ABSTRACCIÓN (filosofía: teoría del
conocimiento)
ABSTRACCIÓN
(Del lat. abstractĭo; de
abstrahĕre, abstraer): f. Acción y efecto de abstraer y abstraerse.
... porque con la continua ABSTRACCIÓN en los
sentidos, el curso del retirarse adentro había hecho en los oídos hábito
de no oír.
FR. JOSÉ DE SiGÜENZA.
... ha tenido que buscar una nueva ABSTRACCIÓN que
sirva de bandera al poder arbitrario, y se ha inventado el partido de la
legitimidad.
QUINTANA.
... lejos estoy de considerar la atención como
ABSTRACCIÓN severa y continuada, etc.
BALMES.
Haced por un momento ABSTRACCIÓN de la virtud divina,
etc.
DONOSO CORTÉS.
- ABSTRACCIÓN: Apartamiento de la comunicación y
trato con las gentes.
- ABSTRACCIÓN:
Filosofía. Operación intelectual que
consiste en separar mentalmente lo que es inseparable en la realidad. La
abstracción es el precedente o, como la llama Rey (Lógica), el
instrumento de la generalización, porque no podemos concebir los
conocimientos generales sin eliminar lo individual, es decir, sin
abstraer. Toda idea generalizada es abstracta y posee realidad
sólo inteligible (V. REALISMO, NOMINALISMO y CONCEPTUALISMO) y no
concreta, porque la abstracción no es función de la imaginación, sino
propia de la razón discursiva que divide en la mente lo indivisible y
separa lo inseparable, preparando el análisis a que excita la
complejidad sintética de lo real. A lo abstracto se opone lo concreto.
Es esto lo
dado en la experiencia con todos sus elementos, el dato real
o materia del conocimiento (según el tecnicismo aristotélico y
kantiano); mientras que lo abstracto es lo
construido por el pensamiento, la forma (que dirían Aristóteles y
Kant), que no tiene mas límite que lo contradictorio. Con estas
advertencias, se puede distinguir la realidad inteligible (propia de las
abstracciones) de la realidad concreta (que es la que poseen los
objetos), pues, como dice Joubert, «el gran abuso de la abstracción
consiste en considerar los seres de razón o entidades metafísicas (por
ejemplo el pensamiento) como si fueran seres reales». Al abstraer
concebimos las cualidades independientes de las sustancias dentro de las
cuales residen, aislando mentalmente los caracteres diferentes de las
cosas para examinarlos aparte y cada uno en sí mismo (como cuando
abstraemos el color de las cosas). Si en la complexión de sucesos y en
la multiplicidad de motivos que solicitan nuestra actividad es regla
práctica
dividir para vencer, en la síntesis de la realidad se impone como
exigencia distinguir y dividir (por medio de la abstracción) para
conocer las complejas sinuosidades de lo concreto o, como se dice, el
prisma de infinitas caras de la realidad. Es una división intelectual
que aplicamos a las ideas que tenemos de los objetos, al discernir sus
elementos constitutivos.
Por analogía y amplificación de sentido, se
aplica también esta operación intelectual a las ideas demasiado vagas y
quiméricas que se diluyen en la utopía, a la enajenación del ánimo
en los inspirados y en los místicos, cuando padecen distracciones
(atención negativa o abstracción), por la tensión excesiva del
pensamiento en relación con un solo objeto, y además al desvío del medio
en que vive aquél que padece hastío y nostalgia o se siente dominado por
el egoísmo. Finalmente la abstracción se emplea para preparar lo que los
lógicos denominan
método de eliminación, procedimiento en virtud del cual se van
restando o abstrayendo de objetos e ideas aquellas cualidades que no les
son adecuadas, y aun sirve de auxiliar poderoso para la definición,
cuando se necesita recurrir a sus grados imperfectos y entre ellos a la
definición negativa que consiste en exponer lo
que no es lo definido para dejar ante el pensamiento (por
ministerio de la abstracción) aquellas notas o cualidades
características de lo que se pretende definir.
Abstrayendo, descubrimos las relaciones de semejanza
que existen entre los objetos, y nos elevamos a la noción de lo
que les es común (ideas generales), siendo digno de notarse (V.
GENERALIZACIÓN) que la abstracción prepara el uso de la generalización,
dispone el análisis y es el requisito indispensable de la
sistematización ordenada de nuestros conocimientos. Ya se viene
repitiendo de tiempo inmemorial con Aristóteles
nulla fluxorum est scientia (no es posible constituir ciencia de
lo individual). Todo el conocimiento humano, en cuanto aspira a
ser científico, tiene por base la abstracción, determinándose por tanto
una relación directa entre el desarrollo de la abstracción y el progreso
del pensamiento, como puede observarse en la inteligencia del niño y del
salvaje, muy concreta y poco abstracta.
