LIBRO DE APOLONIO, poema medieval
(literatura)
APOLONIO (LIBRO DE)
Literatura.
En la primera mitad del siglo XIII, según todos los indicios, se
escribió en España un poema titulado
Libro de Apolonio. No se sabe quién fue su autor, ni la época
cierta, ni el lugar en que fue escrito. Está en cuartetas alejandrinas o
cuaderna via que el poeta llama nueva maestría; consideración
que unida a otras que se desprenden de la lectura del poema, dan
suficiente motivo a los críticos para creerle muy poco posterior a los
tiempos de Gonzalo de Berceo, cuyas obras son las primeras que en España
se escriben en dicha forma poética. – Pertenece el poema a la literatura
erudita, no sólo por sus formas artísticas, en que se busca ya la
perfección posible en el estado de la versificación y de la lengua, sino
también por su asunto, extraño a la historia de España; y debió
escribirse en Aragón, porque abunda en catalanismos.
La leyenda de Apolonio, rey de Tiro, nació en
Oriente; y se escribió según lo mas probable en los tiempos de
Justiniano. Marcos Velsero publicó en el siglo XVII una versión latina,
opinando que procedía de los últimos tiempos del imperio romano; y el
erudito Barthio cree que es de la época de Casiodoro, (fin del siglo V y
primera mitad del VI) y se la atribuye a Symposio. El marques de Pidal,
que publicó por primera vez el poema español de Apolonio, entiende que
pueden concertarse ambas opiniones, resultando que la leyenda es del
siglo IV al V.
En España era conocida esta leyenda por los siglos XI
a XII, época a que pertenece un códice de la Biblioteca Nacional que,
entre otros varios tratados, contiene éste de Apolonio. Algún ilustre
escritor insinúa que tal vez trajeron a España esta leyenda San Leandro
y los demás obispos desterrados por Leovigildo, cuando volvieron de
Constantinopla, llamados por Recaredo; o que quizá vendría mas adelante
con los primeros cruzados. Sea como fuere, entre los pueblos de
Occidente, quizá en España es donde primero se conoce la leyenda de
Apolonio, y se escribe en leyenda vulgar antes que en ninguna otra
literatura.
El autor del libro de Apolonio no se limitó a poner
en verso castellano la leyenda latina, sino que la modificó y amplió en
gran manera, aspirando a la originalidad posible; y, como todos los
escritores de aquella época, da carácter y colorido nacional y cristiano
al personaje y a las costumbres que en el poema se describen. Apolonio,
que en la leyenda es un filósofo pagano, aparece en el poema español
como un príncipe cristiano y fervoroso; y todo cuanto hace y todo
aquello en que interviene tiene marcado el sello de la Edad Media. Lo
propio sucede en el poema de Alejandro, de que ya hemos hablado y en
todos los de aquel período poético; y ya se indicó allí la causa de este
anacronismo, en que incurren aun los grandes autores de los siglos de
oro de la Literatura; pues los españoles todo lo pintan a la española y
los franceses a la francesa, y así los demás.
Apolonio no es un guerrero ni un conquistador, sino
el varón justo que después de muchos riesgos y quebrantos halla aún en
la tierra la recompensa de su bien obrar. Este género de leyendas estuvo
muy en boga en la Edad Media, y, como en algún otro lugar observaremos,
se explica perfectamente que así fuera. En las peregrinaciones, en las
guerras, en las cruzadas, era menester abandonarse confiadamente en
brazos de la Providencia que muchas veces, en efecto, recompensaría con
triunfos y prosperidades las privaciones y peligros cristianamente
sufridos; y para alentar esa confianza y esa fe, se escribieron y
propagaron muchas leyendas, con base más o menos histórica. – La de
Apolonio se extendió por toda Europa, escribiéndose en casi todas las
literaturas, y forma parte de la
Gesta romanorum, compilación de historias, anécdotas y leyendas
morales para uso de los predicadores; en la cual el capitulo lleva este
epígrafe:
De tribulatione temporali, quæ in gaudium sempiternum postremo
commutabitur.
El poema español empieza exponiendo el argumento en
estas palabras:
El rey Apolonio, de Tiro natural,
Que por las aventuras vistó gran temporal,
Como perdió la fija et la muger capdal,
Como las cobró amas, ca les fué muy leyal.
