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DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO HISPANO-AMERICANO (1887-1910)

Índice


 

 

ABSOLUTISMO - ABSOLUTISTA (política)

ABSOLUTISMO

(Del lat. absolūtum, de absolvĕre, absolver): m. Sistema del gobierno poligárquico o monárquico, en que no hay separación de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial.

Ya el resultado de la experiencia les habrá amargamente demostrado cuán imposible esto era, cuando repelidos por el ABSOLUTISMO triunfante en su país, han tenido que abandonarle, etc.

QUINTANA.

 

y se burla de los ayes de la patria roída por el cáncer del ABSOLUTISMO.

PEREDA.

ABSOLUTISMO: Política. Atendiendo a la etimología, absolutismo debiera significar el poder público, discrecional e ilimitado, no compartido con ninguna otra entidad política, ni sujeto a leyes previamente establecidas; pero a esta clase de gobierno se reserva en derecho el nombre especial de despotismo.

Absolutismo es, pues, en significación restricta, el poder político sujeto a leyes previamente promulgadas o emanadas de sí mismo, y no compartido con otros poderes: es la soberanía residente en una sola entidad que asume en sí discrecionalmente los poderes legislativo, ejecutivo y judicial.

Esta clase de soberanía se ha ejercido algunas veces por colectividades, llamadas poligarquías, pero con más frecuencia en los tiempos modernos por un solo individuo llamado monarca. De donde se deduce que el absolutismo es independiente de la forma de gobierno.

Para defender el absolutismo, se ha supuesto un imposible: la perfección humana. Y se ha dicho: si hay un medio de que sólo lleguen al poder los mejores y más aptos, es evidente que estos mejores y más aptos deben ejercer el poder supremo sin trabas y con toda independencia, para poder hacer el bien, pronto y en toda su magnitud.

Y acto continuo los partidarios del absolutismo han creído probar que los más aptos pueden siempre llegar al poder supremo, o bien en las democracias y oligarquías absolutas, o bien en el derecho divino delos reyes.

Para que en una poligarquía fuese fructuoso el absolutismo, era preciso no sólo que cada individuo estuviese dotado de vastos conocimientos y de juicio recto y profundo, sino de prendas excepcionales de carácter: prudencia, habilidad, honradez, firmeza y energía. Pero con estas dotes sólo, no bastaba: era indispensable que, después de advenidos al poder supremo, tuviesen realmente las facultades preeminentes que antes del advenimiento se les suponían, propias para realizar pronto y bien los fines del Estado: era necesario, además, el imposible de que todos viesen del mismo modo las cuestiones de gobierno; que siempre estuviesen de acuerdo, y que, no pensando nunca con el corazón, jamás cediesen a influencia alguna extraña al bien común. Pues ¿qué decir de la transmisión del poder en la forma poligárquica?

¿Se fundaba en el derecho hereditario? Entonces, pronto los descendientes de los mejores y más aptos no lo serían regularmente ya. El genio es intransmisible, lo mismo que todas las gran des cualidades.

¿Se fundaban en la selección de los mejores de entre la oligarquía gobernante? Entonces las intransigencias del nepotismo, las presiones e influencias de los poderosos y las esperanzas de medios indignos al amparo de los encumbrados, harían imposible la continuación en el poder de los mejores y más aptos. Del azar, del nacimiento dependería en gran parte la transmisión.


 

¿Se acudía al voto popular de una democracia absoluta? Entonces, no estando declarados inviolables los derechos de la personalidad humana ni los de las entidades jurídicas, el gobierno iría a manos, no de los mejores, sino de los más audaces; y, no habiendo para éstos nada superior y anterior a su voluntad y a sus leyes, ¿quién podría impedir la formación de mayorías que, en pro de egoístas y vitandos intereses, ahogaran la la voz de las minorías bien intencionadas y anhelantes del bien público?
 

Así, pues, el capricho, las disidencias, las discordias, las luchas y la guerra, serían los frutos ciertos del absolutismo poligárquico.

Admitida la teoría del derecho divino de los reyes, ya es más fácil la defensa del absolutismo monárquico. Si el poder emana de Dios; si el Rey es un ser que recibe de la Divinidad la misión de regir a sus pueblos; si lo que pasa en el mundo está guiado por leyes providenciales, entonces es de toda conveniencia que el elegido de Dios de dirección libérrima a los destinos de su pueblo.

Únanse a esta doctrina del derecho divino de los reyes los mismos argumentos aducibles y aducidos en favor del absolutismo poligárquico; y se comprenderá que haya muchas voluntades en favor del absolutismo de los reyes. Ya Aristóteles, en su libro de Política, decía que, en el caso de existir en algún pueblo un individuo, o bien una familia, tan extraordinarios que poseyeran ellos solos excelencias del espíritu y dotes y virtudes del corazón, superiores con mucho a las de todas las familias juntas, entonces sería, no sólo de justicia, sino también de evidente conveniencia, que el individuo de tal hipótesis fuese monarca, y tan excepcional y excelente familia heredera del poder Real absoluto.

