TEÓLOGO
El
teólogo sabe perfectamente que, siguiendo la doctrina de Santo Tomás,
los ángeles son corporales; que el alma recibe su ser en el cuerpo; que
el hombre tiene alma vegetativa, sensitiva e intelectual; que el alma
está toda en todo y toda en cada parte; que es la causa eficiente y
formal del cuerpo; que es la última en la nobleza de las formas; que el
apetito es una potencia pasiva; que los arcángeles son seres intermedios
entre los ángeles y los principados; que el bautismo regenera por sí
mismo y por accidente; que el catecismo no es sacramento, sino
sacramental; que la certidumbre nace de la causa y del motivo; que la
concupiscencia es el apetito de la delectación sensitiva; que la
conciencia es un acto y no un poder.
El «ángel de la escuela» escribió cerca de cuatro mil
hermosas páginas por este estilo. El joven tonsurado pasa tres años
enteros en meterse en el cerebro esos conocimientos sublimes, y después
recibe el birrete de doctor en la Sorbona y no en una casa de locos. Si
es hombre que tiene condiciones, o hijo de padre rico, o un intrigante
con buena sombra, llega a ser obispo, arzobispo, cardenal y Papa. Si es
pobre y sin crédito, no pasa de ser un teólogo de esos jefes de la
Iglesia, es el que argumenta por ellos, el que lee y vuelve a leer a
Santo Tomás y a Scoto para que se luzcan ellos, es el que les extiende
los mandamientos y el que por ellos decide en el Concilio.
El título de teólogo es tan honorífico, que los
padres del Concilio de Trento se lo concedieron a sus cocineros,
cuoco celeste, gran teólogo. Su ciencia es la primera de las
ciencias, su condición la primera de las condiciones. ¡Tanto imperio
tiene la verdadera doctrina!
Cuando el teólogo se convierte por el mérito de sus
argumentos en príncipe del Santo Imperio, en arzobispo de Toledo o en
uno de los setenta príncipes que visten de rojo y son los sucesores de
los humildes apóstoles, entonces viven a sus expensas los sucesores de
Galeno y de Hipócrates. Aquéllos y éstos eran iguales cuando estudiaban
en la misma universidad, cuando pasaban por los mismos exámenes y
grados, cuando recibían el mismo birrete forrado; pero la suerte lo
cambia todo, y los que han descubierto la circulación de la sangre, las
venas lácteas y el canal torácico son los criados de los que aprendieron
en la universidad la gracia concomitante y luego la olvidaron.
II
Conocí un verdadero teólogo. Poseía las lenguas
orientales, y había adquirido todas las nociones que se pueden tener de
los ritos antiguos. Para él, eran tan familiares los brahmanes, los
caldeos, los sirios y los egipcios como los judíos; sabía de memoria la
Biblia; durante treinta años estuvo intentando poner acordes
los Evangelios y las opiniones de los Santos Padres. Trató de averiguar
la fecha precisa en que se redactó el símbolo que se atribuye a los
apóstoles y el que se atribuye a Atanasio, el orden con que se fueron
constituyendo los sacramentos, uno tras otro; trató de averiguar la
diferencia que hay entre la
synaxa (1) y la misa, el por qué la Iglesia cristiana desde su
nacimiento se dividió en varios partidos, y cómo la sociedad religiosa
dominante trató a las otras sociedades de heréticas. Sondeó las
profundidades de la política, que se inmiscuyó siempre en las
controversias religiosas, y supo distinguir entre la política y la
sabiduría, entre el orgullo, que sólo trata de subyugar a los demás, y
entre el deseo de ilustrarse cada cual a sí mismo; en una palabra,
distinguió entre el celo y el fanatismo.
La dificultad de coordinar en su cerebro tantas ideas
que por su naturaleza son confusas, y de ver claro entre tantas nubes,
le desanimó algunas veces; pero como consideraba sus inquisiciones como
un deber de su estado, se dedicó a inquirir, a pesar de sus
contratiempos, y llegó a adquirir conocimientos que no alcanza casi
ninguno de sus colegas. Cuanto más sabio, era más desconfiado de lo que
sabía. Durante su vida fue indulgente, y cuando murió, confesó que había
consumido inútilmente la vida.
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(1) Synaxa: congregación de los primeros
cristianos para celebrar la cena.
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