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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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SECTA

Secta - Diccionario Filosófico de VoltaireToda secta, de cualquier clase que sea, es la reunión de los individuos derrotados por la duda y por el error. Escotistas, tomistas, papistas, calvinistas, molinistas, jansenistas, no son mas que nombres de guerra. No hay ninguna secta en geometría; cuando la verdad es evidente, es imposible que de ella nazcan partidos ni facciones. Nadie contradecirá nunca que al mediodía brilla el sol. En cuanto se reconoce la parte de la astronomía que determina el curso de los astros y la llegada de los eclipses, ya no disputan sobre esto los astrónomos.

Nadie dice en Inglaterra yo soy newtoniano, yo soy lockista, yo soy halleyista, porque todo el que ha leído no puede negar las verdades que enseñaron esos tres grandes hombres.

Lo mismo sucede con el pequeño número de verdades de hecho que están demostradas. Las actas de la torre de Londres fueron auténticamente recogidas por Rymer, y no hay allí rymeristas, porque nadie se atreve a combatir esa colección. No se encuentran en ella contradicciones, absurdos ni prodigios, nada que la razón pueda rechazar, y, por consecuencia, nada que los sectarios puedan esforzarse en sostener o en derribar con argumentaciones absurdas, y todo el mundo conviene en que las Actas de Rymer son dignas de crédito.

Si vos sois mahometano, hay otros muchos hombres que no lo son; luego bien podéis estar equivocado. ¿Qué religión sería la verdadera si no existiera el cristianismo? La que no tuviera sectas, aquélla en que todos los hombres estuvieran acordes. ¿En qué dogmas lo están? En el de la adoración de un Dios único y en el de la probidad. Todos los filósofos del mundo que abrazaron una religión dijeron en todos los tiempos: «No hay mas que un Dios, y es preciso que seamos justos.» He aquí, pues, la religión universal, establecida en todos los tiempos y entre todos los hombres. El punto en que todos están acordes es, pues, el verdadero, y los sistemas que los diferencian son todos falsos.

«Mi secta es la mejor», me dijo un brahmán. «Amigo mío —le contesté—, si tu secta es buena, debe ser necesaria, y si no fuera absolutamente necesaria, tendrás que confesarme que es inútil; si es absolutamente necesaria, deben afiliarse a ella todos los hombres, porque ¿cómo puede suceder que no tengan todo lo que les es absolutamente necesario? ¿Cómo es que el resto del mundo se ríe de ti y de Brahma?»

Cuando Zoroastro, Hermes, Orfeo, Minos y todos los grandes hombres dicen: «Adoremos a Dios y seamos justos», nadie se ríe; pero todo el mundo silba a todo aquél que sostiene que sólo se puede complacer a Dios teniendo a la hora de morir una cola de vaca, al que pregona que es preciso cortarse un pedazo de prepucio, al que rinde culto a los cocodrilos y a las cebollas, o al que cree que no puede salvarse si no compra en Roma una indulgencia plenaria.

¿De dónde nace ese concurso universal de risas y de silbidos que se oyen de todas las partes del universo? Es indudable que todas las cosas que excitan la burla del mundo no son verdades evidentes. ¿Qué puede contestarse al secretario de Seján, que dedicó a Petronio un libro escrito en estilo ampuloso, titulado: La verdad de los oráculos sibilíticos probada por los hechos?

Dicho secretario trata de probar que era necesario que Dios enviara al mundo muchas sibilas, unas detrás de otras, porque no tenía otros medios de instruir a los hombres. Está demostrado que Dios hablaba a las sibilas, porque la palabra «sibila» significa «consejo de Dios». Fueron doce, cuyo número es sagrado; predijeron todos los acontecimientos del mundo. «¿Qué incrédulo —añade el secretario— se atreverá a negar hechos tan evidentes? ¿Quién podrá negar que se realizaron sus profecías? Si no tenemos los primitivos ejemplares de los libros sibilíticos, escritos en los tiempos en que no sabíamos leer ni escribir, ¿no tenemos copias auténticas de ellos? La impiedad debe enmudecer ante estas pruebas.» De este modo hablaba Houttevillas a Seján, esperando desempeñar el destino de augur, que le hubiera valido cincuenta mil libras de renta, destino que no consiguió.

«Lo que mi secta enseña es oscuro, lo confieso —decía, un fanático—; por eso debe creerse, ya que la misma virtud está llena de oscuridades. Mi secta es extravagante, luego es divina; porque ¿cómo la hubieran adoptado muchos pueblos si ella no tuviera algo divino? Le sucede lo mismo que al Corán, del que los sonnistas dicen que tiene una cara de ángel y otra cara de bestia. Pues bien; no hagáis caso del hocico del animal y reverenciad el rostro del ángel.» De este modo hablaba un insensato, pero otro fanático de otra secta contestó al primer fanático: «Tú eres la bestia y yo soy el ángel.»

¿Quién debe decidir esa cuestión entablada entre dos energúmenos? El hombre razonable e imparcial, que vive sin preocupaciones y que es amante de la verdad y de la justicia: el hombre que no es bestia y no se cree ser ángel.

II

 «Secta» y «error» son sinónimos. Tú eres peripatético y yo soy platónico, y los dos estamos en un error; tú contradices a Platón porque te sublevan sus desvaríos, y yo no quiero creer a Aristóteles porque me parece que no sabe lo que se dice. Si uno u otro hubieran demostrado la verdad, no existirían nuestras dos sectas. Declararse en favor de la opinión de un hombre que es contraria a la opinión de otro hombre, es afiliarse a un partido, como en una guerra civil. No hay sectas en matemáticas ni en física experimental. El geómetra que examina la relación que hay entre el cono y la esfera no pertenece a la secta de Arquímedes; el que prueba que el cuadrado de la hipotenusa de un triángulo rectángulo es igual al cuadrado de los otros dos lados no pertenece a la secta de Pitágoras. Cuando decís que la sangre circula, que el aire pesa, que los rayos del sol son haces de siete rayos refractables, no pertenecéis a la secta de Harvey, ni a la de Torricelli, ni a la de Newton; os convencéis de las verdades que demostraron, y el universo entero tendrá la misma opinión. Éste es el carácter de la verdad para todos los tiempos y para todos los hombres; en cuanto aparece la reconocemos.

 

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