BIEN (filosofía: ética)
BIEN
Filosofía. Todos los seres tienden, reflexiva o irreflexivamente, al cumplimiento de un fin, y
a él dirigen sus esfuerzos. En general, el bien es lo propuesto
a la actividad de los seres, cuyo cumplimiento determina la plenitud de su existencia y su bienestar. Referida constantemente la idea del bien
a la de la actividad (V. ACTIVIDAD), podemos calificar ésta como buena si conforma en su ejercicio con el
fin propio del agente
o el bien es la relación adecuada de la actividad con su fin (V. DESTINO y FIN). Es el bien
tendencia espontánea de los seres al cumplimiento de su fin, deseo para los sensibles y
obligación para los racionales, que previa y reflexivamente conocen lo que han de cumplir. No es, sin embargo, la obligación
(V. OBLIGACIÓN) como forma del bien la que funda éste, según piensa el formalismo kantiano (V. REY HEREDIA,
Elementos de Ética), con su teoría de la buena voluntad (que
puede reducirse al sic volo, sic jubeo), sino, inversamente, el bien el que justifica la obligación. Reside la dificultad del problema (V. JANET,
La Morale) en que Kant olvida la distinción ya hecha por Leibniz del bien
natural y del bien moral. El primero, el de las cosas, es la base y el supuesto, según el cual se ejercita la
buena voluntad de Kant para constituir después en tal relación el bien moral. Existen muchos elementos de la virtud que son naturales en nosotros (areté
fusique, dice Aristóteles, vir bonus natus): la benevolencia, la moderación, la sinceridad, el buen natural (la buena pasta que dice la sabiduría popular), etc., como disposiciones anteriores
a toda premeditación. El bien moral consiste en el acertado uso de los bienes naturales, cuya existencia previa se supone para el carácter obligatorio del primero, y que, aun
mal empleados, siguen siendo buenos y sólo censurable su aplicación. La serenidad y el dominio de sí (el valor) son buenos, independientes de sus consecuencias, aunque los ejercite un malvado, sin que las simpatías que despiertan en nosotros estas buenas cualidades nativas (que es de donde procede el aspecto estético del mal) amengüe la censura al uso ilegítimo que de
ellas se hace. Podemos admirar el ingenio y talento innegables de Voltaire, censurando
a la vez empleo y dirección que les diera.
La existencia del bien natural, el de las cosas, explica el bien
universal
o cosmológico, dentro del cual subsiste el humano, subdividido en bienes propios del cuerpo (la salud), del alma (racionalidad) y de la vida de unión (Mens sana
in corpore sano). El hombre que sabe que tiene un fin que cumplir y lo realiza voluntariamente, constituyéndose como colaborador
a la obra general, se siente y reconoce obligado con el bien moral. Consiste éste en la conformidad de nuestras actos conscientes (intención y motivo) y libres con el fin inherente
a nuestro ser y que reconocemos al obrar voluntariamente (cum cognitione finis). Así resulta el bien moral el de la intención
o voluntad y a la vez el del acto efectuado en conformidad con su fin; o como dice Leibniz, el bien natural sólo es moral en cuanto voluntario. Cumple el hombre el bien moral si obra según es (según su destino
Operari sequitur esse). Este fin inmediato depende en primer término de la propia iniciativa del hombre, del desarrollo de su inteligencia (para conocer más y mejor lo que ha de cumplir), del propio de su sensibilidad (elevando sus sentimientos que sirven de acicate de la voluntad), y finalmente, de la energía con que persigue el cumplimiento de lo que concibe y ama como bueno. No niega cuanto decimos la
transcendencia del fin humano al orden universal, en cuanto el agente ha de reconocer, dentro de la síntesis de su personalidad, los coagentes que con él concurren (herencia, medio y personalidad colectiva) y con los cuales se siente solidario para la práctica del bien. Pero contra el sentido erróneo que la filosofía pagana atribuye al destino como lo
predeterminado de modo fatal, el hombre lo está formando constantemente
y cumpliendo por grados, a medida que mejor lo conoce y lo ama.
