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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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TEÓLOGO

Teólogo - Diccionario Filosófico de VoltaireEl teólogo sabe perfectamente que, siguiendo la doctrina de Santo Tomás, los ángeles son corporales; que el alma recibe su ser en el cuerpo; que el hombre tiene alma vegetativa, sensitiva e intelectual; que el alma está toda en todo y toda en cada parte; que es la causa eficiente y formal del cuerpo; que es la última en la nobleza de las formas; que el apetito es una potencia pasiva; que los arcángeles son seres intermedios entre los ángeles y los principados; que el bautismo regenera por sí mismo y por accidente; que el catecismo no es sacramento, sino sacramental; que la certidumbre nace de la causa y del motivo; que la concupiscencia es el apetito de la delectación sensitiva; que la conciencia es un acto y no un poder.

El «ángel de la escuela» escribió cerca de cuatro mil hermosas páginas por este estilo. El joven tonsurado pasa tres años enteros en meterse en el cerebro esos conocimientos sublimes, y después recibe el birrete de doctor en la Sorbona y no en una casa de locos. Si es hombre que tiene condiciones, o hijo de padre rico, o un intrigante con buena sombra, llega a ser obispo, arzobispo, cardenal y Papa. Si es pobre y sin crédito, no pasa de ser un teólogo de esos jefes de la Iglesia, es el que argumenta por ellos, el que lee y vuelve a leer a Santo Tomás y a Scoto para que se luzcan ellos, es el que les extiende los mandamientos y el que por ellos decide en el Concilio.

El título de teólogo es tan honorífico, que los padres del Concilio de Trento se lo concedieron a sus cocineros, cuoco celeste, gran teólogo. Su ciencia es la primera de las ciencias, su condición la primera de las condiciones. ¡Tanto imperio tiene la verdadera doctrina!

Cuando el teólogo se convierte por el mérito de sus argumentos en príncipe del Santo Imperio, en arzobispo de Toledo o en uno de los setenta príncipes que visten de rojo y son los sucesores de los humildes apóstoles, entonces viven a sus expensas los sucesores de Galeno y de Hipócrates. Aquéllos y éstos eran iguales cuando estudiaban en la misma universidad, cuando pasaban por los mismos exámenes y grados, cuando recibían el mismo birrete forrado; pero la suerte lo cambia todo, y los que han descubierto la circulación de la sangre, las venas lácteas y el canal torácico son los criados de los que aprendieron en la universidad la gracia concomitante y luego la olvidaron.

II

Conocí un verdadero teólogo. Poseía las lenguas orientales, y había adquirido todas las nociones que se pueden tener de los ritos antiguos. Para él, eran tan familiares los brahmanes, los caldeos, los sirios y los egipcios como los judíos; sabía de memoria la Biblia; durante treinta años estuvo intentando poner acordes los Evangelios y las opiniones de los Santos Padres. Trató de averiguar la fecha precisa en que se redactó el símbolo que se atribuye a los apóstoles y el que se atribuye a Atanasio, el orden con que se fueron constituyendo los sacramentos, uno tras otro; trató de averiguar la diferencia que hay entre la synaxa (1) y la misa, el por qué la Iglesia cristiana desde su nacimiento se dividió en varios partidos, y cómo la sociedad religiosa dominante trató a las otras sociedades de heréticas. Sondeó las profundidades de la política, que se inmiscuyó siempre en las controversias religiosas, y supo distinguir entre la política y la sabiduría, entre el orgullo, que sólo trata de subyugar a los demás, y entre el deseo de ilustrarse cada cual a sí mismo; en una palabra, distinguió entre el celo y el fanatismo.

La dificultad de coordinar en su cerebro tantas ideas que por su naturaleza son confusas, y de ver claro entre tantas nubes, le desanimó algunas veces; pero como consideraba sus inquisiciones como un deber de su estado, se dedicó a inquirir, a pesar de sus contratiempos, y llegó a adquirir conocimientos que no alcanza casi ninguno de sus colegas. Cuanto más sabio, era más desconfiado de lo que sabía. Durante su vida fue indulgente, y cuando murió, confesó que había consumido inútilmente la vida.

__________

(1) Synaxa: congregación de los primeros cristianos para celebrar la cena.

 

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