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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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POETAS

Poetas - Diccionario Filosófico de VoltaireEl joven, en cuanto sale del colegio, delibera consigo mismo si se dedicará a ser abogado, médico, teólogo o poeta. Nos ocupamos ya de los abogados y de los médicos, y ahora diremos algo de la fortuna prodigiosa que consigue alcanzar algunas veces el teólogo.

El teólogo que llega a ascender a la dignidad de Papa, tiene a sus órdenes, no sólo criados teológicos, cocineros, coperos, barrenderos, médicos, cirujanos, confiteros y predicadores, sino también un poeta. Ignoro qué loco sería el poeta de León X, como David fue durante algún tiempo el poeta de Saúl.

De todos los empleos que se pueden tener en una casa grande, indudablemente éste es el más inútil. Los reyes de Inglaterra, que conservan en su isla muchos de los antiguos usos que se han perdido en el continente, poseen, como es sabido, su poeta oficial, que tiene la obligación de escribir todos los años una oda en elogio de Santa Cecilia, que antiguamente tocaba tan admirablemente el clavicordio, que un ángel descendió del cielo para oírlo de más cerca.

Moisés es el primer poeta que conocemos. Debemos suponer que mucho antes de su época, los egipcios, los caldeos, los sirios y los indios conocían la poesía, ya que conocían la música. El hermoso cántico que entonó Moisés con su hermana María cuando salieron del mar Rojo es el primer monumento poético escrito en versos exámetros que ha llegado hasta nosotros. No participo de la opinión de Newton, de Leclerc y de otros, que prueban que fue escrito unos ochocientos años después del acontecimiento, que aseguran que Moisés no pudo escribir en hebreo, porque la lengua hebrea no es mas que un dialecto sacado de la lengua fenicia, y que Moisés no la podía saber. Tampoco participo de la opinión del sabio Gnet, que dice que Moisés no podía cantar por ser tartamudo y no poder pronunciar bien. Si creemos a los autores indicados, Moisés es menos antiguo que Orfeo, Museo, Homero y Hesíodo. Al primer golpe de vista se comprende que esta opinión es absurda. Tampoco pienso contestar a otros impertinentes que suponen que Moisés no es mas que un personaje imaginario, una imitación de la fábula del antiguo Baco, y que cantaban en las orgías todos los prodigios que realizó Baco, atribuyéndoselos después a Moisés, antes que se supiera que había judíos en el mundo. Semejante idea se refuta por sí misma.

También hubo un excelente poeta judío, que realmente fue anterior a Horacio, y este poeta es el rey David, y está probado que el Miserere es infinitamente superior al Justum ac tenacem propositi virum.

Es cosa sorprendente que los primitivos poetas fueran legisladores y reyes, cuando en la actualidad se encuentran gentes bastante bondadosas para querer ser poetas de los reyes. Virgilio no ejercía verdaderamente este cargo en el imperio de Augusto, ni Lucano el de poeta de Nerón; pero confieso que envilecieron algo la profesión considerando como a dioses al uno y al otro.

Puede preguntarse en qué consiste que siendo la poesía tan poco necesaria en el mundo, ocupe un sitio tan elevado en las bellas artes; lo mismo puede preguntarse respecto a la música. La poesía es la música del alma, sobre todo la de las almas grandes y sensibles. Uno de los méritos de la poesía, que todos reconocen, es que dice más que la prosa y con menos palabras. No me ocuparé de otros encantos de la poesía, porque son muy conocidos; pero sí que diré que no hay verdadera poesía sin gran juicio; pero ¿cómo puede armonizarse el juicio con el entusiasmo? Como lo armonizaba César, que formaba el plan de una batalla con prudencia y realizándolo peleaba con furor.

Ha habido poetas algo locos, es verdad, pero por eso fueron malos poetas. El hombre que sólo tiene dáctilos y espondeos en la imaginación, rara vez es hombre de buen sentido; pero en cambio Virgilio estaba dotado de una razón superior. Lucrecio era un mal físico, y en esto se parecía a toda la antigüedad. La física no se aprende con la imaginación; es un arte que sólo puede estudiarse con instrumentos, y los instrumentos entonces no se habían inventado. Descartes no sabía más que Lucrecio cuando sus llaves abrieron el santuario, y hemos andado cien veces más camino desde Galileo, que fue mejor físico que Descartes, hasta nuestros días, que desde el primer Hermes hasta Lucrecio y que desde Lucrecio hasta Galileo.

