ASCETISMO (filosofía)
ASCETISMO
ASCETISMO (del gr. άσχησις, ejercicio): m.
Profesión de la vida ascética.
...ésta no se llama ya hazaña en el lenguaje del mundo: se llama ASCETISMO, preocupación religiosa
o tontería.
CASTRO Y SERRANO.
– ASCETISMO:
Filosofía. Sistema de moral que preceptúa al hombre no dirigir sus
necesidades a una satisfacción morigerada, subordinándolas a la razón y al deber, sino contrariarlas enteramente
o, por lo menos, oponerse
a ellas hasta el límite que consientan las fuerzas propias. Tomó el
ascetismo, sobre todo en la religión cristiana, un tinte señaladamente espiritualista, por cuya
razón se presumía que se debían sólo contrariar las necesidades, apetitos e instintos del cuerpo;
pero es más amplio el sentido negativo del ascetismo, pues la sociedad, la familia, las exigencias
de la cultura (incluso a veces la limpieza y el aseo) son proscritas con el mismo desdén que
los placeres materiales.
Procede en general el ascetismo de anticipaciones ideales que suplantan y sustituyen la
ausencia de base psicológica requerida por toda doctrina moral. En este sentido, es una
Moral sin
Psicología, una mutilación de la naturaleza humana, de la cual se pretende suprimir o el elemento insustituible de su vida afectiva
o alguno de los factores complejísimos en que se diversifica, traduciéndose en la práctica según la variedad
de
sus energías. Produce en primer término la moral ascética una exaltación del intelecto
o de nuestras potencias de abstracción, que se sobreexcitan con el consiguiente menosprecio de la
vida práctica y el desarrollo vertiginoso de una imaginación calenturienta, que no se sacia con las representaciones esquemáticas, sino que necesita dar plasticidad semimaterial y tangible
a los símbolos de los entes de razón que fantásticamente llenan el
pensamiento y agotan la sensibilidad del asceta. Existe, por lo tanto, en
el ascetismo una mezcla incoherente de una modestia exagerada, especie de humillación que
degrada con un orgullo disimulado en la exaltación de la propia personalidad. La moral ascética es una moral subjetiva que ni se satisface con invertir el orden de la naturaleza, ni cede
con sus anhelos, decapitando la condición humana, sino que aspira, fundada en el menosprecio del cuerpo,
a asegurar, por medio de los sufrimientos físicos (especie de reacción curativa
o recurso terapéutico), el triunfo del alma sobre los instintos y las pasiones. La moral ascética es la apoteosis del subjetivismo, pues, aunque aparenta
fundarse en principios objetivos u ontológicos, concibe estos principios por medio de una inducción analógica tocada del vicio del antropomorfismo (V.
ANTROPOMORFISMO).
Puede distinguirse desde luego, teniendo en cuenta el alcance de los principios que abstractamente concibe el sujeto, el ascetismo hijo de concepciones exclusivamente
racionales, encaminadas a desenvolver todas las energías del alma, emancipadas de la servidumbre abstractamente supuesta del cuerpo y de la naturaleza exterior (ascetismo
metafísico o filosófico, el propio de toda la Edad Antigua), del que
se funda en el dogma de la expiación y que sólo toma como objetivo apaciguar la cólera divina por medio de sufrimientos y privaciones voluntarias (ascetismo
teológico
o religioso, el propio de toda la Edad Media) y también del ascetismo que huye, tocado de cierta nostalgia y hastío de la vida sensible, del comercio social y que se inspira en determinadas concepciones empírico-inductivas de la realidad (ascetismo
cosmológico
o pesimista, que reproduce como eco lejano del antiguo Nirvana).
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El ascetismo tiene un abolengo muy dilatado. En la India,
casi todas las cosmogonías recomiendan la vida contemplativa y
estiman la meditación y el éxtasis como condiciones superiores a
las que se revelan al contacto de la vida práctica, cuyas
impurezas degradan. Pero donde adquiere relieve innegable el
ascetismo filosófico es en Grecia. Se hallan los primeros
gérmenes del ascetismo en la filosofía de Pitágoras, que
recomienda la purificación del alma.
