ARISTIPO, filósofo griego (biografía)
ARISTIP0
Biografías. Filósofo griego, natural
de Cirene, colonia de la costa de África, de donde pasó
a Atenas llevado de la fama de Sócrates (V. Diógenes Laercio, lib. II). Siguió en Atenas
las lecciones de Sócrates. Era Aristipo hombre de carácter dulce y fácil, y muy dado al goce
y a la voluptuosidad, sin que Sócrates lograse hacerle cambiar de conducta. Era considerado
como discípulo degenerado de Sócrates por su manera de vivir tan contraria
a la templanza y sencillez socráticas, por ser el primer discípulo Sócrates
que enseñó la Filosofía
por estipendio, y por su doctrina que Aristóteles calificaba de sofística. Hijo Aristipo de padres ricos, siempre se vio
dominado por su inclinación irresistible a los placeres. Su trato frecuente con las cortesanas
(llegó a tener tres), su residencia prolongada fuera de
la patria, huyendo de las carga que ésta impone, o quizá como dicen algunos (V. LANGE,
Histoire du Matérialisme), presintiendo un cosmopolitismo humanista, su desvío de la cosa pública
para no mermar su independencia y finalmente su propósito de plegarse a las circunstancias, hacen
de Aristipo en conducta y pensamiento un hombre original. Según dice Laercio, a su vejez se volvió a Cirene, donde fundó la escuela llamada
cirenaica, que tiene, como afirma Ritter (V. su Histoire de la Philosophie ancienne, t. II), sólo una importancia local, porque sus partidarios son casi todos de Cirene y de las comarcas vecinas. Confusa es la historia de esta escuela, que subdivide Laercio en
Hegesianos, Annicerianos, Teodosios y Eretrienses, según siguen
a los discípulos de Aristipo, Hegesias, Anniceris, Teodoro o a los que salieron de la escuela de Fedor.
Las opiniones de cada uno de estos partidarios de la escuela cirenaica se hallan expuestas su
Diógenes Laercio.
La doctrina general de la escuela, fundada por Aristipo, divide la
filosofía en cinco partes: de lo que debe ser deseado y evitado, de los estados
o maneras de ser, de los actos, de las causas y de las pruebas. Las dos
últimas, referentes la una a la física y la otra
a la lógica, aunque ambas subordinadas a la
moral, nombre con el cual designaban el todo de la ciencia. En la primera parte es donde más
claramente se percibe la genealogía socrática de las enseñanzas de Aristipo. Según Sócrates, el fin de
la vida es la felicidad alcanzada por la razón, y para Aristipo semejante felicidad puede ser inasequible aun para los más racionales, sujetos
a males naturales y necesarios y a límites sin término, entre ellos la muerte. Perseguir la felicidad
es caminar tras un fin incierto, que tal vez no consigamos, pues para ir tras ella se necesita pensar incesantemente en el porvenir que es incierto,
haciéndonos esclavos del tiempo. Reducida entonces la vida
a un deseo del bien, que no existe,
somos esclavos del deseo. Para emanciparnos
de esta servidumbre, debemos pensar sólo en el presente, sin echar de menos lo pasado y sin
desear el porvenir, gozando del placer de momento,
del actual, y no pretendiendo una felicidad que resulta para nosotros un imposible. Después de
todo, la felicidad sólo vale por los placeres de que se compone, y el placer sólo es estimable
por su presencia inmediata, por lo que de él se
disfruta. El bien es, pues, para Aristipo, el placer de que se goza actualmente libre del cuidado del porvenir. La sabiduría consiste (sabiduría en el sentido de toda la
filosofía griega como idea idéntica con la de virtud) consiste en disfrutar del presente por medio de la razón, y el
valor en librarse del deseo y del dolor.
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La inclinación natural de Aristipo al fausto
y al goce, y influencia en él de los sofistas, le inspiraron su
doctrina, cuya máxima fundamental refiere el fin de la
existencia al placer. Aunque Aristóteles le considera como un
sofista, se descubre en la doctrina de Aristipo señales
evidentes de la enseñanza de Sócrates, que ponía el soberano
bien en la virtud identificada con la ciencia. Aristipo pensaba
que dominándose cada cual a sí mismo para librarse del deseo y
del dolor, y que siguiendo la razón (dos principios
socráticos) era como únicamente se podía obtener goces
persistentes. |
El carácter distintivo de la
doctrina moral de Aristipo consiste en hacer residir el fin del hombre y el sumo bien, no como Epicuro,
en el cálculo prudente y en la indagación hábil y previsora de la felicidad, sino en el goce actual
y presente, en el desarrollo de la sensibilidad según sus propias
leyes y todos sus caprichos, y, finalmente, en la obediencia pasiva a los instintos de nuestra naturaleza sensible. La segunda
parte de la doctrina cirenaica, que trata de los estados
o manera de ser, tiene por objeto determinar en qué consisten el placer y el dolor.