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Apolonio, rey de Tiro, se presentó, como otros muchos
príncipes, a solicitar la mano de una hija de Antíoco, dotada de
extraordinaria hermosura. Antíoco, poseído de incestuosa pasión,
proponía a los pretendientes oscuro enigma, condenándolos a muerte si no
le descifraban; y así no daba su hija por mujer a ninguno. Apolonio, sin
embargo, descifró el enigma, que se refería precisamente a la criminal
pasión de Antíoco, el cual trató inmediatamente de matar a Apolonio, que
se vio obligado a 'huir, y que no se creyó seguro en su propio
reino, donde le perseguía la venganza del tirano. |
Huyó, en efecto, Apolonio a
Tarso; pero allí también le persiguió el poderoso Antíoco, que puso a
precio su cabeza, teniendo Apolonio que esconderse en casa de Estrangilo
y marchar después a Pentapolín, a cuyas playas llegó náufrago, desnudo y
sin sentido, por haber perecido todas sus naves en una tempestad.
Recogido y amparado por un pescador, se abre camino en la ciudad con la
música y el canto, llegando a ser maestro de Luciana, hija del rey
Architrastes, que, prendada de él, obtiene de su padre permiso para
casarse con Apolonio, averiguada su regia estirpe. Poco después se supo
que había muerto Antíoco, y Apolonio trató de restituirse a su reino de
Tiro. En la travesía dio a luz Luciana una niña; pero ella quedó sin
vida, al parecer; y Apolonio, para que no se perdiese toda la nave,
según la creencia supersticiosa del piloto, resuelve, aunque con gran
pena, arrojar al mar el cadáver de su esposa; y así lo hace, bien que
metiéndolo en una caja embetunada en que no pudiese penetrar el agua, y
colocando un escrito en que rogaba que la diese cristiana sepultura
quien quiera que la hallase. El féretro va a parar a Éfeso, donde un
médico, tratando de cumplir el ruego de Apolonio, ordena el
embalsamamiento del cadáver de Luciana, en la cual hallan señales de
vida, logrando que la recobre por completo; y la infeliz, aunque semi-resucitada
Luciana, entra en un monasterio dedicado a Diana y allí se resigna a
pasar la vida.
Apolonio, en tanto, va otra vez a Tarso; y dejando a
su hija Tarsiana y su aya al cuidado de Estrangilo y de su mujer,
Dionisia, se marcha a Egipto, jurando no cortarse las uñas ni las barbas
hasta que pueda casar bien a su hija. Retirado Apolonio, muere
Licórides, el aya de Tarsiana, que la revela su alto y extraordinario
origen; pero en vez de tener las fortunas de princesa, empezó la pobre
niña a sufrir grandes amarguras y persecuciones. Dionisia, la mujer de
Estrangilo, envidiosa de Tarsiana porque era preferida a una hija suya,
encargó a un criado que la asesinara; y si no se llevó a cabo el mandato
de Dionisia fue porque en el momento crítico y supremo aparecieron unos
piratas que hicieron huir al asesino y se apoderaron de la desdichada
doncella. Llevada ésta a Mitilene, fue vendida como esclava, y estuvo en
peligro, y puesto en precio su honor; salvándose la pobre niña con
ofrecer mayor lucro a su codicioso dueño, dedicándose a la música y al
canto por las calles y plazas de la ciudad, como lo hace, logrando
grandes ganancias.
Así andaba Tarsiana, cuando una tempestad arrojó a
las playas de Mitilene a su desgraciado padre Apolonio, que, terminado
el plazo de su retiro, había ido a buscarla a Tarso, creyendo hallarla
en casa de Estrangilo: mas como éste y su mujer le dijeron que Tarsiana
había muerto, y hasta le enseñaron su sepulcro, el desconsolado Apolonio
huyó de Tarso para ir a morir a Tiro, arrivando náufrago a Mitilene. Sus
compañeros de navegación desembarcaron y por ellos se enteró Antinágoras,
príncipe de la ciudad, de las aventuras de Apolonio, que no había
querido salir de la nave; y le visita, y trata de consolarle y animarle
con ofrecimientos hospitalarios y morales reflexiones, ocurriéndole, por
fin, traer a su presencia la bella y afamada
juglaresa para que le distraiga. En vano se presenta Tarsiana
ante Apolonio: la tristeza del pobre rey de Tiro no se disipa con la
música, ni con el canto, ni con los enigmas que Tarsiana le propone y
que él descifra; diciendo, al cabo, a Tarsiana que le deje solo. Ella
resiste, tratando de consolarle, movida de piedad y de secreta simpatía;
y hasta lleva sus brazos al cuello de Apolonio, que, intentando castigar
lo que juzgó acción liviana, da una terrible bofetada a la juglaresa,
cuyo rostro se baña en sangre. A las quejas y lamentos de la infeliz
que, de pasada, refiere algunas de sus desdichas, doliéndose de su
suerte, siente Apolonio pena por lo que ha hecho y gran interés por la
juglaresa, llegando a concebir alguna esperanza de que sea su
hija, como lo conoce inmediatamente al oír el nombre del aya;
entregándose a los mayores transportes de alegría al encontrar a la hija
que lloraba muerta.
