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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


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QUÁKEROS

Quákeros - Diccionario Filosófico de VoltaireLos quákeros tienen varias denominaciones: se llaman también primitivos o miembros de la primitiva Iglesia cristiana, de la de Pensilvania o de la de Filadelfia; yo prefiero a todos esos nombres el de «amigo de los hermanos», como se llaman en Filadelfia. Hay muchas clases de vanidad, pero la más bella de todas es aquella que, no atribuyéndose ningún título, consigue que sean casi todos los otros ridículos.

Me acostumbro pronto a ver que un buen filadelfio me trata como amigo y como hermano; esas palabras calientan en mi corazón la caridad, que se enfría fácilmente; pero que se escriban dos frailes, se traten uno a otro de Vuestra Reverencia, que obliguen a que les besen la mano en Italia y en España, me parece el último grado de un orgullo demente, el último grado de la tontería en los que la besan y el último grado de la sorpresa y la burla en los que lo presencian. La sencillez de los filadelfios es una sátira continua contra los obispos, que tienen la vanidad de recibir el tratamiento de monseñor.

«¿No os causa rubor —preguntaba un día un laico que era hijo de un albañil, y que llegó a ser obispo (1)— que os hagáis dar el tratamiento de monseñor y de príncipe? ¿Se titulaban de ese modo acaso Bernabé, Felipe y Judas?» «Bernabé, Felipe y Judas —le contestó el prelado— no pudieron titularse así; si hubieran podido se hubieran hecho dar ese tratamiento, y la prueba es que sus sucesores lo han hecho en cuanto han podido.» Otro obispo, teniendo convidados a su mesa a muchos gascones, decía: «Es preciso que yo me llame monseñor, porque todos estos señores son marqueses.» Vanitas vanitatum.

Profeso un cariño especial a los quákeros, y si el mar no me produjera un mal insoportable, iría a recostarme en el seno de la Pensilvania para terminar allí el resto de mi vida. La Pensilvania está situada en el grado cuarenta, en el clima más benigno y más favorable para la salud; sus campiñas son fértiles, sus casas están edificadas con todas las comodidades posibles, sus habitantes son industriosos y sobresalen en las manufacturas. Viven en eterna paz sus ciudadanos; los crímenes son allí casi desconocidos, y no hay mas que un solo ejemplo de un hombre desterrado del país, pero lo merecía: fue un sacerdote anglicano que se hizo quákero y era indigno de serlo. Sin duda a ese desgraciado le poseía el diablo, porque se atrevió a publicar la intolerancia; se llamaba Jorge Keith, lo expulsaron del país, no sé dónde se fue; pero ojalá todos los intolerantes se hubieran ido con él. Entre los trescientos mil habitantes que pueblan la Pensilvania, hay doscientos mil extranjeros. Por doce guineas se pueden adquirir cien fanegas de excelente tierra, y el que las posee es verdaderamente rey, porque es libre y porque es ciudadano; no podéis hacer daño a nadie ni nadie puede perjudicaros; tenéis la opinión que os place y podéis exponerla sin temor a que os persigan; no conocéis allí el peso de los impuestos, que en otras partes aumenta sin cesar; no tenéis que hacer la corte a nadie ni podéis temer la insolencia de un subalterno importante y engreído.

Verdad es que en el monte Krapack yo vivo poco más o menos como los quákeros; pero no debo la tranquilidad que gozo a las montañas que cubren nieves eternas y a los precipicios horribles que rodean mi paraíso terrestre. Todavía algunas veces el diablo franquea, como en el libro de Milton, estos precipicios y estos montes que causan espanto, para infestar con su hálito venenoso las flores de mi paraíso. Satán se convirtió en sapo para venir aquí a engañar a dos criaturas que se amaban, y también vino una vez presentándose sin disfraz, para traernos la intolerancia, pero nuestra inocencia triunfó del horroroso furor del diablo (2).

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(1) Biord, que persiguió a Voltaire y era hijo de un maestro de obras. —N. del T.

(2) Sin duda alude a la persecución que contra él quiso provocar Biord, obispo de Anecy, de la que se habla en otra parte.—N. del T.



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