Es verdad que la naturaleza sorprende a veces la Humanidad con uno de esos genios extraordinarios que los contemporáneos admiran y las generaciones sucesivas veneran; pero ni estos genios aparecen con tanta frecuencia que pueda siempre contarse con la seguridad de poseer uno en toda época, ni suelen tales genios ser comprendidos por las gentes de su tiempo; ni sus dotes extraordinarias habían de vincularse en su su familia. Así es que la práctica ha correspondido muy mal al sistema.

Indudablemente está en lo posible que el juicio soberano de un rey excepcional sea en efecto el más acertado; pero, ¿no es claro que las ventajas que de ello se deriven serán un juego del azar, como dependientes de una excepcionalidad?

Lo hijo del acaso no es propio de la virtualidad del sistema; y es absurdo confiar los destinos de un país a las eventualidades y contingencias anexas al carácter, condiciones y buena voluntad de un solo hombre. Carlos III fue  un buen rey absoluto, según testifica su historia; pero, ¿cómo los que tal dicen no advierten que al citar a ese buen rey condenan el sistema en las personas de sus antecesores y sucesores? Los que citan a otros monarcas raros, ¿no perciben que sólo son modelos a fuerza de excepcionales?

Además, aunque el monarca sea un modelo de perfección, no cabe en lo posible que su energía abarque todas las esferas de la gobernación de un estado. «Si se examina, dice Zschokke, quién es el que gobierna en tales monarquías, resulta que muy pocas veces puede determinarse con exactitud. Aunque existan o un ministro favorito, o un amigo íntimo confidente, o una amante que domine completamente al monarca y lo arregle todo a su antojo, puede sostenerse, sin embargo, que esas mismas personas son muchas veces inocentes de lo que pasa; pues acontece muy a menudo que quien da el primer impulso es uno de esos Dii minores desconocidos, ignorados, oscuros, en quienes nadie repara y a quienes de seguro nadie atribuye nunca la influencia que por accidente ejercen en los destinos de su nación: acaso un escribiente, un ayuda de cámara, un lacayo, quizás hoy el uno y mañana el otro, porque donde no hay una ley cierta y segura, allí reina la casualidad.»

En las monarquías absolutas un hombre lo es todo, el resto de la nación no es nada; la libertad, la independencia solamente a uno corresponden de derecho y por la ley; las que gozan y disfrutan los demás ciudadanos, dado que alguna disfruten o gocen, es pura gracia; el talento más extraordinario, la inteligencia más capaz, la virtud más esclarecida para nada sirven, ni al que las posee, ni a su patria, si la casualidad no hace (y suele no hacerlo) que se hallen reunidas tantas virtudes en la persona del monarca. Todo con esta forma de gobierno es casual, incierto, inseguro.

La razón pues, dice Arrazola, condena todo absolutismo en el Poder, ejérzalo uno solo, ejérzanlo muchos, porque el absolutismo implica la falta de razón en los demás.

El absolutismo, tal como la moderna escuela absolutista lo entiende y lo expone, es mucho menos antiguo de lo que sus mismos partidarios y sus mismos decididos defensores creen. La monarquía vivió en Europa, durante la edad media, vida raquítica y achacosa. Hostilizada frecuentemente por adversarios poderosos, por grandes señores, a veces más opulentos y de más extensos dominios que los mismos monarcas, osados y revoltosos, hubo de buscar constantemente apoyo y sostén contra señores feudales y contra magnates potentes entre los plebeyos que también teníais grandes agravios que vengar de los señores que los vejaban y los oprimían, y claro es que en estos pactos de alianza con los súbditos la monarquía hubo de hacer concesiones que mermaban su poder y lo reconocían en cambio a los pueblos, villas y ciudades. Algo muy parecido a esto sucedió en España, donde ya por esta lucha incesante entre la monarquía y la nobleza, ya por la guerra de siete siglos sostenida contra los árabes, tantas y tantas veces hubo menester la autoridad real de aliados entre los humildes, que, ya por unas, ya por otras razones, rara es la villa, ciudad y aún aldea que no haya tenido en época más o menos remota sus fueros, sus preeminencias y sus privilegios, todo ello, como es natural, con perjuicio del absolutismo, de la monarquía. Sin recurrir a las monarquías de los visigodos, cuya historia puede decirse que, con muy contadas excepciones, es una serie de asesinatos y cuyo carácter electivo, aunque bastardeado por último, las privan de toda semejanza con las establecidas al comenzarse la lucha de la reconquista, vemos que desde muy antiguo fue  costumbre de los monarcas castellanos reunir Cortes.