Ya todas son fortunas y felicidades para Apolonio.
Después de casar a su hija con Antinágoras, que de antiguo amaba a
Tarsiana y había respetado su inocencia cuando el vil dueño la puso a
precio, y de castigar a éste, parten todos a Tiro, apareciéndoseles en
la travesía un ángel que anuncia al rey que su esposa vive y está en el
templo de Diana, en Éfeso. Hallada Luciana, que colma la alegría
general, va Apolonio a Tarso a castigar a Estrangilo y Dionisia, y luego
a Antioquía, donde deja a sus hijos Tarsiana y Antinágoras por reyes,
pues al morir la hija de Antíoco le había legado el reino. Finalmente
visita a su suegro Architrastes en Pentapolín, donde Luciana da a luz un
hijo que heredará el trono; y premiando generosamente al pescador que le
había socorrido al llegar náufrago a aquellas playas, vuelve a Tiro a
reinar y morir entre el amor de su pueblo.
Así termina el poema, que no carece de interés, ni
menos de sencillez y unidad; pero los recursos dramáticos, sobre
inverosímiles, son muy pobres, y sólo el reconocimiento de Tarsiana y su
padre tiene verdadero atractivo. El tipo de Tarsiana es muy bello y
simpático, por su desgracia y por su virtud. Tarsiana es nada menos que
una princesa; ignora su estirpe; se ve entregada a un asesino y después
a piratas y rufianes, saliendo ilesas su vida y su inocencia de todos
los peligros, sin otros medios defensivos que sus lágrimas y oraciones,
su pureza, su dolor y sus talentos naturales. La tierna niña es tipo
hermoso de la doncella cristiana, y lástima es que el poeta no haya dado
más verisimilitud a la separación de Apolonio de su hija.
Como ya observó el Sr. Amador de los Ríos, el tipo de
Tarsiana, más o menos alterado según los siglos y los pueblos, renace en
la Politania de Timoneda, en la Preciosa de Cervantes y en la Esmeralda
de Víctor Hugo. Todas son de ilustre estirpe, y se ven expuestas a los
peligros del mundo, y ganan el sustento cantando en las plazas públicas.
La Esmeralda, sin embargo, dista ya mucho de la sencillez, del candor,
de la pureza inocente de Tarsiana, más imperfectamente dibujada, como
creación de un arte primitivo, pero más hermosa y más amable que la
heroína moderna que, por otra parte, termina sus días desastradamente.
Así lo pedía el furor homicida de la escuela romántica que nació a fines
del pasado siglo y llenó la primera mitad de éste; siendo en ella de
rigor, no ya lo trágico, sino lo horroroso, lo desconsolador, lo que
borrara de la mente de los hombres hasta la idea de la esperanza. Las
otras figuras del libro de Apolonio son menos interesantes que Tarsiana;
pero todas están bien delineadas, aunque tienen escaso colorido. Luciana
es una esposa amante y fiel; Antinágoras un noble protector de la
inocencia; Architrastes un padre sencillo y bondadoso. Los malvados y
codiciosos, todos son castigados en el poema, en el cual aparecen, al
cabo, triunfante la virtud y ensalzadas la fe y la confianza en la
Providencia de Dios.
Apolonio (filósofo estoico)
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Apolonio de Rodas (arquitecto griego), Apolonio de Rodas (poeta griego)
Apolonio (lexicógrafo giego), Guillermo Apolonio
(teólogo reformista), Apolonio Citensis (médico griego) Apolonio de
Atenas (escultor griego), Apolonio de Pérgamo (médico griego), Apolonio
Molón (orador griego)
Apolonio de Tiana (filósofo místico) -
Apolonio Díscolo (gramático griego)
Apolonio Pergeo (matemático griego)
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