ANIMISMO, doctrina médica de Stahl según la
cual la vida, su estructura y actividad son consecuencia del alma (medicina)
ANIMISMO
(De ánima): m. Princ. de Medicina. Nombre dado a la doctrina médica concebida y sustentada por Jorge Ernesto Stahl (1660-1737), médico alemán, nacido en Ansbach (Franconia), que profesó en Berlín durante el período más glorioso de su vida (de los 56 años hasta su muerte,
a la edad de 77), y cuyas obras, escritas en latín unas y en alemán otras, pasan entre mayores y menores de 300.
El sistema de Stahl es, según en otra parte (V. ALMA) queda consignado, el más resuelto y definido de cuantos durante la Era moderna han surgido en el campo de la Medicina; lo cual resulta de fácil comprensión, y hasta naturalísima cosa, reflexionando que, de una parte, la novedad del sistema de Stahl
obedecía a la novedad de la propia Era, el Cristianismo, con su
formalización de la doctrina aristotélica por Santo Tomás y su
aceptación por la Iglesia como teoría o fundamento racional del dogma cristiano, y de otra la invencible coerción con que los autores de doctrinas médicas exponían
su pensamiento, que con ser repetición de sistemas antiguos, no podían ser emitidos con absoluta
libertad.
Los motivos exteriores que impelieron a Stahl a una reforma fueron los reprobables excesos de
quimicismo
a que en su tiempo se entregaba la medicina, excesos muy parecidos a los contubernios químico-médicos
a que asistimos hoy y que entonces, merced al prestigio de Silvio de la
Böe, Willis y otros, conducían al arte por derroteros de perdición y desprecio. En cuanto
a los motivos íntimos es de creer que, según de ordinario acontece, la razón combinada del carácter personal y el giro particular de los estudios fue lo que condujo a Jorge Ernesto Stahl
a enarbolar la bandera del Animismo. En efecto, como consumado químico, anatómico y fisiólogo, versadísimo en
humanidades, filósofo por estudio y por carácter, gran conocedor de los sagrados textos y de los Santos Padres, y adicto por todo extremo
a la Iglesia, hallábase en posesión de todos cuantos recursos solicitar podían su apetito de renombre, levantando, frente
a la medicina quimiátrica, el estandarte de lo que él llamó en su obra
capital Theoria medica vera.
Mas Ernesto Stahl y su doctrina, tras un brillante y prolongado triunfo, fracasaron, porque debían necesariamente fracasar: la doctrina, por falta de solidez
humanamente científica; su autor, por falta de previsión.
El ilustre pensador, con todo y estar muy versado en las sagradas Letras, no acertó
a ver que un dogma, teniendo, como tiene, además de una parte manifiesta,
razonanda, que es la que se refiere
a esta vida, otra parte oculta, mística, irreductible por el razonamiento, que es la relativa
a nuestro futuro destino (la cual, con ser transcendental, sólo es accesible
a la fe), no puede ser elegido como solar para la construcción de un edificio tan humano como lo es toda ciencia útil de finalidad terrena; y puesto que el
alma sustancial, informadora del organismo en toda la rigurosa puridad con que la propone y define el dogma católico, no puede salir fiadora de una doctrina médica, de una
ciencia de suyo positiva, profana y útil, sino a condición de que, al llegar al problema de la
muerte natural, nos explique en una sola plausible y razonable solución de qué manera, mientras el individuo muere por agotamiento de energía, de
anima in actu, queda íntegra ésta como anima in se, y trasponiendo el mundo se instala en su eterno alojamiento, resultó que aquel brillo y aquella fuerza científica de la doctrina de Stahl vinieron
a desvanecerse, cuando por toda garantía de la realidad sustancial científica de su
ente rector del organismo y agente de todos los actos de éste, dijo que sólo la piadosa fe puede explicarnos qué es del espíritu luego después de haber quedado nuestro cuerpo
ex-ánime por extinción natural de su animación. De ahí que, ni convencida la ciencia, ni satisfecha la Iglesia, la
Theoria medica vera de Stahl, no resultando humanamente vera, no pudo prevalecer
como medica. Y eso que,
a pesar de la oscuridad de estilo, efecto de lo abstruso y premioso del pensar de Stahl, su doctrina es, considerada arquitectónicamente, de lo más admirable que ofrece la historia de los sistemas modernos.
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Su postulado es reductible a estos breves términos: «No os empeñéis en
interpretar e intervenir la vida como un conjunto de acciones y reacciones químicas; la vida y la organización son
acto del alma servida por la materia y desde la inteligencia hasta la última secreción, y así en salud como en enfermedad y vías de cura, no hay en el cuerpo más actividad vital
que la del alma, una en la esencia, varia en las funciones, idéntica en la sucesión de los tiempos.» |
A esto, que Stahl no dijo literalmente así, pero que condensa lealmente su doctrina,
a esto se reduce el pensamiento fundamental del Animismo.
Veamos ahora aquellas proposiciones donde más y mejor se refleja el carácter de la concepción
stahliana y su conformidad con la doctrina católica.
De acuerdo con San Agustín, San Jerónimo, San Ambrosio, San Gregorio de Nicea, San Basilio, Santo Tomás, etc., etc., Stahl distingue siempre y en todo lugar de sus obras el
anima, potencia vital, y el spiritus
o animus, potencia intelectiva racional; por más que en su concepto, como en el de todos los Santos Padres y teólogos, esas dos potencias
anima y animus constituyen una sola idéntica sustancia: el espíritu humano, el
spiritus vitæ et intelligentiæ de las Sagradas Escrituras.