Precede la abstracción, que se desarrolla a
medida que el niño va dominando el lenguaje, a la generalización y
al raciocinio; pero depende de la percepción exterior y del recuerdo (de
la experiencia ayudada de la memoria). Por tal razón Laromiguière
denominaba los sentidos «máquinas de la abstracción». Es en efecto cada
uno de nuestros sentidos un instrumento natural de la abstracción,
porque mediante ellos se perciben determinadas propiedades de la
materia, con exclusión o abstracción de las demás (así es la vista
sensible al color y no a la resistencia, en lo cual se funda después la
distinción hecha por los escolásticos entre el
sensible propio y el sensible común).
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Como conocemos
empíricamente, imponiéndonos la misma experiencia la necesidad de
abstraer, podemos afirmar que tenemos ideas abstractas, porque nuestra
percepción no llega nunca al fondo y al infinito detalle de las cosas,
ni conoce el
todo de nada. Conocemos pues siempre mediante abstracción y es
ésta una operación
espontánea, natural y congénita con nuestro pensamiento. Es
además
reflexiva (verdadero auxiliar de la ciencia), cuando fijamos
premeditadamente la atención en determinada propiedad,
prescindiendo de las demás.
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Casos notables de abstracción en el sentido de atención
negativa respecto a los objetos que nos rodean, se citan a
granel por los psicólogos como prueba de la concentración de nuestro
pensamiento y de su energía intensiva. Entre los más notables se puede
recordar el de Arquímedes, absorto ante la resolución de un problema y
muerto en Siracusa sin advertir la refriega que trababan los que
defendían y atacaban la ciudad.
Además de la abstracción espontánea y
reflexiva, se enumeran por psicólogos y lógicos múltiples clases de
abstracción y aun variedad de grados en su desarrollo. La Escolástica,
que es la filosofía de la abstracción, la que revistió de formas
abstractas una realidad creída, no libremente investigada, llegó a
distinguir tres clases correspondientes a los órdenes de lo
inteligible (física, matemáticas y metafísica); distintas a su vez
del orden real, en el cual comprendían otras ciencias filosóficas
(lógica y moral). La Escolástica funda con Sto. Tomás y Suárez la
facultad de abstraer en la inmaterialidad del espíritu (V. KLEUTGEN,
La Philosophie scolastique. t I.) y llevada en sus derivaciones
naturales por una tendencia creciente e invasora de divisiones y
subdivisiones, faltó con excesiva frecuencia a la regla fundamental de
la abstracción. Consiste esta regla en precavernos contra la invasión de
la imaginación (que pretende erróneamente identificar lo concreto con lo
inteligible) en el dominio de la abstracción, convirtiendo
arbitrariamente fenómenos en seres (así consideraba la antigua física al
aire, al fuego y a la humedad) y prestando una existencia sustancial a
puras modalidades (especies sensibles e inteligibles y otras entidades
escolásticas). «La imaginación -dice la antigua Enciclopedia- convierte
la abstracción en causa de error, porque tiende a dar una existencia
real a las concepciones abstractas de nuestro espíritu; así es como la
poesía personifica el amor, la belleza, la sabiduría, etc.» Contribuye
en primer término al error de
realizar las abstracciones el lenguaje. Separadas mediante la
abstracción las cualidades del todo a que pertenecen, reciben de momento
una existencia aislada, aparte, que el signo completa y fija con
caracteres permanentes. Además, muchas ideas de modos o cualidades
(color, forma) son expresadas por sustantivos; y como en muchos
casos los sustantivos significan objetos concretos y sustancias reales,
el hábito nos lleva a considerar erróneamente las abstracciones como
sustancias y cosas en sí. De esta suerte el carácter de nuestros actos
espirituales,
ser conscientes, considerado aparte y expresado por el adjetivo
consciente y después por el sustantivo conciencia, se ha elevado
a una entidad real con existencia propia e independiente. De esta
ilusión de tomar abstracciones por realidades procede el error del
realismo de la Edad media. Pero a veces no sólo se realizan, sino
que se personifican las abstracciones; así acontece en la
psicología, señaladamente en la escocesa, donde el
polismo indefinido de facultades es considerado como un enjambre
de personas o entidades que constituyen aquella ciencia en especie de
psicología feudal, según dice Saint Mill, y su objeto en
verdadera danza macabra de representaciones entitativas, que cuando no
riñen cruentas batallas, desfilan con el inflexible rigor de maniquíes
en un formalismo estéril. Y aun puede seguir su marcha la lógica del
error, llegando a divinizar las abstracciones; así para los
Eleatas, los Pitagóricos y Alejandrinos, el Dios Supremo es la
unidad, es decir, una abstracción. De estas abstracciones
divinizadas está lleno el Olimpo griego. Aparte este peligro del abuso
de la abstracción, imputable principalmente al desarreglo de nuestro
poder imaginativo, implícito queda en lo dicho que la razón discursiva
no puede obtener fruto para la organización del conocimiento en sistema
científico, sin el eficaz auxilio de la abstracción.
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