LUCRECIA BORGIA, princesa italiana, hermana
de César Borgia (biografía)
BORGIA (LUCRECIA)
Biografías. Princesa italiana; vivía en la segunda mitad
del siglo XV. Hermana de César Borgia, hízose famosa por su hermosura y
sus desórdenes. Joven todavía, conocida ya por sus gracias y su talento,
casó con un noble aragonés, compatriota del padre de Lucrecia; pero
cuando éste ocupó la silla de San Pedro (V. ALEJANDRO VI), rompió este
casamiento (1493) y unió a su hija con Juan Esforcia, noble italiano,
nieto natural de Alejandro Esforcia. No parece que el segundo esposo fue
del agrado de Lucrecia, y así, Alejandro VI, que por conveniencia propia
disolvió el primer matrimonio, anuló también el segundo para satisfacer
los deseos de la joven (1497), que se unió ante los altares con Alfonso
de Aragón, duque de Biseglia e hijo natural del rey de Nápoles Alfonso
II. Invadida la Italia por Carlos VIII de Francia, el pontífice
Alejandro, aunque contra su voluntad, firmó una alianza con el invasor,
que aspiraba a conquistar el reino de Nápoles. El duque de Biseglia
entonces se separó de su esposa para acudir a la defensa del jefe de la
familia Esforcia; pero Lucrecia, nombrada por su padre gobernadora de
Espoleto, atrajo con caricias al fugitivo, que pagó con la vida el
abandono en que había dejado a su esposa y los intereses del
pontificado. Sorprendido por unos asesinos que lo dejaron por muerto,
Alfonso de Aragón fue estrangulado en el lecho cuando se temió que
curara de las graves heridas que recibió. Alejandro VI halló para su
hija una alianza más brillante que las anteriores, y por la influencia
de su gran poder y la de su hijo César Borgia, casó a Lucrecia con
Alfonso de Este, hijo de Hércules (duque de Ferrara). Satisfecho de esta
unión, el Papa prodigó como nunca sus tesoros para organizar fiestas en
Roma y anunciar al mundo cristiano la elevación de su hija, a la que
amaba más que a sus demás hijos. Lucrecia se mostró casi digna de su
alta fortuna. Iniciada desde mucho antes en los secretos de la política
italiana, que no en vano su padre la había permitido intervenir
activamente en los negocios más difíciles, no renunció por completo a
los placeres, pero consagró su atención al desarrollo de los intereses
italianos, vivió con alguna mayor honestidad, protegió con particular
amor el renacimiento de las letras, y distinguió sobre todo al cardenal
Bembo, que a pesar de sus afirmaciones no ha logrado atenuar ante el
tribunal de la historia el severo juicio que merecen las faltas de
la hija de Alejandro. No admite, sin embargo, la crítica moderna como
verdaderos todos los hechos que los contemporáneos de Lucrecia atribuyeron a la famosa princesa, que, como los
demás miembros de su familia, se atrajo por su poderío el odio de muchos,
y dio motivo, con la realización de algunas faltas graves, a que se la
acusara de otras mucho peores, que no ejecutó. Jacobo Sanázaro, célebre
poeta de aquel tiempo, escribió este epitafio:
Hic jacet in tumulo Lucretia nomine, sed rare
Thais; Alejandri filia, sponsa, nurus.
Es decir, que, según el poeta, Lucrecia fue hija, esposa y nuera del
Papa Alejandro. Al afirmar esto, Sanázaro se limitó a reproducir el
rumor público, que aseguraba que Lucrecia era concubina de su padre y de
sus hermanos Luis y César. Por la misma época se dijo que César, celoso
de su hermano Luis, le había hecho asesinar y arrojado después el
cadáver al Tíber. Estas relaciones incestuosas sólo han existido en la
imaginación de los que hablaron de ellas.
El nombre de Lucrecia Borgia, no obstante, será siempre recordado cuando
se quiera citar al prototipo femenino de los placeres de la carne. Tal
hecho es debido a la autoridad con que, en vida de ella, se propagaron
las más inverosímiles noticias referentes a los secretos de su conducta,
a la liviandad innegable de la princesa, al contraste que ofrece su amor
al placer con el sacrificio de la Lucrecia romana, la esposa de Colatino,
y muy especialmente al partido que poetas y novelistas han sabido sacar
de una vida fecunda en incidentes, ciertos los unos, supuestos los más,
escribiendo inmortales obras que han venido a ser las únicas fuentes en
que la casi totalidad de los pueblos modernos aprendieron la historia de
Lucrecia Borgia. Entre estas composiciones merecen un recuerdo el drama
de Víctor Hugo, la ópera de Donizetti y la novela de nuestro
compatriota Manuel Fernández y González. Las tres obras llevan este
título: Lucrecia Borgia.
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