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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

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TOLERANCIA

Tolerancia - Diccionario Filosófico de VoltaireRecorriendo la Historia encontré casos tan horribles de fanatismo, desde la división de los partidarios de Atanasio y de Arrio hasta el asesinato de Enrique el Grande; encontré tantas calamidades públicas y particulares que causó el odio de partido y la rabia del entusiasmo, desde la tiranía del jesuita Le Tellier hasta la demencia de los convulsionarios y de las cédulas de confesión, que con frecuencia me pregunto a mí mismo: «¿La tolerancia producirá un mal tan grande como la intolerancia? ¿La libertad de conciencia será una calamidad tan bárbara como las hogueras de la Inquisición?»

Siento tener que hablar de los judíos, porque esta nación es, bajo muchos aspectos, la más detestable que ha pisado el mundo; pero a pesar de esto, la secta de los saduceos fue muy buena y muy apacible, aunque no creyó en la inmortalidad del alma, como creían en ella los fariseos. En Grecia nunca persiguieron a los sectarios de Epicuro. En cuanto a la muerte injusta de Sócrates, no he podido nunca encontrar más motivo que el odio que le tenían los pedantes. Confiesa él mismo que pasó la vida demostrándoles que eran gentes absurdas; ofendió su amor propio, y se vengaron de él haciéndole beber la cicuta. Los atenienses le pidieron perdón después de haberle envenenado y le erigieron una capilla. Éste es un hecho único en la Historia, que no tiene ninguna relación con la intolerancia.

Cuando los romanos fueron dueños de la parte más hermosa del mundo, sabemos que toleraron todas las religiones, aunque no las admiraron, y está demostrado que merced a su tolerancia pudo establecerse el cristianismo, y que los primitivos cristianos casi todos eran judíos. Éstos tenían, como en la actualidad, sinagogas en Roma y en la mayor parte de las ciudades comerciales, y los cristianos se aprovecharon de la libertad que disfrutaban los judíos.

No voy a estudiar en este artículo las causas de la persecución que al poco tiempo sufrieron los cristianos, porque ya las he detallado en otra parte; basta con recordar ahora que si entre tantas religiones los romanos hubieran querido proscribir una sola, no la hubieran perseguido, y que como la Iglesia quiso exterminar todas las demás religiones, se atrajo la persecución del Imperio, y la sangre corrió mucho tiempo merced a las discusiones teológicas; únicamente la tolerancia pudo restallar esa sangre.

II

¿Qué es la tolerancia? Es la panacea de la humanidad. Todos los hombres estamos llenos de debilidad y de errores, y debemos perdonarnos recíprocamente, que ésta es la primera ley de la Naturaleza.

Procuremos que comercien juntos en la bolsa de Amsterdam, de Londres o de Basora el guebro, el baniano, el judío, el turco, el chino, el cristiano griego, el cristiano romano, el cristiano protestante y el cristiano quákero, que de ese modo no se clavarán el puñal unos a otros por atraer prosélitos a su religión. ¿Por qué sino por esto nos hemos degollado unos a otros casi sin interrupción desde el primer Concilio de Nicea?

Constantino, que empezó por publicar un edicto que permitía todas las religiones, acabó por perseguirlas. Antes de su época sólo se sublevaron contra los cristianos porque empezaron a formar un partido en el Estado.

Los romanos permitían todos los cultos, hasta el de los judíos y el de los egipcios, a los que tanto despreciaban. ¿Por qué Roma toleraba esos cultos? Porque ni los egipcios ni los judíos pensaron en exterminar la antigua religión del Imperio, y por lo tanto, no recorrían la tierra y los mares haciendo prosélitos; sólo pensaron en ganar dinero; pero está fuera de toda duda que los cristianos trabajaban para que su religión fuera la única. Los judíos no querían que la estatua de Júpiter estuviera en Jerusalén; pero los cristianos no querían que estuviese en el Capitolio. Santo Tomás tiene la buena fe de confesar que los cristianos no destronaron a los emperadores porque no pudieron. Se empeñaron en que toda la tierra debía ser cristiana; fueron, pues, necesariamente enemigos de toda la tierra, hasta que ésta se convirtió al cristianismo.

