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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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PURGATORIO

Purgatorio - Diccionario Filosófico de VoltaireEs cosa singular que las Iglesias protestantes digan, unánimemente de acuerdo, que los frailes inventaron el purgatorio. No cabe duda de que inventaron el ardid de sacar dinero a los vivos haciéndoles rezar por los muertos; pero el purgatorio es anterior a los frailes.

Quizás indujo a los doctos a incurrir en este error que el papa Juan XVII instituyera, según se cree, la fiesta de los muertos hacia la mitad del siglo X. De esta institución deduzco que antes ya se rezaba por ellos, porque si desde entonces rezaron por todos, debemos creer que antes ya se rezaba por algunos, lo mismo que se inventó la fiesta de Todos los Santos porque en tiempos anteriores festejaban a muchísimos bienaventurados. La diferencia que hay entre la fiesta de Todos los Santos y la fiesta de todos los muertos consiste en que en la primera invocamos nosotros, y en la segunda somos invocados; en la primera recomendamos a todos los bienaventurados, y en la segunda los desgraciados se recomiendan a nosotros.

Hay muchas gentes que están enteradas del modo cómo empezó a instituirse esta fiesta en Cluny, que entonces pertenecía al Imperio alemán, y no necesitamos decir que San Obilón, abad de Cluny, tenía por costumbre sacar muchas almas del purgatorio diciendo misas y oraciones; y que un día un caballero o un monje, que regresaba de la Tierra Santa, fue arrojado por la tempestad en una isla pequeña, en la que encontró un ermitaño que le dijo que se veían cerca de allí grandes llamas y furiosos incendios, con los que atormentaban a los muertos, y que con frecuencia oía que los diablos se quejaban del abad Obilón y de sus frailes, porque todos los días libraban de allí alguna alma, y que era preciso rogar a Obilón que continuara tan piadosa tarea para aumentar de ese modo los días de los bienaventurados en el cielo y el dolor de los diablos en el infierno. Esto es lo que cuenta el hermano Girard, jesuita, en su obra Flor de los santos, tomándolo del hermano Rivadeneira. Fleury presenta de otro modo dicha leyenda, pero conserva lo esencial.

La referida revelación impulsó a San Obilón a instituir en Cluny la fiesta de los muertos, que en seguida adoptó la Iglesia.

Desde esa época el purgatorio proporcionó muchísimo dinero a los que tenían el poder de abrir las puertas de él. En virtud de este poder, el rey de Inglaterra, Juan «Sin Tierra», declarándose vasallo del papa Inocencio III y entregándole el dominio de su reino, obtuvo la emancipación del alma de uno de sus parientes que estaba excomulgado pro mortuo ex communicato pro quo suplicant consanguinei.

La cancillería romana estableció una tarifa para la absolución de los muertos, y habían en dicha ciudad muchísimos altares privilegiados, en los que cada misa que se decía en ellos, pagando seis liards, en los siglos XIV y XV, sacaba un alma del purgatorio.

En vano los herejes se esforzaban en demostrar que los apóstoles tuvieron derecho a desatar todo lo que estaba atado en la tierra, pero no debajo de la tierra, porque eran anatematizados como criminales que se atrevían a dudar del poder de las llaves, y efectivamente, debemos notar que cuando el Papa quería perdonar quinientos o seiscientos años de purgatorio lo hacía en virtud de su pleno poder: pro potestate a Deo acepta concedit.

II - De la antigüedad del purgatorio

Hay autores que aseguran que desde tiempo inmemorial reconoció el purgatorio el famoso pueblo judío, fundándose en el segundo libro de los Macabeos, que dice textualmente «que habiendo encontrado escondidos en las vestiduras de los judíos, en el combate de Odollam, objetos consagrados a los ídolos de Jamnia, fue cosa manifiesta que por eso habían muerto, y habiendo hecho una colecta de doce mil dracmas de plata (1), él, que pensaba bien y religiosamente sobre la resurrección, las envió a Jerusalén para redimir los pecados de los muertos».

Como creemos que es para nosotros una obligación referir todas las objeciones que hacen los herejes y los incrédulos para que queden refutadas sus erróneas opiniones, vamos a decir ahora las objeciones que presentan para creer que Judas envió esos doce mil francos y para creer en la antigüedad del purgatorio.

 

1.ª Dicen que doce mil francos de moneda francesa eran una cantidad excesiva para que la tuviera Judas, que sostenía una guerra de contrabandista contra un gran rey;

2.ª Que pudo muy bien enviarse un regalo a Jerusalén para que se perdonen los pecados de los muertos, con la idea de que Dios bendiga a los vivos;

3.ª Que todavía no se ocupaba nadie de la resurrección en aquella época, porque esa cuestión no se promovió entre los judíos hasta los tiempos de Gamaliel, poco antes de las predicaciones de Jesucristo;

4.ª Que la ley de los judíos que está encerrada en el Decálogo, el Levítico y el Deuteronomio, no ocupándose de la inmortalidad del alma ni de los tormentos del infierno, era imposible que hubiera anunciado que había un purgatorio;

5.ª Los herejes y los incrédulos hacen cuanto pueden para demostrar a su modo que los libros de los Macabeos son evidentemente apócrifos. He aquí las pruebas que presentan:

«Los judíos —dicen los herejes— no reconocieron como canónicos los libros de los Macabeos; ¿por qué los hemos de reconocer nosotros?»