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Sus mitos y símbolos y aun la existencia algo misteriosa de la asociación pitagórica respetaban en los animales el principio de la vida, erróneamente confundido con el principio espiritual,
e imponían a sus adeptos la abstinencia de la carne y hasta de los vegetales cuando recordaban
a la imaginación algún ser vivo. Recomendaban además los pitagóricos el sacrificio de la voluntad, y su silencio proverbial era condición y
a la vez resultado de su vida contemplativa. Para los pitagóricos, la
purificación del alma consiste en el esfuerzo que el hombre debe emplear para conseguir la sabiduría
o la virtud. La escuela cínica, y especialmente su fundador, Antístenes, aspiran
a emancipar al hombre de las leyes de la naturaleza y
a hacerle independiente de la sociedad, menospreciando los afectos de la familia y el amor de la patria, exaltando el subjetivismo individual y desviando al hombre de la vida practica. Los estoicos completan el principio de Antístenes refiriéndolo
a su sistema general filosófico y exponiendo el ascetismo con un carácter lógico que ha hecho tradicional la significación de la llamada
pasividad estoica,
o lo impasible de la razón a todas las variaciones inherentes a la vida práctica. La insensibilidad absoluta que los estoicos recomiendan frente
a todos los males y todos los bienes de la vida, su menosprecio de los actos exteriores y su indiferencia de los intereses terrenos sobreexcitan el sentimiento de la personalidad subjetiva, declarando que ésta debe ser independiente
de sus semejantes y del mundo exterior. Evitando los lazos con unos y con el otro, el ascetismo queda establecido desde luego como doctrina moral que se deriva del sentido general de su concepción filosófica. De un valor inestimable para el
estoicismo la naturaleza humana, entiende Zenón que la virtud se basta
a sí misma, que encuentra en sí su propia satisfacción. Gratuita est
virtus, virtutis prœmium ipsa virtus. La voluntad concentrada en sí sufre la necesidad universal y se abstiene de lo que es contrario
a esta necesidad: Sustine et abstine. Contra las vicisitudes exteriores,
azares de la fortuna o imposiciones del hombre, opone la voluntad su propio esfuerzo que, en medio de los tormentos y de la muerte misma, se siente más noble que el que mata y triunfa. Pero donde llega al desarrollo más completo el ascetismo es en la Escuela de Alejandría.
Aspiraba el neoplatonismo, en el siglo III, (V. JUNDT,
Histoire, du Panthéisme populaire au
moyen âge et au seizième siécle) a condensar las fuerzas esparcidas del paganismo; era la quinta esencia de todos los sistemas anteriores y como la cúpula del edificio filosófico de la antigüedad, y pretendía cohonestar un idealismo desenfrenado con las supersticiones
más groseras. Concebía
la Divinidad con Platón como el principio primero de las cosas, como el
ser supremo o esencia indeterminada en que se identifican todos los contrarios. De este ser puramente negativo y abstracto, obtenido por el procedimiento generalizador de la
dialéctica, hacía derivar las realidades visibles
e invisibles por medio de una serie de emanaciones, de las cuales la primera era el
Nous, la inteligencia divina que contiene en sí el mundo ideal, y la última la
materia, naturaleza o mundo visible, organizado por el alma universal, segundo efluvio del ser infinito. Entre estos dos mundos existía toda la
mitología pagana, convertida en concepción religiosa por la filosofía alejandrina. Para ello enseñaba al hombre que el fin de su existencia terrestre era preparar su vuelta
a la unidad divina por medio de la abstracción intelectual y del ascetismo, y anunciaba como término de esta evolución no la contemplación de las realidades supremas contenidas en la inteligencia divina, pues el éxtasis es medio y
no fin, sino la absorción de la personalidad misma en el seno de Dios. A la naturaleza propiamente dicha corresponde la vida sensible, al alma la virtud práctica fundada en la voluntad y en la razón,
a la inteligencia la vida contemplativa y a la unidad el éxtasis. La unidad absoluta es el fin y destino último de la naturaleza humana, teoría exclusivamente lógica del soberano bien, que se funda en una abstracción. Si la unidad es el bien, es necesario dirigirse hacia la unidad simplificando la naturaleza humana y eliminando sucesivamente todas sus facultades; porque el análisis alejandrino concibe sólo la unidad abstracta, y ésta no es la suprema perfección (a la cual ha de llegarse
o aspirarse por lo menos en serie sucesiva de esfuerzos), sino el vacío y la nada, que no requieren más que la vida contemplativa, el éxtasis y finalmente la identificación con ella.
