ORÁCULOS (1)
(2)
II
Algunas historias sorprendentes de oráculos, que se creyó que sólo podían atribuirse
a los genios, hicieron opinar a los cristianos que las habían referido los demonios y que cesaron de contarlas cuando vino Jesucristo al mundo; de este modo evitaban entrar en la discusión de los hechos, que hubiera sido larga y difícil, y parecía que confirmaban la religión, que nos enseña que existen los demonios, achacándoles esos acontecimientos.
Esto no obstante, las historias que relatan respecto
a los oráculos deben ser sospechosas. La de Tamus, que Eusebio cree, y que únicamente Plutarco refiere, trae
a continuación en el mismo historiador un cuento tan ridículo, que es bastante para desacreditarla, y mucho más cuando ella misma es poco razonable. Si el gran Pan era un demonio, ¿los demonios no podían saber la muerte de éste, comunicándosela unos
a otros, sin encargar esta comisión a Tamus? Si el gran Pan era Jesucristo, ¿cómo nadie cayó en ese error en el paganismo, y no creyó que fuese Jesucristo muerto en Judea, siendo el mismo Dios el que obligó
a los demonios a que anunciaran esa muerte a los paganos?
La historia de Tulis, cuyo oráculo sobre la Trinidad es positivo, sólo la refiere Suidas: Dicho Tulis, rey de Egipto, no era indudablemente uno de los Ptolomeos. ¿Qué crédito debemos dar al oráculo de Serapis, sabiendo cierto que Herodoto no habla de ese dios, mientras que Tácito refiere detalladamente cómo y por qué uno de los Ptolomeos hizo venir del Ponto al dios Serapis, que entonces sólo era allí conocido?
Tampoco podemos admitir el oráculo pronunciado respecto al niño hebreo
a quien todos los dioses obedecen. Cedreno tomó de Eusebio ese oráculo, y hoy no se encuentra
en ninguna parte. No es imposible que Cedreno pusiera una cita falsa, o citara alguna obra falsamente atribuida
a Eusebio; pero ¿en qué consiste que los primitivos apologistas del cristianismo guardan todos silencio respecto
a un oráculo que tan favorable es a la religión? Los oráculos que Eusebio saca de Porfirio, afiliado al paganismo, son tan difíciles de creer como los anteriores. Nos los presenta Eusebio despojados de todo lo que los acompañaba en los escritos de Porfirio, pero ¿sabemos acaso si este pagano los refutaba? Debía hacerlo para defender su causa; si no lo hizo, seguramente
tenía alguna intención oculta, como la de ofrecerlos a los cristianos con el designio de burlarse de su credulidad si los consideraban verdaderos y si fundaban su religión sobre semejantes cimientos.
Por otra parte, algunos de los cristianos primitivos decían
a los paganos que se burlaban de ellos sus sacerdotes. He aquí cómo habla de ellos Clemente de Alejandría: «Elogiemos —dice—
cuanto quieras esos oráculos locos e impertinentes, y añade a ellos los augurios y las interpretaciones de los sueños y de los prodigios. Haz que aparezcan delante del Apolo Pitio esas gentes que adivinan por medio de la harina
o de la cebada, y las que merecen tanto aprecio porque hablan por el vientre. Los secretos de los templos egipcios y la nigromancia de los etruscos deben permanecen en las tinieblas, porque sólo son imposturas extravagantes y engaños parecidos
a los del juego de los dados. Las cabras destinadas a la adivinación,
los cuervos enseñados a pronunciar oráculos, sólo son, por decirlo así, asociados de los charlatanes que engañan
a los hombres.
Eusebio expone a su vez excelentes razones para probar que los oráculos pudieron muy bien ser imposturas, y si se los atribuye
a los demonios es por dar crédito a una lamentable preocupación y por respetar la opinión general. Los paganos no se cuidaban de averiguar si sus oráculos fueron un artificio de sus sacerdotes, y por la falsa manera de argumentar, creyeron conseguir alguna ventaja en esta discusión, concediéndoles que si había algo sobrenatural en sus oráculos, no era por influencia de la Divinidad, sino por influencia de los demonios.
Llegó por fin un tiempo en el que se descubrieron en todo el mundo las bellaquerías de los sacerdotes, y esto sucedió cuando la religión cristiana derrotó completamente al paganismo en los tiempos de los emperadores cristianos. Teodoret dice que Teófilo, obispo de Alejandría, hizo reconocer
a los habitantes de dicha ciudad las estatuas huecas
dentro de las cuales se escondían los sacerdotes para hacerles pronunciar los oráculos, llegando hasta ellas por caminos subterráneos. Cuando por orden de Constantino se derribó el templo de Esculapio, situado en Cecilia, según dice Eusebio, expulsaron de allí, no
a un dios ni a un demonio, sino al bribón que se impuso durante mucho tiempo
a la credulidad de los pueblos.
