ALCORÁN, libro sagrado (literatura religiosa
de los árabes, bibliografía)
ALCORÁN
(De igual voz árabe la lectura, y por ext.
la lectura por excelencia): m. Libro en que se contienen las revelaciones que Mahoma supuso recibidas de Dios, y que es fundamento de la religión mahometana.
Más guardas que el Monumento,
Más hierros (yerros) que el ALCORÁN, etc.
QUEVEDO.
No los decretos de el Papa, sino los de el mustí habrán de arreglar las costumbres; siendo cierto que más votos tiene
a su favor en el mundo el ALCORÁN que el Evangelio.
FEIJ00.
- ALCORÁN:
Literatura religiosa de los árabes. Bibliografía. Nombre del libro sagrado del Islam, el cual se supone revelado
a Mahoma o Muhammad. Hállase dividido en ciento catorce capítulos, que en castellano se han dicho
azoras, y cada capitulo en versículos llamados aleiat y aleia en el castellano morisco aljamiado. Clasificados y ordenados estos capítulos en tiempo de los califas sucesores de Mahoma, no guardan el orden cronológico en que fueron publicados, pues según la relación de Mahoma, le eran revelados sucesivamente uno tras otro. Contiene el libro la exposición de la doctrina musulmana, respecto de la cual hay que observar que los musulmanes la creen dirigida no sólo
a los hombres sino también a los genios, de los cuales los hay malos, que serán sometidos, lo mismo que los hombres,
a las declaraciones terribles del juicio final, y buenos, que celebran y alaban el Alcorán y recibirán su recompensa.
El Islam, por lo que toca al dogma, puede resumirse en los siguientes puntos capitales: la creencia en la unidad absoluta de Dios sin trinidad, ni hijo de Dios; el admitir que el arcángel Gabriel es el Espíritu Santo, y que los ángeles son mensajeros de Dios, los cuales mueren también y resucitarán el día del juicio; y el confesar, en fin, que no hay salvación sin creer en Dios único y en la vida futura, así como en la mensajería
o misión de Mahoma, cuando se promoviese cuestión de ella. Según
el Alcorán, hay Paraíso o Genat (Azora II, 23 y passim), Infierno
o Gehena (IV, 59 y passim) y Purgatorio
o Araf (VII, 44). Los dos primeros lugares sirven de
destino a los hombres y a los genios, y sus delicias así como sus
tormentos pueden tener término por la voluntad de Dios (XI, 10-9-III). La Gloria
o el Paraíso descrito por el Alcorán está imaginada sobre el modelo del Paraíso terrenal, descrito por el Génesis, y llamándose como
éste
Genat. Constitúyelo un huerto vastísimo, cuya extensión es igual
a la del cielo y de la Tierra (LVII, 2), dividido en parterres y bosques de mucha sombra con varias palmeras de dátiles y otros árboles deliciosos, cuyos frutos no se agotan nunca, y con abundantes aguas, no sin ofrecerse en algunas partes hermosas construcciones de arcadas y galerías sobrepuestas desde las cuales contemplan los bienaventurados las corrientes de agua, que corren por debajo (XXXIX, 21) y en otras tierras fértiles de buena disposición para los que tengan gusto en labrar con sus manos (XXXVI, 35). Aunque todo el Paraíso está lleno de fuentes y arroyos, descuella entre las primeras la famosa de Selsebil con agua que tiene el sabor de una mezcla de jengibre. Entrarán en el jardín del Edén (XIII, 23) aquéllos que por deseo de ver
a Dios han sobrellevado con constancia las adversidades de la vida, cumpliendo con el precepto de la oración y repartiendo con mano liberal los bienes que Dios les ha dado, y borrando, en fin, las culpas en que hubieren incurrido con el esplendor de las buenas obras. Entrarán acompañados de sus padres, mujeres
e hijos, que hubieren sido justos. En cuanto entren, saldrán