Toda la física antigua pertenece a una escuela absurda; no sucede lo mismo con la filosofía del alma y del buen sentido, que con la ayuda del ingenio pesa con justicia las dudas y las verosimilitudes; éste es el gran mérito de Lucrecio; su tercer canto es una obra magistral de raciocinio; diserta en él como Cicerón y se expresa algunas veces como Virgilio. Al decir que el poeta Lucrecio razona como un metafísico excelente en el tercer canto, no quiero decir que tenga razón; podemos argumentar con un criterio vigoroso y equivocarnos, si no nos ha instruido la revelación. Lucrecio no era judío, y los judíos eran los únicos hombres en el mundo que tenían razón en los tiempos de Cicerón, de Posidonio, de César y de Catón. Al poco tiempo, durante la dominación de Tiberio, los judíos dejaron de tener razón, y desde entonces sólo los cristianos tuvieron sentido común. De modo que no era imposible que consideraran imbéciles a Cicerón, a Lucrecio y a César, comparándolos con los judíos y con nosotros; pero es preciso convenir en que para el resto del género humano fueron tres grandes hombres.

Confieso que Lucrecio se mató lo mismo que Catón, lo mismo que Casio y Bruto. Pero pudieron muy bien matarse y haber tenido razón, como hombres de ingenio, toda su vida.

Preciso es confesar que los herejes fueron los que empezaron a desencadenarse contra la más bella de todas las artes. León X resucitó la escena trágica; no necesitaron otro pretexto los reformistas para decir que eso era obra de Satanás. La ciudad de Ginebra y muchas aldeas de Suiza pasaron ciento cincuenta años sin consentir que en ellas se tocara un solo violón. Los jansenistas, que hoy bailan alrededor del sepulcro de San Paris, para edificar al prójimo, prohibieron en el siglo XVII a la princesa de Conti, que ellos dirigían, que enseñara a bailar a su hijo, porque el baile es una cosa profana. Esto no obstante, era preciso tener gracia y saber bailar el minué; no querían que tocara el violón, y el director consintió con mucho trabajo que enseñaran a bailar al príncipe de Conti con castañuelas. Algunos católicos algo visigodos de la parte de acá de las montañas, temiendo los reproches de los reformistas, llegaron a escandalizarse más que éstos, y de este modo, poco a poco se fue estableciendo en Francia la moda de difamar a César y a Pompeyo y de negar ciertas ceremonias a personas que estaban a sueldo del rey y trabajaban con permiso de los magistrados. Nadie reclamó contra semejante abuso, por no exponerse a reñir con hombres poderosos por Fedra y por otros héroes de los siglos pasados. En su interior, cada cual conocía que ese rigor era absurdo; pero todo el mundo callaba y acudía al teatro a oír las representaciones de las buenas obras dramáticas.

Roma, de quien los franceses hemos aprendido nuestro catecismo, no lo usa como nosotros: supo siempre atemperar las leyes a los tiempos y a las necesidades; hizo distinción entre los descarados titiriteros, con verdadero motivo censurados antiguamente, y entre las obras teatrales de Trissin y de varios obispos y cardenales que ayudaron a resucitar la tragedia. En la actualidad se representan en Roma públicamente comedias en los conventos, a las que asisten las damas sin promover ningún escándalo, y nadie cree allí que los diálogos que se recitan sobre tablados sean una infamia diabólica. No hace mucho representaron la obra Jorge Dandín monjas en un convento de Roma, y asistieron a la representación multitud de damas y eclesiásticos.

Los prudentes romanos se guardan bien de excomulgar a los jóvenes que cantan de tiple en las óperas italianas, porque verdaderamente es bastante castigo haberles castrado en este mundo y no necesitan condenarse en el otro. En los buenos tiempos de Luis XIV ponían siempre en los espectáculos un banco, que se llamaba el «banco de los obispos». Me consta que durante la minoría de Luis XV el cardenal Fleury, que era entonces obispo de Frejus, estuvo muy empeñado en hacer revivir esa costumbre. Pero otros tiempos exigen otras costumbres; en la apariencia somos mucho más sabios que lo eran en los tiempos en que la Europa entera acudía a admirar las fiestas francesas, en los que Richelieu hizo revivir el teatro, en los que León X hizo renacer en Italia el siglo de Augusto; pero llegarán otros días en los que nuestros nietos, al leer al mismo tiempo la obra impertinente del padre Le Brun contra el arte de Sófocles y las obras de nuestros grandes hombres, exclamarán con sorpresa: «¿Es posible que los franceses se contradigan de ese modo, y que la más absurda barbarie levantara orgullosamente la cabeza entre las más hermosas producciones del género humano?»

 

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