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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


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OBISPO

Obispo - Diccionario Filosófico de VoltaireSamuel Ornik, hijo de Basilea, era un joven muy amable, que sabía de memoria el Nuevo Testamento en griego y en alemán. Sus padres le hicieron viajar a la edad de veinte años. Le encargaron que llevara libros al coadjutor de París en la época de la Fronda (1). Se presentó en la puerta del arzobispado, y el suizo que la vigilaba le dijo que monseñor no recibía a nadie. «Camarada —le replicó Ornik—, sois muy rudo para vuestros compatriotas; los apóstoles dejaban que se les acercase todo el mundo, y Jesucristo quería que fueran a él todos los niños. No vengo a pedir nada a vuestro señor; antes por el contrario, vengo a traerle.» «Entrad, pues», le contestó el suizo.

Estuvo una hora haciendo antesala en la primera antecámara. Como era muy ingenuo, trabó conversación con un doméstico que era parlanchín y tenía afán por decir todo lo que sabía de su señor. «Debe ser poderosamente rico —murmuró Ornik— para tener tantos pajes y dependientes como veo en esta casa.» «Ignoro la renta que tendrá —respondió el doméstico—; pero me han dicho Joly y el abad Charier que tiene dos millones de deudas.» «Buena renta ha de tener para pagarlas... Pero ¿quién es aquella dama que sale de aquel gabinete y que se va?» «Madame de Pomereu, una de sus queridas.» «Verdaderamente es muy hermosa, pero no he leído en ninguna parte que los apóstoles tuvieran semejante compañía por las mañanas en su cuarto de dormir... Creo que viene monseñor y me va a dar audiencia.» «Dadle el tratamiento de Su Grandeza.» «No lo sabía; pero no tengo inconveniente.» Ornik saluda a Su Grandeza, que le recibe con graciosa sonrisa, y el suizo le entrega los libros de que era portador. El coadjutor le dice cuatro palabras, y en seguida entró en su carroza, a la que escoltaban cincuenta caballeros. Al subir al carruaje se le cae un estuche a monseñor. Ornik queda sorprendido de ver que el obispo lleva un tintero en su faltriquera. «¿No comprendéis que eso es su puñal? —le dijo el doméstico—. Todos van ordinariamente con ese puñal al Parlamento.» «¡Extraño modo de oficiar!», le contestó Ornik, y salió de allí sorprendido.

Recorrió la Francia, y de ciudad en ciudad quedó cada vez más edificado. Después pasó a Italia; cuando llegó al territorio del Papa encontró uno de esos obispos que tienen mil escudos de renta, que iba a pie. Ornik era un hombre compasivo, y le instó para que ocupara un sitio en su carruaje. «Venid conmigo, monseñor, ya que sin duda iréis a consolar algún enfermo.» «No; iba a casa de mi señor.» «¡Vuestro señor! Vuestro señor es Jesucristo.» «Es el cardenal Azolín, porque yo soy su limosnero. Me da pocas ganancias; pero me ha prometido colocarme en el palacio de doña Olimpia, que es la cuñada favorita di nostro signore il Papa.» «¡Vivís a expensas de un cardenal! ¿No sabéis que no había cardenales en la época de Jesucristo y de San Juan?» «¡Es posible!», exclamó el prelado italiano. «Es cierto, y vos lo habréis leído en el Evangelio.» «Nunca lo he leído —replicó el obispo—; no sé mas que el oficio de Nuestra Señora.» «Pues os repito que en aquella época no había cardenales ni obispos, y cuando se crearon los obispos fueron casi iguales a los demás sacerdotes, como San Jerónimo asegura en muchas partes.» «¡Virgen santa! —volvió a exclamar el italiano—, no sabía nada de eso. ¿Y había papas?» «Tampoco.» El buen obispo se persignó, y creyendo que estaba hablando con el espíritu maligno, saltó del carruaje y echó á correr.

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(1) El coadjutor de París era entonces el cardenal de Retz.

 

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