a buscarles los ángeles que les saludarán de esta suerte: «La paz sea con vosotros, porque habéis perseverado en el bien: ved qué agradable morada». No se oyen en aquellos lugares conversaciones fútiles, sino la palabra «Paz» ( XIX, 63), alternada con la frase «Gloria
a Dios, que ha apartado las miserias de nosotros», y preguntas o
testimonios de afecto. Visten los escogidos trajes preciosos de aceituní verde, seda y brocado; llevan brazaletes de plata y oro con perlas. Siéntanse sobre tronos con adornos de oro y pedrería,
o descansan sobre tapices de brocado o cojines de seda verde (LV, 54 y 76; LVI, 15). No sienten calor, ni frío (LXXVI, 15), no experimentan dolores de cabeza (LVI, 19) ni mareos; comen dos veces al día, por la mañana y por la noche (XIX, 63), frutas escogidas y carne de ave (LVI, 21). Tendrán a su alrededor
lotos sin espinas y bananeros cargados de fruto y otros riquísimos
frutales, que se inclinarán para que cojan el fruto; a su lado y delante
de ellos, alcarrazas para el agua fresca y vasos y jarras de plata, para
el licor de la fuente de Selsebil (LVII, 15 y 17). Estarán a su servicio
niños (pajes) de eterna juventud (LXXVII, 19) admirablemente bellos y
bien vestidos, y lo que es más maravilloso, habrá a su elección mujeres
vírgenes, de una creación especial hecha por Dios para recreo de los
moradores del paraíso, que no pierden la virginidad con el comercio con
sus esposos (LVI, 34), ni tienen las impurezas de la sangre (II, 23; III,
13, etc.), ni han sido tocadas antes del acceso de un bienaventurado por
hombre ni por genio (LV, 56), bellezas de pechos redondos (LXXVIII, 33)
y mirada poderosa (XXXVIII, 47), con grandes ojos negros (LV, 22), y
rostro de color semejante al de los huevos de avestruz (XXXVII, 47), las
cuales han morado antes encerradas en pabellones y con sus gracias tan
escondidas como la perla en el nácar (55, 22-72, etc.). El texto
alcoránico dice además que tendrán la misma edad que sus esposos (XXXVIII,
52), cuestión que ha dado lugar a interpretaciones, pues unos entienden
que todos en el paraíso, hombres y mujeres, permanecen en la primera
juventud, otros en la edad que desean, y en fin, algunos, lo cual parece
ya menos agradable, en la de treinta y tres años.
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Tan dulce vida estará
exenta de cuidados, pues aún en el día del juicio final habrá muslimes
que descansarán cómodamente con sus esposas a la sombra y sobre cojines
de seda verde, mientras se dictan aún los terribles veredictos de la
justicia divina (XXXVI, 56). ¿Qué más? En aquel lugar de alegría,
juntamente con arroyos de miel y de leche, correrá uno de vino tinto
para que los muslimes templados durante su vida puedan disfrutar de los
goces del licor prohibido a los creyentes (XLVII, 17).
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La teodicea del
Alcorán descansa en la omnipotencia de Dios, y la inmutabilidad de sus
decretos con tan tiránica predestinación, que constituye lo que se llama
el fatalismo islamita. Dios, según los textos alcoránicos, es único; le
pertenecen los más bellos nombres, entre ellos, especialmente los de
Omnisciente, Creador y Todopoderoso; lo ha creado todo sin necesidad
de esfuerzo; provee a todo y vela por todos; ha creado todos los seres
para que le adoren; tiene nombres innumerables, no tiene hijos, no se
deja ver a nadie, pero sus decretos son irrevocables, es vengativo (III,
3; V, 96; X, 99, 400; XIV, 48) ; quiere que los hombres se maten entre
sí (II, 251); habiendo podido crear todos los hombres profesando una
religión, él mismo crea los réprobos para el gehenna, y extravía a los
malvados; es, por último, el autor de las buenas y malas acciones, él
mismo ha creado la desigualdad y la servidumbre (V, 53; XVI, 95; VII,
178: XIII, 30; LXI, 5; XCI, 8; XLIII, 31).
