ORÁCULOS (1) (2)
I
Desde que la secta de los fariseos del pueblo judío trabó relaciones con el diablo, algunas personas de las que entre ellos discurrían empezaron
a creer que el diablo y sus compañeros inspiraban en las demás naciones
a los sacerdotes y a las estatuas que pronunciaban el oráculo. Los saduceos no creían en ángeles ni en demonios; eran más filósofos que los fariseos, y por consecuencia menos
a propósito para adquirir fama entre el pueblo.
El diablo intervenía en todo para el populacho judío en la época de Gamaliel, de Juan «el Bautizador», de Santiago Obila y de su hermano Jesús, que
fue nuestro salvador Jesucristo. Por eso vemos que el diablo se lleva a Jesús al desierto, y unas veces lo transporta
a la cúspide del templo y otras veces a una colina inmediata, desde la que se distinguen todos los reinos del mundo; por eso vemos que el diablo entra en el cuerpo de los mancebos, de las doncellas y de los animales.
Los cristianos, aunque eran enemigos mortales de los fariseos, adoptaron todo lo que éstos creían respecto al diablo, así como los judíos antiguamente introdujeron en su país las costumbres y las ceremonias de los egipcios. Es bastante común imitar
a nuestros enemigos y emplear sus armas.
Casi en seguida los Padres de la Iglesia atribuyeron también al diablo las religiones que se repartieron por el mundo, los supuestos prodigios, los grandes acontecimientos, los cometas, las pestes, etc., etc. El pobre diablo, que decían que estaba friéndose en un agujero debajo de tierra, quedó asombrado al saber que era de pronto el señor del mundo. Aumentó maravillosamente su poder la institución de los frailes; la divisa de los recién venidos era: «Dadme dinero y os libraré del diablo»; pero el poder celestial y terrestre
de éste recibió un golpe mortal en la mano de su cofrade Lutero; que, riñendo con los frailes por el interés de su propia pobreza, descubrió todos los misterios.
Hondorf, que fue testigo ocular, refiere que habiendo expulsado los reformistas
a los frailes de un convento de Eisenach, allí encontraron una estatua de la Virgen María y del Niño Jesús, construida con tal arte, que cuando ponían ofrendas sobre el altar, la Virgen y el Niño bajaban la cabeza en señal de gratitud y volvían la espalda
a los que se presentaban allí con las manos vacías. Sucedió otra cosa peor en Inglaterra: cuando por orden de Enrique VIII se hizo la visita jurídica
a todos los conventos, encontraron en ellos que la mitad de las monjas estaban embarazadas, lo que sin duda no sucedería por influencia del diablo. El obispo Burnet cuenta que en ciento cuarenta y cuatro conventos los procesos verbales que formaron los comisarios del rey prueban que se cometieron abominaciones que nada tenían que envidiar
a las de Sodoma y Gomorra. Efectivamente, los frailes de Inglaterra debieron ser más disolutos que los sodomitas, porque eran más ricos: poseían las mejores tierras del reino. El territorio de Sodoma y Gomorra era pobre, no produciendo trigo, ni frutas, ni legumbres, careciendo de agua potable; sólo podía ser un horrible desierto, en el que moraban gentes infelices, demasiado preocupadas en proporcionarse la subsistencia para pensar en voluptuosidades.
Al fin suprimió el Parlamento esos soberbios asilos de la holgazanería, mandando exponer en la plaza pública los instrumentos de sus fraudes religiosos: el famoso crucifijo de Boksley, que se movía y andaba como un polichinela; las ampollas de líquido rojo, que hacían creer que era sangre que derramaban de vez en cuando las estatuas de los santos; los moldes de hoja de lata, en los que continuamente metían velas encendidas para hacer creer al pueblo que era una misma vela que no se apagaba nunca; las cerbatanas, que saliendo de la sacristía iban
a parar a la bóveda de la iglesia, por cuyo canuto hacían oír algunas veces voces celestes
a las devotas que pagaban para oírlas; en una palabra, expusieron en la plaza pública todo lo que la bribonería había inventado para subyugar
a la imbecilidad.
Entonces, algunos sabios de Europa, convencidos hasta la evidencia de que los frailes y no los diablos habían usado esas religiosas estratagemas, empezaron
a creer que había sucedido lo mismo que en las antiguas religiones: que los oráculos y los milagros, tan elogiados en la antigüedad, no fueron mas que prestidigitaciones de charlatanes, y que los sacerdotes griegos, romanos, sirios y egipcios fueron todavía más hábiles que los frailes.
El diablo perdió, pues, casi toda su fama, hasta que al fin
el buen hombre Bekker, cuyo artículo pueden consultar nuestros lectores, escribió su famoso libro contra el diablo y probó con cien argumentos que no existía. El diablo no le contestó, pero los ministros del Santo Evangelio sí que le contestaron, como ya sabemos, castigándole por haber divulgado
su secreto y quitándole el curato. De modo que Bekker fue víctima de Belcebú.
