PRUEBAS
Todos los absurdos que envilecen la naturaleza humana los hemos recibido
del Asia, como hemos recibido las ciencias y las artes. Fue en Asia,
fue en Egipto donde hicieron depender la vida y la muerte del acusado
del juego de los dados, o de algo equivalente, o del agua fría, o del
agua caliente, o de un hierro encendido, o de un pedazo de pan de
cebada. Según se dice, existe aún una superstición algo
parecida en las Indias, en las costas de Malabar y en el Japón.
Desde el Egipto las supersticiones pasaron a Grecia. Existió en Treceno
un templo muy célebre, en el que todos los hombres que eran perjuros morían instantáneamente de apoplejía. Hipólita, en la tragedia
Fedra, habla de este modo a Aricia su señora: «En las puertas de Treceno,
y entre los sepulcros que sirven de sepultura a los antiguos príncipes
de mi raza, existe un templo sagrado, que temen los perjuros. En él,
los mortales no se atreven a jurar en vano, porque el que así obra
recibe allí súbito castigo; encuentra allí la muerte inevitable: la
mentira no puede tener freno más poderoso.»
La bárbara locura de las pruebas no la admitió la República romana,
porque no puede considerarse como una de las pruebas que estamos
examinando la costumbre que tenía ese gobierno de hacer depender el
éxito de las grandes empresas del modo como las palomas sagradas comían
las arvejas. Sólo tratamos en este artículo de las pruebas que se hacían
con los hombres. No propusieron nunca a Manglio, a Camilo ni a Escipión justificarse metiendo la mano en el agua hirviente y sacarla
sin quemarse.
Esos absurdos bárbaros no se practicaban en la época de los emperadores;
pero los tártaros, que constituían parte de los salvajes que destruyeron
el Imperio de Roma, esparcieron por Europa semejante jurisprudencia,
que habían heredado de los persas. No se conoció en el Imperio de
Oriente hasta la época de Justiniano, a pesar de que entonces imperaban
las supersticiones; pero desde ese tiempo se adoptaron las pruebas de
que nos ocupamos. Este modo de juzgar a los hombres es tan antiguo,
que en todos los tiempos lo practicaban los judíos.
Coré, Datán y Abirón se disputaban en el desierto el
pontificado del gran sacerdote Aarón. Moisés les manda traer doscientos
cincuenta incensarios y les dice que Dios elegirá entre los suyos y el
de Aarón. En cuanto los sublevados se presentaron para practicar la
prueba, se los tragó la tierra, y el fuego del cielo mató a doscientos
cincuenta de sus principales partidarios (1), después de lo cual el Señor hizo
perecer además catorce mil setecientos hombres del partido. No por eso
dejó de continuar la cuestión entre los jefes de Israel y Aarón para
obtener el destino de gran sacerdote. Entonces hicieron la prueba de
las varas; cada uno de los pretendientes presentó la suya, pero sólo floreció la de Aarón.
Cuando el pueblo de Dios derribó las murallas de Jericó al son de las
trompetas, fue vencido por los habitantes de la aldea Haí. Esta derrota
no le pareció natural a Josué, que consultó con el Señor para saber el
motivo; pero el Señor le respondió que Israel había pecado y algunos de
sus hijos se habían apropiado parte de lo que estaba consagrado al
anatema de Jericó. En efecto, todo el botín debió haberse quemado con
los hombres, con las mujeres, con los niños y con las bestias, y todo el
que había salvado algo y se lo había llevado debía ser exterminado (2).
Josué, para descubrir al culpable, sometió todas las tribus a la prueba
de la suerte. Cayó en seguida sobre la tribu de Judá, luego contra la
familia de Zaré, después sobre la casa que vivía Zabdí, y últimamente
sobre el nieto de Zabdí, que se llamaba Achán.
La Biblia no explica cómo tribus errantes podían tener entonces casas,
ni cómo se aprovechaban de ellas; pero sí que dice su texto que estando Achán convicto y confeso de haberse apropiado una lámina pequeña de oro,
un manto de escarlata y doscientos siclos de plata, fue quemado con sus
hijos, sus ovejas, sus bueyes, sus asnos y hasta con su misma tienda en
el valle de Achor.
También sortearon la tierra prometida. Sortearon los dos machos cabríos
de la expiación, para saber cuál de los dos sería .sacrificado y cuál de
los dos habían de enviar al desierto (3).
