RELIGIÓN (1)
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IV
En la época en que el culto de un dios supremo quedó reconocido por todos los sabios en Asia, en Europa y en
África,
fue cuando nació la religión cristiana. El platonismo ayudó en gran manera
a la inteligencia de sus dogmas. El Logos, que en Platón significaba la sabiduría, la razón del Ser Supremo, se convirtió en nosotros en el Verbo y en la segunda persona de Dios. La metafísica, profunda y superior
a la inteligencia humana, el santuario inaccesible en el que se envolvió la religión.
Por no repetirnos no volveremos a explicar el modo cómo María fue declarada madre de Dios en el transcurso del tiempo, ni cómo se estableció la consubstancialidad del Padre y del Verbo, ni la protección del
Pneuma, órgano divino del divino Logos, dos naturalezas y dos voluntades resultantes de la hipóstasis, ni la manducación superior, que nutre al alma y al cuerpo con la sangre del Hombre-Dios, adorado y comido bajo la forma de pan, porque ya nos ocupamos de todos esos misterios sublimes.
Desde el segundo siglo empezaron a expulsar a los demonios en nombre de Jesús, porque antes los expulsaban en nombre de Jehová. San Mateo refiere que habiendo dicho los
enemigos de Jesús que expulsaba a los demonios en nombre del príncipe de los diablos, él le contestó: «Si expulso
a los demonios en nombre de Belcebú, ¿en nombre de quién los expulsan vuestros hijos?»
No se sabe en qué época los judíos reconocieron a Belcebú por príncipe de los demonios, siendo como era un dios extranjero; pero nos refiere Josefo que habían en Jerusalén exorcistas nombrados para expulsar los demonios del cuerpo de los poseídos, esto es, de los hombres que sufrían enfermedades singulares, que entonces se creía que las proporcionaban los genios maléficos.
Expulsaban, pues, los demonios pronunciando continuamente la palabra
Jehová, cuya pronunciación hoy se ha perdido, lo mismo que se han olvidado otras ceremonias. El exorcismo que se practicaba pronunciando dicho nombre con otros nombres de Dios todavía estaba en uso en los primeros siglos de la Iglesia. Orígenes, disputando con Celso, le dice: «Si al invocar
a Dios le llamamos Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, conseguiremos muchas cosas pronunciando esos nombres, cuya naturaleza y cuya fuerza son tales, que los demonios se someten
a los que los pronuncian; pero si se aplica otra denominación, como por ejemplo, dios del mar alborotado, dios suplantador, estos nombres no tendrán ninguna virtud. El nombre de Israel traducido al griego no tiene ningún poder; pero pronunciado en hebreo, con las otras palabras necesarias, se verificará el conjuro.»
El mismo Orígenes dice estas palabras notables: «Existen nombres que poseen naturalmente virtud, como son los que usan los sabios en Egipto, los magos en Persia y los bracmanes en la India. Lo que se llama magia no es un arte vano y quimérico, como sostienen los estoicos y los epicúreos; ni los nombres de Sabaoth y Adonai se establecieron para seres creados, porque pertenecen
a una teología misteriosa que hace referencia al Creador, y de esto proviene la virtud de estos nombres cuando se usan y se pronuncian siguiendo las reglas.»
Hablando Orígenes de este modo no manifiesta su opinión particular, no hace mas que referir la opinión universal. Las religiones conocidas entonces admitían la magia, distinguiendo la magia celeste de la magia infernal, conociendo además la necromancia y la teurgia; todo era en ellas prodigio, adivinación, oráculo. Los persas no negaban los milagros de los egipcios, ni los egipcios los de los
persas. Permitió Dios que los primitivos cristianos creyeran en
los oráculos atribuidos a las sibilas, y los dejó vivir en algunos errores de poca importancia, que no corrompían el fondo de la religión.
Es cosa muy chocante que los cristianos de los dos primeros siglos tuvieran horror
a los templos, a los altares y a los simulacros, y así lo refiere Orígenes, pero todo cambió, en cuanto quedó establecida la disciplina de la Iglesia y adquirió ésta una forma constante.
V
Dícese que la religión de los gentiles era absurda en muchas cosas, contradictoria y perniciosa; pero me parece que se le imputó más daño del que ha producido y más tonterías de las que predicó. Molière dice: «No me parece bello que Júpiter sea toro, serpiente, cisne
o cualquier otra cosa; pero no me extraña que lo encuentren los demás.» No cabe duda de que esas transformaciones son impertinentes, pero suplico
a los que eso dicen que me enseñen dónde existió en toda la antigüedad un templo dedicado
a Leda acostada con un cisne o con un toro. ¿Pueden presentarme algún sermón predicado en Atenas
o en Roma que induzca a las doncellas a cohabitar con los cisnes de sus corrales? ¿Acaso las fábulas que recogió y que ilustró Ovidio pueden tomarse como dogmas de la religión pagana? ¿No son equivalentes
a la Leyenda dorada y a la Flor de los santos de la religión católica? Si algún brahmán
o algún derviche criticara la historia de Santa María la Egipciaca, apoyándose en que no teniendo ésta con qué pagar
a los marineros que la llevaron a Egipto, concedió a todos ellos sus favores
a falta de moneda, le replicaríamos a ese brahmán o a ese derviche: «Reverendos padres, estáis equivocados, que nuestra religión no está basada en la
Leyenda dorada.»
Criticamos a los antiguos que dieran crédito a los prodigios y
a los oráculos; si volvieran hoy al mundo y supieran los milagros que atribuimos
a Nuestra Señora de Loreto y a Nuestra Señora de Éfeso, ¿no nos criticarían también
a nosotros?
Los sacrificios humanos estaban en uso en casi todos
pueblos antiguos, pero raras veces se practicaban y sabemos que inmolaron los judíos
a la hija de Jefté y al rey
Agag, porque Isaac y Jonatás no llegaron a ser sacrificados.
Entre los griegos no está comprobada la historia de Ifigenia, y entre los romanos fueron muy raros los sacrificios humanos; en una palabra, la religión pagana derramó muy
poca sangre, y la nuestra la hizo correr por todo el mundo. Nuestra religión es, sin duda, la única verdadera; pero por medio de ella hemos causado tanto daño, que cuando hablamos
de las otras debemos ser muy indulgentes.
VI
El hombre que desee convencer de la verdad de su religión
a extranjeros o compatriotas, debe dedicarse a esa tarea con moderación y con insinuante suavidad; si empieza por decirles que lo que él les expone está demostrado, encontrará multitud de incrédulos; si se atreve
a decirles que únicamente rechazan la doctrina que les expone porque trata de refrenar las pasiones y porque su razón discurre erróneamente, les sublevará contra él, les afirmará en sus falsas creencias y no conseguirá su propósito.
Si la religión que enseña es verdadera, no conseguirán que lo sea más la cólera y la insolencia. ¿Hay acaso necesidad de ponerse iracundos y furiosos para predicar que el hombre debe ser benigno, benéfico y justo, y que debe cumplir todos los deberes sociales? No hay ninguna necesidad, porque todo el mundo profesa esta religión. ¿Por qué, pues, habéis de injuriar
a nuestro hermano cuando le predicáis una metafísica misteriosa? Sin duda porque su buen sentido irrita vuestro amor propio; sois tan orgullosos, que exigís
a nuestro hermano que someta su inteligencia a la vuestra, y el orgullo humillado produce la cólera; no da otro resultado. El soldado que recibe veinte heridas de fusil en una batalla no se encoleriza; pero el doctor que queda herido porque le vence una opinión contraria, se convierte en furioso implacable.
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