Los cristianos eran enemigos unos de otros en todos los puntos de su controversia: los que consideraban que Jesucristo era Dios anatematizaron a los que lo negaban, y éstos anatematizaron a los adoradores de Jesús. Unos querían que todos los bienes fueran comunes, como suponen que lo eran en la época de los apóstoles, y sus adversarios les llamaron nicolaitas y les acusaban de los delitos más infames. Otros se inclinaban a la devoción mística, y les llamaron gnósticos, y los combatieron con furor. Marción disputó sobre la Trinidad, y le tuvieron por idólatra. Tertuliano, Praxeas, Orígenes, Novacio, Sabelio y Donato, se vieron perseguidos por los cristianos sus hermanos antes de la época de Constantino, y en cuanto, bajo el gobierno de este emperador, dominó la religión cristiana, se combatieron con furor los partidarios de Atanasio y los de Eusebio, y desde entonces a nuestros días la Iglesia cristiana se inundó de sangre.

Confieso que el pueblo judío era un pueblo bárbaro, que degolló sin compasión a todos los habitantes de un pequeño país sobre el que no tenía ningún derecho, y esto no obstante, cuando Nahamán se curó la lepra sumergiéndose siete veces en el Jordán, cuando para manifestar su gratitud a Elíseo, que le había enseñado el secreto de curarse la lepra, le dice que adorará al Dios de los judíos por gratitud, reservándose la libertad de adorar también al Dios de su rey; para esto le pide permiso a Elíseo, y el profeta no vaciló en acceder a su deseo. Los judíos adoraban su Dios, pero no les extrañaba que cada pueblo adorara al suyo. Les parecía bien que Camos concediera cierto distrito a los moabitas, con tal que su Dios les concediera uno a ellos. Jacob no titubeó en casarse con las hijas de un idólatra: Labán tenía su Dios, y Jacobo el suyo. He aquí varios ejemplos de tolerancia en el pueblo más intolerante y cruel de toda la antigüedad; nosotros le hemos imitado en sus furores absurdos, pero no en su indulgencia.

Es indudable que todo particular que persigue a un hombre, que es su hermano, porque éste profesa distinta opinión, es un monstruo; pero el gobierno, los magistrados y los príncipes, ¿cómo deben tratar a los que profesan diferente culto que ellos? Si son extranjeros poderosos, el príncipe se aliará con ellos. Francisco I, rey cristianísimo, pactará alianza con los musulmanes para pelear contra el católico Carlos V. Francisco I dará dinero a los luteranos de Alemania para dar pábulo a la rebelión que promovieron contra el referido emperador, pero en cambio quemará en la hoguera a los luteranos que hay en su reino. Como medida política, les paga en Sajonia y los quema en París. Pero ¿qué sucederá después? Como las persecuciones hacen prosélitos; Francia se llenará muy pronto de nuevos protestantes, que al principio, cuando sean pocos, se dejarán ahorcar, pero que luego, cuando sean muchos, serán ellos los que ahorquen. Habrá guerras civiles que traerán la noche de Saint-Barthelemy, y se convertirá ese pedazo de mundo en algo peor que los escritores antiguos y modernos han dicho nunca del infierno.

 

 

Los cristianos no supieron rendir nunca el culto puro al Dios que los creó, ni seguir el ejemplo de los hombres letrados de la China, de los parsis y de los sabios del mundo, siendo víctimas de las supersticiones. Os he dicho en otra parte, y vuelvo a repetiros, que si tenéis dos religiones en vuestros reinos se cortarán la garganta una a otra; pero si tenéis treinta, vivirán juntas y en buena armonía. Ved lo que sucede al Gran Turco: gobierna a los guebros, a los banianos, a los cristianos griegos y a los romanos. En cuanto uno de ellos excita un tumulto, lo empala; de ese modo todo el mundo vive tranquilo.

