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Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

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TRINIDAD

Trinidad - Diccionario Filosófico de VoltaireEl primero que habló de la Trinidad entre los escritores occidentales fue Timeo de Locres, autor del Alma del mundo. Según Timeo, existió al principio la idea, el ejemplar perpetuo de todas las cosas engendradas; ésta es el primer verbo, el verbo interno e inteligible. En seguida existió la materia informe, o sea el segundo verbo; después el hijo, o el mundo sensible, o el espíritu del mundo. Estas tres cualidades constituyen el mundo entero, cuyo mundo es el hijo de Dios, que tiene un alma y una razón.

Es difícil entenderse en ese laberinto de Timeo de Locres, que debió tomarlo de los egipcios o de los brahmanes. No sé si en su época lo entenderían. Tengo comparado ese sistema a las medallas antiguas que están sucias de moho y de cardenillo y tienen borrado el escrito; en otros tiempos pudieron leerse, y hoy el que puede procura adivinar lo que decían.

Pero creo que ese sublime galimatías debió ser desconocido hasta la época de Platón, que lo resucitó construyendo su edificio en el aire, pero según el modelo de Timeo de Locres.

Platón admite tres esencias divinas: el padre, el supremo, el productor: el padre de los demás dioses es la primera esencia, la segunda esencia es el dios visible, ministro del dios invisible, el verbo, el entendimiento, el gran demonio; la tercera esencia es el mundo. Verdad es que Platón dice con frecuencia cosas opuestas y se contradice; pero éste es el privilegio de los filósofos griegos, y Platón usa de él más que ninguno de los escritores antiguos y modernos.

Un viento griego arrastró esas nubes filosóficas desde Atenas hasta Alejandría, ciudad prodigiosamente preocupada en tener quimeras y en tener dinero. En Alejandría vivían judíos que después de haber hecho fortuna se dedicaron a filosofar.

La metafísica tiene de bueno que no necesita tener estudios preliminares que son muy fastidiosos; en esa esencia se puede saber todo sin haber estudiado nada, y teniendo un ingenio sutil y paradójico se puede estar seguro de ir muy lejos. Filón el judío fue un filósofo de esta clase; fue contemporáneo de Jesucristo, pero tuvo la desgracia de no conocerle, como tampoco le conoció el historiador Flavio Josefo. Esos dos hombres importantes, ocupados en el caos de los asuntos de Estado, estuvieron muy lejos de la luz naciente. Filón era metafísico, alegórico y místico, y fue el que dijo que Dios debió crear el mundo en seis días, como lo creó, según opina Zaratustra, en seis tiempos, «porque tres es la mitad de seis, y dos es la tercera parte, y este número es macho y hembra».

Filón, imbuido de las ideas de Platón, dice hablando de la embriaguez que Dios y la Sabiduría se casaron, y que la Sabiduría parió el primer hijo, y que este primer hijo es el mundo. Llama a los ángeles los verbos de Dios y al mundo el verbo de Dios.

Flavio Josefo era un hombre de guerra que no había nunca oído hablar del Logos y que profesaba los dogmas de los fariseos, que estaban encariñados con sus tradiciones.

La filosofía platónica penetró en los judíos de Alejandría y hasta en los judíos de Jerusalén, y en muy poco tiempo la escuela de Alejandría, que era la única sabia, se hizo platónica, y los cristianos que filosofaron se ocupaban incesantemente del Logos.

Sabemos que hubo disputas en aquellos tiempos, como en los tiempos posteriores; que cosían a un pasaje mal interpretado un pasaje ininteligible con el que no tenía la menor relación; que suponían un segundo pasaje, y que falsificaban otro tercero, escribiendo libros enteros que atribuían a autores que el vulgo respetaba. Hemos citado algunos en el artículo titulado Apócrifo.

Suplicamos a nuestros lectores que lean el siguiente pasaje de Clemente Alejandrino, por ver si lo entienden: «Cuando Platón dijo que es difícil de conocer al padre del universo, no sólo nos da a entender que el mundo fue engendrado, sino que fue engendrado como hijo de Dios.» ¿Entendéis esas logomaquias, esos equívocos; veis el menor rayo de luz en ese caos de palabras oscuras? ¡Oh, Locke! Venid y definid los términos, porque yo no creo que entre todos esos disputadores platónicos hubiera uno solo que se entendiera.

El libro de las Constituciones apostólicas, antiguo monumento del fraude, pero también antiguo depósito de los dogmas informes de aquellos tiempos oscuros, se expresa de este modo: «El padre, que es anterior a toda generación y a todo principio, habiéndolo creado todo para su hijo único, engendró sin intermedios a ese hijo por su voluntad y por su potencia.»

Orígenes añadió luego que el Espíritu Santo fue creado por el hijo, por el verbo. Luego Orígenes de Cesárea consigna que el espíritu no es Dios ni el hijo. El abogado Lactancio, que floreció en aquel tiempo, dijo: «El hijo de Dios es el verbo, y los otros ángeles son el espíritu de Dios. El verbo es un espíritu proferido por una voz significativa; el espíritu procede de la nariz y la palabra de la boca. De esto se deduce que hay diferencia entre el hijo de Dios y los otros ángeles, porque éstos fueron emanados como espíritus tácitos y mudos; pero el hijo, siendo espíritu, salió de la boca con voz para predicar al pueblo.»

Hay que convenir en que el abogado Lactancio defendía su causa de un modo extraño, razonando a lo Platón.

Por aquel tiempo fue cuando, disputando acaloradamente sobre la Trinidad, ingirieron en la primera epístola de San Juan este famoso versículo: «Hay tres que lo atestiguan en la tierra: el espíritu o el viento, el agua y la sangre, y los tres no son mas que uno.» Los que sostienen que ese versículo es verdaderamente de San Juan se ven más apurados que los que lo niegan, porque necesitan explicarlo.

San Agustín dice que el viento significa el Padre, el agua el Espíritu Santo y la sangre el Verbo. San Ireneo va mucho más allá; dice que Rahab, la prostituta de Jericó, cuando escondió en su casa a tres espías del pueblo de Dios, escondió al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo; esto es sorprendente, pero no es muy limpio. Por otra parte, el grande, el sabio Orígenes, nos confunde de otro modo. Dice en uno de sus pasajes: «El Hijo está tan por debajo del Padre, como él y el Espíritu Santo están por encima de las más nobles criaturas.»

Después de todas estas citas, ¿cómo no hemos de convenir, aunque con gran sentimiento, en que nadie se entendía? ¿Cómo no confesar que desde los primitivos cristianos ebionitas que tanto se mortificaron, que tanto reverenciaron a Jesús, aunque creían que era hijo de José, hasta la gran controversia de Atanasio, el platonismo de la Trinidad fue siempre motivo de incesantes cuestiones? Era indispensable que las decidiera un juez supremo, que lo encontraron por fin en el Concilio de Nicea, y esto no obstante, ese concilio produjo todavía nuevas facciones y nuevas guerras.

 

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