TRANSUBSTANCIACIÓN
Los filósofos protestantes consideran la transubstanciación como el colmo de la impudencia de los frailes y de la imbecilidad de los laicos. No tienen ningún miramiento respecto
a esta creencia, que llaman monstruosa, y no creen que haya un solo
hombre de buen sentido que, después de haberla estudiado, la adopte
seriamente. Esta creencia es tan absurda en su opinión, tan opuesta a
todas las leyes de la física y tan contradictoria, que el mismo Dios no
podría verificar esta operación, porque, efectivamente, es anular a Dios
suponer que hace cosas contradictorias. No sólo creen que hay un dios en
el pan, sino un dios en el sitio del pan: cien mil migas de pan
convertidas en un instante en otros tantos dioses, y que esta multitud
de dioses no forma mas que un solo dios; creen que hay blancura sin
haber un cuerpo blanco; redondez sin haber un cuerpo redondo; que el
vino se convierte en sangre, y que sin embargo, tiene gusto de vino; que
el pan se convierte en carne y en fibras, y que sin embargo tiene gusto
de pan; todo esto inspira tanto desprecio a los enemigos de la religión
católica, apostólica y romana, que algunas veces su desprecio se
convierte en furor.
Este furor aumenta en ellos cuando les cuentan que se
ven todos los días en los países católicos sacerdotes y frailes que,
saliendo de un lecho incestuoso y sin lavarse las manos manchadas de
impurezas, van a hacer dioses por centenares y se comen y se beben a su
dios. Cuando los protestantes
reflexionan que esta superstición, cien veces más absurda y más sacrílega que todas las de los egipcios, valió
a un sacerdote italiano de quince a veinte millones de renta y la dominación de un país de cien millas de extensión, quisieran todos los protestantes presentarse armados y expulsar
a este sacerdote que se apoderó del palacio de los Césares. No sé si haré ese viaje, porque soy partidario de la paz, pero cuando los protestantes se establezcan en Roma, indudablemente iré
a visitarles.
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