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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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TEOCRACIA

Gobierno de Dios o de los dioses

Teocracia - Diccionario Filosófico de VoltaireFácil es que esté yo equivocado, como lo están la mayoría de los hombres, pero creo que los pueblos que cultivaron las artes se sometieron todos a la teocracia. Exceptúo siempre a los chinos, que aparecieron sabios desde que constituyeron una nación, porque carecieron siempre de supersticiones en cuanto la China fue un reino. Es una lástima que empezando de ese modo se hayan estacionado desde hace muchísimo tiempo en todas las ciencias. Parece que hayan recibido de la Naturaleza gran cantidad de buen sentido y cantidad muy insignificante de industria, pero en cambio ésta se desarrolló primero que la nuestra.

Los japoneses, sus vecinos, cuyo origen casi nos es desconocido, fueron indudablemente gobernados por la teocracia. Los primeros soberanos que les conocemos fueron los dairis, los grandes sacerdotes de sus dioses; esta teocracia está comprobada. Esos sacerdotes reinaron despóticamente cerca de mil ochocientos años. A mediados del siglo XII, un capitán, un imperator, dividió con ellos la autoridad, y en el siglo XVI los capitanes la absorbieron por completo y la han conservado hasta nuestros días. Los dairis se quedaron siendo jefes de la religión: ayer fueron reyes, hoy son santos; dirigen las fiestas y confieren los títulos sagrados.

Los brahmanes en la India constituyeron durante mucho tiempo el poder teocrático, o lo que es lo mismo, alcanzaron el poder soberano en nombre de Brahma, hijo de Dios; y en el abatimiento en que se encuentran hoy, creen tener todavía ese carácter indeleble. He aquí las dos grandes teocracias más comprobadas.

Los sacerdotes de Caldea, de Persia, de Siria, de Fenicia y de Egipto eran tan poderosos, tenían tanta participación en el gobierno, conseguían que el incensario sobrepujara tanto al cetro, que puede asegurarse que el imperio de todos esos pueblos se lo repartían la teocracia y la monarquía.

El gobierno de Numa Pompilio fue visiblemente teocrático. Cuando un rey dice: «Os traigo estas leyes de parte de los dioses y un dios es el que os habla», entonces dios es el rey, y el que habla por boca de éste no es mas que su representante.

En el país de los celtas, que sólo tenían jefes elegibles, pero no reyes, los druidas y los hechiceros lo gobernaban todo; pero no me atrevo a llamar teocracia a la anarquía de aquellos salvajes.

La pequeña nación judía sólo merece que la consideremos políticamente por la prodigiosa revolución que sucedió en el mundo, de la que ella fue la causa. Examinemos únicamente la historia de ese pueblo extraño. Tuvo un conductor que debió guiarle en nombre de Dios a la Fenicia, que ellos llaman Canaán. El camino era recto seguido desde Gosen hasta Tiro, y no ofrecía ningún peligro a los seiscientos treinta mil combatientes, que llevaban al frente a un general como Moisés, que, según dice Flavio Josefo, había vencido ya a un ejército de etíopes y a un ejército de serpientes (1).

En vez de tomar Moisés ese camino, que era corto y bueno, les condujo desde Ramessés a Baal Sefón, que es el camino opuesto, que está en medio de Egipto, yendo en derechura hacia el Sur. Pasa el mar, y camina durante cuarenta años por soledades horribles, en las que no se encuentra ni una fuente, ni un árbol, ni un campo cultivado, en las que no hay mas que arena y peñascos. Es evidente que sólo Dios por un milagro podía hacer que los judíos tomaran ese camino y sostenerlos en su largo viaje por medio de milagros continuos. El gobierno judío fue entonces una verdadera teocracia, a pesar de que Moisés no era pontífice y de que Aarón, que lo era, no fue jefe ni legislador.

Desde entonces ya no reinó allí ningún pontífice; Josué, Jefté, Sansón y los demás jefes del pueblo, excepto Elías y Samuel, no fueron sacerdotes. La república judía, reducida con frecuencia a la esclavitud, fue más anárquica que teocrática.

En la época de los reyes de Judá y de Israel, aquel país pasó por una larga serie de asesinatos y de guerras civiles; sólo interrumpieron sus calamidades la extinción completa de diez de sus tribus, la esclavitud de las dos restantes y la ruina de la ciudad, que se verificó enseñoreándose de ella el hambre y la peste. No puede decirse que hubo en ella un gobierno divino.

Cuando los esclavos judíos regresaron a Jerusalén, quedaron sometidos al rey de Persia, al conquistador Alejandro y a sus sucesores. Es de creer que entonces Dios no reinaba inmediatamente sobre dicho pueblo; poco tiempo después de la invasión de Alejandro, el pontífice Juan asesinó a su hermano el sacerdote Jesús en el templo de Jerusalén, como Salomón había asesinado a su hermano Adonías en el altar.

La administración era todavía menos teocrática cuando Antíoco Epifanio, rey de Siria, se valió de muchísimos judíos para castigar a los que consideraba rebeldes, y prohibió que circuncidaran a sus hijos bajo pena de muerte; hizo que sacrificaran cerdos en su templo, que quemaran las puertas y que destruyeran el altar. Matías peleó contra él al frente de algunos ciudadanos, pero no llegó a ser rey. Su hijo Judas Macabeo, que creía que era el Mesías, murió después de hacer esfuerzos gloriosos.

A guerras tan sangrientas sucedieron las guerras civiles. Los jerosolimitanos destruyeron a Samaria, que al poco tiempo reedificaron los romanos, poniéndole el nombre de Sebasta. En medio de aquel caos de revoluciones, Aristóbulo, que pertenecía a la raza de los Macabeos, que era hijo de un gran sacerdote, se proclamó rey quinientos años después de la ruina de Jerusalén. Hizo señalado su reinado imitando a algunos sultanes turcos, degollando a su hermano y matando a su madre. Le imitaron sus sucesores, hasta que llegó la hora de que los romanos castigaran a todos aquellos bárbaros. Nada de todo esto es teocrático.

Si hay algo que de la idea de lo que es la teocracia, debemos convenir en que ese algo es el pontificado de Roma, que se ejerce en nombre de Dios, y cuyos vasallos viven en paz. Desde hace mucho tiempo el Tibet goza de estas mismas ventajas bajo el imperio del Gran Lama; pero eso es el error grosero que quiere copiar a la verdad sublime. Los primeros Incas, que creían descender del sol en línea recta, establecieron una teocracia, y todo se hacía allí en nombre del sol. La teocracia debía conocerse en todas partes, porque todos los hombres, desde el príncipe hasta el titiritero, debían obedecer las leyes naturales y eternas que Dios les dictó.

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(1) Flavio Josefo, lib.II cap. V.

 

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