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DICCIONARIO ENCICLOPÉDICO HISPANO-AMERICANO (1887-1910)

Índice


 

PEDRO ABELARDO y ELOÍSA (biografía)

ABELARDO (PEDRO) (1) (2) (3)

Pasiones tardías estallaron en el alma de Abelardo y le prepararon su destino trágico. Treinta y seis años había cumplido ya, cuando Abelardo conoció a Eloísa, sobrina de Fulberto, Canónigo de la Catedral de París. Enamorado de Eloisa, se introdujo en casa de Fulberto como preceptor de su sobrina; de donde resultaron entre ellos relaciones ilícitas, que al fin fueron descubiertas por Fulberto. Eloisa fue enviada a Bretaña a casa de una hermana suya, donde dio a luz un niño, al cual pusieron por nombre Astrolabio, y Fulberto insistió en que Abelardo reparara por medio del matrimonio la falta cometida. Abelardo accedió de buena gana a la proposición de Fulberto; pero Eloísa aceptó el casamiento con repugnancia, por temor de cerrar todo porvenir a su amante; pues las dignidades eclesiásticas no se daban ya entonces sino a los célibes. Celebróse el matrimonio en París y se convino en tenerlo secreto; pero Fulberto trabajó para darle publicidad; y negando Eloísa con juramento que se hubiera casado, resultó entre el tío y la sobrina, que vivía con él, una desavenencia, que obligó a Abelardo a llevar a su esposa a un convento de Argenteuil, cerca de París. Fulberto, creyendo que Abelardo quería obligarla a hacerse monja para librarse de ella, juró vengarse, y en breve encontró medio de ejecutar su cruel venganza. Sobornó a un criado, y entrando con algunos servidores en el cuarto de Abelardo, entre todos le mutilaron y después huyeron. El criado y otro de los agresores fueron presos y castigados con igual mutilación y además con la pérdida de los ojos, y el canónigo Fulberto fue desterrado de París y se le confiscaron todos sus bienes. Abelardo curó de su herida; pero, como las leyes canónicas le incapacitaban para ejercer oficios eclesiásticos, entró fraile en el monasterio de San Dionisio, mientras Eloísa se hacía monja en el convento de Argenteuil.

Los discípulos de Abelardo suplicaron con grandes instancias a su maestro que reanudase sus lecciones: él accedió por último y abrió desde luego en Saint-Denis su cátedra, que trasladó muy pronto a Saint-Ayoul, cerca de Provins. Renováronse entonces los triunfos y las glorias de Abelardo, cuyo resultado fue despertar envidias y producir celos en los demás maestros. Inspirados acaso por fervor religioso, quizás también por espíritu de venganza, tal vez obedeciendo a sugestiones del uno y del otro, todos ellos se declararon unánimemente contrarios a las doctrinas expuestas por Abelardo en su obra Introducción a la Teología, y obtuvieron del obispo de Préneste, legado en Francia del soberano Pontífice, que convocase el Concilio de Soissons en 1121.

Acusado de haber admitido tres dioses, en vez de uno, en el dogma de la Trinidad, Abelardo puso su obra en manos de sus jueces retándoles a que señalasen el lugar del libro en que hubiera una afirmación o una indicación siquiera justificante de la sospecha de herejía lanzada contra su libro.

Ninguno de los jueces contestó por el pronto al reto de Abelardo: todos guardaron silencio profundísimo. Pero al fin, uno de los asistentes se atrevió a decir que de un pasaje de la obra se deducía que el autor negaba la omnipotencia a dos de las tres personas de la Santísima Trinidad y que la reconocía en una sola.

Lanzada semejante acusación, levantóse en la asamblea clamor inmenso, eleváronse ruidosas protestas, y la confusión fue tan grande que Abelardo no pudo hacerse oír. Entonces el acusado comenzó a recitar el credo de San Atanasio; pero el ruido y el tumulto crecieron hasta el punto de ahogar por completo la voz del temido polemista.

Cuéntase que entonces Abelardo lloró de indignación y de rabia y, sin haber sido oído, fue condenado a varios días de cárcel y a quemar por su propia mano el libro que había motivado tal castigo.

