solemne promesa de que ésta no intervendría en nada en los
asuntos y negocios de la América meridional. Conseguido este
satisfactorio resultado, se trasladó a Caracas y se dedicó sin tregua ni
descanso a la consolidación de su obra. Ante sus ardorosas palabras
llenas de fe, formáronse los ejércitos, y desde este instante su vida
fue una serie no interrumpida de heroicas acciones y de sublimes
hechos. A su gigantesco esfuerzo se debió el acta de independencia de 5
de julio de 1811, en la que, a la par que se retaba al poder peninsular,
se sustentaban los principios filosóficos modernos. Refugióse en
Cartagena, buscando asilo contra sus perseguidores, y en las orillas del
Magdalena (1812) hizo frente a los españoles en los instantes en que su
patria era desgarrada por las más cruentas luchas intestinas. Sus
proezas en Cucuta, los Taguanes y Araure señalaron a la América el
hombre destinado para establecer el imperio de la libertad. Nególe la
diosa fortuna sus favores, y en las infaustas jornadas de Cura, Urica y
la Puerta perdió Venezuela su independencia. Huyó Bolívar a Nueva
Granada; su mudada suerte hizo inútiles sus servicios al Congreso
general, y en vísperas del asedio de Cartagena por Morillo, emigró Simón
a la isla de Jamaica. Salvóse en ésta del puñal asesino, y sin
arredrarse al contemplar su pasada fortuna y su presente desgracia,
zarpó de los Cayos con trescientos hombres y renovó en Margarita la
brillante epopeya, comenzando el acto final de la revolución de
Venezuela. Guió al combate a los suyos desde montañas de Caracas a las
riberas del Apure, y desde los llanos de Casanare a las bocas del
Orinoco; y sus soldados, faltos de armas y de alimento, aprendieron a
vencer en las batallas de Guayana, Calabozo, el Sombrero y San Fernando,
si bien fueron derrotados en la Puerta, Hogaza y Cumaná. Nueva Granada,
en tanto, gemía bajo el peso de férrea mano; Bolívar escuchó sus
lamentos, y cual nuevo Aníbal, atravesando inaccesibles montañas,
profundos ríos y anegados páramos, apareció, triunfando de la
naturaleza, cual genio vengador, en sus campos; luchó en Gameza, Vargas
y Donza, coronándose de laureles, y en el inmortal combate Boyacá
obtuvo, por su valor y pericia, el triunfo, levantándose como
consecuencia en todo el territorio granadino altares a la libertad.
Celebróse el Congreso de Angostura, compuesto de representantes de las
provincias libres de Venezuela y Nueva Granada, y el 17 de diciembre y
de 1819 nació la República de Colombia, concediendo a Bolívar el titulo
de Padre de la patria. España pactó con la naciente República, y
Bolívar y Morillo firmaron un tratado regularizando la guerra, tratado
que llena una de las páginas más brillantes de la historia militar del gran
americano, pues en aquel documento resplandece la hidalguía y humanidad de su corazón.
Renovadas las hostilidades en los llanos de Carabobo, con el triunfo de Bolívar quedó definitivamente asentada la libertad de Colombia.
Cubierto aún con el polvo de la batalla, voló a los valles que fecundizan el Táchira y el Zulia, y prosternado ante la soberanía nacional juró cumplir la Constitución de la República. No contento todavía, partió
a romper las cadenas de
los hijos del Ecuador, y en las jornadas de Bomboná emancipó aquella comarca, viniendo
a ser
Quito parte integrante de la República. Los infortunios de un pueblo hermano obligaron a
Bolívar
a recoger nuevos laureles en los Andes
del Perú; luchó con el abatimiento de los suyos,
con la confusión y apatía de los que iba a redimir, y si en Ica, Moquegua y el Callao el
dios de las batallas puso a prueba su constancia, en Ayacucho quedó para siempre establecida
la independencia americana, naciendo en las
provincias del Alto Perú (agosto de 1825) una
República que adoptó por nombre el de su libertador: la República de Bolivia.
