AGUSTINOS, orden religiosa (historia eclesiástica)
AGUSTINOS
- AGUSTINO, NA: adj. Aplicase al religioso o a la religiosa de la orden de San Agustín. U. t. s.
- AGUSTINOS (ORDEN DE LOS):
Historia eclesiástica.
Convertido San Agustín al catolicismo, el año de 387, se retiró con algunos amigos para hacer vida solitaria en el territorio de Tagaste, no lejos de Hipona. Su amigo Simpliciano le
dio una túnica ceñida con una correa que adoptó por hábito. El obispo de Hipona Valerio, que deseaba tenerle a su lado y por sucesor, formó empeño en conferirle las sagradas órdenes, y aclamándole con empeño el pueblo congregado en la iglesia, hubo de acceder
a tan pía y cariñosa violencia, frecuente en aquellos tiempos. San Posidio, su biógrafo, dice que fundó un monasterio en la Iglesia para vivir con recogimiento:
Monasterium intra ecclesiam mox instituit. Supónese que el monasterio estaría en paraje contiguo a la iglesia catedral; aunque no todos han interpretado la frase del mismo modo, dando lugar
a que unos creyeran que formó algún cabildo al estilo monástico, y otros por el contrario que era monasterio,
o mejor dicho convento, en el rigor de esta palabra. Sobre el color y hechura de la túnica han disputado también, sosteniendo unos que era blanca y otros que era negra. Ello es que los dominicos, trinitarios, mercenarios, jerónimos y los mismos agustinos calzados, adoptaron en el siglo XIII
y después la túnica blanca, aunque usaran la capa negra. Los mismos cabildos agustinianos en la época de su austeridad y esplendor vestían así. A la época de su muerte florecían seminarios clericales y monasterios de ambos sexos por él fundados y regidos. Los vándalos, devastando el
África
a sangre y fuego, destruyeron muchos de
ellos. Huyendo de aquéllos, y para conservar su instituto, vino a España San Donato con setenta monjes, trayendo consigo muchos libros que pudo salvar. Se ha conjeturado que serían agustinos; pero no consta y faltan pruebas. En tierra de Valencia fundó el monasterio servitano ayudándole
a ello una piadosa señora, llamada Mimicia. Donato había sido discípulo de un ermitaño; mas al venir
a España con setenta monjes ya no profesaba vida eremítica, sino la cenobítica,
o de comunidad.
La regla de San Agustín se extendió por Europa. En Francia se supone extendida por San Hilario; en Alemania por San Severino; en Irlanda por San Patricio.
Las invasiones de los musulmanes, normandos y otros bárbaros y piratas, las guerras feudales y el rebajamiento religioso, destruyeron casi por completo los monasterios agustinianos, pero en cambio, la regla resucitó entre los canónigos, y al sustituir en el siglo
IX éstos
a los antiguos presbíteros civitatenses adoptaron la regla de San Agustín, pues, como eran generalmente pobres,
o estaban empobrecidos, les convenía la vida común encargada por aquella regla, como sumamente económica.
En el siglo XII, según la opinión más probable, comenzaron a surgir cenobios agustinianos en los yermos y despoblados, de donde tomaron el nombre de ermitaños, pero en realidad eran cenobitas, pues la regla para cenobitas se
dio por el Santo
a una hermana suya que vivía en comunidad con otras señoras piadosas. Atribúyese esta restauración eremítica
a San Guillermo, continuáronla el Beato Juan Bono y otros santos y austeros personajes, pero sin cohesión ni dirección uniforme. Viendo Alejandro IV la multitud de disgregaciones, más que congregaciones agustinianas, que se iban formando, trató de darles alguna cohesión y uniformidad bajo la dirección de un superior general, para lo cual se celebró un capítulo general, que se tuvo en el convento
de populo (del alamo) en Roma, en los meses ele febrero y marzo de 1256. Adoptaron esta dirección uniforme todas las congregaciones llamadas de Jambonitas, Brictinienses, Valbirsuta y otras, con algunos monasterios de los Guillermitas. Costó trabajo lograr esta fusión, y principalmente por parte de los Guillermitas alemanes. Trabajó mucho para la unión el Cardenal Ricardo de Anibaldi, Diácono del título de
Sant-Angelo, protector del Instituto. Como por entonces surgían los mendicantes con gran vigor, austeridad y pobreza de bienes temporales, pero riqueza de los espirituales,
a los Dominicos y Franciscanos se agregaron los Agustinos y Carmelitas, venidos de Palestina, quedando así constituidos los célebres cuatro institutos mendicantes primitivos de la Iglesia desde el siglo
XIII.
Dividiéronse los Agustinos en cuatro provincias:
Italia, España, Francia y Alemania, conservando sus individuos el título de Ermitaños, bajo la dirección del P. Lanfranco Septala, superior que había sido de los Jambonitas, y prior general de la Orden en su nueva forma. Los Guillermitas de Alemania y Francia promovieron desacuerdos y disgregaciones. Solo España permaneció unida. En Italia surgieron con diferentes nombres y recuerdos de la antigua disgregación, una llamada Congregación de Ilíceto, en 1385, la de San Juan de Carbonaria en 1399, la de Perusa en 1419, la de Lombardía en 1430, la de Monte Ortono en 1436, la de Génova en 1470, la de la Pulla en 1491 y la de Calabria en 1501. La de Sajonia se hubo de separar por completo de aquella dirección general en 1492. De ella era Lutero,
a quien pueden los verdaderos Agustinos rechazar de su instituto como espúreo. El día en que el catolicismo perdió
a Lutero, ganó el Instituto Agustiniano en España a Santo Tomás de Villanueva, uno de los primeros colegiales y catedráticos de Alcalá, que profesó en el de San Agustín de Salamanca, convento de los más célebres de la Orden, y quizá el principal de ella en España, al cual había ilustrado con su nombre y virtudes en el siglo anterior San Juan de Sahagún, llamado el apóstol de Salamanca.
La epidemia de la peste negra, denominada en los anales del monacato español la
claustra, por los muchos conventos que dejó vacíos, mitigaciones
a que dio lugar su repoblación, y alguna decadencia en la austeridad por
este motivo, afectó también a varios conventos agustinianos de España, pero no a la generalidad de la Orden, sobre todo en Castilla, donde estaba más pujante. Los nombres de los dos santos citados, y otros que pudieran añadirse, lo acreditan bien.
Los Agustinos españoles en el siglo XVI tenían en España fama de excelentes escriturarios. El nombre de Fr. Luis de León bastaba para acreditarlos, y por fortuna no era él solo.
Dióles también gran celebridad el haber sido los descubridores de Filipinas y primeros apóstoles, yendo allá con Legazpi.
San Agustín (biografía)
-
Agustinianismo (teología) -
Agustinianos (historia eclesiástica) |