GIOVANNI BOCCACCIO, escritor italiano del
siglo XIV; su vida y obras (biografía)
BOCCACIO (JUAN)
Biografías. Escritor italiano. Nació
en París en 1313; murió en 1375. Era hijo de un mercader florentino y de una francesa con quien éste entabló relaciones ilegítimas. Muy
niño aún, fue enviado a Florencia, en donde comenzó sus estudios, mostrando,
a los siete años de edad, afición invencible a las letras. Le retuvo su padre en Nápoles ocho años en diferentes comercios, con el objeto de que siguiera la carrera mercantil. Boccacio adquirió allí relaciones excelentes con los sabios y literatos que el rey napolitano Roberto protegía, y aprovechó tales amistades para estudiar las literaturas y los idiomas clásicos. El correspondido amor que concibió por la princesa María,
a quien llamó en sus obras Fiammetta y conoció las vísperas de Pascua en la iglesia de San Lorenzo; la presencia del Petrarca en Nápoles; una visita
a la tumba de Virgilio; la lectura de Dante y su permanencia en la tierra clásica de la poesía, fijaron para siempre el rumbo de sus aficiones, fecundaron su inspiración y provocaron la madurez de su genio. Entonces compuso innumerables poesías que, algún tiempo después,
a consecuencia del estudio que hizo de las composiciones de Petrarca, arrojó al fuego. Permaneció dos años en Florencia y volvió, transcurridos éstos,
a Nápoles, en donde la reina Juana le acogió con solicitud cariñosa. Se cree que por complacer
a esta soberana no menos que a Fiammetta compuso El Decamerón. Muerto su padre, Boccacio fijó su domicilio en Florencia, y no encontró en esta ciudad más distracción que la que le proporcionaban sus placeres, y comisiones con que le entretenían sus conciudadanos. Fue el encargado de transmitir
a Petrarca la noticia de que la patria le llamaba y le restituía en la pacífica y libre posesión de sus bienes. Con este motivo trabó con el famoso poeta una amistad que no
pudo concluir ni concluyó hasta que puso a ella fin inevitable la muerte.
Unió a los de Petrarca sus esfuerzos para reanimar en Italia el gusto de las letras clásicas; mantuvo tres años en su casa
a Leoncio Pilatos para perfeccionarse en la lengua griega; mandó traer de Grecia las primeras copias de
La Odisea y de La Ilíada; gastó parte considerable de su fortuna en la exhumación y copia de manuscritos, y se sirvio, en fin, de toda su influencia para inclinar
a sus contemporáneos a preferir el estudio de la antigüedad clásica al de los escolásticos. Su natural generosidad y sus gastos excesivos le
habían arruinado, y Petrarca, al verle en tan difícil trance, vino en su ayuda generosamente y le quiso colmar de beneficios que
no osó recibir. El gran poeta italiano le fue, sin embargo, útil, por sus excelentes consejos relativos a las obras literarias y
a la conducta, y cuando Boccacio, seducido por las admoniciones de un cartujo, quiso renunciar al mundo, Petrarca
fue quien le impidió realizar decisión tan extrema. Retiróse entonces Boccacio
a Certaldo, no lejos de Florencia, y allí continuó sus estudios y compuso muchas de sus obras latinas. Nombráronle los florentinos para desempeñar la cátedra pública que acababa de instaurarse para la interpretación del autor de la
Divina Comedia, a quien Boccacio admiraba sincera y profundamente. Ya había, antes de obtener tal merced, comenzado un escrito para comentar al gran poeta; mas el ardor que en tal empresa puso acabó con su salud, quebrantada ya de antemano por una enfermedad de que estaba convaleciente apenas. La noticia de la muerte de su querido amigo el inmortal Petrarca aceleró el término de su vida.
Boccacio era poeta, poeta por su imaginación fecunda y ardorosa; por la pasión con que amaba la poesía, y por otras dotes de su espíritu excepcional. Sin embargo de esto, sus versos son de un valor mediano. Creyó, como Petrarca, equivocándose como él, que su inmortalidad, si la alcanzaba, la debería
a las obras que había concebido y escrito con la más austera seriedad. Uno y otro se equivocaban. Las obras, en latín, de Petrarca yacen en el olvido, y de las de Boccacio nadie admira otras que los cuentos de su
Decamerón.
Las principales obras latinas de Boccacio son:
De genealogia deorum, trabajo que revela inmenso estudio, y en el cual por la primera vez
se encuentran reunidas, por orden metódico, las
nociones todas de los autores clásicos acerca de
la mitología; De montium, sylvarun, lacuum fluviorum...nominibus; De casibus virorum et
fœminarum illustrium; De claris mulicribus; dieciséis Églogas, etc. Sus obras más conocidas, en italiano, son:
La Teseida, primer ensayo italiano de
epopeya, escrito en octavas, forma poética cuya
invención se le atribuye; Amorosa visione, poema
original acerca del triunfo de la Sabiduría, de la
Gloria, de la Riqueza, etc., y que contiene, en
versos acrósticos, las mayores alabanzas de la
princesa María; El Filostrato, poema novelesco
en que se describen los amores de Troylo, hijo
de Príamo, con Chryseis; y Nimfale Fiesolano,
ficción pastoril. Su Comentario del Dante es pretencioso, pero útil para conocer el pensamiento
del gran poeta. Otras obras, además de las ya
dichas, escribió Boccacio, pero la que ha hecho
célebre, ante la posteridad, su nombre, ha sido
El Decamerón, verdadero arquetipo de la prosa italiana, que la
ennobleció, reguló y enriqueció por vez primera. Es, sin embargo,
sensible que a la hermosura del estilo y a las galas del ingenio que en
esta obra rebosan, se junten, por desdicha, un desenfado cínico y una
indudable grosería de pensamiento.
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