TORRE DE BABEL EDICIONES

Portal de Filosofía y Psicología en Internet

HISTORIA DE LA FILOSOFÍA

Explicación de la filosofía de los principales pensadores, resúmenes, ejercicios...

DICCIONARIO DE FILOSOFÍA

Breve definición de los términos y conceptos filosóficos más importantes en la Historia de la Filosofía Occidental

RAZÓN VITAL

Foro telemático dedicado a José Ortega y Gasset

VOCABULARIO DE PSICOLOGÍA

Explicación de los principales conceptos, tesis y escuelas en el área de la Psicología

 

 

DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO HISPANO-AMERICANO (1887-1910)

Índice


 

 

PEDRO ABELARDO, filósofo y monje; sus obras e influjo de su pensamiento (biografía)

ABELARDO (PEDRO) (1) (2) (3)

Si la parte dramática y novelesca de la vida de Abelardo es conocida por todos y ha llegado a ser del dominio del vulgo, no sucede lo mismo con respecto a la significación filosófica de escritor tan perseguido.

Mr. Cousin, en su Introducción a las obras inéditas de Abelardo, hace sobre el particular consideraciones que no huelgan en la biografía de este hombre notable: «Héroe de novela en la Iglesia, gran talento en su tiempo bárbaro, jefe de secta y casi mártir de una opinión, es Abelardo un personaje por muchos conceptos extraordinario. Pero de todos estos títulos el que respecta a nuestro objeto y que le da sitio privilegiado y especial en la historia del entendimiento humano, es la invención de un nuevo sistema filosófico y la aplicación de este sistema y en general de la filosofía a la teología. Indudablemente antes de Abelardo pueden hallarse algunos ejemplos, bien que muy contados, de esta aplicación peligrosa, pero conveniente, aún con sus mismos extravíos, a los progresos de la razón: Abelardo fue, no obstante, quien lo erigió en principio, y él fue por consiguiente quien contribuyó a fundar la escolástica, pues la escolástica no es otra cosa. Después de Carlomagno, y aún antes, se enseñaba en muchas partes un poco de gramática y de lógica. Al propio tiempo no faltaba cierta enseñanza religiosa; pero esta enseñanza estaba reducida a una exposición, más o menos regular, de los dogmas sagrados. Podía bastar a la fe; pero no fecundaba la inteligencia. La aplicación a los estudios teológicos de la dialéctica trajo el espíritu de análisis y controversia que es al propio tiempo el defecto y la honra de la escolástica. Abelardo puede ser considerado en justicia como el primero que hizo esta aplicación y, por consiguiente, como el fundador de la filosofía de la edad media. De suerte que Francia ha dado a Europa la escolástica del siglo XII por Abelardo y, al principio del siglo XVII, le ha dado en Descartes al destructor de esta misma escolástica y el fundador y padre de la filosofía moderna. Y no se crea que hay inconsecuencia en esto, porque el espíritu mismo que había elevado la enseñanza religiosa ordinaria a esa forma sistemática y racional que se llamó escolástica, rebasó los límites de esta misma forma y produjo la filosofía propiamente dicha. El mismo país ha podido, pues, producir, con el intervalo de algunos siglos a Pedro Abelardo y a Descartes. Adviértese entre estos dos hombres notable semejanza en medio de muy notables diferencias. Abelardo procuró darse cuenta de la ciencia única que se podía estudiar en su tiempo; la Teología: Descartes profundizó todo lo que ya era permitido estudiar en el suyo: el hombre y la naturaleza. Descartes no reconoció más autoridad que la razón; Abelardo pretendió deducir de la autoridad lo razonable. Ambos dudan, ambos investigan; quieren emprender todo lo posible y no descansan sino en lo evidente.

He aquí lo que ambos tomaron del espíritu francés, rasgo fundamental de semejanza que entraña consigo muchos otros; por ejemplo, la claridad de lenguaje que nace espontáneamente de la lucidez y de la precisión de las ideas.

Agréguese a esto que Abelardo y Descartes son, no solamente compatriotas, sino hijos de la misma provincia, de Bretaña, cuyos habitantes se han distinguido siempre por su vivo espíritu de independencia y su vigorosa personalidad.

No es de extrañar por consiguiente que se hallen en estos ilustres compatriotas, con su originalidad propia y natural, con cierta predisposición a no acatar servilmente lo hecho antes de su tiempo, ni aún lo que en su tiempo mismo se hacía, más consecuencia que solidez en sus opiniones; más seguridad que extensión; más vigor en el temple de la inteligencia y del carácter que elevación y profundidad en el pensamiento; más inventiva que sentido práctico; más apego a las propias convicciones que anhelo por elevarse a lo universal. Ambos son, en fin, tercos, tenaces, atrevidos, innovadores, revolucionarios.»

