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Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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RELIQUIAS

Reliquias - Diccionario Filosófico de VoltaireLlámanse reliquias los restos o las partes que quedan del cuerpo o de los ropajes de las personas que después que mueren incluye la Iglesia en la categoría de bienaventurados.

Jesús condenó la hipocresía de los judíos, cuando les dijo (1): «¡Caiga la desgracia sobre vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que edificáis el culto para los profetas y adornáis los monumentos de los justos!» Por eso los cristianos ortodoxos veneran lo mismo la reliquia que las imágenes de los santos, y cuando un doctor llamado Enrique, al atreverse a decir que los huesos y otras reliquias si se convierten en gusanos no deben adorarse, el jesuita Vázquez decidió que la opinión de Enrique era absurda y vana (2), porque no importa de qué modo se verifica la corrupción, y por lo tanto lo mismo podemos adorar las reliquias bajo la forma de gusanos que bajo la forma de cenizas.

Pero ya se admita una opinión, ya se admita otra, San Cirilo de Alejandría confiesa (3) que es pagano el origen de las reliquias, y he aquí la descripción que de su culto hace Theodoret, que vivía en los primeros años de la era cristiana (4): «Asistían a los templos de los mártires —refiere ese sabio obispo— para pedirles, unos que les conservaran la salud, otros para que les curaran sus enfermedades, y las mujeres estériles para lograr ser fecundas. Cuando esas mujeres conseguían tener hijos, les pedían también que se los conservaran. Los que iban a emprender viajes conjuraban a los mártires a que fueran sus guías y compañeros, y en cuanto regresaban del viaje, se presentaban en el templo a manifestarles su gratitud. No les adoraban como dioses, pero los honraban como hombres divinos, pidiéndoles que fueran sus intercesores.»

Las ofrendas que estaban colgadas en los templos son pruebas evidentes de que los que pedían con fe habían conseguido realizar sus deseos y la curación de sus enfermedades. Colgaban en los templos ojos, pies y manos de oro y de plata, que eran monumentos que pregonaban la virtud de los que estaban encerrados en aquellos sepulcros. Añade Theodoret que cuando destruyeron los templos de los dioses, aprovecharon los materiales para la construcción de los templos de los mártires; «porque el Señor —dice dirigiéndose a los paganos— sustituyó sus muertos a vuestros dioses; hizo ver la vanidad de éstos y transfirió a otros los honores que a ellos les rendían». De esto se queja amargamente el famoso sofista Gardes, deplorando la ruina del templo de Serapis, situado en Canope, que derribaron por orden del emperador Teodosio I el año 389.

«Gentes que nunca habían oído hablar de guerra —dice Ennapins— fueron muy valientes para arrancar las puertas del templo, y sobre todo para apoderarse de las ricas ofrendas que encerraba. Entregaron estos santos lugares a los monjes, gentes infames e inútiles, que sólo con vestir un hábito negro y sucio adquirían tiránica autoridad sobre los pueblos, y en el sitio de los dioses colocaron esos monjes, para que recibieran adoración, cabezas de bandidos decapitados por sus crímenes, y que salaron para conservarlas.»

El pueblo es supersticioso, y por la superstición se le encadena. Los milagros que inventaron respecto a las reliquias fueron el imán que atrajo a las iglesias la riqueza de todas partes. La bribonería y la credulidad llegaron a tal extremo, que en el año 386, el mismo emperador Teodorico se vio obligado a publicar una ley para prohibir que pasaran de un sitio a otro los cadáveres enterrados, que separaran las reliquias del cuerpo de cada mártir y que traficaran con ellas.

Durante los tres primeros siglos del cristianismo se concretaron a celebrar el día de la muerte, que llamaban su día natal, reuniéndose en los cementerios donde descansaban sus cuerpos, y a rezar por ellos, como hemos visto en el artículo titulado Misa. No se creía entonces que, transcurriendo el tiempo, los cristianos robarían los cadáveres de los templos, transportarían sus cenizas y sus huesos de un sitio a otro, los enseñarían en los púlpitos y harían con ellos un tráfico que excitaría la avaricia a llenar el mundo de reliquias falsas.

