PREJUICIOS
Prejuicio es admitir una opinión sin haberla juzgado; de este modo, en
todas las partes del mundo, inspiramos a los niños las opiniones que
queremos antes que puedan juzgarlas.
Hay prejuicios universales y necesarios que se encaminan hacia la
virtud. En todos los países enseñan a los niños a reconocer la
existencia de un Dios que castiga y remunera, a respetar y a querer a
sus padres, a considerar el hurto como un crimen y la honestidad como
una virtud, antes que los niños puedan comprender lo que es el vicio y
lo que es la virtud. Existen, pues, buenos prejuicios, que son los que
el juicio ratifica cuando el ser humano empieza a razonar.
El sentimiento no es un sencillo prejuicio, es algo superior. La madre
no ama a su hijo porque le dicen que lo debe querer; le ama por fortuna
porque le ama; pero sí que respetamos por prejuicio al hombre
revestido de ciertos hábitos que camina con gravedad y que habla lo
mismo que camina. Nuestros padres nos han dicho que debemos inclinarnos
ante él, y le respetamos antes de saber si merece nuestro respeto;
crecemos en edad y en conocimiento; nos apercibimos de que ese hombre es
un charlatán, interesado y orgulloso, y entonces despreciamos al que
reverenciábamos ayer, y el prejuicio sucumbe a nuestro propio juicio.
Creíamos por prejuicio las fábulas que nos contaron meciéndonos en la
cuna: nos refirieron que los titanes hicieron la guerra a los dioses y
que Venus se enamoró de Adonis; a los doce años tomamos esas fábulas por
verdades, y cuando, cumplimos veinte las consideramos como ingeniosas
alegorías.
II
Prejuicios históricos
Damos crédito a la mayoría de los historiadores sin juzgar lo que
refieren, y esta creencia es un prejuicio. Fabio Pictor relata que,
muchos siglos antes de su época, una vestal de la ciudad de Alba, yendo
por agua con un cántaro debajo del brazo, fue violada, que parió a Rómulo y
a Remo, que fueron amamantados por una loba. El pueblo romano
creyó esta fábula, sin fijarse en pensar si en aquella época había
vestales en el Lacio; en si era verosímil que la hija de un rey saliera
de su convento y fuese por agua con un cántaro; en si era probable que
una loba amamantara dos niños y no se los comiera; y el prejuicio quedó
establecido.
Un monje escribió que Clovis, encontrándose en peligro en la batalla de
Tolbiac, juró hacerse cristiano si escapaba del peligro; pero ¿es
natural que pidiera protección a un dios extranjero en aquella ocasión?,
¿la religión que profesamos no es la que tiene en nosotros la mayor
fuerza?, ¿hay algún cristiano que peleando con los turcos no invoque con
preferencia a la Santa Virgen que a Mahoma? En esa historia se añade que
un palomo trajo en su pico la ampolla santa para ungir a Clovis y que un ángel trajo el oriflama para conducirle
a la victoria;
el prejuicio cree todas las anécdotas de esta clase. Los que conocen la
naturaleza humana están convencidos de que el usurpador Clovis y el
usurpador Rolón se convirtieron al cristianismo para gobernar mejor a
los cristianos, como los usurpadores turcos se afiliaron a la religión
musulmana para gobernar mejor a los musulmanes.
III
Prejuicios religiosos
Si la nodriza os refiere que Ceres preside a la cosecha del trigo,
o que Vichnu y Xaca se encarnaron muchas veces, o que Sammonocodom vino al
mundo a cortar un bosque, que Mahoma o algún otro hizo algún viaje al
cielo, y luego vuestro preceptor viene a reforzar en vuestro cerebro lo
que vuestra nodriza grabó en él, ya no se os borra de la imaginación en
toda la vida. Vuestro raciocinio trata de protestar de esos prejuicios;
pero si vuestros vecinos, y sobre todo vuestras vecinas, os dicen a voz
en grito que sois impíos, os asustan; vuestro derviche, creyendo que
vais a disminuir sus ganancias, os denuncia ante el kadí, y el kadí, si
puede, manda que os empalen, porque él desea mandar a tontos, porque
cree que éstos son los que obedecen mejor, y esta comedia durará hasta
que vuestros vecinos, el derviche y el kadí empiecen a comprender que la
tontería es una cosa inútil y la persecución una cosa abominable.
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