III

Indudablemente, de todas las religiones, la cristiana debía ser la más tolerante, aunque hasta hoy los que han profesado esa religión superaron en intolerancia a los demás hombres.

Como Jesús se dignó nacer en estado humilde y en la pobreza, como sus hermanos, no se dignó nunca practicar el arte de escribir. Los judíos tenían su ley escrita detalladamente, pero nosotros no hemos tenido ni una sola línea escrita por la mano de Jesús. Los apóstoles opinaban de distinto modo sobre varios puntos. San Pedro y San Bernabé comían la carne prohibida con los nuevos cristianos, que eran extranjeros, y se abstenían de comerla con los cristianos que eran judíos. San Pablo, que les afeaba esa conducta; San Pablo, que era fariseo, pero que antes de serlo persiguió con furor a los cristianos, hasta que se convirtió al cristianismo, hizo sin embargo sacrificios en el templo de Jerusalén durante la época de su apostolado. El más notable de los apóstoles cristianos estuvo practicando durante ocho días actos por los que sentencian a la hoguera a los que los cometen en la mayoría de los pueblos cristianos.

Teudas y Judas se proclamaron Mesías antes del nacimiento de Jesús. Dositeo, Simón y Menandro se proclamaron Mesías después que murió Jesucristo. Existieron desde el primer siglo de la Iglesia, y desde antes que se conociera la calificación de cristianos, unas veinte sectas en la Judea. Los gnósticos contemplativos, los doliteos, los cerintianos, existieron antes que los discípulos de Jesús se llamaran cristianos. En poco tiempo se confeccionaron treinta Evangelios, cada uno de los cuales pertenecía a diferente sociedad, y desde los últimos años del siglo I puede computarse que existían treinta sectas de cristianos en el Asia Menor, en la Siria, en Alejandría y en Roma.

Todas estas sectas, de las que no hacía caso el gobierno romano y que permanecían ocultas, se perseguían, sin embargo, unas a otras en los subterráneos donde se reunían, injuriándose mutuamente; que es todo lo que podían hacer en el estado de abyección en que se encontraban, pues casi todas ellas se componían de la hez del pueblo.

Cuando algunos cristianos abrazaron los dogmas de Platón, introduciendo en su religión la filosofía, separándose de la religión judía, fueron adquiriendo insensiblemente mayor consideración; pero siguieron divididos en muchas sectas, sin que en ninguna época la Iglesia cristiana pudiera sintetizarse en una opinión unánime. Nació entre las divisiones de los judíos, de los fariseos, de los samaritanos, de los saduceos, de los esenios, de los judaítas, de los discípulos de Juan y de los terapeutas; vivió dividida desde su cuna, estándolo también durante las persecuciones que experimentó algunas veces durante el Imperio de los primeros emperadores. Esta horrible discordia en que vivió durante muchos siglos es una lección que debemos tener muy presente para perdonarnos mutuamente nuestros errores, porque nos prueba que la discordia fue la gran calamidad que sufrió el género humano y que la tolerancia es su único remedio.

No hay nadie que no convenga en esta verdad, si se dedica a aprender las enseñanzas que se desprenden de la Historia; ¿por qué, pues, los mismos hombres que en el secreto de su gabinete se deciden por la tolerancia, por la beneficencia y por la justicia truenan en público contra esas tres virtudes? Porque el propio interés es su único dios y todo lo sacrifican a ese monstruo que adoran.

«Poseo una divinidad y un poder que he fundado en la ignorancia y en la credulidad humana; por donde yo camino los hombres me abren paso y se arrodillan a mis pies; si se levantan y me miran cara a cara, estoy perdido; es preciso, pues, que permanezcan arrodillados y sumisos, arrastrando cadenas de hierro.» De este modo pensaban los hombres que los siglos fanáticos hicieron poderosos; temían a otros hombres más poderosos que ellos, y éstos a otros superiores todavía, y todos se enriquecían con los despojos de los humildes, riéndose de la imbecilidad de los pobres. Detestaban la tolerancia, como los que se enriquecen a expensas del público temen rendir cuentas y como los tiranos se asustan de la libertad. Para colmo de oprobio, mantenían a una infinidad de fanáticos, que repetían incesantemente a los pobres supeditados: «Respetad los absurdos de mi señor, temedle; pagadle y callaos.»

