ATENCIÓN (filosofía: psicología filosófica y
teoría del conocimiento)
ATENCIÓN
ATENCIÓN (del lat. attentĭo): f. Acción, o
efecto, de atender.
Pido que atenta oreja me sea dada,
Que el cuento es grave y ATENCIÓN requiere, etc.
ERCILLA.
Bien casi dos horas podrá tener de gusto y pasatiempo
el que con ATENCIÓN leyere esta agradable historia.
CERVANTES.
– ATENCIÓN:
Cortesanía, urbanidad, demostración de
deferencia, consideración, respeto, u obsequio.
– No es digna mi ATENCIÓN de ese desaire.
DON RAMÓN DE LA CRUZ.
– Agradezco mucho en verdad tantas ATENCIONES como
debemos al señor conde, etc.
LARRA.
– EN ATENCIÓN A: m. adv. Atendiendo a, habido
consideración a, teniendo presente aquello de que se trata.
Unos dicen que la reina no le mató, y otros que hizo
muy bien en matarle,
en ATENCIÓN a que el tal Andrés era un badulaque tudesco,
finchado, tonto, vinoso y aborrecido de todo el reino.
MORATÍN.
– ATENCIÓN:
Filosofía. La atención es la tendencia o
dirección del pensamiento (V. PENSAR) hacia los objetos que le
solicitan; es la mirada espiritual; así decimos: atiende fíjate, mira.
Es el movimiento inicial de toda nuestra actividad intelectual;
representa el comienzo en la colaboración que el sujeto ha de prestar a
la formación del conocimiento. La atención se aplica a todo objeto y a
todo orden del conocimiento (no debiendo por lo tanto limitarse, como lo
hacen Janet y otros espiritualistas franceses, al conocimiento sensible,
cuando la definen diciendo que «la atención es el empleo o uso activo de
nuestros sentidos» y aun a la atención misma, aunque determinándose en
su
extensión (en los objetos que abraza) inversamente a su
intensión (en la fuerza y profundidad con que atiende). Si atendemos
a la vez a muchos objetos, la atención ha de ser superficial; si
atendemos, por el contrario, a uno solo, la atención será profunda. Se
infiere, pues, que acompaña a la atención un limite, el de los objetos a
que no atendemos, que es la abstracción,
distracción o atención negativa; (así acontece cuando
queremos desechar un pensamiento triste, distrayéndonos de él y
atendiendo a otros objetos).
La distracción es de dos clases: negativa y
positiva. La primera es una falta de atención (aunque siempre falta
relativa, pues constantemente estamos atendiendo a algo), y la segunda
es una atención opuesta a otra en cuanto al objeto (estaba distraído de
ese asunto y atendiendo a este otro). También se denomina atención
distraída, ligera o superficial la atención insegura,
intermitente, que con facilidad y a menudo varía de objeto, semejando
entonces la rápida, vertiginosa y arbitraria marcha del pensamiento a la
que sigue la mariposa que va de flor en flor.
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Esta inestabilidad del pensamiento y esta marcha voluble de la
atención se expresan gráficamente en la ligereza de espíritu, en
la superficialidad y precipitación del juicio o en el mariposeo intelectual. Vicios
son éstos ya en parte reconocidos por Bacon al recomendar que se
marchase en la indagación científica con
pies de plomo, y por Kant cuando formula su precepto (de
aplicaciones lógico-morales)
Festina lente, camina despacio.