Fue destino de Holanda servir de cuna a los mayores enemigos del diablo. El médico Van Dale, filósofo y sabio profundo, ciudadano caritativo, audaz, pero fundando su audacia en la virtud, acometió la empresa de ilustrar
a los hombres esclavizados por horrores antiguos, empeñándose siempre en hacer más densa la venda que les tapa los ojos, hasta que un brillante rayo de luz les descubre parte de la verdad. Probó dicho autor en un libro erudito que los diablos no pronunciaron nunca ningún oráculo ni realizaron ningún prodigio, que
no se entrometían en nada de esto, y que no hay más verdaderos demonios que los bribones que han engañado
a los hombres. Van Dale probó con muchos documentos, no sólo que los oráculos de los paganos fueron juegos de manos de los sacerdotes, sino que esas bribonerías consagradas en todo el universo seguían haciéndose en la época de Juan «el Bautizador» y de Jesucristo. Lo demostró de un modo tan palpable, que actualmente no hay hombre sensato que no lo crea.
Quizás no tiene buen método el libro de Van Dale, pero es quizás el libro más curioso que se ha escrito. Se encuentran en él las bellaquerías groseras del supuesto Hystaspo y de las sibilas, la historia apócrifa del viaje de Simón Barjona
a Roma, los cumplimientos que le envió Simón el Mago por medio de su perro, los milagros de San Gregorio Taumaturgo, la carta que este santo mandó al diablo y que llegó
a su dirección, los milagros que hicieron los reverendos padres jesuitas y los reverendos padres capuchinos; en una palabra, se encuentra en este libro todo lo antiguo y todo lo moderno referente
a esta materia que arranca el velo a todas las imposturas, que quedan
descubiertas para todos los hombres que saben leer, aunque por desgracia
éstos están en minoría.
Pero el imperio de la impostura no quedó destruido entonces en
Italia, en Francia, en España, en los Estados austriacos ni en Polonia, en cuyas naciones los jesuitas dominaban. Los poseídos del diablo y los milagros falsos inundaban aún la mitad embrutecida de la Europa. He aquí lo que Van Dale refiere respecto
a un oráculo singular
que se pronunció en su época en Terni, perteneciente a los Estados del Papa, el año 1650, y cuya relación se imprimió en Venecia.
Un ermitaño que se llamaba Pascual, habiendo oído decir que Jacovello, vecino de Terni, era muy avaro y muy rico,
fue a rezar en dicha población a la iglesia que frecuentaba Jacovello, se hizo amigo de él, alabó la pasión que le dominaba y le convenció de que era muy grato para Dios que cada mortal sacara lo que pudiese de su dinero; que así lo recomienda el Evangelio cuando dice que el servidor negligente que no saca el cinco por ciento del dinero de su señor es arrojado
a las tinieblas exteriores.
En las conversaciones que el ermitaño tenía con Jacovello le soltaba hermosos discursos sobre crucifijos y sobre santos, y gracias
a su elocuencia, Jacovello llegó a convencerse de que las estatuas de los santos dirigían la palabra
a los mortales algunas veces, añadiendo que se creería ser predestinado si conseguía que la imagen de algún santo le hablara. El ermitaño le respondió que creía poderle dar esa satisfacción dentro de poco; que estaba esperando recibir de Roma una cabeza de muerto que el Papa regalaba
a un compañero suyo, y que esa cabeza hablaba como los árboles de Dodona y como la burra de Balaam. Cuatro días después le enseñó
la susodicha cabeza, y pidió a Jacovello la llave de una pequeña cueva que tenía éste en su casa y la del cuarto que estaba encima, con la idea de que nadie se enterara del misterio. El ermitaño Pascual hizo pasar un tubo que se introducía en la cabeza, y preparándolo todo para conseguir el objeto que se proponía, se puso
a rezar con su amigo Jacovello; la cabeza entonces dijo estas palabras: «Jacovello, Dios trata de recompensar tu celo; te participo que se encuentra escondido un tesoro de cien mil escudos debajo del tejo que tienes en la entrada de tu jardín. Morirás de muerte repentina si buscas ese tesoro sin haber puesto ante mí una marmita llena de diez marcos de oro en monedas de poco valor.»
Jacovello se fue en seguida, abrió su cofre, y puso delante del oráculo la marmita llena de dinero. El buen ermitaño había tenido la precaución de llenar una marmita igual llena de arena; la cambió en cuanto Jacovello volvió las espaldas, y salió de allí, dejando al imbécil con una cabeza de muerto y con diez marcos de oro menos. Poco más
o menos, de ese modo se hacían los oráculos en la antigüedad, empezando por el de Júpiter Ammón y concluyendo con el de Trofonio.
Uno de los secretos, tanto de los sacerdotes de la antigüedad como de los nuestros, era la confesión en los misterios. En ellos aprendían toda la historia privada de las familias y adquirían datos para poder contestar
a la mayoría de los que iban a preguntarles. A esto se refiere una frase que Plutarco hizo célebre. Queriendo un sacerdote confesar
a un iniciado, éste le preguntó: «¿A quién he de confesarme, a ti ó a Dios?» «A Dios», respondió el sacerdote. «Pues ya que no eres mas que un hombre, sal de aquí y déjame con Dios.»
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