BUDA, Gautama, Siddharta, creador del budismo
(biografía)
BUDA
Biografía. El nombre Buda, cuyo significado en sánscrito es sabio
o iluminado, y que se aplica por antonomasia al fundador del budismo, no es un nombre propio, como algunos escritores han creído, sino simplemente el sobrenombre de Siddharta, vástago de la rama de los Gautama (de aquí el nombre de Zramana Gautama, el asceta de los Gautamas, que también se le aplica),
e hijo del rey Cuddhona, que dominaba en el pequeño estado de Kapilavastu, comprendido próximamente entre Udh,
Goraspur y Nepal.
La época en que vivió Siddharta, objeto de mil controversias, no ha podido puntualizarse cuál sea; unos, siguiendo la tradición china, la fijan once siglos antes de Jesucristo; otros, prefiriendo la cingalesa, la señalan seis
o setecientos años antes del Redentor, y escritor hay que, separándose de
los unos y de los otros, toma un término medio, y la determina en el siglo
VIII anterior a nuestra era. Nosotros,
sin mostrar preferencia por ninguna, y si acaso por aquella de los
cingaleses, por ser la que de las tres nos parece más aceptable, referiremos
la historia
del Buda descartando cuanto nos sea posible los
hechos históricos de la fábula en que, como casi la totalidad de las
historias de esta especie, se
halla envuelta.
Apartándonos, pues, de la leyenda según la que Buda, ya Dios,
antes de nacer de Mayadevi, quiso bajar una nueva vez al mundo para librar
a los hombres y descendió al seno de la reina, esposa de Cuddhona, como un rayo luminoso de cinco colores, y descartando
también los sucesos maravillosos que se cuentan como propios de su existencia terrenal, diremos que Siddharta, fruto de la unión del rey de Kapilavastu y su esposa Mayadevi,
quien murió siete días después del nacimiento de su hijo (Mayadevi, de Maya, ilusión; mujer por tal extremo bella que se le había dado tal nombre porque parecían ajenas de la realidad sus perfecciones), pasó los primeros años de su niñez al cuidado de su tía materna, Maha-Radjapati, sin que
demostrase el carácter divino que se le atribuye, aunque fuera de una disposición verdaderamente grande,
pero completamente natural, para aprender todas las cosas. Hasta la edad de veinte años su vida no
fue como la de otro cualquier hombre, sino mucho más recogida. Muy joven le habían hecho casar con Gopa, mujer bella y virtuosa, digna del hombre que fuera su esposo, y su existencia al lado de ella transcurría tranquila y reposada; pero al cumplir los cuatro lustros, como en cierta ocasión que
iba de paseo tropezase con un anciano y de él aprendiese que la vejez y la debilidad eran el destino suyo, por ser el de todos los hombres, y habiéndose
encontrado otra vez con un enfermo, y por él sabido
que el dolor y la enfermedad eran los compañeros de la vida, y poco tiempo después, ante un
cadáver, que la muerte era necesariamente el final de aquélla, lleno de disgusto por las miserias humanas que tan
a lo vivo se le habían mostrado, hastiado de los placeres con que en vano quería hacer olvidar
a su memoria cuán poco estables eran las cosas terrestres, pidió permiso
a su padre para retirarse a la soledad, y a pesar de las súplicas y aun de las órdenes del buen anciano, un día salió de su palacio, cambió sus ricos ropajes por unos miserables, cortóse los cabellos, y en un lugar llamado Urulviva pasó seis años en el más riguroso ascetismo. De aquí pasó
a Budha Gaya, ermita en la provincia de Bengala, donde permaneció largo
tiempo, y en ella fue donde se transformó en Buda y acabó de arreglar su
doctrina, que muy luego empezó a propagar viajando.
Su primer discípulo,
a lo que
parece, fue un primo cuyo llamado Ananda, y entre los que primero convirtió merecen ser citados
casi todos los habitantes de
Radjagriha, en el Magadha,
y de Zrevuti, en el Kozala, cuyos soberanos también abrazaron sus creencias. No fueron, sin embargo, sus doctrinas aceptadas sin gran oposición por
parte de los Brahmanes,
y parece cierto que ante Pracenadji, uno de los reyes
convertidos antes de que
lo fuese, sostuvo una larga
controversia contra sus
enemigos, que fueron vencidos por su palabra.
A los doce años de su salida de la
casa paterna volvió a ella. Su padre, ya muy viejo, le recibió con los
brazos abiertos; él le expuso sus doctrinas, y entonces Cuddhana y todos sus súbditos se convirtieron igual que
Maha Pradjapati, Gopa y las
otras dos mujeres de Siddharta, Jazodhara y
Utpalavarna. Luego continuó su predicación, y
la edad de ochenta años (el 543 antes de Jesucristo, dice un escritor) en Kusinagara, viniendo de Radjagriha acompañado de su primo
Ananda y de varios de sus discípulos, exhaló su
postrer aliento. Dícese que antes de atravesar el
Ganges, fijando una mirada en Radjagriha que
allá a lo lejos se distinguía, dijo: «Ésta es la última vez que la contemplo»; y con efecto, después de pasar el río Vaizalí cerca de la ribera de
Atchiravati, se sintió mal, paróse a descansar
en un bosque que allí había, y en él le sorprendió la muerte. De su cuerpo quemado ocho días
después fueron repartidas las cenizas en ocho
partes, una de las cuales fue llevada a Kapilavastu. Sus últimas palabras dirigidas
a sus discípulos fueron éstas: «En el ánimo del creyente no debe existir duda de que lo que es causa de
la vida y de la existencia, lo es también de la muerte y la destrucción. No lo olvidéis nunca, y que vuestras almas se llenen de esta verdad».
Vamos
a terminar la historia de Buda transcribiendo un curioso diálogo que sostuvo con uno de sus discípulos y que mejor que ninguna explicación enseña hasta qué extremo las palabras de aquél hallaron eco en el corazón de sus conciudadanos. Purna, que es el que con Siddharta sostenía el diálogo,
fue un riquísimo comerciante que, habiendo abrazado el budismo, abandonó
todos sus negocios y se empeñó en ir a predicar la nueva doctrina a los habitantes de Cronaporanta, famosos por su ferocidad. Buda, para averiguar si sus creencias son firmes, le pregunta: – Purna, cuando los hombres de Cronaporanta te insulten con palabras groseras, cuando se encolericen contra ti y te injurien, ¿qué pensarás de ellos? – Que son buenos, porque no me abofetean ni me apedrean. – Y si te abofetean y apedrean, ¿qué pensarás? – Que son bondadosos y dulces, puesto que no me apalean ni me acuchillan. – Y si te apalean y te acuchillan, ¿qué pensarás de ellos? – Que son bondadosos, puesto que no me privan por completo de la vida. – Pero, y si te privan de la vida, ¿qué pensarás de ellos? – Que son buenos y caritativos, puesto que con tan pocos dolores me privan de este cuerpo miserable. – Está bien, – dijo Buda; – con la perfección y la paciencia de que estás dotado, puedes ir
a predicar a los cronaporantas. Ve, pues, y ya que tú estás libre, libra
a los demás; ya que has llegado a la ribera, haz que lleguen los demás; ya que estás consolado, consuela; ya que has llegado al Nirvana completo, haz que los demás lleguen como tú.» Y con efecto,
a dar fe a la tradición, Purna fue y convirtió a los indómitos cronaporantas.
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