PROFECÍAS (1)
(2)
II
Sólo corresponde a la Iglesia infalible fijar el verdadero sentido de
las profecías. Los judíos han sostenido siempre tercamente que ninguna
profecía se refería a Jesucristo, y los Padres de la Iglesia no podían
ventajosamente cuestionar con ellos, porque exceptuando San Efrén,
Orígenes y San Jerónimo, no hubo ningún Padre de la Iglesia que supiera
el idioma hebreo.
Hasta el siglo IX, Rabán el Moro, que después fue obispo de Mayenza,
fue el único que estudió la lengua judía; le imitaron otros, y entonces
fue cuando empezaron a disputar con los rabinos sobre el sentido de las
profecías.
Quedó asombrado Rabán de las blasfemias que proferían los judíos contra
nuestro Salvador, llamándole «bastardo», «impío», «hijo de Panter», y
diciendo que no es lícito rezar a Dios y maldecirle (8).
Estas horribles profanaciones se encuentran en muchas partes, en el
Talmud, en los libros de Nizzachon, en la disputa de Rittangel, en los
de Jechiel y de Nachmanides, titulados Muralla de la fe, y en la
abominable obra de Toldos Jeschut. Sobre todo en la Muralla de la fe,
atribuida al rabino Isaac, es donde se interpretan todas las profecías
que anuncian a Jesucristo, aplicándolas a otras personas. En esa obra es
donde se asegura que la Trinidad no está en ningún libro hebreo, en los
que no se encuentra la más ligera huella de nuestra santa religión;
antes por el contrario, alegan cien pasajes que, en opinión de los que
los interpretan, aseguran que la ley mosaica debe regir eternamente.
El famoso pasaje que debe confundir a los judíos y dar el triunfo
a la
religión cristiana, según confesión de los grandes teólogos, es el
siguiente, que se encuentra en
Isaías: «Una virgen quedará embarazada, dará a luz un hijo que se
llamará Emmanuel; comerá manteca y miel hasta que sepa rechazar el mal y
escoger el bien; la tierra que tú detestas la abandonarán los dos
reyes... El Eterno silbará a las moscas de los arroyos de Egipto y a las
abejas que están en el país de Assur... Y ese mismo día el Señor
afeitará con una gran navaja al rey de Assur la cabeza y el pelo de las
partes genitales y el de la barba...» Y el Eterno me dijo: «Toma un gran
rodillo y escribe en él con un puntero, en letras gordas, que saqueen de
prisa y que se traigan todos los despojos...» Traigo conmigo fieles
testigos, a saber: a Urías el sacrificador y a Zacarías, hijo de Zebrecia... Y me acosté con la profetisa, que concibió y dió
a luz un
hijo, y el Eterno me dijo: «Llama a ese hijo Maher-salal-has-bas.
Antes que el rifo sepa decir padre y madre, arrebatarán el poder a
Damasco y presentarán el botín de Samaria ante el rey Assur.»
El rabino Isaac afirma, como los demás doctores de su ley, que la
palabra hebrea «alma» significa unas veces virgen, otras veces mujer
casada; que a Ruth le llaman «alma» cuando es madre; que a la mujer
adúltera algunas veces le llaman también «alma»; que aquí sólo se trata
de la mujer del profeta Isaías; que su hijo no se llama Emmanuel, sino Maher-salal-has-bas; que cuando ese hijo coma manteca y miel, los dos
reyes que sitian a Jerusalén serán arrojados del país, etc.
De este modo los ciegos intérpretes de su propia religión y de su propia
lengua pelean contra la Iglesia, afirmando obstinadamente que dicha
profecía de ningún modo se refiere a Jesucristo. Mil veces han refutado su explicación nuestras lenguas modernas, y hemos empleado
para convencer a los judíos la fuerza, el patíbulo, las ruedas y las
llamas, y sin embargo no se han rendido nunca.
«Nos trajo las enfermedades y sostuvo nuestros dolores, y nosotros le
creíamos lleno de llagas, afligido y herido por la mano de Dios.»
Aunque me parece chocante esta predicción, los obstinados judíos
sostienen que no se refiere a Jesucristo, que se refiere a los profetas,
que eran perseguidos por los pecados del pueblo.
«Y he aquí que mi servidor prosperará, se verá colmado de honores y
elevado a gran altura.» Dicen también que esa profecía no tiene nada que
ver con Jesucristo, sino con David; porque ese rey efectivamente
prosperó, pero no prosperó Jesús, a quien ellos desconocieron.
«Y tú, Belén de Efrata, que eres pequeña, comparada con lo grande que es
Judá, saldrá para ti un dominador en Israel, y su salida durará una
eternidad.»
También se atreven a negar que esta profecía se refiere
a Jesucristo.
Dicen que es evidente que Micheo habla de algún capitán hijo de Belén,
que será victorioso en la guerra empeñada contra los babilonios, porque
momentos después se ocupa de la historia de Babilonia y de los siete
capitanes que eligieron a Darío. Por más que se les demuestre que se
trata del Mesías, no quieren convencerse.
Disputar con ellos es perder el tiempo, y aunque el abad Francisco (9)
escribiera un libro más voluminoso que el que escribió y lo agregara a
los cinco o seis mil volúmenes que hay escritos sobre esta materia, no
adelantaríamos un paso para convencer a los judíos.
Estamos metidos en un caos que es imposible que desembrolle la
debilidad del espíritu humano, que necesita como siempre de una Iglesia
infalible que decida sin apelación, porque si un chino, un tártaro o un
africano, contando sólo con su buen sentido, leyera todas las
profecías, le sería imposible aplicarlas ni a Jesucristo, ni a los
judíos, ni a nadie. Se quedaría pasmado, sumergido en la
incertidumbre, nada concebiría, no tendría ni una sola idea clara; no
podría dar un paso sobre ese abismo sin tener un guía. Tenemos, pues, a
la Iglesia por nuestra guía, ya que es el único medio de caminar
seguros. Conducidos por ese guía se llega, no sólo hasta el santuario de
la verdad, sino hasta obtener buenos canonicatos y buenas prebendas,
opulentas abadías con báculo y mitra, a cuyo abad le llaman «monseñor»
los frailes y los campesinos, a obispados que se adornan con el título
de príncipes, y a gozar en el mundo, con la seguridad de poseer el
cielo mañana.
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(8) Wagenselius in prœmio, pág. 53.
(9) Autor de una obra titulada Examen de los hechos que sirven de
fundamento a la religión cristiana.
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