El Alcorán, además de un libro de dogma, es un código civil y
religioso donde se regulan las prácticas del culto y las relaciones legales de
los muslimes unos con otros y con la sociedad civil. Después del ingreso en el
Islam por la circuncisión, recuerdo de la antigua alianza, imitado o recibido
tradicionalmente de los judíos, el culto exterior se halla constituido en el
Islamismo por cinco cosas fundamentales: la oración, Azala; el ayuno,
Assamn; la limosna, Azaque; la peregrinación a la Meca, Alhagg;
la guerra santa Algihed, o en forma más templada, la propaganda
religiosa. Agréganse las purificaciones (abluciones o alguadha), la prohibición
de los manjares impuros, de representaciones de seres vivos, de juegos de azar y
del vino. En cuanto a las leyes civiles, donde se ve a menudo la influencia del
Talmud y del Pentateuco, y aun de las instituciones romanas, haremos asunto de
consideración especial lo relativo a la condición de la mujer; las leyes de la
dote y del divorcio y de la poligamia en general. Las mujeres, según Mahoma,
aunque son muy astutas (XII, 28), son inferiores a los hombres (II, 228), y
verdaderos seres imperfectos (XLIII, 17); deben cubrirse el rostro, salvo ante
sus padres, sus hijos, sus sobrinos y sus esclavos (XXXIII, 55); en caso de
desobediencia, los maridos pueden ordenar que duerman en otro aposento, y tienen
facultad hasta para golpearlas, pero deben perdonarlas y no darles motivo de
queja en cuanto vuelvan a ser obedientes. Admite el Islam la poligamia, pero
como pudiera ser muy gravosa y excesiva a los hijos de los matrimonios
polígamos, ordena que en el caso de temerse este inconveniente sólo se desposen
dos, tres o cuatro ( VI, 3). Tal es la prescripción para los hombres de posición
regular. Los pobres pueden tomar por mujer ora una esclava comprada o cautivada,
ora una esclava que haya abrazado el Islam con permiso de su dueño y dotándola
según su clase (Ibídem, 29), pues estas dotes usadas entre los muslimes y
que entregan los esposos a sus novias son más elevadas según la calidad de cada
una. En caso de separación, por gusto del esposo, deben conservar el azidaque
(dote) y arras (IV, 24). Las mujeres que heredan a su padre en concurrencia con
hermanos varones sólo tienen la mitad que cada uno de éstos; si sólo hay hijas
en número de dos, cada cual tendrá las dos terceras partes de lo que deja el
padre de familia, y si sólo hubiera una, ésta heredera la mitad. A los padres
del de familia el cual dejare un huérfano les toca un sexto de la herencia a
cada uno; si heredaran todo por carecer de sucesión, a la madre corresponde un
tercio. Con ser los esposos recíprocos herederos según la ley mahometana, la
mujer hereda siempre de la sociedad conyugal la mitad que el hombre. A éste
corresponde también la mitad de lo que dejan sus esposas si no tienen hijos, y
la cuarta parte si los tuviesen; en igualdad de circunstancias, la mujer hereda
la cuarta y octava. La difamación de una mujer honrada por un extraño tiene el
castigo de ochenta azotes y pérdida de validez para su testimonio, si no
acredita la infamia referida con cuatro testigos; el marido, sin embargo, no
necesita testigos para acusar de adulterio a sus mujeres, disfrutando, como
ocurrió un tiempo en Castilla, prueba privilegiada, cual es la del juramento, y
la acusada se defiende también de la misma manera. Se puede volver a recibir la
mujer, aún la separada en forma de repudio solemne, es a saber: que en adelante
la considerarán como su madre, con tal que antes de recibirla se rescate un
esclavo, y si esto no pudiera hacerse, ayune dos meses seguidos o alimente
sesenta pobres (LVIII, 4 y 5). Pero si se repudia tres veces, antes de volverla
a tomar es menester que haya pasado por mano de otro marido (II, 230). Los que
se abstienen de sus mujeres tendrán cuatro meses para reflexionar y no separarse
ligeramente de sus esposas, las tendrán en habitación aparte y no las tratarán
mal, y ellas, aún después de separadas, tardarán tres meses en casarse, tanto si
se hallan en edad de concebir como en las demás circunstancias (II, 228, 231).
El matrimonio no impide el comercio con esclavas. Conclúyese de las mencionadas
indicaciones: 1.º Que la poligamia parece adoptada por el legislador de los
muslimes para impedir el abandono de las mujeres y de los niños, tan frecuente
entre los árabes idólatras; 2.º Para proveer a la colocación de jóvenes,
principalmente de condición ingenua, en países donde las guerras y los viajes
establecen gran desproporción entre los árabes y las mujeres, dado que el
nacimiento de las unas era considerado siempre como una desgracia. Quizá procede
de aquí la superioridad atribuida a los hombres, consagrada por Dios mismo en
las postrimerías que describe el Alcorán, pues aún las mujeres más santas y
religiosas solo servirán para acompañar a sus esposos, compartiendo sus caricias
con las incomparables huríes.
