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VOCABULARIO DE LA ECONOMÍA - José Manuel Piernas Hurtado (1843-1911)

Índice


 

   
   

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Sistemas económicos

Las doctrinas que merecen ese nombre y en que históricamente se desarrolla la ciencia de la economía dan lugar a tres escuelas: la mercantil, que afirmando el antagonismo de los intereses individuales, la oposición de las industrias y la rivalidad necesaria de las naciones, cree que cada cual ha de obtener la riqueza a expensas de los demás, y quiere que la acción de los Gobiernos rija la vida económica y ponga orden y límite a todos los egoísmos, defendiendo especialmente los intereses de cada país contra las asechanzas de los extranjeros. Por eso la reglamentación de la industria y del cambio es el principio fundamental que adoptan los mercantilistas, y el remedio que dan a los males económicos; pero hay además en su teoría un concepto equivocado de la riqueza, porque exageran la importancia del dinero, tratan de hacerle abundar a toda costa, y se preocupan para ello, en primer término, de las relaciones mercantiles de los pueblos, tendiendo a fomentar la exportación y a reducir en todo lo posible las importaciones.

 

Esas ideas, que no llegaron a tener verdadero carácter y valor científicos, no eran más que una explicación de los hechos, la justificación de la conducta seguida desde lo antiguo en las relaciones económicas, y no se formulan con alguna unidad y trazas de sistema hasta fines del siglo XVI. Las consecuencias más importantes que se derivaron de ellas fueron el sistema protector y el sistema colonial, y sus principales mantenedores, ya en el siglo XVII, Antonio Serra en Italia, Tomás Mun en Inglaterra, Antonio Montchretien (1), y el ministro Colbert, que hizo de ellas extensa aplicación en Francia, y en España Sancho de Moncada, Jerónimo de Uztariz y Bernardo de Ulloa, estos dos últimos del siglo XVIII.

La escuela fisiocrática o agrícola, que sucede a la anterior, descansa ya en investigaciones filosóficas acerca del orden general del universo, y considera lo económico como uno de los elementos de la vida social, regido, del mismo modo que los otros, por leyes naturales que garantizan la armonía de todos los intereses. Esas leyes no necesitan más que la libertad para cumplirse, y los fisiócratas piden al Estado que las respete escrupulosamente y se abstenga de toda intervención en los movimientos de la industria y el comercio. En cuanto al origen de la riqueza, la agricultura es, según esta doctrina, la única industria productiva, la única en que se obtiene el producto líquido: las manufacturas y el comercio son útiles, porque transforman las cosas, pero no crean valor alguno y no alcanzan más que a compensar los gastos que hacen. Francisco Quesnay, médico de Luis XV, fundó la escuela agrícola en 1758 con la publicación de su Cuadro económico, y tuvo como discípulos más notables al marqués de Mirabeau, Mercier de la Riviere, Turgot y Gournay, a quien se atribuye la célebre fórmula del laissez faire, laissez passer.

La escuela industrial mantiene las ideas capitales de Quesnay, y declara que el trabajo es la fuente de la riqueza, siendo todas sus aplicaciones igualmente productivas; analiza minuciosamente algunas leyes de la actividad económica, y reclama la libertad de la industria y el comercio como indispensable para que obre la acción de la oferta y la demanda, que ha de regular el cambio. Estos principios los expuso Adam Smith el año de 1776 en su famoso libro titulado Investigaciones sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, y a partir de esa fecha se ha considerado ya a la economía como una ciencia constituida y en posesión de las verdades fundamentales relativas a su asunto. Los continuadores más importantes de Adam Smith han sido hasta nuestros días: en Inglaterra, su patria, Ricardo, Mac-Culloch, Stuart Mill, Stanley-Jevons y Cairnes; en Alemania, Rau y Roscher; en Austria, Menger y Bohm-Bawerk; en Francia, Say, Dunoyer, Bastiat, Molinari, Leroy-Beaulier, Block, Cauwés y Gide; en Italia Ferrara, Ciconne, Rice Salerno y Cossa; y en España Florez Estrada, Madrazo y Carreras y González.

Las diferencias que separan a los discípulos de Adam Smith son tan interesantes, que afectan al concepto mismo de lo económico y a sus relaciones con los otros órdenes de la vida; pero la distinción fundamental que puede establecerse entre las doctrinas, por decirlo así, vigentes en economía, es la que se marca en los tres sistemas que siguen:

El individualismo, continuador de las tradiciones fisiocráticas, afirma la armonía de todos los intereses económicos por virtud de las leyes naturales que rigen en esa esfera, declara legítimos todos los efectos de la concurrencia, pide la libertad como única condición necesaria para que la riqueza se produzca y distribuya del mejor modo posible, y desecha toda intervención del Estado en este orden, reduciendo su misión a garantizar las personas y las cosas, a la administración de justicia en el más estricto sentido. La personificación más interesante de esta escuela es Federico Bastiat, y a ella pertenecen casi en totalidad los economistas españoles.

El socialismo, que tiene muchos puntos de contacto con la antigua escuela mercantil, halla contradictorios los intereses particulares, ve en la concurrencia el desorden y la injusticia, y quiere que el Estado intervenga y rija la vida económica, imponiendo a la libertad individual limitaciones que eviten sus extravíos. Esta escuela presenta gran variedad de doctrinas, porque algunos de sus partidarios tocan en el comunismo, otros extienden menos las atribuciones del Estado, y cada uno de ellos establece a su manera la organización económica de la sociedad, a que todos aspiran por medio del poder público. Proudhon ha sido el propagador más activo y afortunado de las ideas socialistas, y la Internacional es la institución que a ellas responde en el campo de los hechos.

El armonismo, por último, que, dentro de la escuela industrial, es quizás la tendencia más conforme con el pensamiento de Adam Smith, reconoce en el orden económico la simultaneidad del fin individual y el colectivo, no como contradictorios sino como consecuencia necesaria de la personalidad y la sociabilidad humanas, encuentra que los intereses no se concilian por sí mismos, que la concurrencia puede dar lugar a graves males y cree preciso para remediarlos que el principio del interés se subordine al del bien, que la actividad económica se inspire en las ideas del deber y la justicia: no quiere este sistema que el Estado dirija la producción, ni el cambio, ni el consumo de la riqueza; pero tampoco le aleja de ella por completo, ni le reduce a una acción puramente negativa, porque considera que debe hallarse en relación con todos los órdenes de la vida y le llama a ejercer en ellos cierta iniciativa, atribuciones como de inspección y estímulo. Estas doctrinas, que toman del individualismo el principio de libertad y el de organización del socialismo, tratando de realizar el uno por el otro, se han iniciado en Alemania por algunos profesores de economía a quienes se llama Katheder-socialisten (socialistas en la cátedra) y han sido expuestas entre nosotros por los señores Giner, Azcárate y Buylla.

Tales son las direcciones que se disputan el predominio de la ciencia económica. Los individualistas niegan a los partidarios del socialismo hasta la condición de economistas, y son tratados por ellos con un desdén semejante; pero la escuela armónica, evitando todo exclusivismo, oye atentamente a unos y otros, investiga sin preocupaciones y parece hallarse en camino de constituir la economía sobre nuevas y más sólidas bases. (V. Individualismo, Socialismo y Socialismo de la Cátedra).
 

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(1) Este escritor es el primero que usó la denominación de economía política (1615).

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