Al ideal propio de la vida humana, la acción, el movimiento, la variedad en la unidad, opone el
neoplatonismo la unidad abstracta y vacía de la nada. Plotino prescinde por completo de la sensibilidad (sensación
o sentimiento) y hace residir la dicha en la perfección del ser. Tiene esta doctrina semejanza evidente con la de los estoicos, y
a ellas o a ambas puede referirse también la de Fichte.
Tiene razón el neoplatonismo (y con él Fichte) cuando
desecha la sensación y el sentimiento como base de la felicidad, que requiere un fundamento superior; pero lo que desconoce
u
olvida es que toda virtud y toda perfección producen necesariamente su eco en la sensibilidad, indivisible en la comunidad de vida de todas nuestras energías. El místico más exaltado no se puede librar de la sensación sino por medio de la muerte. Todas las exageraciones del
estoicismo y de la filosofía alejandrina lucharán en vano contra el dique insuperable de nuestra sensibilidad, elemento del cual no se puede ni debe prescindir en el concepto que formemos de la vida moral. Con frecuencia, las
impresiones sensibles perturban al justo en el cumplimiento de su deber, y aun cuando el heroísmo de su virtud puede llegar
a triunfar de ellas, sufre hasta un extremo indescriptible. Es cierto que la vida afectiva no basta para explicar la felicidad, que no consiste exclusivamente en el placer (V. DOLOR y PLACER), pero es condición esencial de ella. No exagera, sin embargo, el ascetismo alejandrino la vida contemplativa y el éxtasis hasta el extremo de despreciar las virtudes prácticas, antes bien, Plotino, al refutar los
gnósticos, protesta contra todo misticismo desenfrenado que,
poseído de nostalgia y disgusto de las miserias de la vida presente, aspira a librarse
de ella lo
más pronto posible y recomienda que se prepare la vida contemplativa mediante el ejercicio de las virtudes prácticas. Quiere Plotino
que se piense en el Padre sin olvidar al Hijo. En el lenguaje simbólico de Plotino, el Padre es el bien y el Hijo es la inteligencia, el alma y todas las hipóstasis que separan la naturaleza humana de su principio. No reniega el ascetismo alejandrino del mundo, aspira
a una vida mejor que la actual y a una perfección mayor que la virtud práctica, pero no mutila violentamente la naturaleza humana. No tiene nada de común con el sombrío
e implacable ascetismo de los Sophis de la India. No admite maceraciones de la carne, ni vigilias continuas, ni ayunos frecuentes, ni ninguno de los rigores ascéticos que, lejos de fortificar el alma, la convierten en sierva de una imaginación exaltada. Pero, a pesar de todo, es una doctrina moral que destruye la armonía de la vida humana por la separación completa de la vida práctica (medio) y de la vida contemplativa (fin). Idealismo
bien abstracto y deleznable, puesto que todos estimamos superior la práctica del bien
a la contemplación de la verdad y preferimos el destino de un gran ciudadano al del más preclaro pensador, el de Sócrates al de Aristóteles. También se distingue el ascetismo alejandrino del cristiano en la sequedad y especie de exageración de sus descarnadas abstracciones
para llegar al éxtasis de la vida contemplativa.
Esta moral no era únicamente profesada por los paganos que constituían la escuela neopIatónica; de ella eran partidarios Filón
el Judío, Orígenes y los terapeutas. Así sirvió el ascetismo alejandrino de punto de tránsito entre el antiguo
ascetismo filosófico y rigorista de los estoicos y el más especulativo de los neoplatónicos de un lado, y de otro el ascetismo religioso de los cristianos. Desde los primeros tiempos de nuestra era, cristianos entusiastas que les parecía poco cumplir el precepto
serva mandata, y que aspiraban
a realizar no sólo lo que después se ha llamado vida de precepto, sino también la vida de consejo, se imponían como regla de conducta
las más austeras privaciones, penitencias, aislamientos, maceraciones,
etc., para subyugar las pasiones y embotar el acicate de los apetitos
carnales, sublimando así su perfección moral. Parece que en la antigüedad la vida ascética era privativa de los atletas, que se ejercitaban en fortalecer su cuerpo, huyendo todo placer que enervase sus energías. A esta vida de lucha comparaban San Pablo y otros la vida del cristiano, semejante, decían ellos,
a la de un atleta, que combate con los eternos enemigos del alma, el mundo, el demonio y la carne.
