PROFETAS
Silbaron al profeta Jurién, ahorcaron o enrodaron a los profetas de las Cevenas, pusieron en la picota
a los profetas que fueron a Londres desde
el Langüedoc y el Delfinado, condenaron a diferentes suplicios a los
profetas anabaptistas y cocieron en Florencia al profeta Savonarola. Si
nos es lícito juntar con todos esos a los
verdaderos profetas judíos, veremos que no tuvieron fin menos
desastroso; el más grande de sus profetas, San Juan Bautista, murió
degollado.
Supónese que Zacarías fue asesinado; pero esto no está demostrado por
fortuna. El profeta Jeddo o Addo, que enviaron a Betel imponiéndole
por condición que no bebiera y que no comiera, habiendo por su desgracia
comido un pedazo de pan, se lo comió a él un león, y encontraron en el
camino real sus huesos, que estaban esparcidos entre el león y su asno.
A Jonás se lo tragó una ballena: verdad es que sólo pasó en su vientre
tres días y tres noches, pero debió pasar setenta y dos horas muy malas.
Abacuc fue cogido por los cabellos y transportado por los aires hasta
Babilonia: debe sufrirse mucho quedando suspendido por los cabellos y
andando el espacio de trescientas millas; yo hubiera preferido hacer ese
viaje con un par de alas, con la borrica de Borac o con el hipogrifo.
Micheo vio al Señor sentado en su trono con el ejército del cielo
a
derecha e izquierda, y el Señor, habiendo pedido que se presentara
alguno para engañar al rey Acab, se presentó el diablo al Señor y se
encargó de esta comisión. Micheo dio cuenta de parte del Señor de esta
aventura celeste al rey Acab. Verdad es que por recompensa no recibió
mas que un enorme bofetón de la mano del profeta Sedekía; verdad es que
sólo le encerraron en un calabozo durante algunos días, pero siempre es
desagradable, para un hombre inspirado que le abofeteen y que le
encierren en una prisión subterránea.
Se dice que el rey Amasías mandó arrancar los dientes al profeta Amós
para impedirle que hablara. Esto no quiere decir que sin dientes no se
pueda hablar; todos hemos conocido viejas desdentadas y muy
parlanchinas; pero las profecías deben pronunciarse con voz muy clara,
y un profeta sin dientes no debe inspirar respeto.
Baruc sufrió muchas persecuciones; apedrearon a Ezequiel sus compañeros
de esclavitud; no se sabe si Jeremías fue lapidado o dividido en dos con
una sierra; se cree que a Isaías lo mataron de ese modo por orden de
Manases, reyezuelo de Judá.
Es preciso convenir en que es muy peligroso el oficio de profeta: por
cada uno de ellos que, como Elías, se paseó de planeta en planeta
arrastrado en luminosa carroza por cuatro caballos blancos, hubo cien
profetas que iban a pie y que se veían obligados a ir de puerta en
puerta para poder comer de limosna, pareciéndose en esto a Homero,
que, según
se dice, se vio reducido al extremo de tener que mendigan en las siete ciudades que más tarde se disputaron el honor de haberle visto nacer. Sus comentaristas le han atribuido infinidad de alegorías que él jamás imaginó, y este mismo honor han dispensado con frecuencia
a los profetas.
Convengo en que hubo por otra parte algunas gentes que procuraban entrever el porvenir elevando su alma
a un alto grado de exaltación, y los judíos la exaltaron tanto, que llegaron
a columbrar algunos sucesos futuros; pero es difícil adivinar si los profetas entendían entonces por Jerusalén la vida eterna; si Babilonia significaba Londres
o París; si cuando hablaban de una gran comida debía interpretarse que querían decir ayuno; si el vino rojo significaba sangre; si un manto rojo significaba la fe y un manto blanco la caridad. Para entender
a los profetas se necesitaba un gran esfuerzo del espíritu humano.
También ofrecen otra gran dificultad los profetas judíos: esta dificultad es que muchos de ellos eran herejes samaritanos. Oseas pertenecía
a la tribu de Isaccar, que vivía en territorio samaritano; Elías y Eliseo también; pero es fácil contestar
a esta objeción. Es sabido que el espíritu sopla donde quiere, y que la gracia lo mismo cae en el terreno más árido que en el terreno más fértil.
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