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DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO HISPANO-AMERICANO (1887-1910)

Índice


 

 

SAN AGUSTÍN, filósofo cristiano, obispo y santo (biografía)     

AGUSTÍN (SAN)

Biografías. Obispo y doctor de la Iglesia. Nació en Tagaste (África), a mediados del siglo cuarto; murió en Hipona en el año 430. Su familia era honrada, pero pobre; su padre era pagano, su madre cristiana. De la juventud de este santo nada puede dar idea más cabal ni más exacta que las palabras del mismo en sus admirables Confesiones. «Trataba yo, dice San Agustín, de satisfacer el ardor que sentía por las mas groseras voluptuosidades; me entregaba a multitud de pasiones que, pululando de día en día en mi corazón, produjeron en él una especie de oscuro bosque donde él mismo se perdía y no entraba nunca la luz del sol. De este modo quedó desfigurada toda la belleza de mi alma, y a fuerza de agradarme a mí mismo y de tratar de agradar si los demás, no era ante Dios más que corrupción y miseria.»

De cómo se verificó su conversión da noticia también el mismo santo en el mismo libro admirable que el mundo conoce con el titulo de Las Confesiones de San Agustín, aunque fervorosos católicos y atribuyen el mérito de esta conversión a los ruegos de Santa Mónica, madre del joven corrompido que había de ser uno de los más esclarecidos y más virtuosos doctores de la Iglesia. «Un día, dice San Agustín, vino a visitarme Ponticiano, cristiano muy acreditado en la corte del emperador; y como hallase sobre mi mesa, mesa del joven disoluto: Las Epístolas de San Pablo, celebró muy sinceramente y con grandes extremos que yo me consagrase a esa lectura. Aprovechó, pues, tan oportuna ocasión para hablar de Antonio, aquel piadoso solitario de Egipto, que principiaba ya a ser muy célebre; me habló asimismo de los ilustres monasterios que han hecho fértiles los desiertos en frutos de santidad y donde la vida tan pura de tantas santas almas exhalaba un olor de santidad que llegaba hasta el trono de Dios.» Prosigue diciendo San Agustín que escuchaba a Ponticiano y que al mismo tiempo examinaba su propio corazón y se sentía confundido y avergonzado por hallar en su fondo tanta depravación y tal perversidad: llegó a tener horror de sí mismo. Partió Ponticiano y levantándose Agustín lleno de entusiasmo, dijo a un su amigo nombrado Alipio, que allí se encontraba y que lo había visitado: «¿Qué hacemos, amigo? Los ignorantes ganan el cielo; y nosotros, con toda nuestra ciencia, estamos sumidos en la carne y la sangre. ¿Tendremos vergüenza de seguirlos?» Pronunciadas estas palabras, sintió vehementísimos deseos de estar solo y de entregarse a serias meditaciones; en un jardín próximo a su casa permaneció durante algunas horas ensimismado y entregado a profunda meditación: siguió paso a paso todos sus extravíos, recordó una a una todas sus locuras, y de tal suerte se avergonzó de la miseria en que había caído, que empezó a verter abundantes lágrimas, y refiere él que como suplicase fervientemente a Dios que le apartase de aquella senda de perdición, oyó (sin saber de dónde partía) una voz inefable que le decía: TOLLE, LEGE (toma, lee). Esto fue considerado por Agustín como una revelación; tornó a su casa, tomó en su mano las Epístolas de San Pablo, abrió al azar el libro y leyó en una de sus páginas: «No viváis en los festines y la embriaguez, ni en las disoluciones e impurezas, ni en espíritu de deseo y de envidia; sino revestíos del Señor Jesucristo y no tratéis de contentar a la canse en sus deseos.» Aquello bastó, según confesión propia, para efectuar la conversión de San Agustín: cerró el libro y como quien ha tomado ya resueltamente su partido, manifestó a su amigo Alipio, allí presente, lo que pasaba en su espíritu. Alipio, después de leer las palabras de San Pablo que tan profundamente habían impresionado a su amigo, siguió leyendo estas otras: «Ayudad y sostened al que aún es débil en la fe» y de tal suerte se las aplicó y con tal fe entendió que providencialmente le habían sido dirigidas que, sin vacilaciones ni dudas, se asoció desde entonces al pensamiento de San Agustín.


