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DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO HISPANO-AMERICANO (1887-1910)

Índice


 

 

BIBLIA, libros canónicos y apócrifos; ediciones y traducciones de la Biblia (religión)

BIBLIA

Dirigiendo ahora una ojeada histórica sobre la época en que aparece cada uno de los libros bíblicos y la manera y forma con que se autoriza el canon de ellos entre los judíos y cristianos, podremos apreciar el sentido de la revelación religiosa en su conjunto, en relación con el pueblo escogido, y la historia de la predicación de la ley de Jesucristo. Enriquecióse en breve el Antiguo Testamento a partir de la terminación del Pentateuco, base de la antigua ley, por elaboración continuada de trabajos legales (midrases) producidos de ordinario por individuos del sacerdocio, cuyas doctrinas más estimables difundieron entre la muchedumbre los profetas, mejorándolas bajo formas inspiradas y trabajando en espiritualizar el sentido de la ley, entendida de ordinario por las masas populares en una acepción materialista. Triunfa al parecer en la generalidad del pueblo hebreo este sentido espiritual sobre el material en la época del cautiverio, donde aparece sustituida entre el mayor número de los judíos la concepción de Dios como patrono especial de los intereses materiales de su pueblo por la esperanza cada vez mas ardiente del Redentor Mesías en la nueva Jerusalén. Muéstralo así de resalto el conjunto de las instituciones de la restauración de la ley en los tiempos de Ezra (Esdrás) y de Nehemías, desde cuyo tiempo (445 antes de J. C.) el judaísmo espiritual permanece en cierta situación estacionaria. Con Malaquías concluyó propiamente el espíritu profético, ajeno ya al espíritu de Esdrás, quien en rigor llega a Jerusalén pertrechado no de un mensaje o inspiración inmediata del Altísimo, sino del libro de la Ley Mosaica.
       A tenor de la reforma de Ezra, el libro de la Ley fue el Pentateuco, primer canon y única colección legal autorizada. Ésta se ensanchó a poco en la época de Nehemías, coetáneo del profeta Malaquías, el cual amplió la colección autorizando los libros de los Reyes y Profetas así como los escritos de David, formando el segundo canon por la agregación de las obras que constituyen la segunda parte de la Biblia hebrea, la cual abraza, bajo el nombre de Los Profetas, los libros de Josué, Jueces, Samuel, Reyes (Profetas anteriores) así como los cuatro libros proféticos de Isaías, Jeremías y Ezequiel con los doce profetas menores (Profetas posteriores). Con la mención en Nehemías de escritos pertenecientes a David se inicia la elaboración del tercer canon, que se completa mucho tiempo después de la muerte de aquel profeta, pues incluye libros relativos a los últimos tiempos del Imperio de los Aqueménidas, y comprende, bajo el título de Ketubim (Escrituras) los Salmos, Proverbios, Job, las cinco Megillas o rollos (Cantar de los Cantares, Ruth, Lamentaciones, Eclesiastés, Ester), y finalmente Daniel, Ezra (Esdrás), Nehemías y crónicas (Paralipómenos). Esta tercera parte hagiográfica de la Biblia, la cual permaneció abierta, según parece, durante algunos siglos para recibir todas las obras que se estimasen dignas de este honor, no logró, con todo, en la sinagoga la misma autoridad que la concedida a la Ley y a los Profetas. Aunque parece indicada la triple división de los escritos sagrados en el prólogo al libro de la Sabiduría de Sirach (Eclesiasticus), escrito hacia 130 años antes de J. C., la tradición judía sostiene que el carácter canónico de algunos libros de esta última parte, y especialmente del Eclesiastés, sólo fue recibido en general en la época de R. Aquiba, quien sucumbió en el levantamiento de los judíos contra el emperador Adriano. Antes de este tiempo Josefo (C. Appión I, 8) dio una lista de los libros canónicos, pero incluyendo Ruth en Los Reyes y las Lamentaciones en el Libro de Jeremías, y ofreciendo sólo 22 libros en relación con las 22 letras del alfabeto hebreo, en lugar de los 24 que comprende la enumeración del Talmud y la actual Biblia hebrea.


