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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

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VOTOS

San Francisco de Asís - Votos - Diccionario Filosófico de VoltairePronunciar un voto para toda la vida es esclavizarse para siempre. ¿Cómo pudo sufrirse la peor de las esclavitudes en el país donde está proscrita la esclavitud?

Prometer a Dios por medio de juramento que seremos desde la edad de quince años basta que muramos, jacobinos, jesuitas o capuchinos, es afirmar que tendremos toda la vida la misma idea, y es chocante prometer para toda la vida lo que no estamos seguros de cumplir de hoy a mañana.

¿Cómo han sido los gobiernos bastante enemigos de sí mismos y bastante absurdos para autorizar a los ciudadanos a que enajenen su libertad en la edad en que no les permiten disponer de la parte más insignificante de sus bienes? ¿Cómo es que, estando convencidos todos los magistrados de esa extraordinaria tontería, no la han suprimido? ¿No es cosa que espanta cuando reflexionamos que haya más frailes que soldados? ¿No nos arranca lágrimas de despecho descubrir los secretos de los claustros, las liviandades, los tormentos, a los que sometieron a niños desgraciados, que cuando son hombres detestan su situación de forzados, y que se agitan con inútil desesperación para romper las cadenas con que los ató su locura?

Conocí un joven cuyos padres le obligaron a ser capuchino a los quince años y medio, y que estaba locamente enamorado de una joven que tenía poco más o menos su edad. En cuanto el desventurado mancebo hizo sus votos a San Francisco de Asís, el diablo le recordó los que había hecho a su novia, y que le había firmado la promesa de matrimonio. Pudo en él el diablo más que San Francisco, y el joven capuchino se escapó del claustro y se presentó en casa de su prometida, donde le participaron que se había encerrado en un convento y que había profesado también.

El capuchino se presenta en el convento donde había profesado su ex novia, diciendo que deseaba verla, y le contestan que había muerto allí de desesperación. Al oír esta noticia, perdió el conocimiento y cayó en tierra exánime. Lo trasladaron a un convento de frailes inmediato, no para proporcionarle los auxilios que necesitaba, que todo lo más podían salvarle el cuerpo, sino para administrarle la extremaunción antes de morir, que es lo que infaliblemente salva el alma.

El monasterio donde transportaron al desventurado joven desmayado era casualmente un convento de capuchinos, los cuales, caritativamente, le hicieron esperar tres horas a la puerta, hasta que por fortuna le reconoció uno de los reverendos padres por haberle visto en el convento de donde se escapó. Le llevaron a una celda, donde le cuidaron con solicitud, con la idea de santificarlo haciéndole sufrir saludable penitencia.

En cuanto se restableció, le llevaron maniatado al convento que abandonó, y van a ver mis lectores cómo lo trataron allí. Le hicieron descender a una fosa profunda, bajo de la cual había una piedra muy grande, en la que estaba sujeta una cadena de hierro, con cuya cadena le ataron por un pie. Pusieron cerca de él un pan de centeno y un cántaro de agua, y después cerraron la fosa, que se tapaba con una plancha de greda que cerraba la abertura por donde le habían descendido.

Al cabo de tres días le sacaron de la fosa para que compareciera ante el tribunal de los capuchinos, que necesitaba averiguar si tuvo cómplices en su evasión; y para obligarle a que lo declarara, le aplicaron la tortura que acostumbraban en el convento. La tortura preparatoria la hacían sufrir apretando con varias cuerdas los miembros del paciente. Después de sufrir este tormento, le sentenciaron a estar encerrado en su calabozo durante dos años, saliendo de él tres veces cada semana para recibir completamente desnudo disciplinazos con cadenas de hierro.

Su temperamento resistió diez y seis meses este suplicio, y por fortuna suya pudo salvarse, por una riña tremenda que tuvieron los capuchinos unos con otros, y mientras se daban de palos, el prisionero consiguió escaparse.

Permaneció escondido durante algunas horas entre algunos matorrales, y al anochecer se decidió a ponerse en camino; pero estaba tan hambriento que apenas podía sostenerse. Un samaritano que pasaba por su lado tuvo compasión de aquel espectro; se lo llevó a su casa y le proporcionó toda clase de auxilios. El mismo desventurado capuchino me contó todo lo que acabo de referir en presencia de su salvador. He aquí lo que los votos producen.

Sería cuestión muy curiosa estudiar si las atrocidades que se cometen todos los días en los conventos de frailes mendicantes deben indignarnos más que la opulencia perniciosa que adquieren los otros frailes que obligan a muchas familias a mendigar. Unos y otros han hecho voto de vivir a expensas de los demás ciudadanos, de ser una carga para la patria, de perjudicar al aumento de población, de engañar a sus contemporáneos y a la posteridad, y sin embargo toleramos esa institución.

 

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