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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

►  Pedro

 

PATRIA

Patria - Diccionario Filosófico de VoltaireNos limitaremos en este artículo, insistiendo en nuestro método, a proponer algunas cuestiones que nos imposible resolver.

¿El judío tiene patria? Si nació en Coimbra, nació entre una multitud de ignorantes absurdos que presentarán muchos argumentos contra él, y a los que dará contestaciones absurdas si se atreve a contestar. Le vigilarán los inquisidores y lo quemarán vivo si averiguan que no come tocino, y después se apoderarán de sus bienes. ¿Puede decirse que Coimbra es su patria, puede acaso amarla? ¿Su patria es Jerusalén? Oyó decir vagamente que en la antigüedad sus antepasados habitaron en aquel territorio pedregoso y estéril, rodeado por un desierto abominable, y que los turcos son hoy dueños de aquel país. Jerusalén no es hoy su patria: no tiene patria; no hay en el mundo un pie cuadrado de tierra que le pertenezca.

El guebro, que es más antiguo y más respetable que el judío, y hoy vive esclavo de los turcos, o de los persas, o del Gran Mogol, ¿puede contar como patria los pireos que eleva en secreto en la cumbre de las montañas? El baniano y el armenio, que pasan toda la vida recorriendo el Oriente dedicados a ejercer el oficio de corredores, ¿pueden decir que ésta es su querida patria? No tienen más patria que su bolsa y su libro de cuentas. En las naciones de Europa, todos esos mercenarios que alquilan sus servicios y que venden su sangre al primer rey que les paga, ¿tienen patria? Mucho menos que el ave de rapiña que vuelve todas las noches al hueco de la peña donde su madre hizo el nido. ¿Se atreven los frailes a decir que tienen patria? Dicen que su patria es el cielo; de ese modo se lo concedo, pero en el mundo yo no sé que tengan patria.

¿La palabra «patria» es propia y conveniente pronunciada por el griego moderno, que ignora que existieron Milcíades y Agesilao, que sólo sabe que es esclavo de un genízaro, y éste esclavo de un agá, y éste esclavo de un bajá, y éste esclavo de un visir, y éste esclavo del padichá, que los, europeos llamamos el Gran Turco?

¿Qué es, pues, la patria? ¿Será acaso un buen campo, cuyo poseedor, viviendo cómodamente en una casa surtida de todo, pueda decir: «Este campo que yo cultivo, esta casa, que yo he edificado, son míos, y vivo en ellos bajo la protección de las leyes, que ningún tirano puede violar. Cuando los que posean campos y casas como yo se reúnan para tratar de sus intereses comunes, tendré yo voto en esa asamblea, porque constituye parte del todo: una parte de la comunidad, una parte de la soberanía: he aquí mi patria»?

II

Un joven mancebo de una pastelería, que había estudiado en el colegio y recordaba aún algunas frases de Cicerón, se jactaba un día de amar con entusiasmo a la patria. «¿Qué entiendes tú por patria? —le preguntó un concurrente a la pastelería—; ¿es el horno donde trabajas?, ¿es la aldea donde naciste y que no has vuelto a ver?, ¿es la calle donde vivían tu padre y tu madre, que se arruinaron, obligándote a pasar la vida haciendo pasteles?, ¿es la iglesia de Nuestra Señora, en la que no conseguiste ser acólito, mientras que un hombre absurdo llega a ser arzobispo y duque y a disfrutar de veinte mil luises de oro de renta?» El mancebo de la pastelería no supo qué contestar, y un filósofo que estaba oyendo la conversación sacó por consecuencia que en la patria que es algo extensa se encuentran frecuentemente millones de hombres que no tienen patria.

El voluptuoso parisiense que nunca hizo más viaje que el de París a Dieppe para comer allí pescado fresco, que sólo conoce la suntuosa casa que tiene en la ciudad y su linda casa de campo, que habla bastante bien la lengua francesa, porque no sabe hacer otra cosa mas que hablar, está enamorado de todo eso y de las jóvenes que entretiene y del vino de Champaña, y dice sin embargo que ama a su patria.

¿Puede decirse en conciencia que el hacendista ama cordialmente a su patria? El oficial y el soldado que devastarían el distrito donde tienen el cuartel de invierno si tuvieran permiso para obrar así, ¿profesan acaso afecto tierno a los paisanos que ellos arruinarían? ¿Cuál era la patria del duque de Guisa, que tenía por apodo el Acuchillado? ¿Era Nancy, París, Madrid o Roma? ¿Qué patria tuvieron los cardenales La Balue, Duprat, Lorena y Mazarino? ¿Cuál fue la patria de Atila y de los héroes de esa clase, que lo recorrieron todo y no pararon nunca? Quisiera que me dijeran cuál fue la patria de Abraham. Creo que fue Eurípides el primero que dijo que la patria es el sitio donde nos encontramos bien; pero el primer hombre que salió del sitio de su nacimiento para buscar el bienestar en otra parte, sin duda lo diría antes que Eurípides.