 


   Los judíos y los protestantes consideran al presente como apócrifos, esto es, libros no canónicos o no inspirados, algunos que, existiendo en la versión Alejandrina llamada de los setenta, faltan en la rabínica y en la enumeración de Josefo, sin duda porque el espíritu cerrado y menos idealista de los judíos del tercer período era opuesto en cierto modo a las expansiones especulativas con que se continúa hasta cierto punto el sentido ideal del espíritu profético entre los alejandrinos.

Puede creerse con todo que tales libros existieron también en hebreo o en arameo en los primeros siglos del cristianismo, pues San Jerónimo refiere en una de sus cartas haber visto el texto hebraico del primer libro de los Macabeos. Los llamados apócrifos son catorce, ofrecidos en este orden en la Biblia anglicana:

1.º El primer libro de Esdrás. 2.º El cuarto libro de Esdrás. 3.º Tobías. 4.º Judith. 5.º Las adiciones al libro de Ester. 6.º La sabiduría de Salomón. 7.º La sabiduría de Jesús, hijo de Sirach, o el Ecclesiasticus, etc 8.º Baruc. 9.º El Cántico de los tres mancebos. 10.º La historia de Susana. 11.º La Historia de la destrucción de Bel y del Dragón. 12.º La oración de Manasés rey de Israel. 13.º El primer libro de los Macabeos. 14.º El segundo de los Macabeos. El grado de aprecio hacia estos libros ha variado mucho en la Iglesia cristiana. Los padres griegos, Orígenes, Clemente, etc., los citan ordinariamente como de igual autoridad que los otros; pero los cristianos de Palestina y del Asia Menor, en relación más frecuente con las comunidades israelitas, solían excluirlos, como se indica en el canon de Melito de Sardis y en el prefacio y cartas de San Jerónimo. San Agustín (De doctrina Christiana, III), recibe la manera de sentir de los P.P. griegos, no faltando tampoco escritores que acepten los supuestos apócrifos en su valor moral y como medio de edificar a las congregaciones religiosas, distinguiéndolos de las escrituras canónicas de la colección hebrea con el nombre de eclesiásticos. En 1546 el concilio de Trento adoptó el canon de San Agustín, no sin fulminar anatema contra el que no recibiese estos libros íntegramente en todas sus partes, según se han acostumbrado a leer en la Iglesia católica y se hallan en las antiguas ediciones de la Vulgata, por sagrados y canónicos. En consecuencia, la totalidad de los libros disputados con las únicas exclusiones del tercero y cuarto de Esdrás y de la Oración de Manasés, fue declarada canónica en Trento. Acerca de estos particulares pueden consultarse con fruto I. La cuestión de los Apócrifos, por los doctores Stier y Heugstemberg, Leipzig 1846 (en alemán); la Historia de Israel, por Ewald T. V. (Idem); Des doctrines religieuses des Juifs pendant les deux siècles anterieurs à l'ère chretienne, París, 1860.
