ABSURDO, ABSURDA (filosofía: lógica)
ABSURDO, DA
(Del lat. absurdus; de ab,
y
surdus, sordo): adj. Contrario y opuesto a la razón.
....pruébanlo con argumentos no muy ABSURDOS ni
distantes de la verdad.
El Comendador Griego.
A la luz de esta antorcha se fueron disipando poco a
poco los seres monstruosos, los errores groseros y las fábulas ABSURDAS
que había forjado el interés combinado con la ignorancia, etc.
JOVELLANOS.
¿Vacilaréis siempre entre las contradicciones mas
ABSURDAS?... etc.
MORATÍN.
Tenía un tío, llamado D. Gumersindo, poseedor de un
mezquinísimo mayorazgo, de aquéllos que en tiempos antiguos una vanidad
ABSURDA fundaba.
VALERA.
- ABSURDO: m. Dicho o hecho repugnante a la
razón.
No acierta a pronunciar, y si pronuncia ABSURDOS
hace y forma solecismos.
CERVANTES.
Siendo un ABSURDO reunir las Cortes en la forma que
tenían en lo antiguo, etc.
QUINTANA.
Ni aun cuando decimos que Dios es todopoderoso,
entendemos que pueda hacer ABSURDOS.
BALMES.
El error triunfa y la verdad se pierde en un laberinto
de sofismas y de ABSURDOS.
AGUSTÍN DURÁN.
- ABSURDO (LO):
Filosofía. Significa según su origen
etimológico, si hemos de seguir las autorizadas opiniones de Littré y
Larousse, lo que, procedente de la sordera, engendra un
quid pro quo ininteligible. Lo inconcebible, lo que el espíritu
no puede pensar es, en ultimo término, lo contradictorio. Lógicamente lo
absurdo expresa el límite o extremo del diámetro del mundo inteligible.
Son en efecto los principios o categorías de la identidad (A= A) y de la
contradicción (A es la misma cosa que no A), las leyes que rigen el
proceso y desarrollo de nuestro pensamiento, mas allá de las cuales no
se concibe ni la existencia concreta de nuestras percepciones, pues aun
desviada la inteligencia de sus propias leyes, otra vez se rige en tales
desviaciones según una ley, imponiéndose el orden en medio del desorden
o siguiendo el pensamiento una lógica en el fondo tan inflexible en el
error como en la verdad. El límite infranqueable de la lógica del error,
en medio de su posible sistematización, está representado por el
absurdo.
El sentido común suele precipitadamente identificar el absurdo
con lo que de momento no se entiende o no se explica y llega a
restringir su alcance a lo que no se concibe, dado el estado
habitual de la experiencia. En primer lugar, conviene advertir que la
experiencia no puede ser criterio para discernir lo absurdo de lo que no
lo es, pues acontece muy frecuentemente que lo que para un estado de
experiencia puede aparecer como absurdo, deje de serlo para un estado
subsiguiente. Así sucede, por ejemplo, para la experiencia del hombre
inculto que resulta absurdo que se mueva la tierra, porque desconoce la
manera de interpretar las apariencias que ocultan la realidad,
distinguiendo el movimiento real del aparente. Y de igual modo estima el
que se atiene al dato de la experiencia que es absurda la existencia de
los antípodas, porque ignora que la ley de la gravitación atrae los
cuerpos hacia el centro de la tierra.
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Para el criterio empírico lo que
no es susceptible de símbolo, esquema o imagen es absurdo, olvidando que
más allá del alcance que se pueda conceder a nuestra facultad
imaginativa existen pensamientos, ideas y nociones que, sin ser
representables en imagen, son concebibles (lo infinito de las palabras,
el punto matemático, etc.). Precisamente contra este sentido erróneo del
empirismo se ha estimado siempre el principio de toda realidad y el
fundamento de lo concebible (Dios) como el inefable (el que no es
susceptible de signo o esquema que lo represente).