III

Patria es la reunión de muchas familias, y así como ordinariamente sostenemos a la familia por amor propio, cuando no media un interés contrario, por ese mismo amor propio sostiene cada individuo la ciudad o la aldea de su nacimiento, que llamamos su patria. Cuanto más grande llega a ser la patria, menos la amamos, porque el amor dividido se debilita. Es imposible amar tiernamente a una familia muy numerosa que apenas conocemos.

El que siente la ardiente ambición de ser edil, tribuno, pretor, cónsul o dictador, se esfuerza por pregonar que ama a su patria, pero sólo se ama a sí mismo. Cada ciudadano desea estar seguro de poderse acostar por la noche en su casa sin que otro hombre se abrogue el poder de mandarle que se acueste en otra parte; cada ciudadano quiere estar seguro de su fortuna y de su vida. Teniendo todos los ciudadanos los mismos deseos, sucede que el interés particular se convierte en interés general; cuando se hacen votos en favor de la República, en realidad cada cual los hace en beneficio propio.

Es imposible que haya en la tierra ningún Estado que al principio no se haya gobernado por la República, porque ésta es la marcha natural de la naturaleza humana. Algunas familias empiezan a reunirse al principio para defenderse de los osos y de los lobos; las que sólo tienen granos los cambian con las que sólo tienen leña. Cuando descubrimos la América encontramos todas sus poblaciones divididas en repúblicas; sólo había dos monarquías en toda aquella parte del mundo: entre mil naciones sólo encontramos dos que estuvieran subyugadas.

Lo mismo sucedía en el mundo antiguo; todo eran repúblicas en Europa antes de conocerse los reyezuelos de Etruria y de Roma. Existieron durante muchos siglos las repúblicas de Asia, de Trípoli, de Túnez y de Argel, y hacia la parte septentrional eran repúblicas de bandidos. Los hotentotes, situados en el Mediodía, viven aún como vivían en las primeras edades del mundo, libres, todos iguales, sin señores ni vasallos, sin dinero y casi sin necesidades. La carne de sus corderos les alimenta, con sus pieles se visten; cuevas de madera y de tierra son sus viviendas; son más fétidos que los demás hombres, aunque ellos no lo conocen; viven y mueren con más lentitud que nosotros.

Quedan en Europa ocho repúblicas: Venecia, Holanda, Suiza, Ginebra, Lucca, Ragusa, Génova y San Marino (1). Pueden considerarse la Polonia, Suecia e Inglaterra como repúblicas gobernadas por un rey.

Ahora vamos a preguntar: ¿qué es preferible, que vuestra patria sea un Estado monárquico o un Estado republicano? Hace cuatro mil años que se agita esta cuestión. Si la han de resolver los ricos, dirán que prefieren la aristocracia; si la ha de resolver el pueblo, dirá que prefiere la democracia; sólo los reyes preferirán la monarquía. ¿Cómo, pues, es posible que en casi todo el mundo gobiernen monarcas? Preguntádselo a los ratones que propusieron colgar una campanilla al cuello del gato, y nadie se atrevió a ponérsela (2). Pero la verdadera razón consiste en que los hombres rara vez son dignos de gobernarse por sí mismos. Es triste que muchas veces, para ser buen patriota, sea preciso ser enemigo del resto de los hombres. El antiguo Catón, que era un buen ciudadano, decía en voz alta en el Senado: «Esta es mi opinión, y quede arruinada Cartago.» Ser buen patriota es desear que la ciudad donde hemos nacido se enriquezca por medio del comercio, y sea poderosa por medio de las armas; pero es evidente que un país no puede ganar sin que otro país pierda, y que no se puede vencer sin causar muchas víctimas. Tal es la condición humana, que desear la grandeza de nuestro país es desear la decadencia de otros países; el que deseara que su patria no fuese nunca ni más grande ni más pequeña, ni más rica ni más pobre, ése sería el verdadero ciudadano del universo.

__________

(I) Hay que tener presente que este artículo lo escribió Voltaire el año 1764.—N. del T.

(2) La Fontaine, fábula 2.ª del libro II.

 

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