 

Después de su conversión retiróse Agustín, durante algún tiempo, al campo: acompañáronle allí, su madre Santa Mónica, su íntimo amigo Alipio, converso como él, y otros dos o  tres cristianos fervientes. Pasó bastante tiempo entregado a la oración, a la penitencia y dedicándose a escribir aquellas obras que han inmortalizado su nombre, destinadas en su mayor parte a la defensa de la religión y a la edificación de sus hermanos. Valerio, obispo de Hipona, venciendo tenaces resistencias de Agustín que no se juzgaba merecedor de esta honra, le consagró obispo y le indicó para sucederle, como en efecto le sucedió al año siguiente.

En el obispado permaneció, asombrando al pueblo con sus virtudes y admirando a los sabios con su ciencia, hasta que después de 35 años de episcopado en el cual fue reconocido como el más ilustre y el mas sabio prelado de su tiempo, murió. Treinta y dos años contaba cuando, después de muchos años de penitencia, fue bautizado, y nueve años después sustituía a Valerio en el obispado de Hipona.

Aparte de su santidad, Agustín es uno de los filósofos más fecundos de su época. Desde que se convirtió al cristianismo escribió mucho y escribió bien sobre cuanto constituía la ciencia de su tiempo. Puede asegurarse que, exceptuando las ciencias exactas y naturales, en las que no revela San Agustín poseer grandes conocimientos, en filosofía, en derecho, en teología, en historia, en literatura, sus conocimientos parecen enciclopédicos: libros de religión, tratados de filosofía, obras de crítica, cartas a reyes, emperadores, pontífices y obispos; opúsculos de controversia contra las herejías, de todo esto se halla en las obras, no bien estudiadas ni aun medianamente conocidas, de San Agustín. Las obras que más celebridad le han dado son sus famosas Confesiones en las cuales brillan la espontaneidad, la sinceridad y la franqueza de quien desea juzgarse a sí mismo o,  mejor dicho, presentarse tal cual es a fin de que los demás le juzguen: ni pueril vanidad le obliga a callar sus defectos o a atenuar sus vicios, ni alardes de fingida modestia le impiden decir sus virtudes; el alma de San Agustín aparece en sus Confesiones sin cariño y sin odio; en este libro se han inspirado Juan Jacobo Rousseau, que no ha querido ocultar esta imitación y ha dado a su precioso libro el mismo título que lleva el de San Agustín que le sirvió de modelo; y también Chateaubriand, en sus Memorias de ultra-tumba. Además de Las confesiones, especie de autobiografía de San Agustín, son mencionadas con gran elogio sus obras tituladas: La Imitación, La caridad de Dios, y su tratado de El libre albedrío, de La Trinidad, y de la Gracia.

Antes de su conversión Agustín había enseñado, con gran aplauso y logrado gran fama, literatura y filosofía en Cartago, en Roma, en Milán: en este último punto fue donde ocurrió lo que más arriba queda referido. Las doctrinas de San Agustín en materia de gracia han sido aceptadas por la Iglesia y son hoy doctrinas de la católica, apostólica, romana. Los filósofos controvierten lo que él asienta sobre el libre albedrío. De su ciencia, de su profunda sabiduría puede juzgarse sabiendo que los más respetables Obispos y los Pontífices de su tiempo, cuando a él se dirigían, le nombraban su querido maestro; de sus bondad y de su caridad cristiana se forma idea sabiendo que, según testimonio de sus contemporáneos, hizo construir en la sede episcopal un hospicio para extranjeros, que rescataba esclavos de su propio peculio, y cuando esto no podía, procuraba atenuar los sufrimientos y dulcificaba la situación de esos esclavos; que procuraba ejercer las obras de misericordia dando de comer al hambriento, vistiendo al desnudo, etc., para lo cual muchas veces hubo de desprenderse de lo que para él necesitaba. La Iglesia católica, apostólica, romana, honra la memoria del santo doctor en el día 28 de agosto, día en el cual se reza de San Agustín en la misa.
 

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Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano (vol. 1, pág. 686 - editado: 22-9-2007)     SAN AGUSTÍN, filósofo, obispo y santo (biografía)

 

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