El tercer Concilio de Cartago, celebrado el año 397, insertando en el canon de las Escrituras la Apocalipsis de San Juan, cuya autenticidad hasta entonces fue disputada, ese pasaje del capítulo VI, «Vi en los altares las almas de los que mató la palabra de Dios», autorizó la costumbre de poner reliquias de los mártires en los altares; y esta práctica se consideró tan esencial, que San Ambrosio no quiso consagrar una iglesia porque no tenía reliquias en los altares, y en el año 692 el Concilio de Constantinopla mandó derribar los altares en los que no hubiera reliquias. Otro Concilio de Cartago opinó lo contrario, mandando en el año 401 a los obispos que hicieran derribar los altares que se erigían en los campos y en los grandes caminos en honor de los mártires, para los que desenterraban las supuestas reliquias, valiéndose para ello de los sueños y de las revelaciones de todo el mundo.

San Agustín (5) refiere que en el año 415, Luciano, sacerdote y cura de la aldea Cafarmagata, distante pocas millas de Jerusalén, vio en sueños hasta tres veces al doctor Gamaliel, que le reveló que su cuerpo, el de su hijo, el de San Esteban y el de Nicodemus estaban enterrados en el sitio de su parroquia que él le indicaría. Le suplicó que no les dejase permanecer más tiempo en el olvidado sepulcro donde yacían desde algunos siglos, y que fuera a decírselo a Juan, obispo de Jerusalén, para que en seguida los sacara de allí si quería evitar las desgracias que amenazaban al mundo. Gamaliel añadió que esta traslación debía verificarse durante el episcopado de Juan, que murió un año después. El cielo ordenaba que el cuerpo de San Esteban fuese trasladado a Jerusalén.

Luciano entendió mal lo que le dijo Gamaliel, o fue muy desgraciado, porque por más que cavó no pudo encontrar los cadáveres; esto obligó al doctor judío a aparecérsele a un monje sencillo e inocente y a darle mejor las señas del sitio donde descansaban las sagradas reliquias. Luciano encontró entonces el tesoro que buscaba según la revelación que Dios le hizo. Había en dicho sepulcro una piedra donde estaba grabada la palabra cheliel, que significa corona en hebreo, lo mismo que estéfanos en griego. Cuando abrieron el féretro de Esteban, tembló la tierra, salió de él un olor excelente y se curaron muchísimos enfermos. El cuerpo del santo estaba reducido a cenizas, exceptuando los huesos, que transportaron a Jerusalén y que guardaron en la iglesia de Sión.

Avito, sacerdote español, que estaba entonces en Oriente, tradujo en latín esta historia, que Luciano había escrito en griego. Como el sacerdote español era amigo de Luciano, consiguió que éste le diera un puñado de cenizas del santo y algunos huesos, llenos de tal unción, que probaban de un modo visible su santidad y que lanzaban un perfume superior a los más agradables aromas. Estas reliquias, que llevó Orosio a la isla de Menorca, convirtieron allí en ocho días a quinientos cuarenta judíos.

 

 Supieron al poco tiempo, por revelaciones de diferentes visiones, que en Egipto tenían los monjes reliquias de San Esteban, que gentes desconocidas llevaron allí. Como los monjes no eran sacerdotes entonces y no tenían iglesias propias, fueron a incautarse de ese tesoro para transportarlo a una iglesia que estaba cerca de Usale. Algunas personas vieron encima de dicha iglesia una estrella que pareció guiar la conducción del santo mártir. Las reliquias no permanecieron mucho tiempo en la citada iglesia; el obispo de Usale, deseando enriquecer la suya con ellas, las sacó de allí y las transportó, sentado en un carro y acompañado de mucha gente del pueblo, que cantaba las alabanzas de Dios y que llevaba cirios y luminarias.