La sentencia fue cumplida en todas sus partes; y, una vez en libertad, Abelardo reanudó sus explicaciones; pero muy pronto tuvo serios disgustos con otros vecinos, los ignorantes y vengativos frailes de San Dionisio. Pretendían éstos que el fundador de su abadía había sido San Dionisio Areopagita. Abelardo les demostró con testimonios históricos incontrovertibles lo que había en semejante pretensión de imposible y de absurdo. Pero la controversia se enardeció por una y por otra parte en tales términos, que avisado Abelardo de que se trataba de denunciarle al rey por maldiciente, creyó de prudencia huir, como en efecto lo hizo, y refugiarse a los Estados del conde de Champagne, bajo cuya protección se puso. En un sitio solitario de las cercanías de Troyes erigió por sí mismo un oratorio de adobes y paja, y allí comenzó a dar lecciones, a las cuales concurría tan gran número de discípulos, que el oratorio en breve, de edificio de adobes, se convirtió en otro de piedra y madera, al cual Abelardo puso el nombre de Parácleto, de παράχλητος, epíteto del Espíritu Santo, consolador.


 

Castillos y ciudades quedaban abandonados por los que acudían a esta Tebaida de la ciencia. En torno suyo se levantaron numerosas tiendas; eleváronse paredes improvisadas de tierra y de cascote a fin de dar abrigo a innumerables discípulos que dormían sobre la hierba y a la intemperie y que se alimentaban con silvestres frutas y con pan groseramente elaborado. Como San Jerónimo en los desiertos de Bethleem, complacíase Abelardo, según él mismo dice, en este contraste de la vida campestre y ruda del cuerpo con los refinamientos de la ciencia y las delicadezas del espíritu.

La enseñanza de su Filosofía no había cambiado de carácter por lo que muy luego se vio.

Las suspicacias, los recelos, las envidias no cesaron de perseguir al maestro; y, fundándose muchas veces en los pretextos más frívolos, cayeron sobre esta Academia de escolástica establecida en medio de los campos.

Fue imputado como un crimen el nombre de Parácleto estampado por Abelardo en el frontis de la capilla que había labrado. Existía entonces la costumbre de consagrar las Iglesias a a la Trinidad completa, sin distinción de personas, o en todo caso al hijo solamente. Se vio, o se quiso ver en esta elección no usual una segunda intención con cierto olor y aún sabor de herejía. De todos modos, la dedicatoria del templo era una novedad y procedía de un hombre en el cual toda novedad era sospechosa.

A medida que eran mayores los progresos de su escuela, se acrecentaba también la hostilidad contra el fundador.

Entre los nuevos enemigos de Abelardo, San Norberto, fundador (1120), en las soledades de Premontré, cerca de Laón, de la orden de canónigos regulares, era el más poderoso; pero el más vehemente fue el famoso San Bernardo, abad de Clairvaux, puesto poco distante del Parácleto.

Poco menos de diez años hacía por entonces que San Bernardo, habiendo abandonado otra abadía por orden del prior, había bajado con algunos religiosos a un valle casi salvaje, a fin de fundar allí un monasterio. En muy poco tiempo el fundador había reunido en aquel lugar, bajo la ley de piedad ardiente y de una vida severa, muchos sombríos cenobitas que en presencia de San Bernardo temblaban: tanto era el respeto, el miedo y el amor que a un tiempo mismo les inspiraba. San Bernardo había creado en aquel monasterio una institución que, si bien no grosera ni anti-científica, contrastaba con el espíritu independiente, atrevido y razonador del Parácleto.

La comunidad dirigida por San Bernardo era como una reunión de soldados, tan dóciles como activos, que sacrificaban toda pasión individual al interés de la Iglesia y a la obra de su salvación. La escuela fundada por Abelardo venía a ser como una tribu libre que acampaba en despoblado solamente por gustar el placer de aprender y de admirar, de buscar la verdad en la contemplación de la naturaleza, y que veía en la religión antes una ciencia que una institución; más que una causa, un sentimiento.

Dos escuelas establecidas en lugares tan próximos y que desarrollaban principios tan diferentes no podían dejar de ser rivales ; más aún, enemigas. Abelardo, pues, se creyó amenazado de nuevo. El, que ya por temperamento y por carácter era inclinado a la suspicacia y a los temores, llegó a saber mucho más a consecuencia de las desgracias de que estuvo llena su vida.

Durante los últimos días que Abelardo pasó en el Parácleto, temía constantemente ser llevado ante un concilio, y acusado de nuevo de herejía. El acontecimiento más insignificante le llegó a parecer el relámpago mensajero del rayo.