Quedó vencida la mayor dificultad que ofrecían los oráculos desde que hemos reconocido que los demonios no podían tener parte en ellos y desde que no hay interés en hacer cesar su influencia, desde que Jesucristo vino al mundo. Por otra parte, podemos presentar varias pruebas de que los oráculos continuaron lo menos cuatrocientos años después de la venida de Jesucristo, y que sólo quedaron completamente mudos cuando se destruyó el paganismo por completo.
Suetonio, en la Vida de Nerón, dice que el oráculo de Delfos aconsejó
a dicho emperador que se guardara de los setenta y tres años. Nerón creyó que no debía morir hasta esa edad, y no se le ocurrió nunca que el viejo Galba, que tenía setenta y tres años, le había de robar el Imperio.
Filóstrato nos dice que Apolonio, en la época de Domiciano, visitó los oráculos de Grecia, el de Dodona y el de Delfos. Plutarco, que vivía en el reinado de Trajano, nos refiere que el oráculo de Delfos existía aún, aunque sólo tenía una sola sacerdotisa, cuando en tiempos anteriores tuvo dos
o tres. En la época de Adriano, Dión Crisóstomo relata que consultó al oráculo de Delfos.
En la época de los Antoninos, asegura Luciano que un sacerdote de Tiana
fue a preguntar al falso profeta Alejandro si los oráculos que se pronunciaban entonces en Didima, en Clarós y en Delfos eran verdaderamente contestaciones de Apolo
o eran imposturas. Alejandro guardó consideraciones a dichos oráculos, que eran de la misma naturaleza que el suyo, y respondió al sacerdote que eso no era permitido saberlo. Pero cuando ese hábil sacerdote le preguntó qué le sucedería cuando muriera, el oráculo le respondió audazmente: «Primero serás camello, en seguida caballo, luego filósofo, y últimamente profeta tan grande como Alejandro.»
Cuando murieron los Antoninos, tres emperadores se disputaban el Imperio. Consultaron al oráculo de Delfos para averiguar cuál de los tres sería mejor para la nación. El oráculo dio la siguiente contestación en verso: «El negro es el mejor; el africano es bueno; el blanco es el peor.» El negro
aludía a Pescenio Níger; el africano a Septimio Severo, que era hijo de
África, y el blanco a Clodio Albino.
Dión, que no terminó de escribir su historia hasta el año octavo del Imperio de Alejandro Severo,
o sea el año 230, refiere que en aquella época Anfíloco pronunciaba todavía oráculos. Nos cuenta también que había en la ciudad de Apolonia un oráculo que predecía el porvenir.
Refiere Sozomeno que Lecino, deseando mover la guerra
a Constantino, consultó al oráculo de Apolo y que le contestó dos versos de Homero, que vienen
a decir: «Desventurado viejo, no estás para pelear contra jóvenes; te falta fuerza y la edad te abate.» Macrobo, que vivía en la época de Arcadio y de Honorio, hijo de Teodosio, se ocupa de un dios de Heliópolis, que pertenecía
a la Siria, y de su oráculo, de un modo que no puede dudarse que entonces aún los había.
Constantino echó a tierra algunos templos, realizando esto con el pretexto de que en ellos se cometían crímenes. Con ese pretexto derribó los templos de Venus y de Esculapio, en los que había oráculos, y además, prohibiendo que se hicieran sacrificios
a los dioses, empezó a inutilizar los otros templos paganos. Quedaban todavía muchos oráculos cuando Juliano ascendió al Imperio, restableció algunos que estaban ruinosos, y hasta él mismo quiso profetizar. Jobino, su sucesor, empezó con gran celo la destrucción del paganismo, pero como sólo reinó siete meses, poco pudo hacer. Teodosio, para conseguirlo, mandó cerrar todos los templos paganos, y más tarde prohibieron la práctica de dicha religión, bajo pena de
muerte, los emperadores Valentiniano y Marciano, el año 451 de la era vulgar, y el paganismo necesariamente envolvió
a los oráculos en su ruina.
Este modo de terminar no debe sorprender a nadie; era la consecuencia natural del establecimiento del nuevo culto. Los hechos milagrosos disminuyen en una religión falsa en cuanto se afirma, porque ya no los necesita,
o cuando se extingue, porque ya no se encuentra nadie que los crea. El deseo tan vehemente como inútil de conocer el porvenir dio origen
a los oráculos; la impostura los acreditó y el fanatismo puso el sello a su fama. La pobreza de los pueblos, que ya nada podían dar, la farsa de los sacerdotes que se descubrió en muchos oráculos y los edictos de los emperadores cristianos, fueron las causas verdaderas de la extinción de ese género de imposturas.
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