Éstas, según el señor Colmeiro, se manifiestan en toda su grandeza y en todo su esplendor en los siglos XII, XIII y XIV. Don Enrique III pesó con mano dura sobre ellas; Don Juan II las estimó en poco, y Don Enrique IV en menos. Los reyes Católicos las levantaron muy alto al principio de su reinado; pero después dejaron con frecuencia de reunirlas. Carlos I las dio la batalla y las venció. Aun vencidas, las toleró y solía convocarlas a fin de que le otorgasen servicios y recursos: Felipe II siguió la misma política. En el siglo XVII y cuando los abusos de los procuradores, las corruptelas introducidas en las elecciones y la venalidad de la mayor parte de los representados habían llevado a situación deplorable esa representación de las ciudades y de los pueblos, vino a darlas el golpe de gracia la regia disposición en virtud de la cual se trasladó a las ciudades mismas el derecho de prorrogar los servicios con lo cual la corona se excusaba el llamamiento de Procuradores. En el siglo XVIII ya se reunieron las Cortes en muy contadas ocasiones y sólo con el fin de ofrecer humildemente su voto al Rey cuando éste quería tomar algún acuerdo grave que si acaso importaba a la nación, más aun interesaba a la dinastía. El absolutismo nacido entonces de hecho, ni tuvo ocasión de definirse, ni motivo para ser formulado. Sin adversarios ni contradictores, aceptóse por unos y por otros en autoridad de cosa juzgada y no se controvertía por nadie. Los monarcas, absorbentes e insaciables, como son insaciables y absorbentes cuantos ejercen poder, no habían de poner en tela de juicio su soberanía absoluta e ilimitada; los pueblos, escarmentados por numerosas defecciones y desengaños continuos, mostraban muy poco interés, o no mostraban ninguno, por reconquistar unos derechos en cuyo ejercicio tan pocas ventajas habían hallado. Los poetas más celebrados, los escritores más populares, los pensadores y los filósofos, el clero y la nobleza, cuanto en el país podía y valía, entonaban las alabanzas del Rey.

Todos, en fin, contribuyeron a difundir y arraigar la idea del absolutismo sin definirle, ni determinarle. La idea era inconscientemente profesada, como sucede con todos los principios que se admiten sin luchas y que no han sido sometidos a la piedra de toque de la controversia y del libre examen. En España existía de hecho el absolutismo sin que así se hubiese dicho en ninguna ley ; los españoles, en su inmensa mayoría, eran absolutistas sin que ellos se llamasen así, ni se diesen cuenta de que lo eran. Los trabajos de los enciclopedistas franceses, la propaganda volteriana y sobre todo el acontecimiento de la revolución francesa, que tanta influencia ejerció en los destinos de Europa, trajeron a España su inevitable influencia: las nuevas ideas, al encontrarse con las antiguas, quisieron disputarle el terreno; el choque se produjo, y entonces puede decirse que el absolutismo nació en nuestra patria como partido político; pues la necesidad de luchar trajo consigo el estudio de las cuestiones de derecho que la polémica entrañaba. El partido absolutista nació, pues, potente y avasallador, a lo que contribuían varias causas a cual más eficaces, siendo la principal el ingénito apego que el hombre tiene a lo que por costumbre hace y piensa.

El absolutismo venía a ser, era en realidad, la continuación de lo anterior; las ideas de libertad eran lo nuevo, lo que chocaba de frente con creencias arraigadas, con inveteradas costumbres, con preocupaciones realizadas, lo que destruía intereses creados a la sombra de las antiguas instituciones. Tenían además en contra el pecado original de su procedencia. España, en guerra con Francia, había cobrado odio inextinguible al invasor, y las innovaciones tenían para las muchedumbres cierto sabor de extranjería y de afrancesamiento que las hacía inadmisibles; y he aquí cómo estas repugnancias accidentales vinieron a unirse a las generales con que toda idea nueva y todo nuevo procedimiento tropiezan para difundirse y arraigar. De aquí, por consiguiente, las guerras civiles, cuya historia de sangre es, en España, la de todo nuestro siglo.

ABSOLUTISTA

- ABSOLUTISTA: adj. Partidario del absolutismo. U. t. c. s.

.... acaso hubo esperanza de que la facción ABSOLUTISTA, a quien se suponía preponderante en España, etc.

QUINTANA

 

...No entiendo de libertades, Quiero ser ABSOLUTISTA.

SEGOVIA.

 

... colocando para ello en cabildos. tribunales y catedras, a todo lo más fanático del bando ABSOLUTISTA, etc.

MESONERO ROMANOS.

 

– ABSOLUTISTA: Perteneciente o relativo al sistema de gobierno absoluto.



 

 

Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano  (vol. 1, págs. 175-176 - editado: 27-09-2007)          ABSOLUTISMO - ABSOLUTISTA (política)

 

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