La importancia del Alcorán ha sido acrecida con el éxito, el
cual ha sido tan prodigioso para esta obra humana, que como observa
juiciosamente Kasimirski (Notice biographique sur Mahomet), si pudiera
ser el criterio de la verdad de una religión el éxito maravilloso y rápido de
sus doctrinas, el número de sus sectarios, la importancia y esplendor del culto,
los sacrificios y mártires, el Islam sería la religión verdadera. Considerando
(añade) que el pueblo árabe en tiempo de Mahoma se hallaba en contacto con el
cristianismo y con el judaísmo, y que estas dos religiones, poderosas en el
resto del mundo, no han hecho progresos en Arabia, se inclina uno a creer que el
culto formulado por Mahoma era el único acomodado al carácter de este pueblo,
inaccesible a toda acción civilizadora.
Compadécese, sin embargo, poco con la frialdad y crítica
severa de nuestros lectores europeos el que en un libro de doctrina religiosa
que se supone revelado, como el Alcorán, y ha tenido una aceptación tan grande,
que forma todavía el dogma de parte muy considerable de la humanidad, se
ofrezcan leyendas maravillosas, recibidas como dignas de fe, que son en el fondo
los mismos y parecidos cuentos y consejas que se hallan en las Mil y una
noches, y esto cabalmente después que el Evangelio y el Talmud se habían
mostrado tan parcos en la relación de historias extraordinarias; porque si el
Islam no se ha difundido ciertamente, según aseguran sus panegiristas y los
expositores de más fama, por los milagros que hiciera Mahoma, el cual nunca
pretendió fama de taumaturgo, ello es que el libro sagrado de los muslimes
presenta un arsenal de noticias, de objetos y maravillas imposibles, que parecen
incompatibles con la propagación y difusión del Islam. En la azora 31, vers. 56
y 58, se lee, por ejemplo: «¿No he creado los genios y los hombres para que me
sirvan?» En la 55, vers. 14: «Él (Dios) ha creado los genios del fuego de la
llama.» Azora VII, vers. 170: «Cuando nosotros levantamos la montaña sobre sus
cabezas como una sombra, y creían que caería sobre ellos», refiriéndose a la
fábula de que Dios levantó una montaña en los aires en Siria, y la tuvo
suspendida sobre la cabeza de los judíos porque no creían en Moisés. Hablando de
Salomón, azora XXVII, vers. 17: «En los ejércitos de Salomón se reunieron
demonios, hombres y aves.» Azora 38, vers. 36: «Nosotros le hemos sometido todos
los demonios arquitectos y nadadores. Nos ha enseñado (dice Salomón) el lenguaje
de las aves.» Azora XXVII, vers. 16: «Dios le enseñó también el lenguaje de los
Divs, y Salomón forzó a los Divs a construirle el templo de Jerusalén, otros
edificios y sus adornos;» según la azora 34, vers. 12, que dice: «labraban para
él (los Divs) lo que quería, templos, figuras y fuentes (platos), como
estanques, etc.;» y XXI, vers. 81: «Hemos sometido a Salomón al viento violento
que corría, según sus órdenes, hacia el país que hemos bendecido». En cuyas
frases y en las de la azora XXXVIII, vers. 35, se refiere Mahoma, según los
expositores, a un tapiz maravilloso, en el cual se trasladaba a voluntad, con
todo su pueblo, a los lugares que deseaba, sin que nadie experimentase molestia
en la travesía. (Attabari, ob. cit., t. I, p. 436.) Por lo demás, hay en
el Alcorán doctrinas un tanto razonables y se apuntan explicaciones algo
plausibles sobre la misión de Mahoma como, por ejemplo, la que se ofrece en la
azora XII, vers. 111. El Alcorán no es una ficción inventada nuevamente, sino
una confirmación de cuanto ha sido revelado antes, una explicación distinta de
cada cosa, una dirección y un favor para los que creen. «Todas las historias,
escriben los comentadores, que Dios refiere en el Alcorán son semejantes a
árboles productivos; la historia es el árbol, la moralidad el fruto. Cuando te
sientes bajo el árbol, debes también comer el fruto, de otro modo desperdicias
una parte del provecho que puedes proporcionarte, porque la sombra del árbol no
es todo lo que puedes apetecer. Por manera que cuando oigas las historias de los
antiguos, es necesario que penetres su moralidad y te hagas dueño al propio
tiempo del sentido y de la historia, así como debes disfrutar de la sombra y del
fruto si quieres sacar del árbol toda la utilidad posible.»
Se ha discutido mucho acerca de si Mahoma sabía leer y
escribir, o era completamente iliterato. Algunos sostienen lo último, citando la
primera revelación de Gabriel, en que le dice «lee,» y los biógrafos refieren
que respondió de esta suerte «¿qué leeré o cómo leeré?» con lo cual parece
indicarse que no sabía leer. Con tal opinión concuerda al parecer la
denominación de Omni que se da a sí mismo el profeta, y que en realidad
significa hombre tal en instrucción, como ha salido del vientre de la madre.