Hasta aquí Mr. Cousin. Todas las obras de Abelardo, si se exceptúan su correspondencia amorosa con Eloísa y su Historia de las calamidades, son de teología y de filosofía.

Las principales ediciones de las obras de Abelardo han sido:

La de París, de 1616: en 4.ª

La de Londres, de 1718: en 8.ª

La de Oxford, de 1728: en 8.ª

La de Turín, de 1841: en 4.ª

La de París, de 1823: en 4.ª

La de París, de 1836: en 4.ª

La de París, de 1837: en 8.ª

La de París, de 1850: en 4.ª

La de París de 1616 lleva este título: Petri Abailardi, philosophi, abbatis Ruyensis, et Heloissæ, conjugis ejus, primæ Paracletensis abbatissæ, opera, nunc primum edita ex mss. codd. Francisci Amboesii; cum ejusdem Prœfatione apologetica et censura doctorum Parisiensium.

La de París de 1823 se titula: «Antigua Eloísa,» manuscrito nuevamente hallado de las cartas inéditas de Abelardo y de Eloísa, traducido por M. Longchamps y publicado con nota histórica por A. de Puyberland.

La de París de 1837; se titula «Cartas de Abelardo y Eloísa,» traducido del latín con presencia del manuscrito n.º 2923 de la Biblioteca Real por M. Ed. Oddoul; precedidas de un ensayo sobre la vida y los escritos de Abelardo y Eloísa hasta el concilio de Sens, por Mad. Guizot, y continuada por M. Guizot.

Un año antes (1836) había publicado Victor Cousin, de París, las Obras inéditas de Abelardo para servir a la historia de la filosofía escolástica de Francia. En esta publicación se incluye la colección; El Sí y el No.


 


     Los adversarios de Abelardo y su doctrina, a quienes se alude más arriba, se obstinan en probar que el desarreglo de las costumbres de Abelardo no provino de debilidad, sino de perversidad natural. Aseveran que había formado el propósito de seducir a Eloísa antes de que ésta fuese su discípula y que con intención tan aviesa se había hecho pupilo del canónigo Fulberto y ofrecídose a dar lección a la sobrina de éste.
 

Afirman asimismo que la soberbia, la presunción, la envidia y el carácter mordaz de Abelardo se revelan en sus escritos y su conducta. La ambición del infatigable polemista era vencer en la argumentación a sus maestros, establecer la reputación propia sobre la ruina de las ajenas, quitar a los maestros sus alumnos y granjearse el aura popular por la multitud de discípulos. En concepto de estos enemigos, Abelardo atraía a sus oyentes más por sus talentos exteriores que por la solidez de su doctrina. «Su elocuencia, dicen, era seductora; pero no instructiva.» Se creaba enemigos deliberadamente sólo por el placer de desafiarlos. Enemigo de la reputación de San Norberto y de San Bernardo, a ambos calumnió.

Sostienen que se puso a profesor de teología sin haberla estudiado todo lo necesario y que las frívolas sutilezas de su dialéctica procedían de un juicio erróneo casi siempre.

Hay historiadores para quienes el sistema filosófico de Abelardo no era otra cosa que un término medio entre las escuelas nominalista y realista: término medio al cual dio el nombre de conceptualismo.

No es posible, ni sería justo cuando de Abelardo se habla, prescindir del libro que Carlos de Rémusat publicó en 1844 con el título Abelardo, su vida, su filosofía, y su teología. Quien quisiere estudiar profundamente estas materias debe acudir al libro de Carlos de Rémusat, teniendo en cuenta, sin embargo, la pasión del autor por el incansable polemista del siglo XII.

Abelardo se anticipó a Malebranche y a Leibniz por profesar estos dos principios del optimismo: «No haciendo Dios más que lo que debe hacer, lo que hace Dios es lo mejor posible.» Abelardo también precedió a Fenelón en hacer del puro amor de Dios la fuente única de la moralidad religiosa: amor de Dios independiente de todo temor y de todo interés, de toda esperanza de salvación y de toda preocupación de condena.

Abelardo hacía consistir el mérito y el demérito de las acciones en la intención únicamente, y toda la virtud de las obras meritorias estaba para él en el sentimiento con el cual son realizadas.

ABELARDO (PEDRO) (1) (2) (3)





 

 

Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano (vol. 1, págs. 109-111 - editado: 3-10-2007)                   PEDRO ABELARDO, monje (biografía)

 

  © TORRE DE BABEL EDICIONES - Nota sobre la edición y Aviso Legal