PROFECÍAS (1)
(2)
I
Esta palabra, tomada en su acepción ordinaria, significa predicción del
porvenir. En este sentido Jesús decía a sus discípulos: «Es necesario
que todo lo que de mí se dice en la ley de Moisés, en los profetas y en
los salmos, se realice.» «Entonces —añade el evangelista— él les abrió el
espíritu para que pudieran comprender las Sagradas Escrituras.»
Se comprenderá que era una necesidad indispensable tener el espíritu
abierto para comprender las profecías, si nos fijamos en que los judíos,
que fueron los depositarios de ellas, no reconocieron nunca que Jesús
era el Mesías, y en que hace ya diez y ocho siglos que nuestros teólogos
disputan unos con otros para fijar el sentido de algunas de ellas, que
tratan de aplicar a Jesús. Como por ejemplo, la profecía de Jacob (1):
«No le quitarán el cetro a Judá y el jefe de su pierna hasta que venga
el que debe ser enviado.» Esta otra de Moisés (2): «El Señor vuestro
Dios hará salir un profeta como yo de vuestra nación y entre vuestros
hermanos, y a Él es a quien debéis escuchar.» Esta de Isaías (3): «He
aquí una virgen que concebirá y dará a luz un hijo que se llamará
Emmanuel.» Y esta otra de David (4): «Setenta semanas se han abreviado
en favor de nuestro pueblo.» Pero
nuestro objeto en este artículo no es detenernos en detalles teológicos.
Observemos únicamente lo que dicen las Actas de los Apóstoles al dar un
sucesor a Judas, y en otras ocasiones que se proponían expresamente
realizar las profecías; pero hasta los mismos apóstoles citaban algunas
que no se encuentran en la Sagrada Escritura de los judíos, como la
siguiente que refiere San Mateo: «Jesús fue a vivir en una ciudad
llamada Nazaret, con la idea de que se realizara la predicción de los
profetas; por eso le llamaron Nazareno.»
San Judas, en su Epístola, cita también una profecía del libro de Enoch
que es apócrifa, y el autor de la obra imperfecta que se ocupa de San
Mateo, hablando de la estrella que vieron los magos en Oriente, se
expresa en estos términos: «Me han referido —dice tomándolo de no sé qué
escritura que verdaderamente no es auténtica, pero que fortalece la fe
en vez de destruirla— que existe en las riberas del Océano oriental una
nación que posee un libro que lleva el nombre de Seth, en el que se
habla de la estrella que debía aparecerse a los reyes magos y de los
regalos que éstos irían a ofrecer al hijo de Dios. Dicha nación,
conocedora del citado libro, escogió doce personas de las más
religiosas, y les encargó que observaran cuándo se aparecía la estrella.
Cuando una de esas doce personas moría, la sustituían con uno de sus
hijos o con uno de sus próximos parientes. Esas personas las llamaron
magos en su idioma, porque servían a Dios en silencio y en voz baja.»
Los magos iban todos los años, después de la recolección de los trigos,
a una montaña que hay en su país, que llaman de la Victoria, que es muy
agradable por las fuentes que la riegan y por la multitud de árboles que
allí crecen. Había allí también un antro formado entre los huecos de los
peñascos, y después de lavarse y de purificarse en él, ofrecían
sacrificios y rezaban a Dios silenciosamente durante tres días.
No interrumpieron esta religión práctica durante gran número de
generaciones, hasta que al fin la deseada estrella bajó desde el cielo,
descendiendo hasta la montaña; ostentaba la figura de un niño
pequeñuelo, encima del cual campeaba una cruz. La estrella habló a los
magos, y les dijo que fueran a Judea. Partieron al instante; la estrella
les guiaba andando siempre delante de ellos, y pasaron dos años en el
camino.
Esta profecía del libro de Seth se parece en todo a la de Zoroastro,
menos que en la estrella de éste se veía la figura
de una joven doncella; por eso sin duda Zoroastro no dice que sobre ella
campeaba una cruz. Esta profecía, que cita el Evangelio de la infancia,
la refiere también Abulparage. Zoroastro enseñó a los persas la
manifestación futura de Nuestro Señor Jesucristo, y les encargó que le
ofrecieran regalos en cuanto viniera al mundo. Les enseñó también que
en los últimos tiempos una virgen concebiría sin la intervención de
ningún hombre, y que cuando diera a luz en el mundo a su hijo,
aparecería una estrella que brillaría en pleno día y que ostentaría la
figura de una joven doncella. «Vosotros, hijos míos —añade Zoroastro—, la
percibiréis antes que las demás naciones. Cuando veáis aparecer esta
estrella, id en seguida adonde ella os guíe. Adorad al niño recién
nacido y ofrecedle regalos, porque es el Verbo que creó el cielo.»