Orígenes declara formalmente que debe rechazarse la historia de los Macabeos. San Jerónimo dice que no deben creerse esos libros. El Concilio de Laodicea, celebrado en 367, no los incluye entre los libros canónicos, y San Atanasio, San Cirilo y San Hilarlo los rechazan.

Las razones en que se apoyan para tratar esos libros de malas novelas son las siguientes: el autor es un ignorante que empieza por decir una falsedad que comprende todo el mundo: «Alejandro llamó a su lado a los jóvenes nobles que se habían criado con él desde la infancia, y repartió entre ellos su reino, viviendo todavía.» Esa falsedad tan grosera no puede decirla un escritor sagrado e inspirado.

El autor de los Macabeos, al ocuparse de Antíoco Epifanio, dice: «Antíoco se dirigió a la población de Elimais con la idea de apoderarse de ella y saquearla; pero no pudo conseguirlo, porque habiendo sabido sus habitantes lo que trataba de hacer, se sublevaron y consiguieron derrotarle. Lleno de tristeza regresó a Babilonia, y cuando estaba todavía en Persia, supo que su ejército había huido de Judá, se metió en cama y murió el año 149.» El mismo autor dice en otra parte todo lo contrario. Refiere que Antíoco Epifanio iba a tomar y a saquear a Persépolis y no a Elimais, y que cayendo de su carro, recibió una herida incurable y se lo comieron los gusanos. Que pidió perdón al Dios de los judíos, deseando hacerse judío.

No es esto todo; el autor en otra parte hace morir a Antíoco de un tercer modo, para que el lector elija. Refiere que murió apedreado en el templo de Naneo. Los que pretenden justificar esta burrada dicen que quiso referirse a Antíoco Eupator; pero ni el uno ni el otro fueron apedreados.

El mismo autor dice que los romanos habían conquistado a los gálatas, pero no conquistaron la Galacia hasta cien años después; luego el desgraciado novelista debió escribir un siglo después de la época en que suponen que escribió, y lo mismo sucede con todos los libros judíos, según opinan los incrédulos.

El mismo autor dice que los romanos nombraban todos los años un jefe del Senado. Al oír esto los incrédulos, exclaman: «Era un hombre muy ignorante, que ni siquiera sabía que en Roma había dos cónsules. ¿Qué fe podernos tener en esas rapsodias de cuentos pueriles, amontonadas sin orden y sin concierto por hombres ignorantes e imbéciles?» Así se expresan autores audaces.

Nosotros les contestaremos que algunas equivocaciones, que probablemente vienen de los copistas, no bastan a impedir que el fondo de esos libros sea verdadero; que el Espíritu Santo inspiró al autor y no a los copistas; que si el Concilio de Laodicea no admitió el libro de los Macabeos, lo admitió el Concilio de Trento, en el que intervinieron hasta jesuitas, y que admite esos libros toda la Iglesia romana.

III - Origen del purgatorio

Consideraba herejes la primitiva Iglesia a los que admitían la existencia del purgatorio, y condenaba a los simoníacos, que creían que las almas podían purgarse. Más tarde, San Agustín condenó a los discípulos de Orígenes que sostenían este dogma.

¿Los simoníacos y los origenistas admitieron acaso el purgatorio por encontrar algo semejante en Virgilio, en Platón y en Egipto? Con claridad lo anuncia el sexto libro de la Eneida, siendo lo más singular que Virgilio describe almas suspendidas en los aires, almas que se queman y almas que se ahogan. He aquí lo que dice en tres versos el referido libro: «Se ven esos espíritus puros agitarse en los aires a merced del viento, o ahogados en las aguas o quemados en las llamas; de este modo las almas se limpian y se purgan.» Y es más singular todavía que el papa Gregorio, apellidado «el Grande», no sólo adoptase la teoría de Virgilio, sino que en sus diálogos introdujera muchísimas almas, que venían del purgatorio después de haber estado suspendidas en el aire o de haberse ahogado

Platón se ocupa del purgatorio en su libro titulado Fedón, y es muy fácil convencerse de esto leyendo en el Mercurio Trimegista que Platón tomó de los egipcios todo lo que no había copiado de Timeo de Locre.

Todo esto es muy reciente comparado con la antigüedad de los primitivos brahmanes, y preciso es confesar que ellos inventaron el purgatorio, como inventaron la rebelión y la caída de los genios, de los animales celestes. En el Shasta, libro que se escribió tres mil cien años antes de la era vulgar, encontrarán mis lectores el purgatorio. Los ángeles rebeldes, cuya historia copiaron los judíos en la época del rabino Gamaliel, fueron condenados por el Eterno y por su hijo a mil años de purgatorio, y pasado este tiempo Dios los perdonó y los hizo hombres. Hemos dicho ya en otras ocasiones, y ahora repetimos, que les parecía a los brahmanes demasiado duro que los castigos fueran eternos, porque verdaderamente lo que es eterno no termina nunca; los brahmanes pensaban, pues, como el abad Chanlieu, que dice en una epístola dedicada A la muerte: «Perdóname, Señor, si, cegado por tus bondades, no pude concebir que castigaras severamente mi debilidad para los placeres, que desaparecen como los sueños; perdóname si no pude creer que castigaras con crueldad eterna la humana debilidad, que es víctima de quimeras engañosas.»

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(I) Libro II, cap. XII, vers. 40 y 43.
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