Como San Agustín, dice Stahl: Anima est vita corporis (T. III, a. 476);
Anima per se movetur (T. VI, c. 3); Anima viva apellatur a Scripturâ administratio corporis (T.
III, d. 218); Anima totum corpus animat et vivificat (T. VI, g. 254). – Como San Ambrosio, dice Stahl:
Anima est vivens, eo quod insensibile atque exanime corpus animet, vivificet
et gubernet (De Is. et. an.,
p. 357); Anima nostra διμερής est, hoc est, bipartita, et rationabile habens et irrationabile (De Abrab. lib.
I, cap. 2, p. 283). – Con San Basilio, Stahl dice: Animæ duplex vis inest (T. II, p. 541 a.);
Anima humana liberam, et in suâ potestate sitam, vitam
a conditore sortita est (T. II.
p. 72 a.); Duplicem enim ego arbitror VIM esse animæ, cum ipsa una et eadem existat, alteram corpus animantem, alieram vero
rerum speculatricem,
quam etiam rationalem nominamus (T. II, p. 541); Anima mirabili modo ad corpus colligatur (T. II, p. 23). – Con San Gregorio de Nicea, dice Stahl:
Anima est essentia à Deo generata, essentia vivens, intellectualis, corporeis sensuum instrumentis vivendi, atque quæ cadunt sub sensus percipiendi facultatem ac vim,
PER SE, suggerens et immitens (De anima et resurr. T. III, p. 183). – Con Santo Tomás, San Jerónimo y toda la Iglesia cristiana, Stahl considera el
alma como poseyendo y realizando en el cuerpo las facultades vegetativa, apetitiva, sensitiva, dejando al
espíritu el pensamiento, la razón, la conciencia de sí misma, y siendo
alma y espíritu no dos seres, sino dos modalidades del solo, único, idéntico spiritus vitæ
et intelligentiæ de la Santa Escritura, y finalmente, hablando de esta distinción modal de
anima y animus, alma y espíritu, dice en su
Theor. med. vera, p. 1. y 507: ANIMA vitalium actionum rectrix est, sed ANIMUS
est semper sciendi avidus, ratiocinandi, occupatus in assequendâ intimiore rerum essentiâ.
A tal extremo llegaban la identificación del
espíritu de Stahl con el de la doctrina eclesiástica, y la fuerza y novedad que en el orden filosófico
e histórico aquél entrañaba, aparte del prestigio que la subordinación
orgánica de la medicina al dogma debió de granjearle. Y si
a estas consideraciones se añade la del gran saber que, como químico, atesoraba, y la incontrastable ventaja que esto había de darle sobre los
quimiatras
a quienes combatía, podrá cualquiera imaginar lo imponente que hubo de ser la aparición del Animismo en el campo de la ciencia médica.
A tan sencilla y terminante doctrina fisiológica debieron de corresponder una Patología y una Terapéutica de iguales caracteres. Y así,
realizando el alma, por modo autocrático, toda función conservadora, de suerte que toda desasimilación quedase en los límites de una
corrupción regulada según las conveniencias de la salud, necesariamente la
enfermedad había de ser «Una corrupción que pasa de los límites
fisiológicos.» Mas ¿porqué pasa de los límites
fisiológicos? La contestación de Stahl a esta pregunta revela toda la
rigidez de un espíritu consecuente consigo mismo. «Si la corrupción
morbosa logra rebasar los límites normales es,
o por abandono o por torpe tratamiento de parte del alma.»
A esta patología corresponde naturalmente una
terapéutica hipocrática o encaminada de una parte
a favorecer la terapéutica espontánea,
a despertarla, a rectificarla, y, de otra, a reconocer y eliminar la causa material del daño.
Y por lo que dice a la muerte: la preternatural, o por enfermedad, Stahl la califica, y con razón, de
suicidio; mientras que la natural no acierta
a explicarla, teniendo que acogerse para conciliar la muerte por extinción,
o resolución natural de fuerzas, con el dogma de la inmortalidad, a la fe cristiana.
Éste es, según indiqué al principio, el punto flaco de la doctrina; este verdadero renuncio preparó su decadencia y abandono; viéndose transformada tan valiente
suntuosa construcción vitalista-radical en albergue de vitalismos doctrinarios. V. VITALISMO.
En vida de Stahl, su más temible crítico fue el
gran Leibniz; mas, con todo el respeto
debido a aquel genio extraordinario, diré que no
le bastó en la lucha su colosal estatura; la tesis de Stahl era, en el orden filosófico, más radical,
más arquitectural, más susceptible de defensa, que la artificiosa y convencionalísima hipótesis leibniziana de la Armonia præstabilita.
Entre las opera minora de Stahl se halla un
folleto titulado Negotium otiosum, que contiene la célebre polémica entre Stahl y Leibniz.
Hoy día en Francia los doctores Boullier y Tissot, y en Alemania el Dr. Hermam Fichte,
hijo del renombrado filósofo de igual apellido, pretenden restaurar,
contra el espiritualismo de Maine de Biraud y de Jouffroy, el Animismo
legítimo de Stahl. - Vano intento.
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