        Desde el siglo XI se generalizó en España una manera de interpretación de la Biblia en sentido alegórico, imitada frecuentemente por las sectas disidentes del cristianismo, en particular por la albigense, influida, según se cree, por los judíos del Norte de España y de Provenza. Las exageraciones del alegorismo se muestran principalmente en el rabino Abraham Aben Ezra Abol-Afia, al par que un alegorismo templado en Maimónides y en algunos de los discípulos de este filósofo. El sentido alegórico de este maestro pasó a Najmani y Aben-Adderet, así como a su escuela, dándose en tiempo de este insigne rabino de Barcelona la empeñada batalla entre los extremos alegoristas de Provenza, acaudillados por Profacio, y los intérpretes del sentido literal, defendido principalmente por Abba Mari de Lunel y Ben-Axer de Toledo. Influido por los judíos alegoristas, escribió Nicolás de Lira sus estudios sobre la Biblia, cuyas conclusiones exageraron las sectas reformadas en el siglo XVI. En cuanto al texto del Antiguo Testamento, aunque la escritura antigua, meramente consonantada o sin vocales parece que debía prestarse a su fijeza, ello es que el cambio de forma de letra del carácter más arcaico al hebreo cuadrado ha introducido desde antiguo algunas variantes. Para el Pentateuco, por ejemplo, tenemos tres textos diversos: el de la versión alejandrina de los setenta, el samaritano y el hebreo, recibido actualmente por los judíos, con indicios de mayor antigüedad en los dos primeros, más conformes entre sí, lo cual razona y explica cumplidamente la preferencia de la Iglesia católica por la versión de los setenta sobre el texto hebreo. Los judíos hicieron para su uso tres translaciones del Antiguo Testamento al arameo, lengua vulgar de los hebreos desde la vuelta del cautiverio, señalándose como la más antigua, a lo menos en fragmentos, el Targum de Jerusalén, y como posteriores el Targum de Ouklos, y sobre el Pentateuco y el de Jonathan, sobre los Profetas, productos ambos de los trabajos de las escuelas de Babilonia. La Biblia hebrea continuó, no obstante, siendo objeto de los trabajos de los estudiosos judíos, fijando y transmitiendo la lectura del texto, siendo contado el número de los cristianos que se dedicaron a su estudio desde los tiempos de San Jerónimo y de Julián de Toledo hasta los de Raymundo Martín y las disposiciones del concilio de Viena en el siglo XIV. El estudio del hebreo no se generalizó, con todo, entre los doctos cristianos hasta el siglo XVI, en que lo difundieron en España los judíos conversos que ayudaron al cardenal Cisneros en la empresa de la publicación de la Políglota Complutense, y los expulsos sefardíes españoles difundieron grandemente su afición en Italia, Holanda y Alemania.

