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Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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POLIGAMIA

Poligamia - Diccionario Filosófico de VoltaireMahoma redujo a cuatro el número ilimitado de esposas, pero como es menester ser muy ricos para mantener cuatro mujeres, sólo los grandes señores pueden gozar ese privilegio. Por eso la pluralidad de mujeres no perjudica tanto como se cree a los Estados musulmanes y no los despuebla, como se repite todos los días en libros escritos por autores mal enterados.

Los judíos, siguiendo el uso antiguo que establecieron sus libros desde los tiempos de Lamech, gozaban de libertad para tener muchas mujeres al mismo tiempo. David tuvo diez y ocho, y desde esa época los rabinos concretaron a ese número la poligamia de los reyes, aunque se dice que Salomón tuvo hasta setecientas.

Los mahometanos no permiten hoy públicamente que tengan los judíos pluralidad de mujeres; no los creen dignos de esa ventaja; pero el dinero, que puede más que las leyes, algunas veces en Oriente y en África permite a los judíos ricos lo que la ley les niega.

Refiérese con seriedad que Lelio Cinna, tribuno de la plebe, publicó después de la muerte de César que dicho dictador trataba de promulgar una ley que concedía a las mujeres el derecho de tener los maridos que quisieran. Todo hombre sensato debe comprender que eso no es mas que un cuento popular y ridículo, inventado para hacer odioso a César. Este cuento se parece a otro que refiere que un senador romano propuso en pleno Senado dar permiso a César para que pudiera acostarse con todas las mujeres que le gustaran. Semejantes necedades deshonran la historia y hacen formar muy mala idea de los que las creen. Es lamentable que Montesquieu diera crédito a esa fábula.

El emperador Valentiniano I, que decía que era cristiano, se casó con Justina viviendo su primera mujer, Severa, madre del emperador Graciano; pero era bastante rico para mantener varias mujeres. En la primera raza de los reyes francos, Gontrán, Chereberto, Sigeberto y Chilperico tuvieron muchas mujeres al mismo tiempo. Gontrán reconoció como mujeres legítimas a Veneranda, a Mercatruga y a Ostregila, que vivían en su palacio. Chereberto tuvo tres esposas: Merofleda, Marcovesa y Teodogila.

Es inconcebible que el ex jesuita Nonotte tuviera el atrevimiento y la ignorancia de negar esos hechos, que dijera que los reyes francos de la primera raza no fueron polígamos y que desfigurara en un libelo que consta de dos tomos muchísimas verdades históricas.

El padre Daniel, más sabio, más juicioso, confiesa sin ninguna dificultad la poligamia de los reyes francos; reconoce que Dagoberto I tuvo tres mujeres, y dice que Teodoberto se casó con Deuteria, aunque tenía otra esposa que se llamaba Visigalda y aunque Deuteria era también casada. Añade que en esto imitó a su tío Clotario, el que se casó con la viuda de su hermano Clodomiro, aunque tenía tres esposas. Varios son los historiadores que aseguran lo que nosotros estamos diciendo. En vista de todos estos testimonios, debe castigarse la impudencia de ese ex jesuita ignorante, que quiere erigirse en maestro y que dice, vomitando tan enormes tonterías, que habla así para defender la religión, como si alguno la atacara relatando sencillamente hechos históricos.

El abate Fleury, autor de la Historia eclesiástica, rinde más justicia a la verdad en todo lo concerniente a las leyes y los usos de la Iglesia. Confiesa que Bonifacio, apóstol de la Baja Alemania, consultó el año 726 al papa Gregorio II para que decidiera en qué caso un marido puede tener dos mujeres. El 22 de noviembre del mismo año, Gregorio II le contestó lo siguiente: «Cuando la mujer se vea atacada de una enfermedad que le impida cumplir los deberes conyugales, el marido puede casarse con otra, pero debe prestar a la mujer enferma los recursos que necesite.» Esta decisión está en armonía con la razón y con la política, y favorece el aumento de población, que es el objeto del matrimonio.

No está en armonía con la razón, ni con la política, ni con la Naturaleza, la ley que dispone que la mujer que está separada de cuerpo y de bienes de su marido no pueda tener otro esposo, ni el marido casarse con otra mujer. De este modo se pierde una raza respecto a la población, y si el esposo y la esposa separados tienen temperamento indomable, se ven obligados a cometer continuamente pecados, de los que deben ser responsables los legisladores.

Las decretales de los papas no siempre han tenido por objeto lo que es conveniente para el bienestar de los Estados y para el de los particulares. Esa misma decretal del papa Gregorio II, que permite la bigamia en algunos casos, priva para siempre de la sociedad conyugal a los jóvenes y a las jóvenes que sus padres dedican a la Iglesia desde su más tierna infancia. Esta ley es tan bárbara como injusta: se propone extinguir la familia, fuerza la voluntad de los hombres antes que la tengan, hace a los hijos esclavos de un voto que no han pronunciado, destruye la libertad natural, ofende a Dios y al género humano.