Habían profesado y practicado la doctrina ascética los extravagantes solitarios de la India con aquellas raras
y severas penitencias que se imponían al adoptar la vida solitaria y
contemplativa. Entre estas penitencias se cuentan las de permanecer
inmóviles durante mucho tiempo, descuidar por completo la limpieza, usar
y abusar del ayuno hasta un límite increíble, cercano
a la consunción y agotamiento de las fuerzas corporales, y conservar posiciones molestas y dolorosas. Más tarde aceptan este mismo género de vida los esenios, los terapeutas y otras sectas judías. Con Orígenes, que se castra para carecer del apetito sexual, con Simón y otros, que quizás toman por modelo
a San Juan Bautista, comienza a extenderse el ascetismo entre los cristianos como
vida perfecta o más perfecta que no se satisface con guardar y cumplir
los mandamientos, sino que exige la renuncia y anulación de la personalidad entera, de sus afectos, lazos
e intereses terrenales en pro de la salvación eterna. Ésta es la que la Iglesia ha llamado después
vida de consejo, la conducta que deben seguir los que en el cielo
serán los primeros, si, como deben y dice el Evangelio, comienzan en la tierra por
ser los últimos. La vida ascética cristiana es el antecedente de la
monástica, sin que exista más diferencia entre monjes y ascetas que la de que los primeros se ligaban
a aquel género de vida por votos perpetuos y los ascetas no.
Distinguen
algunos escritores el ascetismo en negativo, positivo y místico. Llaman negativo aquel género de vida que se limita
a combatir y usar todos los afectos y suprimir todos los lazos sociales, que pueden ponernos en contacto con los llamados enemigos del alma y ofrecer así por lo menos causa ocasional para el pecado. Se limita
a cumplir en el orden moral y religioso aquel conocido precepto: «quien quita la ocasión, evita el peligro.» Este ascetismo negativo lleva al último límite el aislamiento de todo comercio social y la vida puramente contemplativa, género de conducta que después se aplicó también
a aquellas órdenes monásticas que se dedicaban sólo pasivamente a la oración y
a la pasividad con mortificaciones y penitencias dolorosas. El ascetismo positivo consiste en la práctica de las virtudes, que
directa o indirectamente conducen a la perfección moral: meditaciones, lecturas
constantes, trabajos corporales, asistencia de los enfermos, ejercicio
de la caridad, etc. También existieron órdenes monásticas, y aun existen
restos de ellas (las más respetables y dignas de gratitud, las de los misioneros), consagradas, dentro de su propia regla,
a la vida activa o a la práctica de la virtud a que se refiere el ascetismo positivo.
El ascetismo místico (V. MISTICISMO) tiene por principal y casi exclusivo objeto practicar actos
religiosos, frecuentar los sacramentos e identificarse, en arrobamiento
y deliquios contemplativos, con Dios. Es el ascetismo más especulativo y el que más conexiones tiene con el alejandrino. Pero todo el ascetismo cristiano se distingue del alejandrino porque es primera y principalmente religioso. Aun teniendo carácter especulativo (en los místicos sobre todo), el ascetismo cristiano repugna la teología abstracta de los alejandrinos (éxtasis ante la unidad absoluta) y hace objeto de sus deliquios y enamoramientos lo que pudiéramos denominar el Dios de la
teología. Aunque no le atribuye las debilidades inherentes
a la condición humana, le concede todas las cualidades compatibles con sus infinitas perfecciones, la Providencia, la Bondad, la Gracia, todo lo que puede atraer y seducir como objeto de un amor inefable. En el ascetismo cristiano y en su
mística, la imaginación no queda ligada a un simbolismo esquemático, indiferente y muerto (arquetipos, hipóstasis
de los alejandrinos), sino que, sublimadas las cualidades en que
consiste la perfección moral y personificadas en su grado máximo en Dios, son convertidas por las representaciones plásticas de la fantasía (ejemplos bien elocuentes ofrecen de ello todos los escritos de Santa Teresa) en alicientes de un sentimiento fervoroso, de un éxtasis apasionado y de un amor intenso