Por lo que toca a la redacción de los Evangelios, se ha creído hallar en la forma sencilla de la narración de San Lucas un signo de mayor antigüedad respecto de los otros Evangelios, y todos convienen en que se ajusta maravillosamente en sus condiciones a la transmisión oral de los testigos presenciales de los hechos de la vida y de las palabras de Jesús, conservadas con la fidelidad y segura retentiva con que los alumnos de las sinagogas han acostumbrado a conservar las palabras del Maestro. Del Evangelio de San Marcos se ha dicho bajo la autoridad de Papías, autor del siglo II citado por Eusebio, que su autor lo escribió dictándoselo San Pedro, y de la especie de que pudo escribirse en Roma coligieron y afirmaron algunos autores, en especial arábigos, que se escribió en latín originariamente. Asimismo se ha supuesto que el de San Mateo se redactó desde luego en arameo, partiendo del hecho, señalado por varios escritores, de haberse usado un texto arameo de este Evangelio entre los cristianos de los primeros siglos que moraban en Palestina; más el atento estudio de las frases y formas del texto helénico alejan del todo la idea de que sea translación de la lengua aramea.

En cuanto al de San Juan, objeto preferente de los ataques e impugnaciones de la Escuela de Tubinga, atenta por lo común a estimar los Evangelios como fruto de trabajos sacerdotales, que no representa fielmente la palabra y doctrinas de Jesucristo, consta por confesión de los corifeos más ardientes de la escuela, Hilgenfeld y Keim, que fue citado ya por Justillo Mártir a mediados del siglo II, pudiendo reconstruirse en mucha parte por citas del gnóstico Basilides y de las epístolas de Ignacio, que florecieron a principios de dicho siglo. Verdad es que los doctores de la mencionada escuela suelen rechazar la autenticidad de estos escritos, y pretenden sacar mucho partido del silencio de Papías, que cita los otros tres Evangelios, sin considerar que el texto de Papías llegado hasta nosotros es meramente una cita falta de la integridad apetecible, y que, en suma, para cuestionar, como han pretendido dichos autores, que un quinto es una intercalación de fecha más moderna, es indiferente que lo citase o no Papías en el pasaje que nos ha conservado Eusebio. Aparte de estas cavilosidades de la Escuela de Tubinga, llámanse generalmente apócrifos los textos evangélicos no comprendidos en el canon de Nicea. Dichos Evangelios pueden dividirse todavía en dos clases: abraza la primera los que han tenido crédito históricamente y han sido apreciados como canónicos en alguna parte de la cristiandad; la segunda, aquéllos de que no hay memoria que hayan alcanzado estimación semejante. Pertenecen a aquéllos señaladamente la Epístola de San Clemente, que fue leída en antiguas iglesias cristianas, y el atribuido a Ireneo, que se halla en el Códice Alejandrino. Entre ellos puede contarse también El Pastor de Hermas, que citan como realmente inspirado San Ireneo, Clemente de Alejandría y Orígenes, y se halla además en el Códice Sinaítico; la Epístola de San Policarpo y la de Barnabé. En particular, fue recibido por diferentes pueblos cristianos el llamado de los Hebreos, escrito en arameo y usado por los Ebionitas, el cual consideran algunos como el más antiguo e idéntico con el nombrado de los Nazarenos y de los Apóstoles, y con el de San Pedro, opinión que no comparte Hilgenfeld, quien considera el último como distinto y de relación intermedia. Forman la segunda clase multitud de narraciones sin autoridad apreciable. Algunos de estos Evangelios son casi desconocidos, cual ocurre ciertamente con los de Los Hechos de San Pedro, La Predicación de San Pedro, La revelación de San Pedro, Los Hechos San Pablo y La doctrina de los Apóstoles, citados todos por Esteban, así como El Evangelio de los egipcios, el de Basílides, el de Tomás, el de Matías, y el de Elxai, no olvidados los de Bartolomé y de Apeles, que menciona San Jerónimo. Otros han llegado hasta nosotros entre escritos piadosos y hagiográficos que nos ha legado la Edad Media, contándose entre ellos el de la Infancia y Puericia de Jesús, el Proto evangelio de Santiago, el de Tomás, el texto árabe de la Infancia, y algunos especiales acerca de la muerte del Salvador, como el designado por los nombres Gesta Pilati o Evangelio de Nicodemus y el de Josef de Arimatea. Pueden verse los fragmentos de los Evangelios usados sólo en la antigua, y por las sectas contrarias el Hilgenfeld, Novum Testamentum extra Canonem receptum (Lipsiæ, 1866), y en el tomo XVI de la Ante-Neue Christian Library, por Clark.

