PLAGIO
Dícese que trae su etimología de la palabra latina plaga, que significa
condenar a la pena de azotes a los que habían vendido hombres libres por
esclavos. Esto no tiene nada que ver con el plagio de los autores, los
que no venden hombres esclavos ni libres, y sólo se venden algunas
veces a sí
mismos por exigua cantidad de dinero.
Cuando un autor vende los pensamientos de otros por suyos, se llama
plagio ese hurto. Podrán, pues, llamarse «plagiarios» todos los
compiladores, todos los que escriben diccionarios, si no hacen mas que
repetir las opiniones, los errores, las imposturas, las verdades que
estaban ya impresas en diccionarios precedentes; pero al menos éstos son plagiarios de
buena fe, que no se atribuyen el mérito de la invención. Ni siquiera
pretenden haber desenterrado de monumentos antiguos los materiales que
reúnen; no han hecho otra cosa que copiar a los laboriosos compiladores
del siglo XVI. Nos venden en un volumen en cuarto lo que ya teníamos
impreso en un volumen en folio. Pueden llamarse libreros mejor que
autores, y mejor pueden colocarse en la clase de ropavejeros que en la
de plagiarios.
El verdadero plagio consiste en publicar como nuestras las obras de
otros; en coser en ellas trozos largos de un buen libro cambiando
algunas palabras; pero el lector ilustrado, al conocer un pedazo de
palio de oro entre otros muchos de paño burdo, reconoce en seguida al
ladrón torpe.
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