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Son muchos y muy distintos los
grados y matices que puede revestir la intensidad de la atención
(aplicándola con profundidad y sin interrupción a un sólo objeto),
engendrando a veces hasta manías precedidas de dolores de cabeza,
vértigos, epilepsia y apoplejía (V. CH. RICHET, L'homme et
l'intelligence). Muchos son los casos que se citan de efectos
notables de la atención, que da relieve a las impresiones u objetos a
que se aplica y debilita y borra todas las demás. Entre los más notables
se señalan: 1.º el ejemplo de Arquímedes, de quien cuenta la historia
que absorto en la resolución de un problema, no advirtió que los romanos
se habían apoderado de Siracusa y murió víctima de su atención demasiado
profunda cuando salía anunciando que había hallado (Eureka) la solución
del problema; 2.º el hecho varias veces observado de algunos soldados
que, exclusivamente atentos a los trances de una batalla, no advierten
que han sido heridos hasta mucho rato después de recibido el daño; y 3.º
aquel gotoso, de quien habla Reid, que en lo más fuerte de los accesos
de su mal se ponía a jugar al ajedrez, obteniendo por resultado el
disminuírsele y hasta calmársele enteramente los dolores a medida que se
empeñaba la partida. Algunos de estos casos y otros muchos tienen
conexiones íntimas con problemas que se refieren a lo que Hastley
denominaba automatismo secundario, que prueba la influencia del
hábito en el ejercicio de la atención (V. AUTOMATISMO), Leibniz
percepciones sordas, que se refiere a la relación de la atención con
la percepción (V. PERCEPCIÓN), y los modernos filósofos lo
inconsciente (V. CONCIENCIA e INCONSCIENTE).
De la atención como
función primera inicial de nuestra actividad del pensar depende (pues
virtualmente contiene todo lo ulterior) el desarrollo del pensamiento.
Esta importancia de la atención es casi unánimemente reconocida por
todos, y aun sirve para caracterizar, según ella, todo nuestro espíritu
cuando hablamos, por ejemplo, de talentos reflexivos, de espíritus
atentos, o por el contrario de talentos superficiales y distraídos y de
espíritus ligeros y precipitados. Lyus dice (V. FUNCIONES DEL CEREBRO)
«que la atención indica la primera faz de todo proceso de la actividad
cerebral,» y Mansdley afirma «que la atención es la condición esencial
para la formación y desenvolvimiento del espíritu y que los niños
aprenden bien o mal según su aptitud más o menos desenvuelta para ser
atentos.» Maine de Birán, que une a la teoría del conocimiento su
célebre hipótesis del esfuerzo, descubre el comienzo inicial de este
esfuerzo en la atención y llega, en último término, a estimar la
atención como expresión del yo, de toda la personalidad. Darwin dice que
uno consagrado a domesticar y enseñar monos concurría al mercado,
prefiriendo siempre los que le parecían atentos, que se fijaban, y no
aceptando (ni aun gratuitamente) aquéllos cuya atención era difícil de
fijar; porque los consideraba inútiles, y muy difíciles de domesticar.
Aunque la impresión exterior o la presencia del objeto sirven de causa
ocasional al ejercicio de la atención, seguramente es el espíritu, la
energía interior la que recobra con propio esfuerzo y se apodera de la
presencia del objeto (lo aprehende, para percibirlo y conocerlo
(V. APREHENSIÓN). Resulta, pues, que
con la atención comienza la vida intelectual. Bien evidentemente
lo prueban las señales que da de alteraciones profundas en la atención
el idiota o el loco. Lesionado su sistema nervioso, no puede (quizá por
falta de base orgánica) prestar el espíritu del loco el concurso de su
actividad pensante (no puede atender ni fijarse en nada) necesario para
formar el conocimiento. De ahí procede el torbellino de imágenes
incoherentes (que no pueden fijarse) que fustigan al demente y que le
imposibilitan para ejercitar su atención. El maniático dominado por una
sola idea permanece ajeno y extraño a todas las demás; en todo aquello
que le rodea y le impresiona no ve más que el objeto de su manía. La
mayor o menor gradación de esfuerzos de atención de que es susceptible
cualquier hombre representa después la diversidad de matices del
talento. Ya decía Buffón que «el genio es ante todo una gran paciencia,»
no la paciencia estéril y pasiva que consiste en esperar sin hacer
esfuerzos, sino el poder de atención persistente que vence todo
obstáculo. Cuando a Newton se le preguntaba cómo había hallado la ley de
la gravitación, contestaba «pensando siempre en ella.» No quiere decir
esto que baste la atención para hallar la verdad; pero sí se puede
afirmar que es una condición indispensable (la primera) aun en los
espíritus mejor provistos de dones naturales privilegiados. Hasta el
genio puede malograrse si no se halla eficazmente auxiliado por la
atención.