En la imposibilidad de exponer con la extensión apetecible cuanto fuera de indubitado interés respecto de la historia de la literatura bíblica, consagraremos algunas líneas antes de terminar este artículo a señalar las principales versiones y ediciones de los libros santos, con alguna indicación de los códices tenidos por más antiguos. En lo tocante a translaciones helénicas, la historia bibliográfica da cuenta, además de la parcial del Antiguo Testamento escrito en la época de los Ptolomeo, las de Simmaco, Aquila y Teodosion, recomendables bajo distintos puntos de vista. Las comunidades cristianas orientales disfrutaron la versión aramea peschito o simple y la siríaca. De las latinas circulaba una antigua en los tiempos de Orígenes en las comarcas de África, en tanto que en el Mediodía de Europa corría la llamada ítala o Vulgata antigua, preferida por San Agustín a aquélla. Es opinión recibida que la última corregida por San Jerónimo constituyó la Vulgata de los católicos, cuyo texto no ha de confundirse con la translación directa hecha por el mismo San Jerónimo sobre el original hebreo, que algunos creen hallar, sin embargo, en la moderna Vulgata. En Egipto se hicieron dos traducciones a la lengua vulgar de sus habitantes: una en dialecto menfítico y otra en dialecto tebano. Escribiéronse además en el siglo IV la gótica de Ulfila; en el V una etiópica y otra armenia; en el VI una georgiana; en el IX una en idioma eslavo. Al árabe trasladó el Pentateuco e Isaías en el curso del siglo X el gaón Rabi Saadias, mencionándose también otra llevada a cabo en España por Juan Hispalense. En el siglo XIII mandó traducirla al castellano don Alfonso el Sabio, y en el XV realizó empresa semejante, a lo menos en parte no pequeña, uno los ilustres rabinos que llevaron en España el apellido Ben Beniste, gozándose impresa la versión castellana publicada en Ferrara a mediados del siglo XVI por los rabinos Abraham Usque (Eduardo Pinhel) y Tom Tob Athias (Jerónimo de Vargas). Siguieron a esta versión otras dos castellanas, en el fondo una misma, alterada en segunda edición, debidas a los españoles calvinistas Casiodoro Reina en el siglo XVI, y Cipriano de Valera. A fines del siglo XVIII escribió el P. Scío, de las Escuelas Pías, una nueva edición, y en la primera parte de este siglo Torres Amat otra versión muy apreciable. En lo relativo al texto hebreo, aunque los judíos de España y Portugal fueron los primeros en valerse de la tipografía, recientemente inventada, dando a la estampa algunas partes de la Biblia judaica, la primera impresa en su totalidad apareció en la hermosa edición de Soncino en 1488, a que siguieron la preciada edición de Brescia de 1494, citada por Tulers, y la de Amberes por Daniel Bomberg. Cuidó de la primera edición Bomberg, Félix Pratensis, judío converso, imprimiéndose la obra en 1517. Dos años antes, bajo los auspicios de Cisneros, se publicaba en Alcalá la Políglota Complutense. Aunque se ha hablado mucho de antiguos códices hebreos conservados en lo antiguo en España y en otras partes del mundo, los textos bíblicos más antiguos que se conocen pertenecen al texto griego del Nuevo Testamento, siendo, a saber, el texto Vaticano y el Sinaítico, copiados ambos en letras iniciales, y su antigüedad no excede del siglo IV de Jesucristo. En Toledo existió el códice de la Biblia hebrea Hileliana, llevado allí por refugiados judíos en 1176, el cual, al decir de Fausto y Aboab (Imanuel) fue escrito por el rabino Hilel del siglo VI al VII, y actualmente se muestran magníficos códices del texto hebraico en las Bibliotecas Escurialense y Complutense (universitaria de Madrid), procedentes de los judíos de España, aunque de antigüedad no tan calificada y remota.

Como es de suponer, el arte ha apurado todos sus recursos en la reproducción de este sagrado libro, ya en copias manuscritas o bien en ejemplares impresos, de los cuales se han hecho y continúan haciéndose lujosísimas ediciones en que la tipografía, la litografía y el grabado han contribuido a porfía con sus progresivos adelantos. En cuanto a las copias manuscritas, consérvanse en nuestros museos y bibliotecas muchas de gran precio por su antigüedad o por los cuidadosos y originales adornos que contienen, tales como la famosa Biblia del siglo XII que se custodia en Ávila, algunas existentes en el monasterio del Escorial, la Biblia del siglo XIV que hoy es una de las joyas de la catedral de Gerona, estimada por inteligentes bibliógrafos extranjeros en 50.000 francos y de la cual ofrecemos la copia de una página en la lámina adjunta, y otras varias no menos notables.
 

Relación de los libros de la Biblia





 

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Diccionario Enciclopédico Hispano-... (vol. 3, págs. 582-583)              BIBLIA, libros canónicos y apócrifos; ediciones de la Biblia (religión)

 

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