Amortización
Esta palabra tiene diversas acepciones económicas. Llámase así al hecho de pagar sencillamente las deudas, y
a un procedimiento que consiste en reintegrar, por medio de entregas parciales y comúnmente periódicas, un capital empleado en la industria
o recibido
a préstamo; y se llama también prima de amortización, o amortización solamente,
a cada uno de los tantos o sumas dedicados a ese objeto. —Es de notar, según esto, la impropiedad que se comete, al decir
amortización de capitales, cuando precisamente se trata de reconstituidos, y lo que se extingue y
muere no es un capital, sino al contrario, una deuda. Por último, amortización significa el estado de aquella propiedad que ha sido adjudicada perpetuamente
a dueños determinados, a quienes se priva, al mismo tiempo, de la facultad de enajenarla.
Como medio para la formación de capitales, la amortización tiene la gran ventaja de que permite utilizar la fuerza poderosísima del interés compuesto, que pueden ir devengando las sumas acumuladas sucesivamente; pero sólo es un recurso eficaz cuando se juntan las dos condiciones de un largo período
de
tiempo y una colocación productiva. —El cálculo determina, en cada caso, ya la cantidad anual, ya el
tiempo o el interés, que son precisos para conseguir
un cierto capital.
En toda industria figura, como uno de los gastos de
producción, el necesario para reembolsar los capitales
invertidos, así es que, tomando en cuenta la duración
probable del capital y el número de los productos que
con él pueden obtenerse, se incluye, en el precio de
cada uno de éstos, la amortización correspondiente.
Ha querido aplicarse al pago de las deudas públicas la amortización por el interés compuesto; pero los resultados no correspondieron
a las grandes esperanzas
fundadas en esta idea, por falta de una de las condiciones que antes indicamos. Creyeron los Gobiernos que podían disfrutar los beneficios de ese sistema, y crearon para lograrlo las llamadas
Cajas de Amortización. Al contraer un empréstito se señalaba una
cantidad anual fija, el 1 por 100 generalmente, y se entregaba a la
Caja, que la invertía en títulos, aprovechando las oscilaciones del
mercado; cobraba luego el interés de estos títulos y debía emplearle,
juntamente con la dotación anual en la adquisición de otros nuevos,
hasta poseerlos todos. Así en un empréstito de 100 millones al 5 por
100, se señalaban 6 millones anuales en el presupuesto para dar uno a la
Caja de amortización, y al cabo del primer año ya no existían más que 99
millones en manos de los acreedores; al terminar el segundo año, la Caja
había recibido, además del millón correspondiente, el interés de los
títulos, que adquirió en el primero, y que continuaba pagándose como si
se hallaran en circulación, y lo empleaba todo en otros títulos; en el
tercer año tenía el millón fijo, más los intereses de los dos
anteriores, y de esta suerte, con el 1 por 100 anual y el interés de los
intereses, en un período de treinta y seis años, —es decir, con 36
millones aparentemente—, la Caja debía adquirir todos los títulos del empréstito extinguiendo la deuda.
Matemáticamente ese procedimiento es indiscutible;
pero desde el punto de vista económico el error estaba
en que el Estado quería especular consigo mismo,
abonándose supuestos intereses, y multiplicar sus recursos colocándolos improductivamente, y la ilusión consistía en que seguían pagándose los cupones de títulos realmente amortizados, porque se hallaban en poder de la Caja; resultando de todo ello que la deuda no se extinguía hasta que se sacaba su importe céntimo
a céntimo del Tesoro público, sin ahorro, ni ventaja alguna. Por eso las Cajas de amortización fueron totalmente desechadas, y no ha quedado de ellas más recuerdo que el aumento de la deuda de las naciones, debido
a la falsa idea de que podría reembolsarse fácilmente. —No hay más que un medio para formar capitales, la producción, y es inútil pretender que aquéllos se multipliquen allí donde ésta no existe. La extinción de la deuda pública, su amortización gradual y sucesiva, es una necesidad imperiosa de los Gobiernos, pero la única manera de conseguirla está en los sobrantes de un presupuesto bien establecido.
Respecto de la propiedad, la amortización es un estado contrario a sus más esenciales condiciones. La circulación es la vida de la propiedad y con razón se llama amortizada, es decir
muerta,
a aquella que se petrifica y se sustrae a los cambios que necesita para cumplir con su fin. La propiedad es un medio para ciertas necesidades humanas, y si éstas varían
a cada paso, es indispensable que aquélla pueda seguir esas alteraciones; cuando la propiedad se inmoviliza, ya no es posible la relación y el acuerdo de ambos términos. Prueba de la verdad de estas afirmaciones son los graves males de todo género que la amortización ha producido, y los obstáculos que especialmente ha opuesto al desenvolvimiento de la riqueza.
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