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VOCABULARIO DE PSICOLOGÍA

Explicación de los principales conceptos, tesis y escuelas en el área de la Psicología

 

 

DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO HISPANO-AMERICANO (1887-1910)

Índice


 

 

ATENCIÓN (filosofía: psicología filosófica y teoría del conocimiento)

ATENCIÓN

ATENCIÓN (del lat. attentĭo): f. Acción, o efecto, de atender.

Pido que atenta oreja me sea dada,

Que el cuento es grave y ATENCIÓN requiere, etc.

ERCILLA.

 

Bien casi dos horas podrá tener de gusto y pasatiempo el que con ATENCIÓN leyere esta agradable historia.

CERVANTES.

– ATENCIÓN: Cortesanía, urbanidad, demostración de deferencia, consideración, respeto, u obsequio.

– No es digna mi ATENCIÓN de ese desaire.

DON RAMÓN DE LA CRUZ.

 

– Agradezco mucho en verdad tantas ATENCIONES como debemos al señor conde, etc.

LARRA.
 

– EN ATENCIÓN A: m. adv. Atendiendo a, habido consideración a, teniendo presente aquello de que se trata.

Unos dicen que la reina no le mató, y otros que hizo muy bien en matarle, en ATENCIÓN a que el tal Andrés era un badulaque tudesco, finchado, tonto, vinoso y aborrecido de todo el reino.

MORATÍN.
 

– ATENCIÓN: Filosofía. La atención es la tendencia o dirección del pensamiento (V. PENSAR) hacia los objetos que le solicitan; es la mirada espiritual; así decimos: atiende fíjate, mira. Es el movimiento inicial de toda nuestra actividad intelectual; representa el comienzo en la colaboración que el sujeto ha de prestar a la formación del conocimiento. La atención se aplica a todo objeto y a todo orden del conocimiento (no debiendo por lo tanto limitarse, como lo hacen Janet y otros espiritualistas franceses, al conocimiento sensible, cuando la definen diciendo que «la atención es el empleo o uso activo de nuestros sentidos» y aun a la atención misma, aunque determinándose en su extensión (en los objetos que abraza) inversamente a su intensión (en la fuerza y profundidad con que atiende). Si atendemos a la vez a muchos objetos, la atención ha de ser superficial; si atendemos, por el contrario, a uno solo, la atención será profunda. Se infiere, pues, que acompaña a la atención un limite, el de los objetos a que no atendemos, que es la abstracción, distracción o atención negativa; (así acontece cuando queremos desechar un pensamiento triste, distrayéndonos de él y atendiendo a otros objetos).
        La distracción es de dos clases: negativa y positiva. La primera es una falta de atención (aunque siempre falta relativa, pues constantemente estamos atendiendo a algo), y la segunda es una atención opuesta a otra en cuanto al objeto (estaba distraído de ese asunto y atendiendo a este otro). También se denomina atención distraída, ligera o superficial la atención insegura, intermitente, que con facilidad y a menudo varía de objeto, semejando entonces la rápida, vertiginosa y arbitraria marcha del pensamiento a la que sigue la mariposa que va de flor en flor.
   


 


   Esta inestabilidad del pensamiento y esta marcha voluble de la atención se expresan gráficamente en la ligereza de espíritu, en la superficialidad y precipitación del juicio o en el mariposeo intelectual. Vicios son éstos ya en parte reconocidos por Bacon al recomendar que se marchase en la indagación científica con pies de plomo, y por Kant cuando formula su precepto (de aplicaciones lógico-morales) Festina lente, camina despacio.