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Contra el empirismo,
que declara absurdo el pensamiento de Colón, se podrá siempre reargüir,
afirmando que «la utopía de hoy es la realidad de mañana». Además
tampoco es admisible la preocupación del vulgo que considera ideas
equivalentes la de lo absurdo y la de lo falso. Tiene el error su lógica
tan inflexible como la que rige el proceso de la verdad, siguiendo el
mismo desarrollo que se observa en las desviaciones del mundo natural,
de las cuales son ejemplo la periodicidad de ciertas perturbaciones, la
intermitencia de determinadas enfermedades, el ritmo de algunas
afecciones, etc. Y en cuanto el error es susceptible de sistematización
(según lo prueban los sistemas filosóficos), puede ser concebida y aun
explicado (aunque nunca justificable y admisible) según las leyes de la
historia de la filosofía. Será falso, por ejemplo, que el sol gira
alrededor de la tierra, pero no es absurdo el sistema de Ptolemeo, como
de otro lado no parece cierta la separación establecida por Kant entre
la materia y la forma del conocimiento, y no se podrá, sin embargo,
estimar como absurdo, sino como concebible y muy lógico, dado aquel
estado de pensamiento, el sistema kantiano. Restringiendo, pues, el
verdadero sentido de la palabra absurdo a su alcance legítimo,
resulta que sólo se aplica a lo contradictorio, inconcebible e
irracional. Es por tanto la negación del pensamiento y de sus leyes,
pero no la de la experiencia que puede ser contradicha a cada paso por
experiencias ulteriores y por la hipótesis, audacia del pensamiento al
par que instrumento de progreso de la ciencia (V. Naville,
Logique de l' Hypothése). No puede negarse la razón a sí
misma, como en fin de cuenta la experiencia total, íntegra, que
concebimos aunque no recibimos por lo limitado de nuestra condición, no
se contradice tampoco; de lo cual se infiere que lo absurdo no se
refiere directamente a las denominadas operaciones simples de
nuestra inteligencia o facultades reales de nuestro pensamiento, sino a
aquellas operaciones complejas o facultades formales de que nos servimos
para
interpretar los datos reales de las primeras y desde luego al
juicio, operación en virtud de la cual unimos, mediante un acto
intelectual (la cópula), dos nociones que se contradicen (A es no A). No
es pues posible el absurdo aplicado a la noción misma o concepto;
el absurdo sólo existe cuando relacionamos unas ideas con otras. Puede,
pues, existir proposición absurda, pero no idea, en el sentido de dato
primitivo, que sea absurda. Aun con esta restricción, conviene todavía
advertir que a veces el espíritu combina palabras o representaciones
verbales, creyendo combinar ideas, porque induce falsamente de una
supuesta unión mecánica del pensamiento con la palabra. De este único
modo se explica que el espíritu pueda representarse
sólo verbalmente ideas absurdas (círculo cuadrado, semana de tres
jueves, paralelas que no sean equidistantes, etc.). Se reconocen estas
como representaciones exclusivamente verbales, desde el momento en que
el espíritu descarta el velo de los sonidos para descubrir la idea o lo
significado, reflexionando sobre el sentido de las palabras empleadas.
Se percibe en seguida su contradicción y se reconoce que el absurdo no
existe en las ideas (pues aquellos signos no expresan ideas) sino en las
combinaciones de palabras de sentido contradictorio.
La proposición
absurda (y por tanto lo absurdo reside en la relación interpretada
mediante la cópula del juicio) es aquella, cuyo atributo enuncia algo
que niega o contradice la comprensión esencial del sujeto. Determina la
lógica lo que es contradictorio (dos proposiciones que difieren en
cantidad y cualidad) y estima desde luego que las proposiciones
contradictorias no pueden ser a un tiempo verdaderas ni falsas, sino que
de la verdad de la una se deduce la falsedad de la otra y viseversa (V.
CONTRADICCIÓN LÓGICA). En esta regla lógica, que requiere la distinción
de la contrariedad (lo blanco y lo negro) y de la contradicción (lo
blanco y lo no blanco), se funda lo llamado demostración indirecta o ad
absurdum (V. Aristóteles y Hamilton, Lectures on Logic), que
consiste en probar que la no admisión de la tesis implica lo
contradictorio y lo irracional. Este raciocinio (V. DEMOSTRACIÓN) es un
procedimiento de crítica o de refutación más que de prueba; sirve para
discutir y rechazar el error, pero no es útil para hallar ni probar la
verdad; porque, aparte de que es camino indirecto que no conduce a
la contemplación de lo verdadero, no se puede olvidar que lo implícito
en el absurdo es siempre una negación. Además esta demostración
indirecta o ad absurdum (reducción al absurdo) debe ser apreciada
sólo como un recurso último del cual se echa mano cuando faltan otros
más directos; porque en él siempre se halla latente el gravísimo peligro
de confundir lo contradictorio con las proposiciones contrarias,
engendrando de esta suerte sofismas sin cuento y errores de gran bulto.
Todos los razonamientos que se fundan exclusivamente en la complejidad
de los hechos históricos adolecen de este vicio, por lo cual se afirma
con sabor escéptico, pero con sentido certero, que «la historia es
arsenal que proporciona toda clase de armas para defender las causas más
opuestas». Y es que se prescinde de la complejidad de los hechos
históricos, se examinan sólo algunas de las circunstancias que a su
realización concurren, se nota con excesiva diligencia y con inducciones
prematuras su diferencia y por uno de los llamados sofismas de tránsito
se concluye de la contrariedad a la contradicción y al absurdo.
Sin insistir en estos peligros, fácilmente se concibe que existen
razones todavía más valiosas para preferir la demostración directa a
la indirecta o ad absurdum. La primera prueba que una proposición
es verdadera y el porqué de su verdad, mientras que la reducción al
absurdo se limita a concluir sobre la verdad de una proposición,
sin probar el porqué es verdadera.
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