Entregábase algunas veces a los arrebatos de la desesperación más violenta, y ocasiones hubo en que formó el propósito de huir definitivamente de los países católicos, y retirarse a un país de idólatras y vivir como cristiano entre los enemigos de Cristo, porque esperaba encontrar allí más caridad o más olvido. En tal disposición de ánimo abandonó el Parácleto para refugiarse en lo más oculto de la Bretaña. Allí escogió para retiro el antiguo monasterio de Saint-Guildas de Rhuys, cuyas ruinas se distinguen todavía sobre un promontorio que se extiende a lo largo de las lagunas de Morbihán, en el vértice de asperísimas rocas azotadas en su base por las olas del Océano. Abelardo pudo descansar allí durante algún tiempo y llegó a ser abad de aquel monasterio. Créese que por entonces debió de escribir su curioso libro: El sí y el no, obra originalísima y genial, colección de citas entresacadas de los Padres de la Iglesia en los cuales se contiene el pro y el contra sobre las principales cuestiones de la fe.

El coleccionador se abstuvo por completo de emitir opinión de cuenta propia, porque decía : «Es de los Padres de la Iglesia el deslinde de estas cuestiones.»

Este libro y el titulado Teología cristiana, pusieron nuevamente a Abelardo en el terreno áspero de la lucha ardiente y de la controversia apasionada.

San Bernardo, que bajo su tosco sayal de monje ejercía la inspección y vigilancia de los palacios y de los santuarios, denunció la nueva obra a la Santa Sede.

«El espíritu humano, decía San Bernardo, en su primer llamamiento a los Cardenales, todo lo usurpa, invade los dominios de la fe y nada deja a esta virtud teologal. Pone mano profana en lo que es más fuerte que él; se arroja osado sobre las cosas divinas y viola, en vez de abrir, los lugares sagrados. Leed el libro de Pedro Abelardo que él titula Teología

San Bernardo, refiriéndose al mismo tema, escribía al papa Inocencio II: «La más temible peste, una enemistad doméstica, ha entrado en el seno de la Iglesia: una nueva fe aparece en Francia. El maestro Pedro y Arnaldo de Brescia, este azote del cual Roma acaba de librar a Italia, se han unido y conspiran contra el Señor y su Christo. Estas dos serpientes aproximan su escama, debilitan la fe en las almas sencillas, v corrompen las costumbres. Es el uno el rugiente león (Arnalelo de Brescia), el otro (Abelardo), el dragón que devora su presa en las tinieblas; pero el papa aplastará al león y al dragón. Amadísimo padre, no separes de la Iglesia, esposa de Cristo, tu brazo protector; piensa en su defensa y ciñe su espada.»

El mismo lenguaje lleno de vehemencia y de energía emplea San Bernardo en su circular a todos los obispos y cardenales de la Corte de Roma; les recuerda que su oído debe estar presto a escuchar los gemidos de la esposa; que deben reconocer a su madre y no abandonarla a sus tribulaciones.

Denúnciales la temeridad de ese Abelardo, perseguidor de la fe, enemigo de la cruz, monje por fuera, hereje por dentro, fraile sin regla, abad sin disciplina, culebra tortuosa que sale de su caverna, nueva hidra en cuyo cuello, por una cabeza cortada en Soissons, han aparecido otras siete.

La Iglesia no podía permanecer sorda al llamamiento de San Bernardo, cenobita austero a quien papas y reyes elegían como árbitro en sus diferencias. Fue, por consiguiente, convocado un concilio que se reunió el domingo 2 de junio de 1140 en Sens, ciudad casi completamente eclesiástica y metrópoli de París, en aquella época. Hubo, según cuentan los historiadores, gran concurrencia de arzobispos, obispos y abades; y el rey Luis VII, llamado el Joven, asistió con toda su corte a este concilio solemne.

El gran San Bernardo, según confesión propia, vaciló un momento antes de resolverse a medir sus armas en él con el gigante de la dialéctica.

Abelardo apareció en medio de la asamblea. Enfrente de él y en una silla, que aún se enseñaba al público a fines del siglo pasado, estaba San Bernardo, que ejerció el cargo de acusador ante el concilio. San Bernardo tenía en sus manos los libros residenciados. Habíanse entresacado de ellos diez y siete proposiciones que se suponía encerraban las herejías de Arrio, de Sabelio, de Nestorio y de Pelagio relativas a los misterios de la Trinidad y de la Gracia.