 

   Son muchos y muy distintos los grados y matices que puede revestir la intensidad de la atención (aplicándola con profundidad y sin interrupción a un sólo objeto), engendrando a veces hasta manías precedidas de dolores de cabeza, vértigos, epilepsia y apoplejía (V. CH. RICHET, L'homme et l'intelligence). Muchos son los casos que se citan de efectos notables de la atención, que da relieve a las impresiones u objetos a que se aplica y debilita y borra todas las demás. Entre los más notables se señalan: 1.º el ejemplo de Arquímedes, de quien cuenta la historia que absorto en la resolución de un problema, no advirtió que los romanos se habían apoderado de Siracusa y murió víctima de su atención demasiado profunda cuando salía anunciando que había hallado (Eureka) la solución del problema; 2.º el hecho varias veces observado de algunos soldados que, exclusivamente atentos a los trances de una batalla, no advierten que han sido heridos hasta mucho rato después de recibido el daño; y 3.º aquel gotoso, de quien habla Reid, que en lo más fuerte de los accesos de su mal se ponía a jugar al ajedrez, obteniendo por resultado el disminuírsele y hasta calmársele enteramente los dolores a medida que se empeñaba la partida. Algunos de estos casos y otros muchos tienen conexiones íntimas con problemas que se refieren a lo que Hastley denominaba automatismo secundario, que prueba la influencia del hábito en el ejercicio de la atención (V. AUTOMATISMO), Leibniz percepciones sordas, que se refiere a la relación de la atención con la percepción (V. PERCEPCIÓN), y los modernos filósofos lo inconsciente (V. CONCIENCIA e INCONSCIENTE).
         De la atención como función primera inicial de nuestra actividad del pensar depende (pues virtualmente contiene todo lo ulterior) el desarrollo del pensamiento. Esta importancia de la atención es casi unánimemente reconocida por todos, y aun sirve para caracterizar, según ella, todo nuestro espíritu cuando hablamos, por ejemplo, de talentos reflexivos, de espíritus atentos, o por el contrario de talentos superficiales y distraídos y de espíritus ligeros y precipitados. Lyus dice (V. FUNCIONES DEL CEREBRO) «que la atención indica la primera faz de todo proceso de la actividad cerebral,» y Mansdley afirma «que la atención es la condición esencial para la formación y desenvolvimiento del espíritu y que los niños aprenden bien o mal según su aptitud más o menos desenvuelta para ser atentos.» Maine de Birán, que une a la teoría del conocimiento su célebre hipótesis del esfuerzo, descubre el comienzo inicial de este esfuerzo en la atención y llega, en último término, a estimar la atención como expresión del yo, de toda la personalidad. Darwin dice que uno consagrado a domesticar y enseñar monos concurría al mercado, prefiriendo siempre los que le parecían atentos, que se fijaban, y no aceptando (ni aun gratuitamente) aquéllos cuya atención era difícil de fijar; porque los consideraba inútiles, y muy difíciles de domesticar.
        Aunque la impresión exterior o la presencia del objeto sirven de causa ocasional al ejercicio de la atención, seguramente es el espíritu, la energía interior la que recobra con propio esfuerzo y se apodera de la presencia del objeto (lo aprehende, para percibirlo y conocerlo (V. APREHENSIÓN). Resulta, pues, que con la atención comienza la vida intelectual. Bien evidentemente lo prueban las señales que da de alteraciones profundas en la atención el idiota o el loco. Lesionado su sistema nervioso, no puede (quizá por falta de base orgánica) prestar el espíritu del loco el concurso de su actividad pensante (no puede atender ni fijarse en nada) necesario para formar el conocimiento. De ahí procede el torbellino de imágenes incoherentes (que no pueden fijarse) que fustigan al demente y que le imposibilitan para ejercitar su atención. El maniático dominado por una sola idea permanece ajeno y extraño a todas las demás; en todo aquello que le rodea y le impresiona no ve más que el objeto de su manía. La mayor o menor gradación de esfuerzos de atención de que es susceptible cualquier hombre representa después la diversidad de matices del talento. Ya decía Buffón que «el genio es ante todo una gran paciencia,» no la paciencia estéril y pasiva que consiste en esperar sin hacer esfuerzos, sino el poder de atención persistente que vence todo obstáculo. Cuando a Newton se le preguntaba cómo había hallado la ley de la gravitación, contestaba «pensando siempre en ella.» No quiere decir esto que baste la atención para hallar la verdad; pero sí se puede afirmar que es una condición indispensable (la primera) aun en los espíritus mejor provistos de dones naturales privilegiados. Hasta el genio puede malograrse si no se halla eficazmente auxiliado por la atención.