La poligamia de Filipo, landgrave de Hesse, perteneciente a la comunión luterana, es bastante pública. Conocí uno de los soberanos del Imperio de Alemania, cuyo padre, después de casarse con una luterana, obtuvo el permiso del Papa para casarse con una católica, y se quedó con las dos mujeres. Es público en Inglaterra que el canciller Cowper se casó con dos mujeres, que vivieron juntas en su casa en tan buena armonía, que honró el carácter de los tres. Todavía conservan algunos curiosos el folleto que dicho canciller escribió defendiendo la poligamia.

Debemos desconfiar de los autores que refieren que en algunos países las leyes permiten que las mujeres tengan muchos maridos. Los hombres, que son los que publican leyes, están dotados de excesivo amor propio, son celosos de su autoridad, tienen por regla general temperamento más ardiente que las mujeres, y en ningún país del mundo han podido sentar semejante jurisprudencia. Lo que no está conforme con la marcha ordinaria de la Naturaleza, rara vez es verdad; pero sí que ha sucedido muchas veces, sobre todo a los viajeros antiguos, tomar los abusos por leyes.

Ben Aboul Kiba, en su Espejo de los fieles, refiere que uno de los visires de Solimán dirigió las siguientes palabras a un agente del emperador Carlos V:

«Perro cristiano, ¿porque yo ponga en otra parte particular cariño, puedes acaso reprocharme que tenga cuatro mujeres, como la ley me permite, mientras tú vacías doce cuarterolas de vino cada año, y yo no bebo ni un solo vaso? ¿Qué bien proporcionas al mundo pasando más horas en la mesa que yo paso en la cama? Puedo dar cuatro hijos cada año, para que sirvan a mi augusto señor, y tú apenas si puedes dar uno, y si lo das, ¿para qué ha de servir el hijo de un borracho? Nacerá con el cerebro ofuscado por los vapores del vino que bebió su padre. Por otra parte, ¿qué he de hacer cuando dos de mis mujeres vayan de parto? ¿No he de utilizar las otras dos, como la ley me manda? ¿Qué papel tan triste no representas en los últimos meses del embarazo de tu mujer única, durante su parto y durante sus enfermedades? Has de permanecer en vergonzosa ociosidad, o has de ir a buscar a otra mujer. Entonces necesariamente te encuentras entre dos pecados mortales que te harán caer después de muerto hasta lo profundo del infierno.

»Supongo que en las guerras que tenemos contra los perros cristianos perdemos cien mil soldados; nos quedarán cerca de cien mil mujeres que colocar, y los ricos se encargarán de ellas. ¡Caiga la desgracia sobre todo musulmán que sea bastante tibio para no alojar en su casa cuatro doncellas hermosas como esposas legítimas suyas, y no las trate según se merezcan!

»¿Acaso, en tu país, el gallo, el carnero padre y el toro no tienen un serrallo cada uno? No sé por qué me echas en cara que tengo cuatro mujeres, cuando te debe constar que nuestro gran Profeta tuvo diez y ocho, David otras tantas y Salomón setecientas, con la añadidura de trescientas concubinas. No me reconvengas, pues, que soy muy modesto. No reproches la glotonería al hombre sabio que come frugalmente. Te permito que bebas; permíteme que ame. Tú cambias de vinos; consiente que yo cambie de mujeres, y cada uno que deje vivir a los demás siguiendo las costumbres de su país. Tu sombrero no se hizo para dictar leyes a mi turbante. Acaba de tomar café conmigo, y vete a acariciar a tu querida esposa alemana, ya que te ves reducido a ella sola.»

A lo que contestó el alemán: «Perro musulmán, al que guardo profunda veneración: antes de que acabe de tomar café, quiero quitarte las ilusiones. El que es dueño de cuatro mujeres debe hacerse la cuenta de que posee cuatro harpías, envidiosas, dispuestas a calumniarse unas a otras, a perjudicarse y a reñir, y su casa es el antro de la discordia. Ninguna de las cuatro puede quererte; cada una de ellas posee la cuarta parte de tu persona, y podrá darte todo lo más la cuarta parte de su corazón. Ninguna de ellas te hará agradable la vida: como son prisioneras que nada han visto, nada tienen que decirte, no conocen mas que a ti; por consiguiente, las fastidiarás; como eres su dueño absoluto, deben odiarte. Te ves obligado a que las vigile un eunuco, que las azota cuando hacen demasiado ruido; no te atrevas a compararte con el gallo, porque ningún gallo hace que un capón azote a sus gallinas. Compárate con los animales, y parécete a ellos todo lo que puedas, que yo prefiero amar como hombre, y quiero entregar mi corazón entero a una mujer, y que ella me entregue todo el suyo. Esta noche contaré nuestra entrevista a mi esposa, y creo que se quedará muy contenta.»

 

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