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El día 18 de
agosto del mismo año verificaron los libertadores su entrada en la Paz, y Bolívar
fue coronado
por el pueblo con un laurel de oro cubierto de
brillantes. Bolívar se lo quitó en el acto, y ciñó
con él la frente del general Sucre, diciendo: «Él fue quien dio la libertad al Perú en el campo de
Ayacucho.» El 26 de octubre de 1825 subió a la cumbre del cerro del Potosí, y enarbolando las banderas colombiana, argentina, chilena y boliviana, exclamó lleno de gozo:
«La gloria de haber conducido triunfantes los estandartes de la libertad hasta estas frías regiones es superior
a los inmensos tesoros que se hallan a nuestros pies.» |
Esto hizo como general. Si fuese dable, de él podía decirse que, como político, se superó. Comprendiendo que no era posible pasar del sistema que los regía
a un sistema federal, no sólo por lo brusco del cambio, sino por las diferentes y heterogéneas masas que componían su patria; juzgando que no era prudente
excitar las pasiones, se limitó
a presentar en
el congreso de Angostura, a la par que dimitía el mando supremo, un proyecto de Constitución;
en él se proponía la creación de un gobierno parecido al de Inglaterra, que contuviera en el Estado la fiebre democrática enfrenando la
ambición. Proponía también Bolívar la creación de un Senado vitalicio y una aristocracia constitucional en que se uniesen los talentos de las órdenes civil, militar
e industrial, sumando así la nobleza, la riqueza y el talento. Sus esfuerzos
fueron inútiles: se creyó que atentaba
a los sagrados derechos del hombre, y el pueblo no le atendió. Los legisladores del Congreso desoyeron su voz y se dejaron llevar de su optimismo político. El tiempo vino
a demostrar cuán acertados eran los designios de Bolívar; mientras éste llevaba en triunfo
hasta las frías cimas del Potosí las banderas de Colombia y fundaba una
República, su patria se hundía
en el caos merced a levantamientos militares y a la bancarrota que pretendía
imponer su
infamante sello a aquella sociedad. Bolívar regresó: al pisar el suelo patrio
serenó sus turbaciones, y al rayar el año 1827 salvó la crisis sin derramar una gota de
sangre y conservó la República sometiéndola a su autoridad.
Antes de reunirse
la gran Convención de Ocaña, pasó Bolívar por terribles pruebas: sueltas todas las pasiones, pareció que había llegado la hora de fatal término para el Estado que con tanto anhelo fundó Bolívar. Hollada la Constitución, disuelta la Asamblea sin haber podido hacer el bien de su nación, Colombia
vio con terror el abismo en cuyo borde se agitaba, y para no perecer se entregó en alma
a Bolívar, proclamándole Dictador. Éste, con singular ejemplo, moderó su
poder, promulgando el decreto orgánico y convocando la Representación
nacional para 1830. En la noche del 25 de septiembre de 1828 se atentó contra su existencia: la ponzoña de la calumnia manchó su acrisolada
vida, suponiendo que el Dictador pretendía una presidencia vitalicia. Desde este instante Bolívar decayó: no olvidaba que la historia podía poner sobre su frente el estigma de tirano; en su grandeza de alma no
fue capaz de comprender las miserias y rencillas de aquéllos que
le rodeaban, y quedó en medio de aquella torpe sociedad, como ciclópeo monumento, grande, majestuoso, pero solo y desconocido. Reunido el Congreso, Bolívar rechazó la primera magistratura,
pidió a sus amigos que le librasen de ella, y se retiró de la vida
pública. Quiso marchar a Inglaterra, pero a la capital del Magdalena
acudieron todas las personas notables para disuadirle de su idea; convenciéronle de que era necesario para el bien común su permanencia en el país, y, resignado, se quedó; pero minada su salud por la terrible enfermedad que en servicio de su patria contrajo, y herido en su alma por tanta injusticia y por el inicuo ostracismo que decretó el Congreso de Venezuela, la tisis se apoderó de él y le llevó al sepulcro
a los cuarenta y siete años y medio de edad, el mismo día en que la República conmemoraba su undécimo
aniversario.