Cuando tuvieron que elegir por rey a Saúl (4) consultaron
a la suerte:
que empezó por designar a la tribu de Benjamín, y en esta tribu a la
familia de Metri, y en esta familia a Saúl, hijo de Cis, que pertenecía
a la indicada familia.
La suerte fue también adversa para Jonatás, y consiguió que le
castigaran por haber comido una corta cantidad de miel en el extremo de
una vara (5). Los marineros de Joppé consultaron a la suerte para que
Dios les dijera la causa de la tempestad (6). La suerte les dijo que era
Jonás, y le arrojaron al mar.
Todas estas pruebas, que se hacían por suerte, sólo eran supersticiones
profanas en las demás naciones, pero eran los designios del mismo Dios
en su pueblo predilecto, y esto es
tan indudable, que sortearon al que había de ocupar el sitio del apóstol
Judas (7). Los dos concurrentes fueron San Matías y Barsabas. La
Providencia designó a San Matías.
El papa Honorio III de este nombre prohibió en una decretal que desde
allí en adelante utilizaran este medio para la elección de los obispos.
Este medio era entonces bastante común: lo que los paganos llamaban
surtilegium, sortilegio.
Practicaban los judíos otras pruebas en nombre del Señor, como por
ejemplo la de las aguas de los celos (8). La mujer sospechosa de haber
cometido adulterio tenía que beber esa agua mezclada con ceniza y
consagrada por el gran sacerdote. Si era culpable, se hinchaba en
seguida y moría. Fundándose en esta ley, el Occidente cristiano
estableció las pruebas en las acusaciones jurídicas, sin fijarse en que
lo que ordenó Dios en el Antiguo Testamento sólo era una superstición en
el Nuevo.
Los «juicios de Dios» eran una de esas pruebas, que duró hasta el siglo
XVI: el que mataba en desafío a su adversario era el que tenía razón o
era el inocente. La más terrible de todas las pruebas consistía en andar
nueve pasos llevando en la mano una barra de hierro candente sin
quemarse. Pero la historia de la Edad Media, tan fabulosa corno es, no
refiere ningún caso de semejante prueba. Puede dudarse de todas las
demás, o explicar las jugarretas de que se servían los charlatanes para
engañar a los jueces. Por ejemplo, era fácil hacer la prueba del agua
hirviendo impunemente: podían presentar una cuba llena hasta la mitad de
agua fresca y llenarla luego jurídicamente de agua caliente, y el
acusado sumergía el codo hasta el agua tibia y tomaba con la mano del
fondo de la cuba el anillo bendito que allí arrojaban. Podían hacer
hervir aceite con agua: el aceite empieza a elevarse, a saltar y a
parecer que hierve cuando el agua empieza a levantar el hervor y cuando
el aceite ha adquirido todavía poco calor. Parece entonces que se mete
la mano en el agua hirviendo y se humedece con el aceite que la
preserva.
Pasar entre dos fuegos sin quemarse no es una gran habilidad cuando se
pasa velozmente y cuando se ha frotado antes bien con pomada el rostro y
las manos. Esto es lo que hacía el terrible Pedro Aldobrandín, Petrus igneus (suponiendo que ese cuento sea verdad), cuando en Florencia pasó
entre dos hogueras para demostrar, con la ayuda de
Dios, que su arzobispo era bribón y disoluto. Ya es hora de que los
charlatanes desaparezcan de la historia. Es chocante la prueba de
tragarse un pedazo de pan de cebada, que ahogaba al acusado si era
culpable. Prefiero oír la treta de Arlequín, al que el juez interroga
sobre el robo de que le acusa el doctor Baluart. El juez estaba comiendo
en mesa y bebía un vino excelente, cuando compareció Arlequín, el cual,
cogiendo la botella y el vaso del juez y vaciando la botella, le dijo:
«Señor juez, quiera Dios que este vino me sirva de veneno si he cometido
el delito que me atribuyen.»
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(1) Libro de los Números, cap. XVI.
(2) Libro de Josué, cap. VII.
(3) Levítico, cap. XVI.
(4) Libro I de los Reyes, cap. X.
(5) Idem íd., cap. XIV.
(6) Jonás, cap. I.
(7) Actas de los Apóstoles, cap. I.
(8) Libro de los Números, cap. V, vers. 17.
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