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DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO HISPANO-AMERICANO (1887-1910)

Índice


 

 

MIGUEL ÁNGEL BUONAROTTI, pintor, escultor, arquitecto italiano; vida y obras del artista (biografía)

BUONAROTTI (MIGUEL ÁNGEL)

 Biografías. Pintor, escultor y arquitecto italiano de los siglos XV y XVI. Nació en el castillo de Coprese, cerca de Arezzo, en 1474, veintidós años después de venir al mundo el gran Leonardo de Vinci, con el cual, y con Rafael de Urbino, que vino después, compartió la gloriosa empresa de llevar el arte del Renacimiento a su apogeo. Pero de estos tres genios sólo a Miguel Ángel fue dado presenciar la rápida de cadencia de la bella forma, pues murió a la avanzada edad de 89 años, en 1563. Buenarotti rivalizó con Vinci en la universalidad de sus aptitudes, porque fue igualmente grande en todo; como arquitecto, como escultor y como pintor. Fue además un excelente poeta, y muy entendido en la música, aventajado en las ciencias y anatómico profundo. Sólo a la anatomía consagró doce años de su laboriosa juventud, y todas sus obras revelan el ardor con que la cultivó siempre. Demostró toda su vida, en palabras y en acciones, la varonil y casi fiera independencia de su genio, y una resuelta tendencia a expresar sus ideas sin el menor velo simbólico. Sus concepciones artísticas llevan el sello de la grandeza monumental; son la expresión de una energía enteramente primitiva, de una poderosa e incontrolable voluntad, de una fuerza avasalladora.
      Comenzó Miguel Ángel su carrera bajo la dirección de Domenico Ghirlandajo, eximio pintor florentino, pero pronto las circunstancias y la vocación le inclinaron al estudio y ejercicio de la escultura. Su primera obra notable de pintura fue la tan celebrada de los Soldados florentinos saliendo del baño del Arno y aprestándose para el combate, que ejecutó en 1504 en competencia con Leonardo de Vinci, y de la cual por desgracia sólo se conservan una antigua copia al óleo y a claro-oscuro de la parte principal en poder del conde de Leicester, en su casa de Holkam, y algunos grupos en apreciables grabados de Marco Antonio y Agostino Veneciano. La energía de concepción, la ciencia de composición y de anatomía que desplegó en este gran cartón valieron al artista el más ruidoso triunfo, y con justo motivo, porque opinan los más eminentes críticos que jamás produjo después, en la inmensidad de sus creaciones, una obra más perfecta. Mucho antes, y cuando sólo tenía veinte años, había pintado Miguel Ángel el bellísimo Cupido dormido de Mantua, que, cautelosamente oculto entre unas ruinas donde se practicaban excavaciones, fue descubierto con grande alborozo, creyéndolo los inteligentes obra de la antigüedad clásica.
      Distrájole de sus ocupaciones como pintor el Papa Julio II, que le encargó el gran mausoleo –obra de arquitectura y escultura– en que había de ser sepultado, y el mismo Pontífice luego, torciendo el curso a las grandiosas ideas del estatuario y del arquitecto, le obligó a abandonar aquella obra para entregarse de lleno a la decoración de la bóveda de la capilla Sixtina. Repugnaba al principio esta comisión Miguel Ángel, en parte por cierto respeto a las pinturas de sus predecesores que en ella se conservaban, y en parte también por su temor de no salir airoso de la empresa a causa de serle casi desconocido el procedimiento de la pintura al fresco; pero el Papa le obligó a aceptarla. Hizo entonces venir de varios puntos de Italia profesores prácticos que ejecutasen los cartones que él iba componiendo; mas se vio precisado a borrar lo que ellos hicieron y se resignó a pintar toda la bóveda por su propia mano. Esta pintura es la obra más perfecta de Buonarotti. No podemos detenernos a describirla minuciosamente; el lector que aspire a formarse de ella una idea cabal, puede satisfacer su deseo leyendo la concienzuda descripción de Kugler en su clásica obra The italian Schools (versión inglesa enriquecida con preciosas notas del docto Mr. Easlake). Debemos limitarnos a decir que esta bóveda es en su sección transversal un arco aplanado en su centro: la parte plana central contiene una serie de composiciones, grandes y pequeñas, que representan los pasajes más importantes del Génesis, y la parte curva de los arranques de la bóveda está ocupada, en secciones triangulares, con figuras de Profetas y Sibilas, llenando los lunetos composiciones alusivas a la genealogía de la Virgen y a la divina misión de Cristo. La decoración arquitectónica que en esta inmensa página se finge está toda exornada con figuras del más exquisito gusto, imitando relieves. En la pintura de esta soberbia bóveda empleó Buonarotti tres años solamente.


 

Se ocupó éste después en obras de escultura y arquitectura: fueron las principales la nueva Sacristía de San Lorenzo de Florencia y los enterramientos de los Médicis que allí se colocaron. Cumplía ya el gran artista sus sesenta años, y entonces se le encargó la segunda de sus más célebres obras de pintura, el Juicio final, para el testero de la misma capilla Sixtina, cuya bóveda había decorado. Comenzó este gran fresco de sesenta pies de altura cediendo a las instancias del Papa Clemente VII, y lo terminó a los siete años, bajo el pontificado de Paulo III, en 1541.