Si como general y político fue noble y generoso, como
hombre y caballero fue incomparable. Madurado precozmente su entendimiento por el amor al estudio y los viajes, practicó en su vida privada todas aquellas virtudes que en la pública fueron su más justo galardón. El haber manumitido en un solo día más de mil esclavos que poseía, y el haber dispuesto que en su lecho mortuorio se quemasen todos los documentos y correspondencia que poseía, nos demuestra que en su
pecho no se abrigaban bajos sentimientos y que prefirió quedasen en la historia sin justificación posible
muchos de sus actos, antes que sonrojar y desprestigiar quizás a sus más enconados enemigos.
La
posteridad le ha hecho justicia, y su nombre es pronunciado en América como la
personificación más augusta de la guerra comenzada en 1810. Varios son
los monumentos elevados a su memoria: Caracas, su ciudad natal, ostenta en una de las capillas de su catedral un mausoleo
a él dedicado; y, coincidencia singular, en el mismo sitio en que, proclamada la independencia de Venezuela el año de 1811, se enarboló el pabellón nacional, ondeando las banderas ante el ejército y el pueblo, hoy se alza su estatua ecuestre. No existe capital americana que en sus paseos y edificios públicos no recuerde el nombre de
El Libertador. Su patria ha honrado su nombre concediéndoselo
a diferentes condecoraciones. El Busto del Libertador fue decretado por el Congreso constituyente de la República del Perú por ley de 12 de febrero de 1825, ratificada por el Congreso de Colombia en 11 de junio de 1826. Esta medalla tiene en el anverso el busto de Bolívar y la leyenda
A su Libertador Simón Bolívar, y en el reverso las armas del Perú y la leyenda
El Perú restaurado en Ayacucho, año de 1824. Otra fue decretada
por el primer Congreso de la República boliviana; es una medalla de plata: en el anverso ostenta el busto con la leyenda
Simón Bolívar Libertador de Colombia y del Perú, y en el reverso el cerro del Potosí con numerosos socavones; vese al pie la ciudad, y el sol de los Incas corona el cerro. La leyenda dice:
Potosí manifiesta su gratitud al genio de la libertad, 1825. Existe otra medalla, aunque no se conoce la autoridad que la decretó; tiene el busto de Bolívar con esta leyenda:
Colombia
a su libertador, y en el reverso la inscripción Simón Bolívar, ilustre general, sabio legislador, ciudadano íntegro, libertador padre de
la patria, en medio de dos lazos de laurel.
El filósofo Benjamín Constant, refiriéndose
a Bolívar, emitía su juicio diciendo: «Si muere sin haberse ceñido una corona, será en los siglos venideros una figura singular. En lo pasado no tiene semejante, porque Washington no tuvo nunca en sus manos, en las colonias británicas del Norte, el poder que Bolívar ha asumido entre los pueblos y desiertos de la América del Sur.» Para terminar, consignaremos
las palabras de un distinguido escritor americano, el Sr. Madiedo, que
decía: «En Bolívar se simbolizaban todos los grandes caracteres del
mundo americano: ese sol tropical, siempre abrasador y fecundante; esos
ríos poderosos; esos montes gigantescos; esos inmensos desiertos, tan
bellos en sus pompas salvajes: todo tenía en él algo de esa grandeza
original. Su mirada viva y creadora como ese sol; su voluntad fuerte e
irresistible como esos ríos; su corazón altivo como esas montañas; su
alma vasta como esas interminables y suntuosas soledades.»
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