De este modo vivieron durante mucho tiempo en una gran parte del mundo; pero hoy que tantas sectas se equilibran en poder, ¿qué partido hemos de tomar con ellas? Como ya sabemos, toda secta es un título de error, y no hay secta de geómetras, de algebristas y de aritméticos, porque son verdaderas todas las proposiciones de geometría, de álgebra y de aritmética. En todas las demás ciencias podemos equivocarnos. ¿Qué teólogo tomista o scotista se atreverá a jurar que está seguro de lo que sostiene?

Si hay alguna secta que recuerde los tiempos de los primitivos cristianos, es indudablemente la de los quákeros, que copian muy bien a los apóstoles. Los apóstoles recibían el espíritu; los quákeros también. Los apóstoles y los discípulos hablaban tres o cuatro al mismo tiempo en sus asambleas; los quákeros hacen lo mismo. Se permitía, según dice San Pablo, que las mujeres tuvieran permiso para predicar; las quakeresas predican también en virtud de ese permiso. Los apóstoles y los discípulos juraban diciendo sí o no; los quákeros no juran de otra manera. No conocieron dignidad alguna ni adorno diferente los discípulos y los apóstoles; los quákeros tampoco. Jesucristo no bautizó a ninguno de los apóstoles; los quákeros tampoco reciben el bautismo.

Sería fácil extender más este paralelo, y más fácil todavía probar que la religión cristiana de hoy difiere en gran manera de la religión que Jesucristo practicó. Jesús era judío, y nosotros no lo somos. Jesús se abstenía de comer carne de cerdo, porque es un animal inmundo, y de comer conejo, porque rumia y no tiene el pie hendido; nosotros comemos carne de cerdo, porque para nosotros no es inmundo, y conejo, porque tiene el pie hendido y no rumia.

Jesús estaba circuncidado, y nosotros conservamos el prepucio. Jesús comía el cordero Pascual con lechugas y celebraba la fiesta de los tabernáculos; nosotros no hacemos nada de eso. Descansaba el sábado, y nosotros hemos cambiado ese día; sacrificaba, y nosotros no hacemos sacrificios.

Jesús ocultó siempre el misterio de su encarnación y de su suprema dignidad; no dijo nunca que era igual a Dios, San Pablo dice terminantemente en su epístola a los hebreos que Dios creó a Jesús inferior a los ángeles; y a pesar de estas palabras de San Pablo, el Concilio de Nicea reconoció que Jesús era Dios.

Jesús no dio a los papas la Marca de Ancona ni el ducado de Spoletto, y sin embargo, los papas los poseen por derecho divino. Jesús no instituyó como sacramento el matrimonio ni el diaconado, y para nosotros son sacramentos el diaconado y el matrimonio.

Si estudiamos esta materia, nos convenceremos de que la religión católica, apostólica y romana, en todas sus ceremonias y en todos sus dogmas, es opuesta a la religión de Jesús. Pero ¿acaso debemos judaizar, porque Jesús judaizó toda su vida? Si nos fuera lícito razonar lógicamente en materia de religión, es indudable que todos debiéramos ser judíos, porque Jesucristo Nuestro Salvador nació judío, vivió judío y murió judío, y dijo expresamente que él cumplía y realizaba la religión judía. Pero también es indudable que debiéramos tolerarnos mutuamente unos a otros, porque somos débiles, inconsecuentes, volubles y víctimas de los errores; la caña que el viento acostó en el fango, ¿le ha de decir a la caña inmediata: «Arrástrate como yo, miserable, o presentaré un memorial para que te arranquen o para que te quemen»?

 

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