Como el bien es lo
deseable para todo ser sensible, y la sensibilidad, según dice C.
Bernard, es la propiedad más general y característica de la vida y la
que se anticipa en su desarrollo a las demás, resulta que la voz de la
naturaleza instintivamente grita: «el placer es el bien.» Aunque el
placer parece una condición o consecuencia del bien, no se deben
identificar ambos; porque, dadas las condiciones sujetivas de la
sensibilidad, puede el placer ser un mal, según las circunstancias (los
placeres intemperantes perturban la salud y abrevian la vida) y el dolor
convertirse en bien (la amputación que salva la vida; la laboriosidad
condición de salud).
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Además los goces son con frecuencia contradictorios
entre sí, de donde surge la necesidad de cierta
elección o placer generalizado (Metrique tecne
de Epicuro y Platón, Aritmética moral de Bentham y St. Mill, que determina el tránsito
del Epicureísmo al Utilitarismo), que exige el
sacrificio del menor al mayor o más útil. Pero
lo útil es un medio, no es un fin; es, por tanto, bueno condicionalmente.
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Todo lo que es útil no es moral, pero todo lo que es moral es útil, resultando que la idea del bien es más intensiva (posee más notas
o cualidades) que la de la utilidad, y que no debe excluir la moral el utilitarismo, sino apropiarse de él lo que tiene de verdadero y desechar sus errores (V. BEAUSSIRE,
Les Principes de la Morale), entre los cuales los de más bulto son los de identificar la esfera de la utilidad (la de los medios) con la del bien (la
los fines) y no concebir más interés que el relativo y contradictorio que ofrece la experiencia.
La moralidad del acto
no está en lo útil
(que vale sólo como medio) o en el resultado
se haya obtenido, sino en el motivo y fin,
según los cuales lo hemos realizado. Ni alabamos
el bien cumplido por accidente extraño a la intención moral, ni censuramos el mal causado
sin intención. Lejos de subordinar el bien a la
conveniencia, es preciso aceptar sólo el interés
bien entendido o la utilidad subordinada al bien.
El bien por el bien mismo, motivo, móvil, impulso y razón de obrar, se identifica con nuestro fin y destino, comprendiendo dentro de éste
las múltiples relaciones que la conciencia moral
va abrazando en su desarrollo y que elevan y perfeccionan la personalidad en su amplio concepto.
Con este sentido
inmanente del fin propio
(la perfección personal) que no niega la transcendencia de nuestro destino (en cierta solidaridad
jerárquica) el pensamiento concibe y la sensibilidad anhela un bien cada vez mayor, acicate
nuestra perfección. Excelsior, excelsior es el constante desideratum del sentido moral, aspirando como ideal al
Sumo Bien. Pensado como una realidad ab initio en Dios
o como una idea realizable, siempre resulta el Sumo Bien postulado de la razón y deseo de la sensibilidad, que sirve de explicación y cúpula
a la perfección individual. El Sumo Bien es el ideal de la vida moral. Si el empirismo reinante objetara que se pierde en las nubes y carece de virtud y eficacia para la vida, podremos aducir que, integrado por los bienes particulares que gradualmente vamos cumpliendo, posee raíces hondas en nosotros mismos, y que el ideal de la perfección no es un concepto vacío del entendimiento, sino una realidad viva que tiene como contenido el de nuestra naturaleza. La misma experiencia enseña que por cima de cada acto ejecutado se concibe como posible otro mejor y más conforme con nuestro fin, de donde surge el ideal de la perfección, acicate de todas nuestras energías
o ideal dinámico que con carácter imperativo nos liga y obliga, hace patente su existencia en medio de sus posibles violaciones, y se ofrece como ley y norma de nuestra conducta. El carácter permanente con fuerza de obligar constituye al bien como
ley moral (V. LEY MORAL) y
a la vez como obligación y deber (V. DEBER Y 0BLIGACIÓN) de la
voluntad libre.
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