Todas las facultades intelectuales sufren la benéfica
influencia de la atención, y entre todas muy principalmente la memoria
que, ayudada por la atención, percibe y enlaza los conocimientos, por
numerosos que sean, con discreción y exactitud completas. Por tal razón,
ha sido estimado nuestro poder de atención como el buril de la
memoria.
Efecto del sentido estrecho que a la atención han atribuido
algunos (E. Charles, Janet y otros), se han confundido con la sensación,
llegando a afirmar que «la atención es el primer grado de la
sensación transformada (Condillac), opinión de que participa
modernamente Taine, olvidando la distinción establecida por Laromiguière
y otros muchos entre la receptibilidad de la sensación y la actividad de
la atención, y sobre todo prescindiendo de que la atención no se aplica
sólo a las sensaciones, sino a todo lo cognoscible (incluso la atención
misma). Verdad es, como ya hemos dicho (V. ABSTRACCIÓN) que «cada
sentido es un instrumento natural de abstracción,» en cuanto la
sensación específica que ofrece viene acompañada de la abstracción de
todas las demás, revelando después la parte que en cada una de estas
sensaciones específicas toma la atención como elemento activo, en el
palpar para el tacto, en el saborear para el gusto, en el
mirar para la vista, en el escuchar para el oído,
etcétera; pero este mismo elemento activo surge en las representaciones
de sensación ya efectuada, en el recuerdo de conocimientos ya
adquiridos, y en la contemplación de ideas que nos proponemos percibir.
Es, por tanto, la atención la fase activa o el comienzo inicial
de la fase activa de nuestra inteligencia, sin que sea lícito
circunscribir su uso a los sentidos.
Tiene distintos nombres la
atención. Ejercitada espontáneamente se llama
curiosidad (ejemplo el niño que es preguntón y curioso); referida
a la atención misma y a nuestro interior, toma el nombre de reflexión
(atención interior), que continuada se llama meditación y
concentración, y que persistiendo de modo exclusivo constituye la
preocupación; aplicada al exterior se llama observación
(que continuada es
aplicación), distinguida después en observación empírica y
especulación racional, y si en ella predomina el elemento activo
y lo que Naville denomina semilla de toda verdad (la hipótesis),
investigación e indagación (aplicables a la experimentación o
experiencia activa y a la mayéutica socrática o dialéctica platónica), y
por último
contemplación, si es meditación convertida al exterior o se
atiende a las manifestaciones de lo suprasensible. Algunos finalmente
señalan lo que denominan
doble atención como base para establecer comparaciones (o juzgar)
entre dos objetos; pero como toda comparación supone un principio de
unidad, la doble atención implica antes una atención simple y unitaria.
Fuerza del talento y con cierto sabor místico
oración natural ha llamado Malebranche (V. Traité de l'âme)
a la atención. Este mismo sentido místico-moral da Geitry (V. Logique,
t. II, I. V.; Les vertus intelectuelles inspirées) a la atención
cuando trata del silencio y trabajo de la mañana, pretendiendo
terminar el estudio de la lógica con especie de comentario científico de
aquellas frases del Evangelio: «sólo los puros de corazón verán a Dios»
y «tienen ojos y no ven, oídos y no oyen» (Liv. VI, Les sources).
Las reglas que dirigen la atención son: 1.ª que ha de ser una
para tener base y principio de donde proceder; 2.ª que ha de ser
discreta y ordenada (proceder por partes) y 3.ª que ha de ser enlazada y
continua.
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