        Todas las facultades intelectuales sufren la benéfica influencia de la atención, y entre todas muy principalmente la memoria que, ayudada por la atención, percibe y enlaza los conocimientos, por numerosos que sean, con discreción y exactitud completas. Por tal razón, ha sido estimado nuestro poder de atención como el buril de la memoria.
        Efecto del sentido estrecho que a la atención han atribuido algunos (E. Charles, Janet y otros), se han confundido con la sensación, llegando a afirmar que «la atención es el primer grado de la sensación transformada (Condillac), opinión de que participa modernamente Taine, olvidando la distinción establecida por Laromiguière y otros muchos entre la receptibilidad de la sensación y la actividad de la atención, y sobre todo prescindiendo de que la atención no se aplica sólo a las sensaciones, sino a todo lo cognoscible (incluso la atención misma). Verdad es, como ya hemos dicho (V. ABSTRACCIÓN) que «cada sentido es un instrumento natural de abstracción,» en cuanto la sensación específica que ofrece viene acompañada de la abstracción de todas las demás, revelando después la parte que en cada una de estas sensaciones específicas toma la atención como elemento activo, en el palpar para el tacto, en el saborear para el gusto, en el mirar para la vista, en el escuchar para el oído, etcétera; pero este mismo elemento activo surge en las representaciones de sensación ya efectuada, en el recuerdo de conocimientos ya adquiridos, y en la contemplación de ideas que nos proponemos percibir. Es, por tanto, la atención la fase activa o el comienzo inicial de la fase activa de nuestra inteligencia, sin que sea lícito circunscribir su uso a los sentidos.
         Tiene distintos nombres la atención. Ejercitada espontáneamente se llama curiosidad (ejemplo el niño que es preguntón y curioso); referida a la atención misma y a nuestro interior, toma el nombre de reflexión (atención interior), que continuada se llama meditación y concentración, y que persistiendo de modo exclusivo constituye la preocupación; aplicada al exterior se llama observación (que continuada es aplicación), distinguida después en observación empírica y especulación racional, y si en ella predomina el elemento activo y lo que Naville denomina semilla de toda verdad (la hipótesis), investigación e indagación (aplicables a la experimentación o experiencia activa y a la mayéutica socrática o dialéctica platónica), y por último contemplación, si es meditación convertida al exterior o se atiende a las manifestaciones de lo suprasensible. Algunos finalmente señalan lo que denominan doble atención como base para establecer comparaciones (o juzgar) entre dos objetos; pero como toda comparación supone un principio de unidad, la doble atención implica antes una atención simple y unitaria. Fuerza del talento y con cierto sabor místico oración natural ha llamado Malebranche (V. Traité de l'âme) a la atención. Este mismo sentido místico-moral da Geitry (V. Logique, t. II, I. V.; Les vertus intelectuelles inspirées) a la atención cuando trata del silencio y trabajo de la mañana, pretendiendo terminar el estudio de la lógica con especie de comentario científico de aquellas frases del Evangelio: «sólo los puros de corazón verán a Dios» y «tienen ojos y no ven, oídos y no oyen» (Liv. VI, Les sources). Las reglas que dirigen la atención son: 1.ª que ha de ser una para tener base y principio de donde proceder; 2.ª que ha de ser discreta y ordenada (proceder por partes) y 3.ª que ha de ser enlazada y continua.





 

 

Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano (vol. 2, pág. 912 - editado: 10-11-2007)                                                        ATENCIÓN (filosofía)

 

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