VIRTUD
Dícese que Marco Bruto, momentos antes de matarse, pronunció estas palabras:. «Virtud, no creía en ti, pero he visto que no eras mas que un vano fantasma.» Bruto tenía razón si hacía estribar la virtud en ser jefe de partido y asesino de su bienhechor, de su padre Julio César; pero si hubiera hecho consistir la virtud en hacer beneficios
a los que dependían de él, no la hubiera llamado fantasma ni se hubiera matado por desesperación.
«Yo soy muy virtuoso —dice una
sabandija teológica—, porque observo las cuatro virtudes cardinales y las tres teologales.» Un
hombre honrado le pregunta: «¿Qué son virtudes cardinales?» La
sabandija le contesta: «La fuerza, la prudencia, la templanza y la justicia.»
EL HOMBRE HONRADO.—Si eres justo, ya lo reúnes todo; la fuerza, la prudencia y la templanza sólo son cualidades útiles. Si las tienes, tanto mejor para ti; pero si eres justo, tanto mejor para los demás. No es suficiente ser justos; es menester ser además bienhechores. ¿Cuáles son las virtudes teologales?
LA SABANDIJA.—La fe, la esperanza y la caridad.
EL HOMBRE HONRADO.—¿Creer acaso es una virtud? O lo que crees te parece verdadero, y en este caso no hay ningún mérito en creer,
o te parece falso, y en este caso, es imposible que lo creas. La esperanza no es tampoco virtud, como no lo es el temor; creemos
o esperamos cuando nos prometen o cuando nos amenazan. ¿Entiendes por caridad lo que los griegos y los romanos entendían por humanidad y por amor al prójimo? Esta clase de amor no es nada si no obra; la beneficencia es, pues, la única virtud verdadera.
LA SABANDIJA.—Sería yo verdaderamente un tonto si me desviviera por servir
a los hombres sin esperar recompensa. Todo trabajo requiere su salario. No practicaría actos de honradez,
a no estar seguro de que he de alcanzar el paraíso.
EL HOMBRE HONRADO.—Entonces sois un granuja, porque si no esperarais ir al paraíso y no temierais ir al infierno, no haríais ninguna obra buena. Seguid mis consejos y creedme; sólo hay dos cosas que merecen que las amemos con desinterés y por sí mismas: Dios y la virtud.
LA SABANDIJA.—¿Qué oigo? ¿Es que sois fenelonista?
El HOMBRE HONRADO.—Lo soy.
LA SABANDIJA.—Pues voy a denunciaros al juez de la curia eclesiástica de Meaux.
EL HOMBRE HONRADO.—Denúnciame.
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