POSEÍDOS
De los que se jactan de tener relaciones con el diablo, únicamente los poseídos son los únicos
a quienes no podemos contradecir. Cuando
un hombre os diga: «Estoy poseído», es preciso creerle bajo su palabra. Los poseídos no están obligados
a hacer cosas extraordinarias,
y cuando las hacen, sólo es por superabundancia de derecho. ¿Qué podemos replicar al hombre que rueda los ojos, que tuerce la boca y
que dice que tiene el diablo dentro del cuerpo? Cada uno siente lo que siente. Antiguamente, el mundo estaba
lleno de poseídos; quizás
todavía pueda encontrarse alguno.
Al pobre poseído que se satisface con tener algunas convulsiones y que
no hace daño a nadie, tampoco tenemos derecho a causárselo. Si
disputáis con él, infaliblemente quedaréis debajo, porque os dirá: «El
diablo me entró ayer en el cuerpo bajo esta o la otra forma, y desde
entonces padezco de un cólico sobrenatural que no puede curar ningún
boticario.» Con semejante hombre no se puede tomar otro partido, mas
que el de exorcizarle o el de abandonarle al diablo.
Es lástima que hoy día ya no haya poseídos, ni magos, ni astrólogos, ni
genios. Apenas podemos concebir hoy el gran recurso que eran todos esos
misterios hace cien años. La nobleza vivía entonces encerrada en sus
castillos; las noches de invierno son muy largas, y las gentes se
hubieran muerto de fastidio si no hubieran tenido a mano esos lícitos
recreos. No había ningún castillo en el que no se presentara una hada
en días marcados, como lo hacía la hada Merlusina en el castillo de
Lusignan. El montero mayor, hombre flaco y curtido, cazaba con una
jauría de perros negros en el bosque de Fontainebleau. El diablo torcía
el cuello al mariscal Fabert. Cada aldea tenía su hechicero o su
hechicera; cada príncipe su astrólogo; todas las damas se hacían
decir la buenaventura; los poseídos corrían por los campos, disputaban
quién había visto al diablo y quién lo veía: todo esto era materia
para conversaciones inagotables, y todos los espíritus vivían con
sobresalto. En la actualidad jugamos insípidamente a la baraja, y puede
decirse que hemos perdido habiéndonos desilusionado.
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