Esto parece una exageración, pues si bien es cierto que Mahoma se llamó a sí
mismo lego, como se apellidó igualmente el gran Cervantes, familiarizado
con los giros del arábigo, esto pudo no tener en él otro sentido, como no lo
alcanzó bajo la pluma del autor del Quijote, que el de hombre que no ha seguido
especialmente carrera literaria o estudios metodizados. Por lo demás, consta que
en sus postreros momentos pidió tinta y pluma para escribir sus últimas
voluntades, lo cual autoriza a creer que, cuando menos, aprendería a leer y a
escribir durante el período de su misión profética. De todos modos, se halla
averiguado que empleó cinco secretarios o amanuenses, los cuales escribían a su
dictado, Ali, Otsman o Ozmin, Zeid, Obai y Moagüia. El Alcorán, según le poseemos, es reproducción del original escrito sobre hueso en
omoplatos de carneros, el cual
fue confiado por el califa Abo-Becr a la guardia de Hafsa, hija de Omar y viuda de Mahoma. Como en una batalla sangrienta dada al falso profeta Mozailana el mismo año de la muerte de Mahoma muriesen mas de seiscientos compañeros (Ashab) de Mahoma, entre ellos los kurá, lectores, y los hamalatol-koran, portadores del Alcorán, que lo sabían de memoria por haberlo leído y haberlo oído antes de los labios del profeta, temiendo Abo-Becr que el libro se perdiera, nombró una asamblea de
Kuoras y Ashab de los que sobrevivían y parecieron más ilustrados, y les encargó reunir sus fragmentos. Sea de esto lo que quiera, la falta de orden cronológico que se muestra en sus azoras revela otra disposición ordenadora que la de Muhammad.
Distinguióse por copiar Alcoranes de propia mano el tercer califa Ozmin. Una magnífica copia suya, aquélla en que oraba en la mezquita cuando
fue asesinado, salpicada con su sangre, fue poseída por los omeyas de Córdoba, y después por los almorávides, almohades y beni-merines, los cuales la perdieron en la batalla del Salado
y luego
fue redimida del poder de Don Alfonso XI. Quizá era la misma que cayó en manos de Don Juan de Austria en la batalla de Lepanto y
fue restituida a los turcos. En manos de un particular hemos visto en España uno precioso y
de gran tamaño, procedente de Marruecos y copiado por Muhammad VII, rey de Granada. El Alcorán, cuya copia es considerada como obligatoria para los musulmanes devotos y que saben escribir, tiene una bibliografía muy vasta, comenzando por los comentadores como Zamajxari, Gelaleddin, Beidhaui,
Yahia, Fezi, los historiadores generales como Attabari, Al-Giozi, Aben-Alatsir, Abulfeda, etc., y los mismos orientalistas cristianos. La biblioteca nacional de Madrid guarda varios manuscritos de traducciones castellanas del Alcorán en escritos aljamiados, y otras del reino conservan las impugnaciones del Padre Figuerola y de Domingo de Silesia. Se han impreso la de los P. P. Obregón y
Bleda, una traducción defectuosa por Bibliander en el siglo XI, el AntiAlcorán de Marracci con el texto y la traducción latina y muchas notas, el texto árabe por Hinkelmann en 1696 y en el siglo XVIII
de orden la Tsarina Catalina en San Petersburgo, con otras dos en Casan, una en folio y otra en 4.º La de Fluegel, en Leipzig, 1834, es estereotipada y muy correcta. Este autor ha publicado también las Concordantiæ Corani Arabicæ, Lipsiæ, 1842. En francés se han publicado las traducciones de DuRyer, Amsterdam, 1778, dos tomos en 8.º, la de Savary, hecha sobre la de Maracci, reproducida con un resumen de los preceptos islámicos por García de Tassy, y la de Mr. Kasimirski. Sale ha dado en inglés, 1734, en 4.º, una traducción del Alcorán con los versículos numerados, que es quizá la más útil por las frecuentes notas tomadas de comentadores árabes. Las mejores traducciones alemanas son las de M. Gunther Wahl en 1820, en 8.º y la de Mr. Uhleman, con notas. Entre los estudios mas importantes sobre el Alcorán, deben contarse el de Mr. Coussin de Perceval
Essai sur l'histoire des Arabes, y The life of Mohamed de Mr. Müir.
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