No
admite Aristipo el sentido negativo (aun en la relación) atribuido por algunos al placer como
negación del dolor, y a éste como falta de placer; mas bien los consideraba como movimientos del
alma, mientras que la carencia de placer y dolor
la comparaba con un sueño. La referencia de
la idea de la vida al movimiento está tomada
la doctrina de Protágoras, pues éste y los cirenaicos no admiten la inercia perfecta del alma.
Símil a la vez de la templanza socrática es la comparación hecha por los cirenaicos del placer
con un movimiento dulce o viento favorable del
mar, y de la pena con un movimiento violento
o un viento tempestuoso, mientras que las cualidades intermedias parecen imitar la calma. En
cuanto a los actos, se justifican, según los cirenaicos, por su relación al placer y al dolor, pareciéndoles en general los actos indiferentes
moralmente, pues sólo apreciaban en ellos su
consecuencia en placer o dolor.
Estiman la virtud como medio y no como fin. Señalan los cirenaicos con Sócrates el carácter principal de la virtud en la racionalidad; pero no dicen en qué consiste esta racionalidad, que sólo explican en sentido negativo cuando afirman que consiste principalmente en evitar todo lo que pueda perturbar el placer. Poco y nada concreto han dicho acerca de la intensidad de los placeres, limitándose
los cirenaicos
a distinguir los propios del cuerpo de los espirituales. Parece que se inclinan,
sobre todo con su conducta (y en ella señaladamente Aristipo, que, como dice Lange, hace de su vida comentario de su doctrina)
a dar la preferencia a los primeros; pero tal conclusión contradice su teoría de la templanza y de la sabiduría. Respecto
a las causas, se atienen al conocimiento de los estados del alma,
logrando implícitamente la posibilidad del conocimiento de la causa que ocasiona tales estados,
ya por las frecuentes ilusiones de los sentidos, ya porque nuestra conciencia personal es sólo conciencia del estado presente. Reducían, pues, el conocimiento que el hombre puede adquirir al del movimiento en las cualidades de agradable
o desagradable, doctrina toda ella que tiene muchos puntos de semejanza con la de Protágoras. Siendo el placer el móvil de los actos, se comprende fácilmente que el sensualismo de
Protágoras sea el germen de la teoría del placer, aceptada por Aristipo y los cirenaicos.
Mas deficiente es aun la
filosofía cirenaica en su última parte, en la de las pruebas, pues gran parte de los preceptos de su doctrina se fundaban en el carácter personal de cada uno, de lo cual procede la división de los cirenaicos en
Hegesianos, Teodosios, etcétera, hecha por Diógenes Laercio, donde puede verse la especialidad,
dentro de la enseñanza general, de las opiniones particulares de cada
cirenaico. Larga es la lista de obras que supone Diógenes Laercio
que escribió Aristipo, y de las cuales sólo se conserva el nombre. Según
aquél, los escritos que corren de Aristipo son tres libros de la
Historia Líbica, que envió a Dionisio. Un libro que contiene 25 diálogos, escritos unos en el dialecto ático y otros en el dórico. Son estos:
Artabazo; A los náufragos; A los fugitivos; Al mendigo; A Layda; A Poro: A Layda,
Acerca del espejo; Hermias; el Sueño; el Copero; Filomelo; A los
domésticos; A los que lo motejaban de que usaba vino viejo y meretrices;
A los que le notaban lo suntuoso de su mesa; Carta
a su hija Areta; A uno que sólo se ejercitaba en Olimpia; La interrogación; Otra interrogación; Tres libros de Críos,
Sentencias y dichos graves, provechosos a la vida humana, etc. etc. Importa, por último,
tener en cuenta que, como dice Diógenes Laercio, hubo cuatro Aristipos: el primero, que es del que tratamos, el fundador de la escuela cirenaica; el segundo, el que escribió la
Historia de Arcadia; el tercero, el llamado Metrodidacto (instruido por su madre, Areta, hija del primer Aristipo), y el cuarto de la
Academia nueva. Aristipo, el fundador de la escuela, tuvo por discípulos
a su hija Areta; a Etiope y a Antípatro Cirineo. Areta tuvo por discípulo
a su hijo Metrodidacto, nieto del primer Aristipo y maestro de Teodoro.
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