El cumplimiento de esta profecía lo refiere la Historia Natural de
Plinio (5); pero además de que la aparición de la estrella debió
preceder cerca de cuarenta años al nacimiento de Jesús, este pasaje es
sospechoso para los sabios, y no es el primero ni el único que se ha
ingerido en el cristianismo. He aquí el extracto de este
pasaje: «Apareció en Roma, durante siete días, un cometa tan
brillante, que apenas podía mirársele fijamente; en él se distinguía la
figura de un dios en forma humana; se creyó que era el alma de Julio
César que acababa de morir, y le adoraron en un templo particular.»
Assemani, en su Biblioteca Oriental, se refiere
a un libro de Salomón,
metropolitano de Basora, que se titula Abeja, en el que hay un capítulo
entero dedicado a esta predicción de Zoroastro. Hornio, que lo creía
auténtico, sostiene que Zoroastro era Balaam, quizás porque Orígenes, en
el libro que escribió contra Celso, dijo que los magos adquirieron sin
duda las profecías de Balaam, porque se encuentran las siguientes
palabras en el libro de los Números: «Una estrella se levantará de
Jacob; de un hombre saldrá Israel.» Pero Balaam no era judío, como no lo
era Zoroastro, puesto que él mismo dice que vino de Aram, de las
montañas de Oriente.
Por otra parte, San Pablo habla a Tito de un profeta cretense, y San
Clemente de Alejandría reconoce que queriendo Dios salvar a los judíos
les concedió tener profetas; hizo salir a los más excelentes hombres de
la Grecia, los que eran más a propósito para recibir semejante gracia,
separándoles de los hombres del vulgo, para que fueran profetas de los
griegos. «Platón —dice además—, ¿no predijo en cierto modo la economía
saludable, cuando en el segundo libro de la República imitó estas
palabras de la Escritura: «Deshagámonos del justo, porque nos
incomoda», y se expresó en estos términos: «El justo será apaleado y le
atormentarán; le reventarán los ojos, y después de sufrir toda clase
de martirios le crucificarán»?
San Clemente hubiera podido replicar que si no reventaron los ojos
a Jesús, para que se cumpliera la profecía de Platón, tampoco le rompieron
los huesos, como dice uno de los salmos: «Mientras me rompen los huesos,
los enemigos que me persiguen me llenan de calumnias y de injurias» (6).
Por el contrario, San Juan (7) dice terminantemente que los soldados
rompieron las piernas a los dos reos que crucificaron con el Salvador,
pero que no rompieron las de Jesús, para que estas palabras de la
Escritura se cumplieran: «No romperéis ninguno de sus huesos.»
La Sagrada Escritura que cita San Juan, se refería en este pasaje al
cordero pascual que tenían que comer los Israelitas; pero Juan Bautista,
que llamaba a Jesús el cordero de Dios, se las aplicó a él y sostuvo
que Confucio había predicho su muerte; Spizeli cita la Historia de la
China de Martini, en la que su autor refiere que el año 39 del reinado
de Kringi unos cazadores mataron fuera de las puertas de la ciudad un
animal raro que los chinos llaman kilín, (cordero de Dios). Al oír
esta noticia Confucio se golpeó en el pecho, lanzó profundos suspiros y
exclamó: «Kilín, ¿quién ha dicho que habéis venido? Mi doctrina toca
a
su termino y no tendrá ninguna aplicación cuando vos aparezcáis.»
También se encuentra otra profecía de Confucio en su segundo libro, que
aplican a Jesús, aunque en ella no se le llame cordero de Dios. Es la
siguiente: «No debe temerse que cuando el Santo que esperan las
naciones venga no se rinda a su virtud todo el homenaje debido. Sus
obras estarán en armonía con las leyes del cielo y con las de la
tierra.»
Las profecías contradictorias que se encuentran en los libros de los
judíos parece que deban excusar su obstinación, y explican las
dificultades con que tropiezan nuestros teólogos cuando cuestionan con
ellos. Además, las que acabamos de referir de los otros pueblos prueban
que el autor
de los Números, los apóstoles y los Santos Padres, reconocieron
que había profetas en todas las naciones. Lo mismo creen los árabes, que
cuentan ciento veinticuatro mil profetas desde la creación del mundo
hasta Mahoma, y suponen que cada uno de ellos fue enviado directamente
a una nación.
Nos ocuparemos de las profetisas en el artículo titulado
Sibila.
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(1) Génesis, cap. XLIX.
(2) Deuteronomio, cap. XVIII.
(3) Idem, cap. VII.
(4) Idem, cap. IX.
(5) Libro II, cap. XXV.
(6) Salmo XLII, vers. 11.
(7) Capitulo XIX, vers. 32 y 36.
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