De este modo llevaron las reliquias a un sitio alto de la iglesia y las colocaron sobre un trono lleno de colgaduras. Luego las pusieron rodeadas de cristales sobre un blando lecho que colocaron en un cuadrado cerrado con llave, al que dejaron una ventana pequeña, con la idea de que por allí pudieran tocar unos lienzos que servían para curar diferentes enfermedades. Un puñado de polvo recogido de la urna que encerraba la reliquia curó de repente a un paralítico. Varias flores ofrecidas al santo que aplicaron a los ojos de un ciego le devolvieron la vista. Se verificó también allí el milagro de resucitar siete u ocho muertos.

San Agustín (6), que trata de justificar este culto, distinguiéndole del de la adoración, que sólo debe rendirse a Dios, se ve obligado a confesar (7) que conoce muchos cristianos que adoran los sepulcros y las imágenes. «Conozco algunos —refiere ese santo— que beben excesivamente sobre las tumbas, y que, dando festines a los cadáveres, se entierran sobre los que están enterrados.»

Efectivamente, al extinguirse el paganismo, embelesados de encontrar en la Iglesia cristiana, aunque con distintos nombres, hombres divinizados, los pueblos los honraron, haciéndoles los mismos honores que a los propios dioses, y se equivocará groseramente el que quiera deducir las ideas y las prácticas del populacho por las ideas ilustradas de los obispos y los filósofos. Sabido es que los sabios paganos hacían las mismas distinciones que nuestros sabios obispos. «Debemos —decía Hierocles (8)— reconocer y servir a los dioses, pero de modo que tengamos gran cuidado de poner sobre ellos al Dios supremo, que es su autor y su padre. No debemos exaltar excesivamente la divinidad de aquéllos, y el culto que les rendimos debe llegar hasta su único creador, que podemos llamar propiamente el dios de los dioses, porque es el más excelente y el Señor de todo.» Porfirio (9), que, como San Pablo, califica al Dios supremo superior a todo, añade que no se le debe sacrificar nada sensible, nada material, porque siendo espíritu puro, todo lo material es impuro para Él. Sólo pueden honrarle dignamente el pensamiento y los sentimientos del alma, cuando no la mancha ninguna pasión viciosa.

En una palabra, San Agustín, al confesar ingenuamente que no se atreve a hablar con libertad de algunos abusos parecidos a éste, para no dar ocasión a que se escandalicen personas devotas o a introducir enredos, deja comprender que los obispos se portaban con los paganos para convertirlos con la misma tolerancia que San Gregorio recomendaba dos siglos después que se debía tener para convertir a Inglaterra. El referido Papa, contestando a la consulta que le hizo el monje Agustín respecto a algunos restos de ceremonias mitad civiles y mitad paganas, a las que no querían renunciar los ingleses recién convertidos, le respondió: «No se pueden quitar a los hombres toscos de una vez todos sus hábitos; no se llega a la cima de un peñasco escarpado saltando, sino arrastrándose hasta allí paso a paso.»