Acusábase asimismo a Abelardo de haber enseñado que el pecado no reside en el hecho material, sino en la voluntad, o mejor dicho, en la intención y el asentimiento dado al mal conscientemente. San Bernardo dio orden para que fuesen leídas en voz alta esas proposiciones; pero comenzada apenas la lectura, fue interrumpida por Abelardo que se negó a oírla, declaró que no reconocía otro juez que el Sumo Pontífice, protestó y se retiró del local. Esta conducta de Abelardo en aquellas circunstancias ha sido muy comentada y ha dado motivo a muy empeñadas polémicas entre biógrafos e historiadores.

Los adversarios de Abelardo afirman que San Bernardo, lejos de manifestar nunca envidias, odio, ni prevenciones contra Abelardo, se dirigió por escrito a él invitándole a retractarse y a corregir sus libros, y sólo cuando se convenció de que sus ruegos eran desoídos y menospreciados sus consejos, se decidió a llevar la acusación ante el concilio.

«Entre esas proposiciones, dicen, hay cuatro que son pelagianas; tres sobre la Trinidad cuyo sentido literal es herético; en otra enseña el autor el optimismo; en la catorce sostiene que Jesucristo no bajó a los infiernos. ¿Qué le impedía retractarse de las unas y explicar las otras?»

El apelar de la sentencia del concilio antes de haber sido pronunciada, añaden, revela desde luego muy mala fe y mucha soberbia. Los obispos eran sus jefes legítimos y sus superiores natos; el hecho sólo de rehusar su justificación le hacía acreedor a ser condenado. La prueba de que así era, es que, en efecto, el Sumo Pontífice lo condenó después. Entonces fue cuando Abelardo se retractó de sus errores.

Mientras así se expresan los adversarios de Abelardo, sus partidarios y admiradores dicen: «Abelardo apelando al Sumo Pontífice y recusando, por incompetente, un tribunal formado por jueces prevenidos contra él, se procuraba alguna probabilidad favorable, por tener amigos en Roma y el cardenal Guido Castello habla sido discípulo suyo.»

De todas suertes, ocurrió después que el pontífice Inocencio II aprobó el concilio de Sens, ordenó que los libros heréticos fuesen quemados y condenó al autor a perpetuo silencio. Abelardo, convencido de su inocencia, intentó apelar personalmente ante la Santa Sede y se dirigió a Roma. Al pasar por la Abadía de Cluny, Pedro el Venerable, abad de aquel monasterio, le retuvo en aquella soledad, obtuvo el perdón del papa, y llegó hasta reconciliar a Abelardo con San Bernardo.

Abelardo halló por algún tiempo, en el monasterio de Cluny, la paz del espíritu que los placeres del mundo y las glorias de la ciencia no habían logrado procurarle. Sin embargo, sus fuerzas disminuían rápidamente y una enfermedad muy dolorosa de la piel le privaba de reposo. Se le aconsejó el cambio de aires y fue enviado al priorato de San Marcelo, cerca de Chalons.

Elevábase este priorato, no lejos de las márgenes del Saona, en uno de los sitios más agradables y más sanos de la Borgoña. En aquel alejamiento del mundo continuó su vida de aplicación y de estudio. A pesar de su debilidad y de sus sufrimientos no pasaba un momento sin rezar o leer, sin dictar o escribir. De pronto sus dolencias crónicas tomaron un carácter alarmante y murió resignado y tranquilo a la edad de sesenta y tres años.

Eloisa solicitó entonces y obtuvo las cenizas de su esposo. Éste se las había ofrecido en una de sus cartas en la cual se leen las palabras siguientes: «Entonces me verás, no para derramar lágrimas, que ya no será tiempo: viértelas ahora para apagar en ellas ardores criminales: entonces me verás, para fortificar tu piedad con el horror de un cadáver, y mi muerte, más elocuente que yo, te dirá qué es lo que se ama cuando se ama a un hombre.»

Eloísa hizo enterrar en el Parácleto el cuerpo de su esposo, inmortalizado por ella, quizás más que por las obras del mismo Abelardo, y Pedro el Venerable escribió un epitafio para la tumba.

El Parácleto fue suprimido en 1792 y vendido en beneficio del Estado; pero la revolución exceptuó de la venta el sepulcro que encierra, según creencia general, los restos de Eloísa y Abelardo, que fueron trasladados posteriormente al cementerio del padre Lachaise en París, donde actualmente se hallan.

ABELARDO (PEDRO) (1) (2) (3)



 

Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano (vol. 1, págs. 109-111 - editado: 3-10-2007)                PEDRO ABELARDO y ELOÍSA (biografía)

 

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