 «Si consideramos, dice el sabio Kugler, el incontable número de sus figuras, la solidez de su concepción, la variedad de los movimientos y actitudes, el magistral dibujo, y en particular los extraordinarios y difíciles escorzos, esta obra inmensa es ciertamente única en la historia del arte; pero en pureza y majestad no puede rivalizar con la pintura de la bóveda. La parte alta del famoso fresco representa a Cristo Juez, rodeado de apóstoles y patriarcas; detrás de éstos se ven a un lado los mártires, al otro los santos con una inmensa cohorte de bienaventurados; encima, bajo los dos arcos de la bóveda, dos grupos de ángeles traen los instrumentos de la Pasión. Bajo los pies del Salvador hay otros ángeles agrupados que presentan abierto el libro de la vida y tocan las bocinas que llaman a juicio a los muertos. En la parte baja, a la derecha, se ve representada la resurrección de la carne, y más arriba, la subida al cielo de los justos; a la izquierda el infierno, los réprobos que en él se precipitan, y los vanos esfuerzos de los que quieren temerariamente escalar el cielo. Al par que se han hecho en todos tiempos las más merecidas alabanzas de la mitad inferior de esta obra colosal, su mitad superior ha sido objeto de justa crítica. Es innegable que en esta parte de su composición el genio de Miguel Ángel no estuvo feliz: buscamos en ella en vano la gloria del cielo y seres que ostenten los caracteres de la santidad, ajenos a toda debilidad humana; nuestros ojos no encuentran allí sino la expresión de la pasión terrena y esfuerzos puramente físicos. No vemos coro alguno en orden solemne y tranquilo, unidad ninguna de fulgentes y grandiosas masas producidas por blancas e ideales vestiduras; por el contrario, sólo hallamos un confuso tropel de cuerpos desnudos en actitudes variadas y violentas, sin que a ellos acompañe ninguno de los caracteres consagrados por la tradición. El Cristo, principal figura en este conjunto tan poco edificante y tan poco digno de la suprema beatitud del cielo, carece de todo atributo de santidad; no hay en él la menor expresión de majestad divina que nos hable del Salvador, y sí sólo una expresión y una postura que nos hablan del inexorable e iracundo juez. Pero la parte inferior del fresco es de una grandeza tal que cautiva y espanta. Se siente uno anonadado ante aquella poderosa revelación de un mundo cuyas formas, cuya expresión, cuyos movimientos sólo ha podido adivinar el portentoso genio de Miguel. La desnudez de todas las figuras de la composición, exceptuada naturalmente la Virgen, dio margen a acerbas censuras desde los mismos días del autor: el Papa Paulo IV, que se preciaba muy poco de amante del arte, quiso que se destruyese la obra del eminente florentino; pero transigió ante el disgusto de los aficionados mandando que Daniel de Volterra, discípulo del Buonarotti, cubriese con sobrepuestos paños la desnudez de las figuras que más escándalo causaban. De esta meritoria tarea de decoro y castidad le vino al volterrano el mote de braghettone.

A este mismo tiempo pertenecen dos excelentes frescos que pintó Miguel Ángel en los muros laterales de la capilla Paulina, en el Vaticano, representando en el uno la Crucifixión de San Pedro y en el otro la Conversión de San Pablo. Las pinturas atribuidas a Miguel Ángel en diferentes galerías de Europa rara vez son auténticas, porque este grande artista casi nunca ejecutó cuadros de caballete, si bien a veces toleró que sus discípulos ejecutasen al óleo algunos de sus cartones. Una Sacra Familia pintada al temple que se conserva en la Tribuna de Florencia es quizá el único verdadero cuadro de caballete que existe del Buonarotti. Enumeraremos, para terminar esta breve noticia de un artista que merece ocupar libros enteros, las principales obras que ejecutó. Como escultor: el Cupido dormido de que ya hemos hablado; el David que está colocado delante del Palazzo vecchio de Florencia; el Baco de Roma, obra que por su rara belleza alucinó al mismo Rafael, quien la creyó producción de Fidias o de Praxíteles; La Piedad, grupo que se admira en la iglesia de San Pedro de Roma; el Cristo abrazado a la cruz, de la Minerva; el Mausoleo de Julio II, labrado para la iglesia de San Pedro Ad-víncula, en la cual se halla la estatua colosal del Moisés, tan conocida y celebrada; la estatua del Papa Julio II, que ejecutó para Bolonia y que sus habitantes hicieron pedazos. Como pintor: la Sacra Familia de la Tribuna de Florencia; el cartón de la Guerra de los florentinos con los pisanos, que había de decorar el salón del Consejo de Florencia y que pereció durante las discordias civiles que afligieron a aquel Estado; la Bóveda de la Capilla sixtina y el Juicio final del testero de la misa capilla. Como arquitecto: gran parte de la basílica de San Pedro con su soberbia cúpula, la cual es exclusivamente suya; la Sacristía de la Capilla de San Lorenzo en Florencia, que vino a ser enterramiento de los Médicis; la parte alta del palacio de la Farnesina con su magnífico entablamento; el Palacio de los conservadores y el Museo capitolino; la plaza del Capitolio; la Porta Pía; por último, dejó comenzado el Casino de Papa Giulio, que terminó el Vignola. A la muerte de Miguel Ángel, el Papa quiso que fuese enterrado en la basílica de San Pedro, cuyas obras dirigía; pero su cadáver, sustraído secretamente por disposición del duque Cosme de Médicis, fue llevado a Florencia, en cuya iglesia de Santa Croce le erigieron un magnífico mausoleo que trazó su discípulo Jorge Vasari.





 

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Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano (vol. 3, págs. 1040-1041)               Miguel Ángel BUONAROTTI, pintor, escultor... (biografía)

 

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