y vivo que conmueve las entrañas. No es aquella fría contemplación del éxtasis especulativo de los alejandrinos, que se ponen delante un ente racional que no emociona ni conmueve; sino que el ascetismo místico y cristiano comunica y conversa con el Dios personal; el amante habla con el amado y por tanto se conserva en él algo humano, exaltando hasta la sublimidad el sentimiento y el amor. El éxtasis alejandrino infunde admiración, inspira respeto y termina en la adoración; el arrobamiento del cristiano despierta la pasión, hace surgir emociones y enamoramientos
y concluye en un amor que sólo se satisface con la adhesión y posesión del objeto amado. El amor del primero es hijo entero de la reflexión y del pensamiento; el amor del segundo es planta frondosa, cuyas raíces ahondan
en la intimidad del corazón y cuyas ramas se elevan hasta lo infinito. Cuando hace el vacío alrededor del alma y cuando se entrega al silencio no piensa en la nada, ni en la muerte, sino que concibe nuevas y más fecundas energías, se apasiona con amor vivo y en cierto modo real (pues conserva semejanza con los afectos humanos) y sólo revela, en último término, aun tocado del comercio con el
mundo sensible, que posee más imaginación que poder especulativo. Tal ha sido siempre el misticismo cristiano, y tales han sido, sobre todo, todos los místicos españoles, dotados de intuiciones geniales y
a la vez de una fantasía exuberante, que en cierto modo les impedía comprender lo bello y lo divino en su pureza abstracta
e ideal.
Aparte variantes impuestas por la ley del tiempo, el ascetismo cristiano es primera y principalmente religioso, procede siempre como derivación obligada de una dogmática que fija inexorablemente destino ultraterreno al hombree, y de una fe que impone la creencia en un destino superior y el menosprecio de la vida práctica presente. El ascetismo moderno, que representa principalmente Schopenhauer, es
cosmológico. Para Schopenhauer «la metafísica es la cosmología» (todo lo físico es metafísico) y el todo, la colectividad, el altruismo (désele el nombre que se quiera) sustituye
a la dogmática y fe cristianas. La esperanza lejana del ascetismo cristiano, el giro
a larga fecha en que se sacrifica la vida presente a la consecución de la futura, eterna y perdurable, están suplantados en este ascetismo cosmológico por un menosprecio constante
e inalterable de todo lo individual y fenomenal, llegándose a divinizar en cierto modo la colectividad, donde hemos de encontrar no en concepción antropomórfica vida semejante
a la actual, sino anulación de todo lo que es origen de mal y absorción en el seno de esa misma colectividad,
con un descanso y negación del ser fenomenal que no tienen limite. Reconociendo, dice Schopenhauer, la vacuidad del destino humano,
que no se plenifica con destino ulterior (de donde se engendra el dejo pesimista y el acento de nostalgia y hastío que caracterizan el pensar
y sentir contemporáneos), la voluntad humana
se someterá al descanso mediante la realización intelectual de lo que une el conjunto (idea
del todo). La renuncia de nuestros propios fines implicará la del deseo de vivir (anulación de
la vida práctica), que es lo que representa el ascetismo. Supone éste, en primer término, la
negación del apetito sexual, después con los ayunos y mortificaciones de la carne, la de la
vida individual, que ciegamente busca placeres ilusorios, y por último la caridad que obliga
a prescindir de sí mismo y de su vida para ocuparse sólo de los sufrimientos de los demás.
Caracteres diferenciales de mayor o menor alcance tiene la ascética moderna comparada
con el pesimismo de Schopenhauer; pero su nota más saliente, hablando siempre de la producida
fuera de las vías católicas, es que dimana no de una dogmática religiosa
o de una fe, sino de una concepción empírico-ideal del mundo que puede y debe ser considerada únicamente como
síntesis prematura. Si en el orden especulativo o intelectual
estas teorías son síntesis prematuras, cuya justificación espera siempre
su última palabra de los innegables progresos de las ciencias naturales;
si se hallan en el aire, porque su base terrenal y empírica es
susceptible de indefinida ampliación, y finalmente si pensamiento y
vida, en esta tendencia a secularizarse emancipándose de toda imposición
dogmática, aun buscan con voraz diligencia brújula y derrotero por donde
dirigir y encaminar la especulación; fácilmente se concibe cuán
deleznables serán estas bases, que en el orden especulativo no se
justifican, cuando se pretende que sirvan de sostén y soporte al orden
práctico, más complejo y menos simple que aquél.
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