La contestación que dio el mismo Papa a Constantina, hija del emperador Tiberio Constantino y esposa de Mauricio, cuando le pidió la cabeza de San Pablo para colocarla en el templo que ella fundó dedicado a dicho apóstol, no es menos notable. San Gregorio dice a la referida princesa que los cuerpos de los santos brillan con tantos milagros, que nadie se atreve a aproximarse a sus sepulcros para rezarles sin experimentar terrible pavor; que a su predecesor Pelagio II, queriendo tomar el dinero que había sobre la tumba de San Pedro para ponerlo a cuatro pies de distancia de ella, se le aparecieron signos espantosos; que él, el papa Gregorio, tratando de reparar el monumento de San Pablo, siendo preciso cavar un poco más adelante, y teniendo el que le custodiaba la audacia de quitar los huesos, pues no llegaba hasta donde estaba el sepulcro del apóstol, para transportarlos a otra parte, se le aparecieron también signos tan terribles, que murió súbitamente; que su predecesor, queriendo también reparar la tumba de San Lorenzo, descubrió imprudentemente el féretro que encerraba el cuerpo de dicho mártir, y los monjes y los obreros que trabajaban en el templo murieron todos en el espacio de diez días porque habían visto el cuerpo del santo; que cuando los romanos dan reliquias no tocan nunca los cuerpos sagrados, satisfaciéndose con meter dentro de una caja algunos lienzos y con acercarlos; que estos lienzos tienen la misma virtud que las reliquias y obran los mismos milagros; que como algunos griegos dudaran de ese hecho, el papa León hizo que le trajeran unas tijeras, y habiendo cortado en su presencia esos lienzos, en cuanto los acercaron a los cuerpos santos salió sangre de ellos; que en Roma y en todo el Occidente es sacrilegio tocar los cuerpos de los santos, y que si hay quien se atreva a hacer semejante cosa puede asegurarse que su crimen no quedará impune, y por esto no se pueden convencer de que los griegos tengan la costumbre de transportar las reliquias; que los orientales aseguran que los cuerpos de San Pedro y de San Pablo les pertenecen, y fueron a Roma con la idea de llevárselos a su patria; pero que en cuanto llegaron a las catacumbas, donde yacían sus dos cuerpos, cuando trataron de llevárselos, truenos espantosos y relámpagos horribles los dispersaron espantados, obligándolos a renunciar a su idea; que los que le sugirieron a Constantina el pensamiento de reclamar la cabeza de San Pablo no tuvieron otro designio que el de hacerla perder la gracia del Papa. San Gregorio termina con estas palabras: «Confío en Dios en que no os privará del fruto de vuestra buena voluntad, ni de la virtud de los santos apóstoles, y de que si no podéis gozar de su presencia corporal, gozaréis siempre de su protección.»

Sin embargo, de cuanto dice el citado Papa, la Historia eclesiástica atestigua que las traslaciones de las reliquias eran tan frecuentes en Occidente como en Oriente; además, el autor de las notas de la referida carta observa que el mismo San Gregorio, andando el tiempo, dio diversos cuerpos santos, y que otros papas dieron hasta seis o siete a un solo particular.

Después de saber todo esto, ¿debe sorprendernos el favor que gozaron las reliquias con los pueblos y con los reyes? Los juramentos más ordinarios de los antiguos franceses se hacían sobre reliquias de santos. De este modo los reyes Gontrán, Sigeberto y Chilperico repartieron los Estados de Clotario y convinieron en disfrutar los tres de París, jurando sobre las reliquias de San Poliuto, de San Hilarlo y de San Martín. El catecismo del Concilio de Trento aprobó también la costumbre de jurar sobre las reliquias.

Es sabido que los reyes de Francia de la primera y de la segunda raza conservaban en sus palacios gran número de reliquias, entre ellas la capa y el manto de San Martín, que llevaba en su séquito y hasta en sus ejércitos, y desde los palacios enviaban las reliquias a las provincias siempre que había de prestarse juramento de fidelidad al rey y siempre que tenían que terminar algún tratado.

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(1) San Mateo, cap. XXIII, vers. 29.
(2) De la Adoración, libro II, cap. VIII.
(3) Libro X Contra Juliano.
(4) Cuestión 51 sobre el Éxodo.
(5) Ciudad de Dios, libro XXII, cap. VIII.
(6) Contra Fausto, lib. XXII, cap. IV.
(7) De las costumbres de la Iglesia, cap. XXXIX.
(8) Sobre los versos de Pitágoras, pág. 10.
(9) De la abstinencia, lib. II, cap. XXXIV.

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